CAPÍTULO 1
Para la mayoría de los niños de Fuendetodos a mediados
de los años sesenta, el invierno era un territorio de sabañones, vientos del
somontano y carreras entre las ruinas de piedra. Para Francisco, sin embargo,
el mundo se reducía a la mesa de la cocina y a la luz parpadeante de un candil.
Al contrario que su hermano Miguel, que prefería el aire libre y el ajetreo del
campo, Francisco siempre estaba estudiando. Le fascinaban los papeles viejos
que su abuela custodiaba en el fondo de un arcón de nogal; documentos firmados
con rúbricas gastadas que demostraban que ella era tataranieta de don Miguel
Lucientes, el hidalgo infanzón que en 1722 había nacido en esa misma tierra y
que había acogido en su casa a su propia hermana, Gracia, para que diera a luz
a un niño llamado Francisco. La sangre del pintor aragonés, diluida pero
legítima, corría por las venas de su familia. Era su secreto más sagrado.
Las pocas veces que Francisco salía a jugar a la calle
con los otros chicos, lo hacía con la timidez del que esconde un secreto. Pero
el pueblo era pequeño y las disputas infantiles, traicioneras. Un atardecer de
frío cortante, mientras jugaban cerca del corral, la tregua se rompió por una
tontería del juego. Uno de los niños mayores se plantó frente a él con una
sonrisa burlona y, buscando el aplauso de los demás, le soltó una frase que
congeló el ambiente:
—¡Míralo, el sabio! Tanto estudiar y tanta tontería
con tus aires de familia... ¡A ver si vas a terminar como tu pariente Goya, que
lo enterraron sin cabeza! ¿A ti también te van a cortar la cabeza, Lucientes?
Las risas de los demás resonaron entre los muros de
mampostería como pedradas. Se estaban burlando de él, utilizando un chisme
macabro que habían oído a los mayores para pisotear el orgullo de su apellido y
ese misterioso parentesco del que su familia presumía de puertas para adentro.
Entró como un torbellino en la cocina, buscando el
regazo protector de su madre, pero fue la abuela quien se interpuso en su
carrera. Con la parsimonia de quien ha visto pasar demasiados inviernos, la
anciana dejó el paño sobre la mesa de madera, se arrodilló frente al niño y,
con la comisura de su delantal, le secó las lágrimas con una firmeza que no
admitía réplicas.
—Mírame —le ordenó, sujetándole fijamente la barbilla
con sus dedos agrietados por el frío—. En esta casa no se llora por lo que
digan unos zopencos en la calle. ¿Qué te han dicho?
—Que... que nuestro pariente Goya no tiene cabeza
—sollozó el crío, hipando, con el pecho todavía agitado por la carrera—. Se han
reído de mí, abuela. Dicen que por mucho que estudie voy a acabar igual,
descabezado y loco.
La mirada de la abuela no se ablandó; al contrario, se
tornó profunda y gélida, preñada de un orgullo antiguo. Sentó al niño en una de
las sillas de enea, junto al calor del fogón, y se cruzó de brazos.
—Esos chicos son unos ignorantes, pero no mienten en
una cosa —sentenció la anciana con voz grave—. A don Francisco lo enterraron
entero en Francia, en un pueblo llamado Burdeos, pero cuando fueron a sacarlo
años después para traerlo a España, abrieron la caja y la cabeza no estaba.
Alguien profanó su tumba en mitad de la noche, como los ladrones de caminos, y
le cortó el cráneo al genio para quedárselo. Lo dejaron mondado, mutilado en
tierra extraña.
El niño contuvu el aliento, olvidándose por completo
del llanto. La historia era macabra, pero había algo en el tono de su abuela
que la hacía sonar a una injustice heráldica, a una afrenta directa contra
ellos mismos.
—Él fue el hombre más grande que ha dado este pueblo,
hijo. Un infanzón de los nuestros, de la sangre de mi tatarabuelo don Miguel
Lucientes. Pintó a reyes y a demonios, y cuando se hizo viejo tuvo que morir
lejos de su casa porque en España no cabía su talento. ¿Andas llorando por lo
que digan cuatro brutos? Estudia. Estudia más que nadie. Porque un día serás un
hombre y tendrás que recordarles a todos quiénes somos.
Aquella noche, el hijo de la estirpe no solo dejó de
jugar en la calle; empezó a acariciar una idea que tardaría décadas en
germinar, pero que ya nadie podría arrancar de su cabeza.
CAPÍTULO 2
Los años pasaron y los dos hermanos eligieron caminos
distintos. Miguel Aguirre se quedó en Fuendetodos, se casó y se hizo cargo de
las tierras familiares. Francisco, fiel a la profecía de la abuela, se marchó a
la capital; estudió, investigó y se convirtió en el doctor Francisco Aguirre,
un respetado profesor de Historia del Arte en la Universidad de Zaragoza,
soltero y completamente absorbido por sus libros. Su único gran afecto, más
allá de la pintura romántica, era su hermana menor.
Pero el destino de la familia estaba marcado por los
cielos cubiertos. A finales de noviembre de 1994, una llamada telefónica rompió
la calma de Fuendetodos. La avioneta bimotor en la que su hermana y su cuñado
regresaban de un viaje de negocios se había estrellado contra una ladera debido
a la densa niebla del norte. No hubo supervivientes.
El golpe dejó a Francisco devastado. Por ley, asumió
la tutela de sus dos sobrinos huérfanos, los hermanos Albarrán: Javier, el
mayor, un niño de ese entonces once años con la mirada analítica y seria de la
familia; y David, el menor, un crío asustado que apenas acertaba a abrocharse
el abrigo. Desbordado por el dolor y la repentina paternidad en su desordenado
piso de Zaragoza, Francisco regresó temporalmente al pueblo con los niños tras
el entierro.
Fue Miguel quien, sentado a la mesa de la misma cocina
de los años sesenta, aportó la sensatez rural mientras contemplaba a su esposa
afanada en las tareas. —Francisco, tú tienes el piso en la ciudad y los
conocimientos para que estos chicos estudien en colegios buenos —dijo Miguel
con voz pesada—. Pero estás todo el día en la facultad y entre legajos. No
puedes criarlos solo. Aquí en el pueblo yo tengo mi vida, mis tierras y a mi
mujer, pero a esos críos les falta una madre.
