Los marineros del Rey
El viento de noviembre soplaba seco por la calle del
León, arrastrando las hojas muertas hasta la puerta del mentidero de San
Felipe. A apenas dos manzanas de allí, en una habitación oscura de la calle de
Francos, Lope de Vega reclinaba la pluma sobre la papelera de nogal, sonriendo
con el orgullo sutil del hombre a quien la fortuna jamás ha aprendido a negarle
nada.
—Demasiada invención, señor Freire —decía Lope a su
secretario, mientras soplaba el polvo de arena sobre el pliego recién escrito—.
Al hidalgo don Quijote le sobraba ya la locura en la primera entrega. Hay
mentes que, de tanto no tener nada en los bolsillos, se llenan la cabeza de
gigantes, galeras y desencantos. La imaginación, cuando no lleva el freno de la
razón, no es arte: es extravío.
Lope se rió para sus adentros. Apenas unos meses atrás
había visto la luz en Tarragona el libro firmado por un tal Alonso Fernández de
Avellaneda, ese Quijote apócrifo nacido en los círculos literarios
enfrentados a Cervantes. No hacía falta que el nombre del Fénix figurara en la
portada; para Cervantes, las costuras de la venganza y las sátiras del prólogo
parecían señalar hacia el mundo literario que rodeaba a Lope.
Lope lo consideraba una lección limpia, un
recordatorio sutil a aquel viejo veterano de la marina de que no todos los
hombres que empuñaban una pluma podían aspirar a reinar en los corrales de
Madrid.
—¿Saavedra? —murmuró para sí con fino desprecio,
saboreando la ironía—. ¡Qué manía la de este pobre viejo por inventarse
linajes! Dicen que tomó el apellido de unos parientes de origen gallego,
buscando quizá un lustre que el suyo no le proporcionaba. Aunque también hay
quien sostiene que se lo ganó en los baños de Argel, donde los moros,
burlándose de su manquera, lo llamaban «Shaibedraa», algo así como «el del
brazo tullido». ¡Vaya manera de convertir una desgracia en apellido! Sea como
fuere, llamarse Saavedra no le quitará lo Manco ni le dará el talento para
escribir una comedia que dure tres días en cartel.
Pero al mirar por la ventana hacia el cielo plomizo de
la noche madrileña, la burla de Lope se congeló por un instante. Un escalofrío
involuntario le recorrió la espalda: el eco térmico de las brumas de julio de
1588.
Lope volvió a verse con veinticinco años, encaramado a
la borda del galeón San Juan en las nieblas del Atlántico Norte, huyendo
de Madrid tras su pleito por libelos de amor. Recordó el balanceo salvaje de la
nave portuguesa en las aguas del canal de la Mancha, el estruendo sordo de la
artillería inglesa y la lluvia helada que calaba los huesos mientras la Gran
Armada —esa fuerza colosal a la que el orgullo británico bautizaría con
sarcasmo como la Invencible— bordeaba los acantilados de Irlanda intentando no
ser tragada por el abismo. Él había sobrevivido de milagro, redactando versos
rodeado de armas y munición para desembarcar en La Coruña. Pero el fantasma de
ese mar negro y helado jamás se le había ido del todo.
A escasos doscientos pasos, en el humilde cuarto de la
calle del León, Miguel de Cervantes sostenía las páginas del libro tarraconense
cerca de la vela, acariciando el papel con la mano izquierda inutilizada, la
misma que cuarenta y tres años atrás había quedado herida en la batalla de
Lepanto.
Miguel no necesitaba indagar demasiado para reconocer
el tono del golpe. Había leído el prólogo escarnioso donde se le atacaba por
viejo, manco y envidioso.
—Es él —murmuró Cervantes para sí mismo, con la voz
apagada pero sin un ápice de temblor.
No sabía quién había movido exactamente los hilos,
pero conocía demasiado bien los odios del mundo literario para ignorar de dónde
venían algunas de aquellas burlas.
Cervantes miró su mano tullida.
Recordó el humo de las galeras, el crujido de los
arcabuzazos a bordo de la Marquesa bajo el mando de don Juan de Austria,
el ímpetu de los hombres que combatían a bordo y aquella jornada de Lepanto que
le había dejado una cicatriz para toda la vida.
Y cómo, años más tarde, jóvenes como Lope partieron
hacia las nieblas del norte tras la sombra de Álvaro de Bazán. Aquellos eran
hombres de hierro y mar; esto, en cambio, no era más que una disputa de tintero
en el barrio de las Musas.
