El Precio del Olvido

 


El precio del olvido (Ourense, 1963)

El lápiz de carpintero apuntó la cifra en el margen del periódico: 14 pesetas.

Volvió a mirar el albarán del proveedor. El alcohol metílico, ese que se usaba para los motores de aviación y los tintes, costaba menos de la mitad que el alcohol de vino, que ya rozaba las 30 pesetas por litro. Setenta y cinco mil litros del malo significaban un ahorro inmediato. Un margen limpio. Dinero que iba directo al bolsillo del bodeguero Rogelio Aguiar en sus prósperos almacenes de Ourense.

—Es una locura —pensó el gran distribuidor, contemplando las enormes cisternas industriales que descargarían el químico—. Pero, al fin y al cabo, es solo alcohol.

Se encogió de hombros con la suficiencia de quien se cree intocable por su dinero. Pensó en las tabernas de los barrios bajos, en los puertos, en los pueblos del interior donde la vida pesaba demasiado. Muchos bebían para olvidar la vida de mierda que llevaban. Otros para olvidar ser menospreciados por los señoritos, o simplemente haber sido abandonados por su mujer. A nadie le importaría el sabor.

—¿Quién lo va a descubrir? —murmuró con una sonrisa cínica—. Los que beben mi licor de aguardiente y mi licor de café son gentes que tienen el gaznate hecho a tomar cualquier cosa.

La codicia, nacida como un cálculo matemático en un despacho a cientos de kilómetros, se puso en marcha. El jarabe oscuro de café y azúcar devoró el veneno transparente y los garrafones comenzaron a viajar hacia los pueblos en una red maldita.

El frío de febrero se metía en los huesos antes de que el sol asomara por el monte. A las cinco de la mañana, la cocina de leña aún estaba apagada y las manos de Mariano ya estaban rígidas, agrietadas por la azada y el viento del norte. Se calzó las zocas de madera, se echó la manta vieja sobre los hombros y salió a la calle. Las tierras no esperaban, y el invierno en el campo no tenía piedad de nadie.

Antes de enfilar el camino de la labranza, hizo la parada de siempre. La luz mortecina de la taberna de la esquina era el único faro en mitad de la niebla.

Al entrar, el aroma a tabaco de liar y serrín húmedo lo envolvió. Manolo, el tabernero, un hombre que arrastraba una pierna desde su infancia por la poliomielitis, lo recibió tras el mostrador. Para Manolo, aquel negocio era su única trinchera, un medio de vida mucho menos duro que el campo, pero con el mismo sufrimiento diario para conseguir sacar a su familia adelante.

Con su andar dificultoso, Manolo dejó caer sobre la madera gastada un vaso pequeño de cristal grueso. Lo llenó hasta el borde con el aguardiente del nuevo garrafón que le acababa de llegar de la capital.

—Para espantar la escarcha, Mariano —dijo el tabernero con un gruñido amable.

Mariano asintió, agarrando el vaso con sus dedos torpes y entumecidos. Miró el líquido transparente. Vivía una vida dura, de sol a sol, doblando el lomo por cuatro perras, ignorado a veces. No pedía lujos. Solo aquel maldito trago que le encendiera el pecho para poder arrancar. Se llevó el vaso a los labios y lo bebió de un golpe.

El primer trago le supo más áspero de lo normal, un fuego extraño que le arañó el gaznate con violencia y le hizo lagrimear. «Buena traza trae este lote», pensó, limpiándose la boca con el revés de la mano. Dejó las dos pesetas en la barra, se ajustó la gorra y salió de nuevo a la penumbra.

Caminó hacia las fincas mientras el aguardiente le subía a la cabeza. Sin embargo, a los veinte minutos de empezar a cavar, el calor se transformó en una náusea sorda, pesada. Se detuvo, apoyándose en el mango de la azada. El sol ponía fin a la niebla, pero el día, extrañamente, no se aclaraba. Mariano parpadeó con fuerza, restregándose los ojos con los puños. La luz del amanecer, en lugar de brillar, se estaba volviendo gris, como si una cortina de humo negro estuviera cayendo despacio sobre las tierras. Mariano volvió a casa a trompicones, arrastrando los pies. Cuando entró en la cocina, su mujer creyó que venía borracho. Pero Mariano no cantaba. Se sentó junto al fuego, se tapó la cara con las manos y susurró:

—Carmen... aviva el candil, que no veo la lumbre.