Miguel se giró entonces hacia la abuela, que
permanecía en silencio junto a la lumbre.
—Madre, usted tiene que irse con Francisco a Zaragoza.
Cierre la casa una temporada, váyase a la capital y cuide de los muchachos
mientras él trabaja. Nadie les va a enseñar mejor qué sangre corre por sus
venas.
La anciana miró a sus dos nietos huérfanos y asintió.
Al día siguiente preparó el hato y se trasladó al piso de la ciudad.
Bajo el ala de la abuela, la casa de Zaragoza encontró
su equilibrio. Trajo consigo el aroma a guisos lentos y una disciplina de
hierro. Mientras el pequeño de los Albarrán, David, crecía desarrollando una
fascinación innata por el orden, la estrategia y la protección, la abuela
sentaba al mayor, Javier, por las noches en la mesa de la cocina. Le contaba la
misma historia de la cabeza robada en Burdeos que una vez le había contado a su
tío Francisco. El niño escuchaba con una fijeza madura. El relevo generacional
de la obsesión se había completado.
CAPÍTULO 3
Con el hogar encarrilado gracias a la firmeza de la
abuela, el doctor Francisco Aguirre pudo por fin volcar toda su rabia contenida
en la investigación. El catálogo de una exposición sobre pintura romántica del
siglo XIX le había desvelado un secreto enterrado: un apunte al óleo de
Dionisio Fierros de 1849 que retrataba un cráneo humano limpio. En sus diarios
de taller, Fierros aseguraba que pertenecía a Francisco de Goya.
Tirando del hilo de los testamentos y la
correspondencia de los herederos del pintor asturiano, Francisco localizó un
viejo recibo de compra de finales del siglo XIX firmado con un apellido
aristocrático y frío que jamás olvidaría: Beaumont. La calavera de su
antepasado estaba en Francia, en manos de una de las dinastías de marchantes más
herméticas y poderosas de Europa.
Francisco sabía que no podía presentarse allí
reclamando el hueso de su antepasado; los Beaumont negarían todo y destruirían
el rastro. Tenía que usar su reputación como cebo intelectual.
La oportunidad de oro se presentó en diciembre de
2004. La Galerie Beaumont de París acababa de adquirir un cuaderno inédito de
dibujos satíricos atribuidos al taller de Goya en Burdeos. El joven heredero de
la firma, Jean-Luc Beaumont, necesitaba desesperadamente una validación académica
incontestable que acallara los rumores de falsificación en el mercado
internacional y multiplicara su valor.
Francisco se sentó ante su máquina de escribir.
Utilizando el papel timbrado de la Universidad de Zaragoza, redactó una carta
de una erudición demoledora. Sin mencionar jamás a Fierros ni la calavera,
desmontó técnicamente las dudas de la crítica internacional analizando el tipo
de papel y las tintas metaloácidas que el pintor usaba en su exilio. Le tendió
a Beaumont lo que más ansiaba: la autenticidad absoluta de su inversión.
La respuesta de París llegó en una semana. Impresa en
un papel de gramaje regio y con el sello en relieve de la galería, Jean-Luc
Beaumont solicitaba formalmente los servicios del doctor Aguirre como perito
principal para viajar a Francia y examinar la pieza.
Francisco releyó la invitación bajo el flexo de su
despacho mientras, al otro lado del pasillo, se oía el murmullo de la abuela
arropando a los dos hermanos Albarrán. La ironía era perfecta: el lobo llamaba
al cordero para entrar en su guarida. Beaumont creía estar contratando a un
dócil y aburrido catedrático español al que deslumbrar con sus millones.
CAPÍTULO 4
Los años de estudios en Zaragoza pasaron como un
torbellino de apuntes, inviernos fríos y rutinas compartidas, pero si Javier y
David nunca flaquearon fue por la figura inquebrantable que se alzaba al frente
de la casa. El tío Francisco se había convertido para los muchachos en un
verdadero padre. Aquel solterón empedernido, acostumbrado al silencio de sus
legajos y a sus clases universitarias, había reordenado su vida entera por y
para ellos. Francisco no escató un solo céntimo de su sueldo de catedrático en
la educación de sus sobrinos; se encargó personalmente de buscarles los mejores
colegios de la capital, de financiar cada matrícula sin que ellos tuvieran que
preocuparse jamás por el dinero y de llenar las estanterías de libros, viendo
en sus pupilas el futuro y la dignidad de la familia. No era solo un tutor
legal; era el escudo que protegía sus mentes y sus opciones de futuro.
Ese esfuerzo absoluto y silencioso del tío dio sus
frutos dorados en el verano de 2006. Las notas acumuladas sobre la mesa de
caoba del despacho confirmaban que el sacrificio de Francisco Aguirre había
valido la pena. Por un lado, Javier, con veintitrés años recién cumplidos y esa
mirada metódica que tanto recordaba a su protector, se licenciaba en
Antropología. Ya no era el niño huérfano atrapado por la pena; gracias al
empeño de su tío, ahora era un científico del pasado, un experto en anatomía
forense capaz de hacer hablar a los restos óseos. Por el otro, David, que
acababa de cumplir los dieciocho años y se había convertido en un joven
disciplinado y de pocas palabras, recibió la notificación oficial del
Ministerio de Defensa. Había pulverizado las marcas de las pruebas físicas y
obtenido su plaza por ingreso directo en la escala de Oficiales de la Academia
General Militar de Zaragoza. En septiembre cruzaría las puertas del
acuartelamiento como cadete.
Aquella noche, la abuela vistió la mesa con el mantel
de las grandes ocasiones. Cocinó un asado tradicional y, por primera vez en más
de una década, el tío Francisco sacó una botella de vino rancio reservada para
las gestas de la casa.
Para colmo de alegría, la mesa estaba inusualmente llena.