El viejo soldado mojó la pluma de ave en la tinta
negra. No había amargura en su rostro, sino una lucidez serena y casi piadosa.
—Tú tienes el favor de los príncipes, las comedias que
llenan las tablas y el aplauso de la corte, frey Lope —susurró Miguel a la
penumbra del cuarto—. Tienes la soltura de los versos y la burla fina para
quienes fuimos a tullirnos por el Rey mientras otros escribían sonetos en la retaguardia.
Pero la vida no es un corral de comedias donde todo se resuelve en tres
jornadas.
Cervantes apoyó una hoja en blanco sobre la mesa
desgastada y comenzó a redactar los capítulos finales de la verdadera Segunda
parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha.
No respondería con libelos ni con insultos de pasquín.
Su venganza sería puramente literaria: haría que su propio don Quijote entrara
en una imprenta de Barcelona, descubriera allí los pliegos del libro apócrifo y
los despreciara por falsos. Para rematar el desmentido, cambiaría la ruta de su
hidalgo cancelando el viaje a Zaragoza que proponía el usurpador. De ese modo,
la propia ficción desmontaría la trampa, demostrando que la genialidad de su
obra estaba a una altura que la chanza de Lope jamás podría alcanzar.
A través de la ventana se escucharon las campanas de
San Ildefonso.
Dos hombres que habían conocido la guerra y el mar
escribían aquella noche bajo el mismo cielo de Madrid.
Uno estaba coronado por los laureles de los corrales.
El otro, anciano y manco, estaba a punto de escribir
una obra que vencería al tiempo.
La lluvia de otoño golpeaba con monotonía los
cristales del despacho en la calle de Francos.
Sobre la mesa de nogal de Lope de Vega, junto a los
manuscritos de sus comedias y la correspondencia destinada al duque de Sessa,
reposaba un tomo de cubiertas de pergamino, aún fresco de imprenta.
En el lomo, con letras de tinta negra recién secada,
se leía:
Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de
la Mancha. Por Miguel
de Cervantes Saavedra.
Lope alargó la mano lentamente.
A sus cincuenta y tres años, coronado por el aplauso
de Madrid y con los corrales de comedias rindiéndole vasallaje, el Fénix sentía
una extraña inquietud que jamás admitiría ante sus secretarios.
Apenas un año atrás, el Quijote firmado por
Avellaneda en Tarragona le había parecido una buena arma contra la soberbia del
viejo manco.
Con gesto despectivo, abrió el volumen por las
primeras páginas, buscando con la mirada las grietas por donde colar su
mordacidad.
—A ver qué despecho escupe el manco en sus prólogos
—murmuró para sus adentros, forzando una sonrisa helada.
Pero conforme sus ojos recorrían las líneas de Cervantes,
la sonrisa se le fue apagando en los labios.
No había en el texto la rabieta de un anciano
derrotado, ni los insultos ramplones de pasquín que Lope esperaba. Cervantes no
se rebajaba a pelear en el barro.
En lugar de eso, el viejo soldado respondía con una
elegancia implacable, con una socarronería casi divina que dejaba en evidencia
la torpeza del libro apócrifo y las miserias de la camarilla que lo había
amparado.
Lope pasó las hojas con rapidez febril, leyendo
pasajes a saltos.
Al llegar al capítulo en que don Quijote y Sancho
entran en una imprenta de Barcelona, ven los pliegos del libro apócrifo, lo
desprecian por falso y deciden cambiar el rumbo de su viaje para no pisar
Zaragoza, a Lope se le heló la sangre.
—Ha hecho de la mentira parte de su propia
invención... —susurró el Fénix, sintiendo un nudo en la garganta.
Aquel manco a quien él había considerado un escritor
menor acababa de lograr una proeza narrativa que ningún ataque literario podía
destruir.
Cervantes había tomado el golpe, lo había metido
dentro de las entrañas de su propia novela y había utilizado la existencia del
libro falso para hacer todavía más real a su personaje.
Don Quijote no solo caminaba por los caminos de La
Mancha.
Ahora también juzgaba a quienes intentaban contar su
historia.
Lope se levantó de la silla y caminó hacia la ventana.
Fuera, la noche madrileña cubría las tejas del Barrio
de las Letras.
A dos manzanas de allí, en la penumbra de la calle del
León, sabía que el anciano consumía las pocas fuerzas que le quedaban.
