Volver a casa

 


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Prólogo

 

La Granada del terror (Agosto de 1936)

 

Federico García Lorca no era un hombre de partidos. "Yo soy de todos y hermano de todos", solía decir. Sin embargo, en Granada durante el verano de 1936, el odio local, las rencillas familiares y el fanatismo político no hacían distinciones. Detenido en la casa de sus amigos, los falangistas Luis y José "Pepito" Rosales, el poeta fue sacado en secreto y fusilado en el barranco de Alfacar. 

Pero la historia no terminó en esa fosa común. Esta es una ficción inspirada en uno de los grandes misterios de la historia contemporánea española: ¿y si alguien hubiera conseguido devolver a Federico García Lorca a su hogar?

 

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El 20 de agosto de 1936, apenas dos días después del fusilamiento, el despacho de la casa de los Rosales, en la calle Angulo de Granada, estaba a oscuras. Desde fuera se oían, a lo lejos, los motores de los camiones militares que patrullaban la ciudad.

Don Federico García Rodríguez, un rico terrateniente, se mantenía de pie apoyado en su bastón. Frente a él, con la cabeza baja, los hermanos Luis y José "Pepito" Rosales asumían su papel de acusados ante un juez.

—Os lo confié —dijo Don Federico con voz sospechosamente tranquila, que temblaba de rabia—. Os lo entregué aquí porque creí que vuestro apellido, vuestras camisas azules y vuestros discursos sobre la patria eran un escudo. Me mirasteis a los ojos y me dijisteis que nada le ocurriría, que bajo este techo Federico estaba seguro.

Luis, sin levantar la mirada y con voz quebrada, trató de justificarse: —Don Federico... lo intentamos. Por Dios que lo intentamos. No estábamos aquí cuando llegó Ruiz Alonso con la tropa. Mi madre intentó frenarlos; Luisa se interpuso...

—¡Y de qué me sirve vuestro intento! —interrumpió Don Federico, golpeando con fuerza el suelo con su bastón—. ¡Mi hijo está muerto! ¡Fusilado como un perro en un barranco! ¿Dónde estaba vuestra influencia cuando se lo llevaban? ¿Dónde estaban vuestros galones de Falange?

José, desesperado, se puso en pie, mostrando los puños en un gesto de impotencia: —¡Fui al Gobierno Civil, Don Federico! ¡Me enfrenté a Valdés! Le grité en su despacho, le amenacé... llamamos a Madrid para que dieran una orden directa. ¡Nos jugamos la vida! Pero nos engañaron. Nos dijeron que solo le tomarían declaración y, mientras nos mantenían dando vueltas por las oficinas, lo sacaron hacia Alfacar. ¡Esa jauría de asesinos lo tenía todo planeado por odio!

Un silencio sepulcral llenó la habitación. Don Federico miró primero el uniforme azul de José y luego la mirada desolada de Luis. De repente, su tono cambió; se volvió frío, calculador, con una lucidez aterradora.

—Ya no me importan vuestras disculpas, ni vuestras llamadas, ni vuestra política. Federico ya no escribe, ya no canta, ya no respira. Pero no voy a dejar que se pudra en una fosa común al sol de ese maldito barranco, mezclado con la tierra como si fuera nadie. Era mi hijo. Y quiero su cuerpo.

Luis, aterrado, respondió que eso era imposible, pues la zona de Víznar estaba militarizada y custodiada por guardias las veinticuatro horas. Cualquiera que buscara una fosa se arriesgaba a ser fusilado en el acto.

—Tengo dinero, Luis —sentenció el padre con frialdad—. Más del que esos guardias verán en toda su vida. El oro abre las puertas del infierno si hace falta, pero mi dinero no vale nada sin vuestra ayuda. Vais a conseguirme los salvoconductos. Vais a usar vuestros uniformes y vuestros coches de Falange para pasar los controles de la carretera de Alfacar en mitad de la noche. Yo pagaré a los enterradores y a los guardias para que miren a otro lado durante dos horas, pero vosotros vais a conducir ese coche y vais a ayudarme a sacarlo de la fosa.

Luis temblaba al pensar en las consecuencias. Si los descubrían, los fusilarían a todos por traidores al Movimiento. Sin embargo, Don Federico fue directo: —Me lo debéis, Luis. Os lo llevasteis vivo de mi lado y me lo devolvéis en una caja, o nos hundimos todos juntos en esta fosa. Vosotros elegís si vuestro uniforme sirve para salvar el honor de vuestra familia o si solo es el disfraz de unos cobardes que dejaron morir a su mejor amigo.