El tío Miguel y su esposa habían viajado esa misma mañana desde Fuendetodos,
aprovechando que ella tenía una revisión médica rutinaria en la capital para
dar seguimiento a unos dolores sin importancia que arrastraba desde la
primavera. Aunque Miguel no tenía hijos propios y había preferido quedarse en
el pueblo para trabajar las tierras familiares, también había aportado con
generosidad su granito de arena durante todos esos años. Cada vez que vendía
una cosecha o lograba un remanente de los campos, bajaba a Zaragoza con un
sobre para Francisco, empeñado en que a sus sobrinos no les faltara de nada.
Verlos a los dos allí sentados, compartiendo las risas del pueblo y brindando
con fuerza por el éxito de los muchachos, daba al piso de la capital una calidez
entrañable. En ese verano de 2006, con las copas en alto y la mirada puesta en
el porvenir de Javier y David, la felicidad de la familia era un bloque
compacto y sin fisuras.
Alrededor de la mesa, la atmósfera era de una intensa
y contenida emoción. Francisco miraba a sus sobrinos desde la cabecera, con los
ojos empañados por el orgullo de quien sabe que ha cumplido con su sangre,
respaldado por el brazo firme de su hermano Miguel. Francisco levantó su copa,
buscando la mirada de los dos muchachos: —Vuestra madre estaría muy orgullosa
hoy de ver los hombres en los que os habéis convertido —dijo Francisco con la
voz algo tomada—. Esta casa os lo ha dado todo para que fuerais los mejores, y
vuestros tíos no hemos escatimado en esfuerzo. Javier ya tiene la ciencia en la
mano para analizar el pasado; tú, David, vas a aprender la estrategia y la
fuerza de los mejores. Todo lo que hemos invertido en vuestros estudios, todo
lo que hemos trabajado juntos, es para que mañana nadie os pueda hacer agachar
la cabeza.
David asintió en silencio, con la rectitud que ya
anticipaba el uniforme, y cruzó una mirada cómplice con su hermano mayor. El
pacto invisible que se había gestado en la infancia, bajo los relatos nocturnos
de la abuela, cobraba su forma definitiva gracias al amparo de Francisco y el
apoyo de Miguel. Javier aportaría la mente y el conocimiento anatómico; David,
la fuerza, el mando y la precisión táctica. Las piezas que la familia había
empezado a moldear con mimo doce años atrás estaban, por fin, listas en el
tablero.
CAPÍTULO 5
Entre 2008 y 2018, el doctor Francisco Aguirre tejió
lo que, a ojos del mundo, parecía una estrecha y fructífera colaboración con
Jean-Luc Beaumont en París. Fueron diez años de informes periciales exclusivos,
asesorías de arte y una calculada familiaridad. Francisco soportó la arrogancia
del marchante francés con una paciencia infinita, ganándose su total confianza
y el acceso al entorno más íntimo de la galería. Todo formaba parte de un plan
maestro. El catedrático sabía que Beaumont solo se movería por codicia, por lo
que llegó a un acuerdo secreto con él: a cambio de sus servicios durante esa
década y de una suculenta suma de dinero, el francés le entregaría por fin la
calavera de su antepasado.
Durante aquellos años de espera, Javier Albarrán,
convertido ya en un brillante antropólogo forense, había logrado analizar
discretamente las mediciones, fotografías y descripciones anatómicas del cráneo
a las que su tío Francisco había tenido acceso. Los indicios eran
extraordinariamente sólidos. La edad estimada, los rasgos morfológicos y la
cadena documental conocida coincidían de manera inquietante con lo que se sabía
de los restos desaparecidos de Francisco de Goya.
Sin embargo, Javier era científico antes que heredero
de una obsesión familiar. Sabía que ninguna de aquellas evidencias permitía una
identificación absoluta. —Si me preguntas como sobrino de Francisco Aguirre, te
diré que es la cabeza de Goya —había confesado una vez—. Si me preguntas como
antropólogo, te responderé que jamás podré demostrarlo por completo.
Aun así, en el fondo de su conciencia, la convicción
permanecía.
Sin embargo, en el verano de 2018, cuando llegó el
momento de materializar el intercambio y Francisco entregó los fondos, la
verdadera naturaleza de Beaumont salió a la luz. En un acto de pura crueldad
aristocrática, el francés no solo se negó a cumplir su palabra y se quedó con
el dinero, sino que, para destruir al hombre que llevaba media vida
persiguiendo aquella pista, se burló de él asegurándole que todo había sido una
farsa y que ese cráneo jamás había pertenecido al pintor.
Devastado y comprendiendo que Beaumont era un ser
despreciable que jamás cumpliría su promesa, Francisco regresó de inmediato a
Zaragoza. Aquella misma noche, reunió a sus sobrinos alrededor de la mesa del
comedor. Con la voz entrecortada por la humillación y el dolor, los puso al
corriente de la odisea, de las pruebas irrefutables de Javier y de la mezquina
traición del francés. Les transmitió su convicción de que la calavera sguía
allí, oculta entre los tesoros de Beaumont. Para él no existía ninguna duda;
para Javier seguían existiendo preguntas. Pero ninguno de los dos estaba
dispuesto a abandonar la búsqueda.
Pero quiso la mala fortuna que la tensión acumulada
durante una década fuera demasiada para el profesor. Apenas unas horas después
de terminar la cena, mientras la casa dormía en un silencio espeso, Francisco
se sintió indispuesto. Un infarto fulminante acabó con su vida antes de que
pudiera amanecer.
El entierro del doctor Francisco Aguirre se celebró en
Fuendetodos, devolviendo su cuerpo a la misma tierra roja que lo había visto
nacer. Lo sepultaron en el panteón familiar, el mismo lugar donde desde el año
2010 descansaba la esposa de Miguel. Aquella pérdida, ocurrida ocho años atrás,
había dejado a Miguel Aguirre sumedido en una profunda y solitaria viudedad en
la gran casa del pueblo, lo que obligó a la abuela a abandonar Zaragoza y
regresar a Fuendetodos para sostener a su hijo y cuidar de él en su vejez.