El Fénix volvió a mirar el libro sobre la mesa.
Recordó las tormentas de la Gran Armada de 1588,
cuando el Atlántico amenazaba con tragarse las naves españolas y él intentaba
ahuyentar la muerte escribiendo versos.
Había sobrevivido al mar.
Había conquistado los teatros.
Había conocido el dinero, la fama y la gloria.
Pero al contemplar la Segunda parte del Quijote,
Lope de Vega comprendió una verdad amarga que jamás confesaría en sus cartas:
En la comedia humana de España, él era el rey de las
tablas.
Pero aquel viejo mutilado de Lepanto acababa de
escribir para la eternidad.
Lope cerró el libro de golpe.
El chasquido del pergamino resonó en la estancia vacía
como el disparo lejano de un arcabuz en la lejanía del mar.
El sol de la tarde filtraba una luz dorada a través
del ventanuco de la calle del León.
Miguel de Cervantes descansaba la espalda sobre el
respaldo de paja de su sillón. Tenía sesenta y ocho años y sentía en los huesos
el cansancio definitivo de quien sabe que la última jornada se le agota entre
las manos.
Sobre la mesa reposaba la Segunda parte de Don
Quijote, ya impresa y distribuida por las librerías de Madrid.
Miguel sabía perfectamente lo que se decía —y lo que
se callaba— a dos manzanas de allí.
Le habían contado que el Fénix había examinado las
páginas con el ceño fruncido y que, desde entonces, en el círculo literario de
Lope se guardaba un prudente silencio sobre la obra.
Ni una alabanza en público.
Ni un soneto de elogio.
Ni una mención en los corrales.
Cervantes esbozó una sonrisa cansada, acariciando la
empuñadura gastada de su pluma.
—El silencio de los soberbios es la mejor de las
aclamaciones —murmuró para sí mismo.
No había despecho en su alma. Miguel comprendía la
naturaleza de Lope mejor que nadie. El Fénix necesitaba el ruido, las palmas de
las corralas, los vítores del vulgo y el incienso de los duques para sentirse
vivo. Para Lope, el éxito que no se aplaudía a gritos en tres jornadas
simplemente no existía. Por eso el silencio sobre el Quijote no era
olvido: era el mudo asombro de quien ve alzarse una catedral de prosa y no sabe
con qué versos derribarla.
Cervantes miró el muñón de su mano izquierda, la
herida que cuarenta y cuatro años atrás le había dejado la gloria de Lepanto.
—Señor frey Lope —susurró hacia la penumbra del cuarto
como si su voz pudiera atravesar los muros de Madrid—, tenéis los teatros
llenos y las calles rendidas a vuestro paso. Os dejo las tablas, las comedias y
los laureles de la Corte. A mí me basta con saber que, cuando los teatros se
queden a oscuras y los príncipes que os pagan sean polvo, mi hidalgo desarmado
seguirá cabalgando por el mundo.
Miguel mojó la pluma una última vez y volvió a
trabajar en Los trabajos de Persiles y Sigismunda.
Apenas unos meses después, el viejo soldado cerraría
los ojos para siempre. No le hizo falta el aplauso de Lope de Vega para
marcharse en paz: se fue sabiendo que su pluma, movida por una sola mano, había
conquistado un imperio que jamás sufriría naufragios.
Cervantes murió en Madrid, el 22 de abril de 1616.
Al día siguiente, el 23, fue buried
[enterramientos/enterrado]. Y una mañana gris envolvió las calles del Barrio de
las Letras. A través de la ventana del despacho en la calle de Francos llegaba
el doble pausado y lúgubre de las campanas de San Ildefonso y del convento de
las Trinitarias.
Lope de Vega no se levantó de su sillón de nogal.
Sabía perfectamente lo que significaba aquel tañido.
Apenas unas calles más allá, un grupo de hombres
acompañaba hasta su última morada el cuerpo de un anciano de sesenta y ocho
años.
A sus cincuenta y tres años, ordenado sacerdote y
cargado con los honores de la Corte, el Fénix de los Ingenios decidió no salir
a la calle. No quiso asomarse al mentidero ni cruzarse con la comitiva.
Permaneció en el interior de su casa, con el portón cerrado y la pluma
suspendida sobre el tintero.
Pero aunque sus pies no caminaron hacia el entierro,
su memoria cruzó la esquina de la calle del León.