Mariano salvó la vida, pero la oscuridad se instaló en sus ojos para siempre.

El amanecer del día siguiente trajo una luz gris que no alivió el pánico. Los rumores sobre los diez hombres que se habían quedado ciegos o agonizaban en sus camas flotaban en el aire. A media mañana, cuatro parroquianos que intentaban huir del miedo se refugiaron en la taberna. Necesitaban hablar.

—Pon cuatro licores de café —pidió uno de ellos, arrastrando las sillas.

Manolo les sirvió con manos temblorosas. No entendía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo. Los comentarios que le llegaban eran contradictorios y alarmantes: la gente decía que los enfermos del día anterior habían empezado a sentirse mal casi al salir de su taberna, tras tomar el aguardiente. «Es imposible, el género es bueno», se decía a sí mismo una y otra vez, mirando los garrafones con una mezcla de rabia y desconcierto.

Los cuatro hombres se dispusieron a echar una partida de dominó. El ruido seco de las fichas contra la mesa intentaba tapar el silencio incómodo. No había pasado ni media hora cuando el jugador que llevaba la ventaja dejó una ficha suspendida en el aire. Se llevó la mano libre a la frente, mareado, y parpadeó con fuerza.

—Qué calor hace aquí dentro... y se está poniendo esto oscuro, ¿no? —murmuró, rozando con el brazo su copa de licor de café. Antes de que nadie pudiera responder, su compañero soltó un quejido sordo y se dobló sobre la mesa, agarrándose el estómago. Los primeros síntomas del nuevo día ya estaban allí.

Casi a la misma hora, a unos pocos metros, la tragedia de la noche anterior terminaba de desvelarse.

María, una vecina, se había detenido ante la fachada de la casa de Ramón. Le extrañó profundamente ver que las ventanas seguían cerradas a cal y canto cuando el sol ya estaba alto. Ramón era un borracho empedernido, el ninguneado del pueblo, pero nunca se encerraba así despuntando el día. María tenía una llave de esa casa en el bolsillo de su delantal. Nadie lo sabía, pero era un secreto que guardaban con celo: a veces, cuando Ramón no bebía y la vida les daba una tregua, se amaban en esa penumbra, encontrando un consuelo que el resto del mundo les negaba.

Presentía que algo iba mal. Metió la llave, giró el metal y empujó la puerta. La casa estaba fría, sumida en una oscuridad total. María avanzó despacio hacia el jergón del fondo.

—¿Ramón? —llamó, con la voz rota por la sospecha.

Al acercarse, lo vio. Ramón no llegaría a mañana porque ya se había ido. Estaba completamente rígido en la cama, con la piel teñida de un azul pálido y los ojos abiertos, fijos en el techo con unas pupilas inmensas que ya no reflejaban la luz. Había muerto en la soledad de la noche, intoxicado por el mismo veneno que ahora empezaba a nublar la vista de los hombres que jugaban al dominó.

La muerte de Ramón se notificó a la Guardia Civil, lo que supuso abrir de inmediato una investigación criminal. Al acudir al cuartelillo los familiares de los enfermos, no hubo que atar muchos cabos para entender que aquello era o un envenenamiento o algún tipo de virus desconocido hasta el momento.

Mientras tanto, en la taberna, el pánico de los jugadores obligó a llamar a Don Claudio, el médico rural, que llegó al local a los pocos minutos con el maletín de cuero en la mano. Al ver los vómitos, la ceguera repentina de los hombres y las copas de licor de café sobre la mesa, el doctor dedujo rápidamente que debía ser por lo que estaban tomando.

—No hay ningún virus —sentenció el médico, ordenándole a Manolo que echara el cierre inmediato.

Don Claudio fue corriendo a informar al Sargento de la Guardia Civil de lo que creía que era la causa de la tragedia, advirtiéndole que hoy mismo no solo esos cuatro jugadores, sino también los jornaleros que habían tomado una copa antes de irse al trabajo, padecían ya los mismos síntomas.