Ahora, consumidos por el luto, los supervivientes de
la estirpe se reunían de nuevo bajo el techo familiar. La abuela, ya muy
anciana y debilitada por los años, parecía aferrarse a la vida únicamente por
una fuerza sobrenatural: el deseo supremo de ver la calavera de su antepasado
descansando por fin donde debía estar, a salvo de los ladrones de la historia.
La misma noche del entierro, mientras el silencio del
campo cruel envolvía la casa del pueblo, Javier y David se reunieron en la
penumbra del viejo despacho. Frente a ellos, los informes forenses de Javier confirmaban
que el cráneo en poder de Beaumont era el auténtico, y la última voluntad de su
tío Francisco resonaba en las paredes como un mandato de sangre.
Allí, con la firmeza metódica de un antropólogo y la
fría determinación de un militar, los dos hermanos Albarrán hicieron una
promesa sagrada ante el dolor de su familia. No sería un impulso ciego, sino un
plan perfecto que requeriría tiempo, observación y una precisión milimétrica.
Una promesa de justicia que tardaría exactamente diez años en madurar en la
sombra, aguardando el momento perfecto en que el destino los pusiera frente a
frente con el palacio de los Beaumont en el año 2028.
La niebla densa que subía desde el Garona lamía los
muros de piedra del castillo, aislando la propiedad privada del resto de
Francia. Era la noche del 16 de abril de 2028.
CAPÍTULO 6
Mientras en Madrid las autoridades inauguraban con
pompa y discursos oficiales el bicentenario de la muerte de Francisco de Goya,
en el gran salón comedor de la fortaleza la atmósfera era de un misticismo
mucho más sombrío.
Los tres invitados —una marchante de arte, un
historiador y un antropólogo forense acostumbrados a moverse en los márgenes
más opacos del mercado internacional— apuraban las copas de un Burdeos color
sangre. En la cabecera de la mesa, el anfitrión, el señor de Beaumont, se puso
en pie. Sus modales impecables de aristócrata ocultaban una frialdad cortante.
—Acompáñenme, por favor —dijo con un hilo de voz que
acalló el crepitar de la chimenea—. Ha llegado la hora de la medianoche. La hora
en que el genio exhaló su último suspiro en su exilio de Burdeos.
Guiados por la titilante luz de los candelabros, el
grupo descendió hasta la biblioteca privada, un búnker de roble y olor a papel
viejo. En el centro, sobre una mesa de caoba que parecía un altar, destacaba un
bulto cubierto por un paño de terciopelo negro. Con un gesto teatral, Beaumont
retiró la tela.
Un ahogo unánime llenó la sala. Flanqueada por dos
volúmenes encuadernados en piel, reposaba una urna de cristal y plata. En su
interior, un cráneo humano limpio y amarillento los miraba con sus cuencas
vacías.
—Señores —comenzó el anfitrión, quebrando el espeso
silencio—, estos dos libros son de la edición que el propio Goya publicó. Como
saben, se han impreso muchas otras ediciones a lo largo de los siglos, pero
estos son los que el pintor pagó de su propio peculio. Es el lote principal que
ahora pondré a subasta.
La experta en arte de París se inclinó, fascinada por
el brillo de la tinta calcográfica de 1799. Pero Beaumont no había terminado.
Su sonrisa se volvió maquiavélica.
—Aunque he de decirles, para que no se llamen a
engaño... que en mis sótanos tengo custodiados otros dieciocho ejemplares
idénticos de los Caprichos. Tengo pues veinte primeras ediciones intactas.
La revelación cayó como una bomba de relojería. Poseer
veinte ejemplares de la tirada original significaba la capacidad absoluta de
hundir o encumbrar el mercado mundial del arte a su antojo. Un monopolio
clandestino surgido de la nada.
Fue entonces cuando el doctor Albarrán, antropólogo
forense y escéptico por deformación profesional, apartó la vista de los libros
y clavó sus ojos en el hueso mondado dentro de la urna. Con una sonrisa de
sutil provocación, rompió el estupor general: —¿Nos va a decir también que la
calavera es la del propio Goya? —soltó, buscando desinflar el misticismo de la
velada.
Beaumont sonrió.
—Doctor, en el mundo del arte las certezas absolutas
son extraordinariamente raras. Lo que importa es el peso de las pruebas.
Dio unos pasos alrededor de la urna.
—Y las pruebas que acompañan a esta pieza son más que
suficientes para convencer a cualquier museo del mundo.
La reacción de Beaumont fue instantánea. Su silueta
pareció agigantarse bajo las sombras de la biblioteca, y sus ojos se clavaron
en el médico con una hostilidad gélida que congeló la sangre de los presentes.
—¿Acaso lo duda? —respondió con un hilo de voz
sibilante—. Creo, señor... que su pregunta me ofende.
El Sr. de Beaumont no dejó espacio para que el doctor
Albarrán se disculpara. Con un ademán tajante de la mano, dio por zanjada la
ofensa y regresó al papel que más parecía disfrutar esa noche: el de implacable
maestro de ceremonias. Se situó detrás de la mesa de caoba, justo entre la urna
de cristal y los dos volúmenes abiertos de los Caprichos, como un sacerdote
oficiando ante su altar. —Dejemos las dudas para los que no pueden pagar el
precio de la certeza, doctor —sentenció Sr. de Beaumont con una sonrisa
gélida—. Hemos venido aquí a hacer historia, no a debatirla. Y la historia,
señores, tiene un precio.
Los invitados se acomodaron en los pesados sillones de
cuero que rodeaban la mesa. La tensión académica se evaporó en un segundo,
sustituida por la atmósfera eléctrica y competitiva de la alta codicia. El
anfitrión posó sus largos dedos sobre las cubiertas de piel del primer
ejemplar.
—Comienza la subasta. Les diré que el precio de salida
de este primer ejemplar de los Caprichos, financiado del peculio del maestro y
hermanado con su propia reliquia, es de... tres millones de euros. Y recuerden,
señores, que quien se lleve esta pieza fijará el valor de los otros veinte
ejemplares que duermen en mi sótano. La puja está abierta.
El doctor Albarrán no era hombre que se dejara
amedrentar fácilmente por desplantes aristocráticos ni cifras millonarias.
