La Ceuta que no nos cuentan

 



Nota del autor

Este texto es una obra de ficción construida a partir de testimonios, conversaciones y situaciones reales conocidas por mí. Algunos hechos y circunstancias están inspirados en el relato de una familia residente en Ceuta.

Para preservar su intimidad, se han modificado nombres, edades, lugares concretos y determinados detalles. Los personajes y diálogos han sido recreados literariamente, aunque las situaciones que los inspiran pertenecen a una realidad vivida.

Lo que sigue no pretende ser una crónica documental, sino una mirada literaria sobre una realidad que, para quienes la han vivido, ha dejado de ser una noticia lejana.

 

La Ceuta que no nos cuenta

 

 

Avenida San Juan de Dios. Barrio de Benzú

En el interior de una casa de dos plantas, María, de setenta y cinco años, y su marido Daniel, de setenta y nueve, permanecían atemorizados. Llevaban treinta y tres días de encierro voluntario; lo poco que habían salido era para lo estrictamente indispensable, siempre custodiados por su hijo Carlos, de cuarenta y siete.

Carlos vivía en la barriada de Los Rosales y procuraba visitarlos a diario para asegurarse de que no les faltara de nada. Sin embargo, sus vacaciones habían llegado a su fin. A partir del día siguiente regresaría al trabajo en el turno de mañana, recortando su margen de maniobra, aunque les había prometido pasar al menos cada dos días para velar por ellos.

Aquel aislamiento familiar no era fruto de una paranoia infundada, sino del poso amargo que dejaba la tensión acumulada en la zona. El detonante definitivo ocurrió dos semanas atrás, cuando el nieto mayor, de veinte años, regresaba de noche a su casa en Los Rosales con unos amigos. Uno de los chavales venía usando un vapeador y la densa nube de vapor fue malinterpretada por un grupo de migrantes que deambulaba por la acera. Uno de ellos se acercó exigiendo un cigarrillo con brusquedad; al no tener tabaco real que darle, la negativa derivó en exabruptos y empujones que a punto estuvieron de acabar en una batalla campal si no llega a intervenir una patrulla que pasaba por allí.

La violencia latente se convirtió esa noche en una amenaza de carne y hueso. Apenas dos días después, Carlos compró un billete de barco y mandó a su hija menor, de diecisiete años, a la Península, a resguardo en casa de su hermano Pedro. El chico de veinte prefirió quedarse en Ceuta para no dejar solo a su padre, pero las rutinas familiares habían quedado desmanteladas por completo.

Dentro del salón, con las persianas bajadas a mitad para combatir el calor sofocante del verano ceutí, Daniel caminaba a pasos cortos por la pequeña estancia, incapaz de contener la amargura:

—María, nos lo están quitando todo... Nos están quitando hasta las sombras. Antes bajaba a mitad de la tarde al Parque de la Argentina o me sentaba en el banco bajo la arboleda con mis amigos del barrio a ver pasar las horas. Ahora no hay banco libre ni acera tranquila. Sentir que en tu propia casa no puedes ni asomarte al balcón es como si te fueran arrinconando contra la pared.

María, sentada en la mecedora ajustándose el chal sobre los hombros, no miraba a su marido; mantenía la vista fija en las baldosas desgastadas del pasillo.

—Cálmate, Daniel, por Dios, que te va a dar algo y bastante tenemos ya —susurró, intentando sostener la entereza que le quedaba—. Carlos no tardará en llegar.

El reloj de pared marcaba casi las siete de la tarde. Las pocas salidas habían sido relámpagos de necesidad: Carlos llegaba en su coche desde Los Rosales, aparcaba pegado a la puerta, subía a toda prisa con las bolsas del supermercado y los acompañaba a la farmacia solo si era inevitable.

Unos golpecitos secos en la puerta de entrada rompieron la pesadez del salón: dos impactos breves, una pausa y otro más.

—Soy yo, papá —se oyó desde el otro lado.

Daniel descorrió el cerrojo y abrió lo justo para dejar pasar a su hijo, que venía cargado con una garrafa de agua y dos bolsas de papel. Carlos entró rápido, echó la cadena de seguridad con un gesto mecánico y se limpió el sudor de la frente antes de dejar la compra sobre la mesa.

—Os he traído fruta, pan de molde y la medicina de la tensión de la mamá —dijo intentando sonar cotidiano, aunque el cansancio le marcaba la cara—. Abajo hay más movimiento del normal. No os asoméis si oís jaleo, por favor.

—¿Cómo me voy a asomar, hijo? Si llevamos un mes a oscuras —respondió Daniel arrastrando las zapatillas—. Tu madre no duerme. Y yo solo pienso en la chiquilla allá en la Península y en ti, que tienes que cruzarte la ciudad para ver cómo estamos.