El sargento y sus hombres acudieron a la taberna, que ya se encontraba cerrada siguiendo el consejo del médico. Golpearon la puerta trasera del almacén y Manolo abrió. Temblando de miedo, el tabernero respondió a todas las preguntas que le formularon. Colaboró desde el primer segundo, poniendo a disposición de la autoridad todos los albaranes y papeles, jurando por sus hijos que él solo servía el género que había comprado y que para nada había adulterado ninguna botella.

Aunque Manolo colaboró, el sargento no podía dejarlo en libertad hasta que el juez aclarase que él no tenía participación en la mezcla, por lo que tuvo que llevárselo detenido al cuartelillo. Su mujer, Isabel, y sus cinco hijos vieron desde el callejón cómo se lo llevaban escoltado por dos guardias, aunque, por deferencia a su cojera y su honradez, por lo menos no lo llevaban esposado.

Días más tarde, Rogelio hojeaba el periódico mientras desayunaba. La noticia de unas extrañas intoxicaciones en Ourense le hizo detener la lectura unos segundos. Frunció el ceño, volvió a mirar el titular y dejó escapar un leve resoplido. «Casualidades», murmuró. Terminó el café, dobló el periódico y salió hacia la bodega como cualquier otra mañana.

Manolo pasó varios días en el calabozo mientras la maquinaria de la justicia avanzaba deprisa, acuciada por el escándalo. Los papeles que entregó fueron la clave. El juez de instrucción actuó de forma implacable y, uniendo los análisis químicos con los albaranes de las 14 pesetas, la Guardia Civil se presentó en la capital para detener al verdadero culpable: el bodeguero Rogelio Aguiar.

Manolo fue puesto en libertad sin cargos, pero su calvario no había terminado.

Salió del cuartelillo con la inocencia demostrada, pero ya no pudo volver a abrir su taberna. Era libre, no tenía nada que ver con lo sucedido, pero en un pequeño pueblo, cuando te señalan, ya no tienes escapatoria. El vacío de los vecinos terminó por ahogar el negocio. Nadie entraba en la taberna. Sus hijos preguntaban qué iban a cenar. Isabel había vendido algunas pertenencias para resistir unos días más, confiando en que las cosas cambiarían. Pero el tiempo pasaba, las miradas de desprecio continuaban y los pocos ahorros que les quedaban se agotaron por completo. La desesperación terminó por apoderarse de ella al ver que ya no podía llevar un plato de comida a sus hijos.

Una tarde, incapaz de soportar más el peso de la miseria y el estigma, Isabel se adentró en el almacén de la taberna y se ahorcó, colgándose de una viga del techo.

Al encontrarla, el mundo de Manolo se extinguió. Solo en la penumbra del almacén, destrozado por el dolor, descubrió en un rincón el resto de una botella de licor de café que no había sido requisada por las autoridades en el registro. La miró fijamente. Sin dudarlo, se la llevó a los labios y la apuró hasta la última gota, buscando en el veneno el mismo olvido definitivo que les había dado a sus vecinos.

Pocos días después, sus cinco hijos, huérfanos y desamparados, fueron trasladados en un camión con destino al orfanato provincial.

Epílogo

En 1967, cuatro años después de estos trágicos hechos, se celebró finalmente el juicio por el caso del metílico. Durante las sesiones, el fiscal argumentó con dureza que los 75.000 litros de veneno comercializados tenían que haber dejado muchísimas más víctimas que las oficiales, calculándose hoy en día que los muertos reales superaron el millar debido a los falsos diagnósticos de la época. Respecto a los ciegos, también hubo cifras escalofriantes: cientos de hombres del campo y del mar perdieron la vista total o parcialmente.

El juicio terminó con 11 procesados y penas de hasta 20 años de prisión. Sin embargo, debido a los indultos, las revisiones y los recursos jurídicos, nadie cumplió más de 6 años de cárcel. Los grandes culpables salieron pronto a la luz del sol, mientras en el pueblo, las familias rotas, las tumbas olvidadas y los jornaleros que aún cavaban a oscuras quedaron marcados para siempre por el precio del alcohol más barato.

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