Mientras el resto de la mesa aún digería el impacto, él se reclinó en su
sillón, cruzó las piernas y sostuvo la mirada del anfitrión. Con una calma
exasperante, el médico estiró el brazo y señaló con el dedo índice la urna de
cristal de roca. —¿Y la calavera? ¿Qué precio pone a la calavera?
La réplica de Beaumont cayó sobre la biblioteca con el
peso de una losa de mármol. Se inclinó ligeramente sobre la mesa de caoba,
reduciendo la distancia con el médico, sin apartar los ojos de los suyos.
—Costó vidas hasta que llegó a mi poder y varias
fortunas hasta que por fin la tuve en mis manos. No tiene precio. Solo cuando
mi vida se apague cambiará su destino y su dueño... y, sin duda, usted no está
en la lista.
Un silencio sepulcral, espeso como el fango del Garona,
se adueñó de la sala. Pero el doctor volvió a replicar. Se puso en pie con una
parsimonia gélida, abotonándose la chaqueta como quien se prepara para un acto
quirúrgico, y dio un paso hacia la mesa. —Usted puede decidir sobre su
patrimonio, Beaumont, pero bien sabe como yo que esto no le pertenece. Y hoy he
venido a cobrar mi pieza.
CAPÍTULO 7
Fuera de los muros, la noche devoraba el paisaje con
una indiferencia gélida. El sistema de seguridad del castillo, una red
vanguardista de sensores térmicos y cámaras de alta definición que había
costado una fortuna al Sr. de Beaumont, acababa de ser neutralizado desde el
ciberespacio. En la garita de control, los monitores ofrecían una estampa de
absoluta tranquilidad en los aledaños; una calma idílica de jardines vacíos y
caminos desiertos que no correspondía, en absoluto, con lo que en breves
segundos iba a suceder. El bucle de vídeo pregrabado era perfecto.
Tres hombres armados, vestidos con monos tácticos
oscuros y rostros cubiertos, cruzaron el foso como espectros salidos de las
viejas crónicas de asedios medievales. No eran simples ladrones; eran un
comando quirúrgico. Su ataque, orquestado al milisegundo, fue de una precisión
matemática.
El único guarda de seguridad privado de la propiedad
quedó neutralizado y noqueado tras una maniobra limpia al milímetro que lo
dejaría buscando fantasmas a la mañana siguiente. El asalto avanzó hacia las
cocinas y los pasillos de servicio con la misma eficiencia silenciosa. El
personal del castillo, compuesto por un viejo mayordomo y dos cocineras, se
habían retirado ya a sus aposentos al terminar de recoger la plata de la cena,
los cuales quedaban en otra ala de la vivienda. Quienquiera que hubiera planeado
la operación lo tenía claro: lo que habría de ocurrir esa noche debería ser
algo de lo que nadie, jamás, pudiera dar una explicación. No debían quedar
pistas. Ninguna. Nadie debía verlos actuar.
Mientras tanto, dos asaltantes se desplegaron por la
biblioteca con la eficiencia de un mecanismo de relojería. Uno de ellos se
apostó junto a la puerta, bloqueando la salida y vigilando al historiador y a
la marchante de París, que asistían a la escena mudos de terror; el otro
encañonó directamente al Sr. de Beaumont, obligándolo a separar las manos de la
mesa de caoba. Al doctor Albarrán, sin embargo, nadie lo apuntó. El médico
permaneció de pie, con las manos apoyadas con calma en el respaldo de su
sillón, observando el despliegue con la fría satisfacción del cazador que ve
caer la red sobre su presa. Él era quien los había conducido hasta allí.
El tercer asaltante había subido a la planta noble del
castillo, allí donde se encontraban los dormitorios principales. Avanzó por el
pasillo alfombrado hasta detenerse ante una puerta de roble macizo, cerrada con
llave. Para él, aquello no supuso el menor obstáculo; la abrió con una
facilidad pasmosa, como si conociera los secretos del mecanismo desde hacía
años.
Una vez dentro del dormitorio privado del Sr. de
Beaumont, no buscó joyas ni cajas fuertes. Se acercó al imponente armario
empotrado, deslizó las puertas y contempló las hileras de sastrería a medida.
Con una parsimonia casi insultante, eligió un traje de tres piezas al azar. Se
despojó del mono táctico negro y se vistió con la ropa de su víctima.
Entonces, se escucharon unos pasos firmes y pausados
descendiendo por la escalinata de caracol que conectaba las dependencias
superiores con la biblioteca. Al aparecer en el último peldaño, la luz de las
velas iluminó su rostro desprotegido. La ropa le sentaba con una naturalidad
insultante; no había en sus movimientos la rigidez del que roba un atuendo
ajeno, sino la familiaridad absoluta del que recupera lo propio.
El Sr. de Beaumont abrió los ojos de par en par, perdiendo
por completo la máscara de imperturbable aristócrata. El color huyó de sus
mejillas y dio un paso atrás, tambaleándose, como si acabara de ver a un
auténtico fantasma.
—¿Tú? —alcanzó a articular Beaumont, con un hilo de
voz que vibraba de puro espanto.
El enigmático hombre sonrió con una familiaridad
gélida, se acercó a la mesa de caoba y se colocó justo al lado del doctor
Albarrán, contemplando la urna que custodiaba la calavera de Goya. El recién
llegado paseó la mirada por los invitados antes de clavar sus ojos en el
tembloroso anfitrión. Su voz, profunda y calmada, resonó con una autoridad
indiscutible. —Bien, señores —comenzó, ajustándose los puños de la chaqueta—.
Sepan que el señor de Beaumont es un usurpador de arte. En efecto, posee
dieciocho libros más de los Caprichos. En cuanto a la calavera, existen razones
muy poderosas para creer que perteneció a don Francisco de Goya y Lucientes.
Razones por las que algunos hombres han mentido, pagado fortunas e incluso
arruinado vidas. Para nosotros no existe ninguna duda. Esta volverá ahora mismo
a su verdadero custodio.
El hombre hizo una sutil señal con la cabeza. —Doctor
Albarrán, proceda.