—La niña está bien con Pedro, allí no se respira esta atmósfera —replicó Carlos, dejándose caer en una silla de madera—. Mañana vuelvo al turno de mañana, pero la despensa se queda llena. Vendré cada dos días sin falta. Si surge cualquier urgencia, me llamáis y me planto aquí en diez minutos.

María se acercó despacio a su hijo y le puso una mano en el hombro.

—No te apures tanto por nosotros, Carlos. Lo que nos duele no es estar encerrados... es ver en lo que se ha convertido esto. Que una calle de toda la vida parezca un lugar extraño donde nadie se fía de nadie.

Desde el exterior, a través de las rendijas de la persiana, llegó el sonido distante de una sirena cruzando la barriada, seguido por el murmullo apagado de unas voces lejanas. Los tres —Daniel, María y Carlos— guardaron silencio durante unos segundos, escuchando el eco de la calle antes de volver la mirada hacia el refugio de la casa.

 

Acuartelamiento Teniente Coronel González-Tablas.

 

En el silencio de la jefatura, el teniente coronel Graciano Montes giró la llave de su despacho con un chasquido metálico que pareció retumbar en el pasillo. Se llevó ambas manos a la cara, presionándose las cuencas de los ojos para aplacar el cansancio acumulado, y dejó escapar un suspiro hondo, cargado de amargura.

 

La decisión estaba tomada, pero el peso de las órdenes le quemaba por dentro. Enviar a sus hombres a patrullar las calles de Hadú e interponerse en los focos de tensión sin armamento reglamentario de defensa lo indignaba profundamente. Sentía que los enviaba desprotegidos, expuestos a la arbitrariedad de cualquier pedrada o choque en las esquinas de la barriada. Sin embargo, el reverso de la moneda le resultaba aún más aterrador: la sola idea de que, en medio del caos de un enfrentamiento nocturno, a alguno de sus soldados se le fuera la mano y acabara con la vida de un migrante le encogía el estómago. Sabía perfectamente lo que eso significaba. No solo sería una tragedia humana irreparable, sino la ruina absoluta para el chaval, el fin de su carrera militar y un juicio devastador.

 

Apoyó los nudillos sobre la madera de la mesa, mirando el plano desplegado de la Avenida San Juan de Dios y los accesos a Los Rosales. Afuera, en el patio de armas del cuartel de Regulares, el rugido al ralentí de los camiones y los todoterrenos anunciaba que la sección de guardia ya estaba lista para salir a patrullar las calles de Ceuta.

Escena en la Playa de la Ribera

A lo largo del arenal junto al espigón, bajo los focos de iluminación provisional instalados cerca del puesto de la Cruz Roja, varios voluntarios con chalecos reflectantes distribuían mantas térmicas, agua y raciones de comida a un grupo de migrantes La escena, habitual en el dispositivo de emergencia, se vio de pronto interrumpida por el rumor de pasos firmes sobre la arena secada por el viento.

 

Un grupo de ocho o diez hombres del barrio avanzó hacia el vallado perimetral del puesto de socorro. No venían a observar en silencio. El que lideraba el grupo, un hombre maduro de manos encallecidas y rostro encendido por la rabia acumulada, encaró directamente a una de las voluntarias que sostenía una caja de víveres.

 

—¡Dadles de comer a estos mientras nuestros mayores no pueden ni salir a la calle a comprar! —gritó, alzando la voz por encima del rumor del oleaje—. ¿Os habéis dignado a visitar a las personas mayores del barrio que no salen de sus casas por miedo, a ver si necesitan un kilo de arroz o la medicina de la tensión?

 

Las palabras rebotaron en el muro del paseo marítimo con la violencia de un reproche antiguo. La voluntaria se quedó inmóvil, sosteniendo el cartón contra el pecho sin saber qué responder, mientras los demás miembros del equipo de emergencia intercambiaban miradas de incomodidad bajo la luz fría de los focos. Entre los vecinos no había pancartas ni consignas elaboradas; solo la frustración desbordada de quienes sentían que, al otro lado de las persianas bajadas en las calles del interior, la ciudad vieja se consumía en la sombra sin que nadie acudiera a preguntar por ellos.

 

 

 

 

Escena de la Manifestación en la Plaza de los Reyes

 

Plaza de los Reyes, frente a la fachada de la Delegación del Gobierno. La explanada, punto neurálgico donde convergen las grandes concentraciones de la ciudad, se encontraba abarrotada por una multitud enardecida. En medio del gentío, envueltas en el ambiente denso del atardecer, dos mujeres permanecían juntas en primera línea. Ambas sostenían con firmeza en las manos la bandera de Ceuta —con sus piezas en blanco y negro y el escudo de Portugal en el centro— mientras sobre los hombros llevaban anudadas, a modo de capa, la bandera de España.

Una de ellas, con la voz entrecortada por la rabia y el cansancio acumulado de tantas semanas de tensión, se giró hacia su compañera:

—Rosalía, yo no voy a llevar a mi hijo a la guardería —dijo con rotundidad, apretando los puños sobre la tela de la bandera—. No me entra en la cabeza cómo se les ocurre estar construyendo ahí mismo ese enclave para los refugiados, pegado a donde están los críos. Es una temeridad.