Los hermanos se miraron en silencio. Finalmente, José, ajustándose lentamente la cartuchera de su uniforme, asintió y preguntó dónde llevarían el cuerpo, advirtiendo que en la ciudad no habría ningún rincón seguro.

La respuesta de Don Federico fue firme y precisa: —A la Huerta de San Vicente. Lo enterraremos allí mismo, bajo el suelo de la cocina. Están haciendo obras con las nuevas tuberías y la tierra ya está removida. Si hemos de vivir rodeados de asesinos, al menos que mi hijo descanse en su propio hogar.

En la madrugada del jueves 23 de agosto de 1936, la cocina de la Huerta de San Vicente era un caos de escombros. Las losas del suelo habían sido levantadas para instalar las nuevas cañerías, dejando al descubierto la tierra oscura. Bajo la luz vacilante de un candil de carburo que proyectaba sombras grandes, un bulto largo, envuelto en una pesada manta de lana oscura y atado con cuerdas, descansaba en un rincón.

José y Luis Rosales, cubiertos de barro y en mangas de camisa, jadeaban por el esfuerzo de cavar en la zanja. La tierra estaba blanda al principio, pero a partir de los ochenta centímetros se volvió arcillosa y difícil.

Luis, apoyado en el mango de la pala, se detuvo exhausto. —No puedo más, Pepito... —susurró—. Siento que cada palada de tierra pesa en mi alma. Mírale ahí tirado... Es Federico. El mismo con el que hace una semana cenábamos y reíamos. No puedo quitarme de la cabeza su voz.

José le sujetó el brazo con fuerza, hablando directamente a su oído: —¡Cállate y sigue! Si nos derrumbamos ahora, estamos muertos. El retén militar pasa por el camino de la vega a las cinco de la madrugada. Cava.

Desde la puerta que daba al patio interior, Don Federico vigilaba inmóvil. Con voz baja pero firme, les indicó que un metro de profundidad sería suficiente para no tocar el nivel de agua de la acequia, y les ordenó traer el cuerpo.

Con respeto, los dos jóvenes bajaron el bulto al fondo de la zanja. Luis se arrodilló al borde, posando una mano temblorosa sobre lo que creía que era la cabeza de su amigo mientras murmuraba una oración. Don Federico se acercó y dejó caer un puñado de tierra sobre los restos.

—Aquí estarás a salvo, hijo mío —susurró—. Bajo el suelo de tu casa. Donde escribías. Donde tu madre te hacía el café. Ningún militar volverá a tocarte.

Cuando José preguntó por los albañiles que debían volver al día siguiente, Don Federico explicó que les había pagado el doble para que terminaran los trabajos esa misma noche y se marcharan lejos, convencidos de que todo se trataba de una simple avería en las cañerías. Echarían la capa de cemento, nivelarían y colocarían las losas hidráulicas, sellando el suelo para siempre.

A la medianoche del sábado 25, la cocina recién enlosada brillaba bajo la luz de un quinqué de petróleo. El aire estaba lleno del olor a cemento fresco y cal húmeda. En el suelo, las baldosas formaban un mosaico gris perfecto.

En la planta alta de la Huerta, los tres hijos pequeños de Conchita, la hermana de Federico, dormían ajenos a todo. Abajo, el silencio era total. Don Federico, el padre, descansaba en una silla de madera mientras la madre del poeta, doña Vicenta, vestida de luto, pasaba las cuentas de un rosario de rodillas sobre el suelo frío. Conchita, que acababa de quedar viuda tras el fusilamiento de su marido, el alcalde de Granada, apoyaba la cabeza en las rodillas de su madre.

—Madre... parece que estuviera durmiendo ahí abajo —dijo Conchita con un hilo de voz, mirando las baldosas—. Siento que si pego la oreja al suelo, voy a escucharle reír. ¿Cómo vamos a pisar este suelo mañana? ¿Cómo voy a cocinar aquí para los niños sabiendo que él está debajo?

Doña Vicenta, con dedos trémulos, continuó rezando antes de responder: —Pisaremos con cuidado, hija mía. Con el respeto con el que se pisa un templo. Está aquí. No está tirado en la cuneta como un animal. Dios nos ha permitido traerlo a su hogar.