Ordenó al médico que cogiese la urna de cristal y
plata que contenía la calavera y los dos libros que la flanqueaban en la mesa,
y lo depositara todo en una bolsa de lona reforzada que le arrojó limpiamente
uno de los asaltantes. El doctor ejecutó la orden con la precisión de un
cirujano. —Nosotros hemos acabado —dijo el enigmático hombre, dirigiéndose al
resto de los asaltantes—. Doctor Albarrán, vámonos.
El comando inició una retirada tan silenciosa y
perfecta como su entrada, desapareciendo por los pasillos en penumbra del ala
oeste.
Tras marcharse, a los invitados sentados a la mesa les
costó reaccionar; el miedo los mantenía clavados a los sillones de cuero. El
propio señor Beaumont aún permanecía en un estado de shock absoluto, con la
mirada perdida en el espacio vacío que había dejado la urna sobre la caoba. —No
puede ser él... no puede ser él... —se repetía a sí mismo en un susurro
agónico, como si pronunciar su nombre fuera a desatar una maldición aún mayor.
Mientras tanto, en los jardines exteriores, los
asaltantes se reagrupaban bajo la lluvia hacia los vehículos de huida. Además
de la bolsa que protegía la calavera y los dos primeros volúmenes, otra bolsa
idéntica, extraída del sótano blindado del castillo, contenía los 18 libros
restantes: las codiciadas primeras ediciones de Los Caprichos de las que
Beaumont había presumido ante sus invitados. El saqueo de la memoria del pintor
era total.
CAPÍTULO 8
Segundos después, el silencio de la biblioteca se
volvió absoluto. No hizo falta violencia, ni disparos, ni una sola gota de
sangre; el verdadero poder del comando residía en ese pánico frío que congeló
la sangre de los asistentes. Ninguno de ellos se atrevería jamás a contar una
sola palabra de lo vivido esa noche. El espanto real de quienes se vieron
sorprendidos por el asalto, sumado a la perfecta y teatral simulación de los
que aguardaban su parte, se encargaría de sellar los labios de toda la sala
para siempre. El silencio, ya fuera por terror o por pura codicia, estaba
garantizado.
El Sr. de Beaumont, ante el impacto de ver aquel
rostro del pasado luciendo su propia ropa y arrebatándole su tesoro más
codiciado, recibió el golpe definitivo. Aquella misma medianoche de 2028, el
aristócrata se hundió en una desconexión total con la realidad, una profunda
locura que lo dejó completamente desprovisto de habla.
Los cuatro hombres —el doctor Albarrán junto a los
tres asaltantes— abandonaron el castillo tal y como habían entrado: como
fantasmas que se desvanecieron en la niebla. Las autoridades y la gendarmería
francesa se encontrarían días más tarde con un enigma irresoluble: una
valiosísima colección desaparecida, ningún rastro forzado, ni una sola pista y
un propietario incapaz de articular palabra, atrapado para siempre en el peor
de sus silencios.
Los dos vehículos salieron del camino privado del
castillo con las luces apagadas, deslizándose como sombras entre la niebla
antes de incorporarse a la carretera secundaria que bordeaba el Garona. El
botín que transportaban era muy sustancioso, pero el plan maestro no contemplaba
flecos ni codicias de última hora; todo se había diseñado mediante un pacto de
silencio perfecto, sellado con un reparto donde cada parte obtenía exactamente
lo que buscaba.
En el vehículo que precedía la marcha, un todoterreno
oscuro, viajaban dos de los asaltantes tácticos custodiando la bolsa con los 18
libros de 1799. Aquel tesoro bibliográfico era su pago: una fortuna
incalculable en el mercado negro que garantizaría que jamás, bajo ninguna
circunstancia, abrieran la boca. A los pocos kilómetros, aprovechando un cruce
de carreteras, el todoterreno se desvió hacia el norte, desgajándose de la
marcha sin necesidad de detenerse y desapareciendo para siempre en la noche
francesa. Habían cobrado su pieza y callarían para siempre.
A partir de ese punto, la ruta definitiva quedaba en
manos de los líderes de la operación, acompañados por el último ejecutor. El
doctor Albarrán conducía el turismo de alta gama con una parsimonia gélida,
manteniendo los ojos fijos en la carretera desierta una vez que los pilotos
traseros del todoterreno se hubieron perdido de vista. A su lado, el hombre del
traje miró por el espejo retrovisor. En el asiento trasero, la bolsa de lona
que contenía la calavera de Goya y los dos valiosísimos volúmenes de
aguafuertes. El verdadero legado permanecía intacto, ajeno al pánico y al
secreto que habían dejado atrás en Francia.
El habitáculo del turismo estaba en absoluto silencio,
roto solo por el ronroneo perfecto del motor. Sin desviar la mirada del
asfalto, el médico aceleró con suavidad. El motor respondió al instante,
desatando una potencia contenida que los alejó con rapidez de la zona de
influencia del castillo.
El coche devoró los kilómetros de asfalto en un
silencio sepulcral, abandonando definitivamente la carretera del río para
ascender por las rutas reviradas que flanqueaban el curso alto del Garona.
Conforme ganaban altitud, la humedad de las tierras bajas dio paso a la fría y
cortante brisa de los Pirineos. Cruzaron la frontera con España con la misma
discreción con la que habían operado toda la noche, dejando atrás el puesto de
Pont de Rei sin levantar la menor sospecha. A esa hora de la madrugada, nadie
buscaba un turismo de lujo impecable que viajaba en la más absoluta y limpia
calma.
Una vez al otro lado, se adentraron en Vielha, la
capital del Valle de Arán. La pequeña ciudad pirenaica dormía bajo el manto de
la noche, ofreciendo un refugio de piedra, pizarra y exclusividad.
Albarrán guio el vehículo con pericia por las calles
desiertas hasta detenerse ante el imponente acceso de un lujoso hotel de cinco
estrellas, un santuario de alta montaña pensado para fortunas discretas. El
médico apagó el motor y el silencio volvió a inundar el habitáculo.