Rosalía asintió en silencio, ajustándose la bandera patria sobre la espalda mientras los cánticos de la multitud retumbaban contra las paredes de la plaza. A su alrededor, la masa de vecinos clamaba por explicaciones y seguridad, exigiendo a las autoridades respuestas ante una situación que sentían fuera de todo control. La cercanía del proyectado centro de acogida a zonas residenciales y equipamientos infantiles había terminado por encender la mecha de la indignación popular, transformando la Plaza de los Reyes en el altavoz del malestar de toda la ciudad.

Carmen se volvió hacia su marido, que permanecía un paso por detrás, con la mirada fija en el suelo y los brazos cruzados sobre el pecho.

 

—He dado orden al banco de que no pague el seguro de autónomos de septiembre —continuó Carmen, bajando el tono para hablarle a Ramón entre el griterío—. Estoy tramitando la baja del negocio; de todos modos llevamos cerrados desde el día 31 de julio. Lo poco que he vendido ha sido a puerta cerrada y así no podemos continuar. Acabaremos por comernos los pocos ahorros que nos quedan.

 

Ramón alzó la cabeza, mostrando la demudación de quien ve caer el trabajo de toda una vida.

 

—Hablaré con el propietario del local —prosiguió ella, con una determinación desesperada—. Le dejaré las estanterías y lo que nos quede de mercancía, pero no podemos seguir haciendo frente al alquiler. Si acepta, solo pagaré los consumos: la luz, el agua... hasta que le devuelva las llaves, a lo más tardar en dos meses.

 

—Carmen... ¿de qué vamos a vivir? —preguntó Ramón con la voz quebrada por el desaliento, su paga de invalidez a todas luces nos les alcanzaría para mantener la casa, cubrir los suministros y llevar la comida a la mesa sin los ingresos de la tienda.

Carmen le apretó el brazo con firmeza, mirándolo fijamente a los ojos para intentar contagiarle una entereza que ella misma sentía resquebrajarse por momentos.

 

—No te agobies, Ramón —le respondió ella, apretándole el brazo con fuerza mientras la marea humana volvía a rugir a su alrededor—. Pero aquí, desde luego, nos han ahogado el futuro.

Cierre Reflexivo de la Crónica

Dirán ustedes, lectores, que en toda esta parrafada no he mirado hacia el lado de los inmigrantes; a lo peor han pensado que soy un xenófobo o algo peor.

Pero no, no me he olvidado de ellos.

La variedad y la cantidad de personas que llegaron a Ceuta me hacen pensar que de todo ha de haber. Habrá quienes buscan sinceramente una vida mejor; habrá quienes llegan engañados, manipulados o convencidos de que al otro lado de la frontera encontrarán una vida mucho más fácil. Habrá quienes huyen de situaciones terribles y habrá también quienes puedan tener otros motivos que sería necesario conocer.

No pretendo juzgarlos a todos por igual. Sería tan injusto como ingenuo pensar que miles de personas pueden tener las mismas razones para abandonar su país.

Pero tampoco creo que mirar hacia otro lado nos ayude a comprender lo sucedido.

Y aquí es donde, para mí, está la cuestión fundamental.

Porque detrás de cada inmigrante hay una historia, pero detrás de una llegada masiva también hay una responsabilidad política. Alguien permite que esas personas lleguen hasta la frontera. Alguien las empuja a emprender un viaje en el que pueden perder la vida. Alguien decide mirar hacia otro lado. Y alguien, al otro lado, tiene la obligación de proteger su frontera, conocer quién entra en su territorio y garantizar la seguridad de sus ciudadanos.

Por eso, esta crónica no pretende demonizar a quienes llegaron a Ceuta. Pretende contar cómo lo vivieron quienes ya estaban allí.

Pretende poner voz a una ciudad que, de repente, tuvo que enfrentarse a una situación extraordinaria; a unas calles, unos barrios y unas familias que vieron alterada su vida sin haber sido consultadas y, en muchos casos, sin saber siquiera qué estaba ocurriendo.

Y quizá ese sea el mayor motivo de esta reflexión.

Que podemos discutir durante horas sobre inmigración, fronteras, gobiernos, Marruecos, España o ideologías. Podemos llamarnos racistas, xenófobos, fascistas, progresistas o cualquier otra cosa que nos resulte cómoda.

Pero mientras nosotros discutimos, la realidad sigue ahí.

Ceuta sigue allí.

Y sus ciudadanos también.

Por eso termino como empecé: contando lo que he sabido, lo que me han contado y lo que otros quizá prefieran que no se cuente.

No pretendo tener toda la verdad.

Pero sí creo que Ceuta merece que se conozca toda la historia.

Esta es, sencillamente, mi mirada sobre una realidad que no deberíamos esconder.

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