Imaginó el cadáver bajo la mortaja y, de forma
inevitable, la imagen de aquel brazo izquierdo, corto y rígido, descansando
sobre el pecho inerte.
Lope sintió que un nudo extraño le oprimía la
garganta.
Durante años había intentado minimizar al rival en sus
conversaciones y en sus círculos literarios, convencido de que la prosa de un
soldado sin fortuna jamás podría competir con el vendaval de sus comedias.
Pero allí, en el silencio de su despacho, la muerte de
Cervantes desmontaba todos los adornos del foro.
A Lope no le vino a la cabeza el escritor al que había
despreciado, sino el joven soldado de Lepanto; el hombre que había perdido el
uso de una mano y había continuado escribiendo; el cautivo que había regresado
de Argel; el hombre que, muchos años después, había creado a un hidalgo capaz
de vencer a sus propios imitadores.
Y la memoria le devolvió también el mar.
El mismo mar que él había conocido en 1588.
Dos hombres de letras que habían sido antes hombres de
guerra.
Dos vidas marcadas por el hierro, el agua y la pluma.
—Os vais en silencio, Miguel —murmuró Lope para la
penumbra de su estancia vacía.
El Fénix volvió la vista hacia el pliego en blanco
sobre la mesa.
Por primera vez en su vida, la soltura inagotable de
sus versos pareció dudar.
No comenzó ninguna comedia.
Permaneció largo rato inmóvil, escuchando en soledad
el eco lejano de las campanas.
Pasaron los años y la casa de la calle de Francos se
fue llenando de sombras.
El Madrid de 1630 ya no era el mismo.
Felipe III había muerto, muchos de los viejos
camaradas del Barrio de las Letras descansaban bajo tierra y el propio Lope de
Vega, cansado, anciano y golpeado por la tragedia familiar y los desengaños del
siglo, sentía cómo la luz de su vida comenzaba a languidecer.
Tenía casi setenta años cuando, después de haber
trabajado en ella durante los años anteriores, dio por terminada la redacción
de El laurel de Apolo, concebido para repasar la nómina de los mejores
poetas e ingenios de España. Publicado en 1630, aquel libro le ofrecía al Fénix
una última ocasión para reflexionar sobre el mundo literario que había dominado
durante tantos años.
El Fénix reclinó la espalda sobre el sillón.
Ante sus ojos cansados ya no desfilaban las ovaciones
de los corrales de comedias ni las tertulias llenas de lisonjas.
En el silencio de su despacho, la memoria lo devolvió
de nuevo a las brumas del Atlántico a bordo del galeón San Juan en 1588,
al crujido de la madera, a la fragilidad de los hombres frente a la inmensidad
del mar y del tiempo.
Pensó en la galera Marquesa, en las aguas de
Lepanto y en aquel viejo manco que había vivido y muerto a pocas calles de su
casa, escribiendo en penumbra mientras el mundo aplaudía sus propias obras.
Lope comprendió que el tiempo, ese juez implacable que
no entiende de favores reales ni de aplausos de tres jornadas, había puesto
cada cosa en su sitio. Las rencillas de tintero, el Quijote apócrifo de
Avellaneda, las burlas sobre Cervantes y el silencio de los mentideros se
habían evaporado como el humo de los arcabuces.
Solo quedaba la palabra.
Y entre los nombres que el tiempo había rescatado de
las rivalidades y los olvidos estaba el de Miguel de Cervantes.
Ya no como enemigo.
Ya no como rival.
Sino como uno de los grandes ingenios de aquella
España que ambos habían servido.
Lope no necesitaba pedir perdón.
Tampoco Cervantes estaba allí para recibirlo.
El tiempo había hablado por los dos.
Dos marineros de Felipe II habían combatido en los
mares del imperio y, muchos años después, en los pliegos de Madrid.
Uno conquistó a la masa de su tiempo.
El otro creó un personaje que seguiría cabalgando
cuando todos ellos hubieran desaparecido.
Y quizá esa fuera la última lección que Lope aprendió
de Cervantes: que los aplausos pertenecen a una época, pero la literatura,
cuando alcanza la grandeza, pertenece al tiempo.
El Fénix mojó de nuevo la pluma y, en el silencio de
su despacho, imaginó los versos que nunca llegaría a escribir:
Don Miguel de Cervantes Saavedra,
que a pesar de la envidia y del olvido,
a la inmortalidad la pluma cobra...

Comentarios
Publicar un comentario