El hombre del asiento del copiloto se llevó las manos
a la línea del cuello. Con un gesto lento y preciso, comenzó a despegar de su
piel una finísima máscara de látex de tecnología médica, una segunda piel
hiperrealista que le había hecho creer al Sr. Beaumont ser quien en realidad no
era. Al desprenderse de ella, el rostro real del hombre emergió bajo la luz
mortecina de los faros del hotel, revelando unas facciones cansadas pero
firmes.
El doctor Albarrán miró de reojo la pieza de silicona
moldeada que su compañero sostenía entre los dedos. —Habrá que deshacerse de
esa máscara —dijo el doctor Albarrán con voz grave, rompiendo el silencio del
coche. Luego, suavizando el tono por primera vez en toda la noche, añadió—:
Debemos felicitarnos, hermano. Hemos hecho justicia a nuestro padre.
El copiloto exhaló un suspiro profundo, mirando de
reojo hacia el asiento trasero, donde descansaban la bolsa de lona con los
restos y los libros del pintor.
—Aunque una vez más esta calavera levanta demasiadas
sombras a su paso —respondió el hombre del traje, con un deje de amargura en la
voz—. Goya no mereció el trato que pasó en vida, ni lo que le hicieron tras su
muerte.
El silencio regresó al interior del vehículo de alta
gama, pero ya no era el silencio tenso de los criminales, sino el peso solemne
de una promesa que se abría paso en la oscuridad. El destino de la reliquia del
pintor aragonés volvía a estar en manos de quienes debían custodiarla.
CAPÍTULO 9
Los dos hermanos pasaron las siguientes jornadas en
Vielha bajo una apariencia de absoluta normalidad. Se registraron sin prisa en
el lujoso hotel de cinco estrellas, pasearon por las calles empedradas de la
localidad y cenaron en restaurantes discretos, mezclándose con el turismo de
alto poder adquisitivo que buscaba el anonimato de los Pirineos. Nadie habría
asociado a aquellos dos caballeros de modales impecables con el enigma
irresoluble que la gendarmería francesa aún intentaba descifrar al otro lado de
la frontera.
La primera noche, nada más instalarse en la suite
principal, el fuego de la chimenea de piedra de la estancia sirvió para algo
más que para combatir el frío de la montaña. El copiloto arrojó la finísima
máscara de látex directamente sobre las brasas. El compuesto quirúrgico se
encogió, burbujeó y fue devorado por las llamas en pocos segundos,
desvaneciéndose en un humo negro que escapó por el tiro de piedra hacia la
noche pirenaica. El último vestigio del engaño al Sr. Beaumont quedó reducido a
cenizas.
Dos días más tarde, con los ánimos calmados y el botín
firmemente asegurado en el maletero, abandonaron el Valle de Arán y pusieron
rumbo al sur. La silueta de las torres de la basílica del Pilar los recibió
bajo el cielo de Zaragoza, pero la capital era solo la antesala del verdadero
origen de todo. El viaje definitivo exigía una última parada en el mapa:
Fuendetodos, el humilde pueblo de piedra donde, casi tres siglos atrás, el
genio maldito había abierto los ojos al mundo por primera vez. Y que tenían
previsto realizar para las fiestas Patronales de San Bartolomé.
Dos meses más tarde, el verano centroeuropeo envolvía
la capital alemana con una calidez agradable. En el exclusivo restaurante del
Hotel Adlon, junto a la Puerta de Brandeburgo, una pareja cenaba a la luz de
las velas con una discreción absoluta. Ella, la marchante de París, lucía una
elegancia impecable; a su lado, el historiador saboreaba su copa de vino con la
tranquilidad de quien ha dejado atrás todas las tensiones del pasado.
Compartían mesa con dos hombres de aspecto atlético y
camisas oscuras, cuyos rostros, desprovistos ya de pasamontaños y monos
tácticos, resultaban difíciles de asociar con los espectros que una noche de
tormenta asaltaron un castillo en Francia. La cena transcurrió entre
conversaciones triviales sobre arte y finanzas, un teatro perfecto para los
ojos de cualquier comensal indiscreto. No hubo tensión, ni reproches, ni una
sola mención al Sr. Beaumont, cuyo mutismo absoluto en una clínica privada de
Lyon seguía siendo el gran misterio sin resolver de la gendarmería francesa.
Al terminar la velada, durante los cafés, uno de los
acompañantes colocó sobre el mantel un paquete rectangular, envuelto en papel
grueso y sellado con un cordel. Se despidieron con un cortés apretón de manos y
una leve inclinación de cabeza. Un trato de caballeros.
Minutos después, ya en la intimidad de su suite en la
planta noble del hotel, el historiador cerró la puerta con doble vuelta de
llave. La marchante de París se acercó a la mesa de escritorio y, con unas
manos que esta vez no temblaban, cortó el cordel y deshizo el envoltorio con
una parsimonia casi sagrada.
Bajo el papel aparecieron nueve volúmenes
encuadernados en piel, con el desgaste exacto y noble del paso del tiempo.
Nueve libros de 1799. Los Caprichos de Francisco de Goya.
El historiador se acercó, acarició el lomo de uno de
los ejemplares con la yema de los dedos y sonrió de medio lado, mirando a su
compañera. En la biblioteca del castillo habían interpretado el papel de sus
vidas, un pánico genuino que había engañado al mundo entero. Pero la recompensa
estaba allí, sobre la mesa. El reparto era exacto: la mitad de los libros
confiscados en el todoterreno ya eran suyos, listos para ser introducidos en
los canales más exclusivos del mercado internacional.
Todos habían jugado su papel a la perfección. Y todos,
de principio a fin, habían cumplido su pacto.
CAPÍTULO 10
Mientras aquel trato se cerraba en el corazón de
Europa, los plazos para los hermanos Albarrán siguieron su curso hasta que el
calendario marcó el final de agosto.
Llegaron a Fuendetodos al caer la tarde, cuando las
calles empedradas ya se vaciaban de visitantes y el viento frío del somontano
aragonés empezaba a silbar entre las esquinas de mampostería. Aparcaron el
coche de alta gama en las afueras, mimetizándose con las sombras de los
olivares. No podían cometer el error de llamar la atención en un pueblo de
apenas cien habitantes donde todos se conocen.