—A partir de mañana, esta cocina es un sagrario —añadió Don Federico con un susurro ronco y cansado—. Nadie, ni visitas ni criados, entrará aquí solo. Y los Rosales... ellos cargarán con este peso igual que nosotros. Nuestro silencio es nuestra única protección.

El pánico se apoderó de las mujeres al pensar en el peligro. Conchita recordó que Manuel, su esposo asesinado, ya no estaba para protegerlas. Si el nuevo régimen descubrían el cuerpo de Federico, las represalias alcanzarían incluso a los niños. Doña Vicenta, con el rostro desencajado, coincidió en que aquello era considerado un pecado de muerte ante las nuevas autoridades.

Don Federico se levantó lentamente y se colocó justo sobre la losa central. "He enterrado mi dinero, mi orgullo y el cuerpo de mi hijo bajo este cemento. De aquí no lo saca nadie. Pero tú, Conchita, tienes que vivir por tus hijos."

Doña Vicenta apoyó las palmas sobre la baldosa fresca, llorando en silencio y dejando que sus lágrimas humedecieran el cemento aún tierno de las juntas.

Cuatro años de posguerra pasaron y el régimen de Franco se consolidó por completo. En un atardecer de junio de 1940, la cocina de la Huerta de San Vicente lucía medio desmantelada. Había cajas de madera y maletas de cuero apiladas en las esquinas ante la inminente partida al exilio. Don Federico se mostraba visiblemente enfermo y consumido por el insomnio y la constante paranoia de ser descubiertos.

Conchita terminó de cerrar una caja y anunció: "Las maletas de los niños ya están listas, padre. Mañana a primera hora viene el camión para llevarnos a Madrid a por los visados de la embajada. De allí partiremos hacia Vigo para embarcar rumbo a Nueva York."

El anciano padre señaló el suelo con su bastón, atormentado por la duda. "¿Y si deciden reformar? ¿Andan picando el suelo para meter luz o gas? ¿Cómo voy a cruzar el océano y dejarlo aquí solo? Siento que le estamos abandonando por segunda vez, Vicenta."

Conchita se arrodilló ante él y le tomó las manos para suplicarle. "Padre, no podemos seguir así. Mis hijos están creciendo. El mayor ya empieza a hacer preguntas sobre por qué nunca comemos en la mesa de la cocina, sobre por qué la abuela reza aquí por las noches. Si nos quedamos, cometeremos un error. Y si nos descubren, no habrá dinero en el mundo que salve a mis hijos de la represión."

Derrotado, Don Federico bajó la cabeza, admitiendo que el miedo los había vencido. Doña Vicenta, colocándole una mano en el hombro, intentó consolarlo. "No es miedo, Federico. Es supervivencia. Nuestro hijo ya no está en este cuerpo bajo el suelo. Su música y sus palabras van con nosotros en las maletas, eso no nos lo pueden confiscar. Pero tus nietos necesitan vivir sin mirar debajo de sus pies cada mañana."

Con un enorme esfuerzo, Don Federico se levantó por última vez y se colocó sobre la losa central. Se agachó despacio y posó la palma de su mano arrugada sobre el suelo frío. "Adiós, mi Federico. Perdona a este viejo que no supo protegerte en vida y que ahora tiene que dejarte en tu propia casa. Que la vega te sea leve, hijo mío."

Doña Vicenta le ayudó a incorporarse. Conchita apagó el candil de la cocina y todos salieron despacio, cerrando la puerta tras de sí con un chasquido metálico que resonó en el vacío como un cerrojo definitivo.

 

Epílogo

 

Noventa años han pasado desde que los fusiles callaron en el barranco de Víznar. Hoy en día, las campañas de búsqueda en los alrededores de Víznar y Alfacar siguen regresando vacías, sumiendo a los historiadores en total desconcierto.

Mientras tanto, la Huerta de San Vicente, convertida en casa-museo, recibe a miles de visitantes cada año. Quienes caminan por sus estancias a veces hablan de extrañas corrientes de aire frío, de un piano cuyas teclas vibran solas en el silencio de la noche y de un misterioso crujir de maderas en la cocina.

El mito de Lorca sigue vivo, no solo en sus libros, sino quizás de forma literal, bajo el mismo suelo que hoy pisan los turistas sin saber que caminan sobre el secreto mejor guardado de la posguerra española.

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