Esperaron a la madrugada profunda para actuar. El
doctor Albarrán y su hermano cruzaron el casco urbano a pie, moviéndose con la
precisión de quienes han estudiado cada plano del Catastro. El hermano llevaba
al hombro la bolsa de lona que custodiaba la urna con la calavera; el doctor,
una pequeña pala plegable de campaña militar guardada bajo el abrigo.
La Casa Natal de Goya y de sus antepasados —los de él
y los de ellos— se erguía ante los dos hombres, austera y silenciosa,
desafiando los siglos con sus muros cargados de una historia familiar
compartida. Forzar la robusta puerta principal de madera habría dejado marcas
evidentes para los encargados del museo a la mañana siguiente. En su lugar,
optaron por el acceso trasero: un pequeño ventanuco que daba al antiguo corral
y al establo de la planta baja, cuya vieja verja de hierro cedió con un crujido
sordo bajo la presión hidráulica de una herramienta de bolsillo.
Se deslizaron al interior. La oscuridad en la casa era
absoluta, impregnada de un olor rancio a madera vieja, piedra fría y siglos de
historia. Evitando las estancias principales de la vivienda, se dirigieron
directamente al fondo de la planta baja, hacia el suelo original del establo.
Allí, bajo una capa superficial de polvo, la roca del monte cedía espacio a una
franja de tierra batida y compacta, el único punto que el cemento de las
restauraciones modernas no había sellado por completo.
El hermano de Albarrán de positó la bolsa en el suelo
y se arrodilló, retirando con las manos desnudas las piedras sueltas, mientras
el doctor utilizaba la pala con movimientos rítmicos y silenciosos, hundiendo
el metal en la tierra seca. No necesitaban una fosa profunda; solo el espacio
exacto para que el legado robado descansara bajo el mismo suelo que vio nacer
al pintor.
Tras unos minutos de esfuerzo contenido, el hueco
estuvo listo. El hermano extrajo la urna de la bolsa de lona. A la tenue luz de
una linterna médica de Albarrán, las cuencas vacías de la calavera parecieron
reflejar por última vez el ambiente de la estancia antes de ser depositada en
el fondo de la tierra. —Aquí empezó todo —susurró el hermano, dejando caer el
primer puñado de arena sobre el hueso frontal—. Y aquí es donde debe terminar.
—Sea quien sea el hombre que descansa en esta urna, aquí termina su viaje.
Cubrieron el foso con rapidez, compactando la tierra
con las botas y esparciendo el polvo y los guijarros originales por encima
hasta que la superficie quedó perfectamente nivelada, idéntica a como estaba
unas horas antes. Nadie que entrara a limpiar o a guiar a los turistas al día
siguiente notaría la sutil diferencia bajo la penumbra del establo.
Salieron por donde habían entrado, asegurando el
ventanuco. Mientras se alejaban por los caminos de Fuendetodos bajo el cielo
estrellado de Aragón, los dos hermanos supieron que la misión estaba cumplida.
El misterio de la calavera quedaba sellado para siempre bajo la tierra de su
propia cuna.
Sin embargo, la noche aún no había terminado para
ellos, y el coche de alta gama aguardaba oculto en la periferia. No necesitaban
buscar un hotel ni levantar sospechas registrándose en ningún alojamiento de la
zona. En Fuendetodos les esperaba el verdadero origen de su sangre.
Se dirigieron a pie hacia una de las casas
tradicionales del casco viejo, una vivienda de recios muros de mampostería que
no se diferenciaba a simple vista de las demás, pero que para ellos lo
significaba todo. Allí vivía la abuela de los hermanos, la matriarca que
custodiaba en silencio los viejos hilos de la genealogía familiar, junto a
Miguel Aguirre, viudo desde hacía años, y hermano de Francisco. Había sido un
apoyo constante para la familia y uno de los pocos vínculos que los unían
todavía a sus raíces en Fuendetodos.
Al aproximarse a la entrada, la silueta del tío viudo
recortó la penumbra del zaguán. Los esperaba con la puerta entornada, sin hacer
preguntas, consciente de la gravedad y el significado de aquella visita
nocturna. El doctor Albarrán y su hermano cruzaron el umbral sintiendo, por
primera vez en muchos días, el calor de un hogar legítimo.
Arriba, al calor de la cocina aragonesa, la abuela los
recibió con una mirada intensa, cargada de años y de secretos compartidos. No
hacían falta palabras entre ellos; el silencio de los hermanos al entrar y la
ausencia de la bolsa de lona que habían cargado desde Francia lo decían todo.
La urna descansaba ya bajo la tierra de Fuendetodos.
Nadie podía asegurar qué nombre había llevado aquel
hombre en vida. Tal vez fuera realmente Francisco de Goya. Tal vez no.
Lo único indiscutible era que durante generaciones una
familia entera había vivido marcada por aquella ausencia.
Para los Albarrán, para Miguel Aguirre y para la
anciana que aguardaba junto al fuego, la deuda estaba saldada.
La historia jamás conocería la verdad.
Ellos tampoco.
Pero aquella noche, por primera vez en mucho tiempo,
pudieron dormir en paz.
La anciana observó a sus nietos durante unos segundos.
Después asintió despacio. No hubo preguntas. No hacían falta respuestas.
Habían cumplido.
Durante generaciones, aquella familia había conservado
el recuerdo de una afrenta que el tiempo nunca logró borrar. Mientras el mundo
admiraba la obra del maestro y pronunciaba su nombre con respeto, en aquella
casa humilde de Fuendetodos sigue viva una herida más íntima: la de saber que
uno de los suyos había sido arrancado de su descanso y despojado de una parte
de sí mismo.
Fuera, el viento del somontano golpeaba las calles
silenciosas del pueblo igual que había hecho durante siglos. Dentro, junto al
viejo arcón donde descansaban los documentos de los Lucientes, tres
generaciones de una misma sangre compartían el mismo silencio.
El mundo recordaría siempre a Francisco de Goya como
un genio.
Ellos, además, podían recordarlo como familia.
FIN

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