Jorge Juan Santacilia

 


JORGE JUAN SANTACILIA

(Novelda, 1713 –Madrid 1773)

 

En los astilleros de Cádiz, Cartagena y Ferrol, los maderos aún olían a resina fresca bajo las reglas matemáticas que Jorge Juan había ideado. Hacía apenas dos años, en 1771, había entregado al mundo su gran obra, el Examen marítimo, condensando en ecuaciones el comportamiento de los navíos frente a la mar. Sin embargo, en los despachos de la Corte el aire se había vuelto denso. Tras la caída de su gran protector, el marqués de la Ensenada, las intrigas de palacio y las nuevas tendencias de construcción naval amenazaban con arrinconar el sistema que Jorge Juan tanto había luchado por perfeccionar. Sabía que, en ocasiones, la política y la envidia terminaban imponiéndose a la verdad geométrica.

Aquel 21 de junio de 1773, la vida del sabio se apagó definitivamente en su casa de la calle Valverde, en Madrid. Tenía sesenta años. Llevaba tiempo padeciendo los terribles cólicos biliares que habían quebrantado su salud, agravados por unas fiebres tercianas que regresaban una y otra vez desde los años de su expedición por América.

Afuera, Madrid seguía su curso. Se oían los martillazos de los canteros que levantaban la Puerta de Alcalá, las mulas arrastrando piedra hacia el Paseo del Prado y los pregoneros voceando las gacetas con las últimas noticias de la expulsión de los jesuitas.

Dentro, en cambio, reinaba el silencio.

El hombre que había medido la Tierra y renovado la flota del Imperio yacía en una cama sencilla. Sobre la mesa del despacho habían quedado una pluma, un compás de latón y un fajo de papeles cubiertos de cálculos que casi nadie en aquel Madrid que despertaba habría sido capaz de comprender.

Bernardo cruzó el umbral de la casa con el paso ligero de cada mañana, dispuesto a reanudar el trabajo entre mapas y legajos.

Tenía treinta y dos años y conocía aquella casa, aquellos papeles y aquella rutina casi tanto como conocía a su tío. Por eso fue precisamente el silencio lo que lo hizo detenerse.

La mesa estaba despejada.

El compás de latón descansaba junto al tintero.

La silla permanecía vacía.

Bernardo sintió una alarma sorda en el pecho.

—¿Tío?

No hubo respuesta.

Cruzó el despacho y corrió hacia la alcoba.

La puerta estaba entreabierta. En la penumbra del dormitorio, el aire parecía inmóvil.

Se acercó a la cama con el aliento contenido y puso una mano sobre el embozo.

No necesitó más.

Jorge Juan estaba muerto.

El rostro conservaba todavía las huellas de las últimas fiebres. La piel mostraba una palidez de cera y las facciones, tantas veces contraídas por el dolor de los cólicos, se habían asentado por fin en una quietud definitiva. Los labios permanecían sellados. Las manos descansaban inmóviles sobre la sábana.

Después de tantos años de luchar contra el dolor, la enfermedad y el cansancio, Jorge Juan había encontrado por fin el reposo.

Bernardo permaneció inmóvil junto al lecho.

Tenía treinta y dos años. No era un niño que acabara de perder a un padre. Era un hombre hecho y derecho. Y, sin embargo, comprendió en aquel instante que acababa de quedarse huérfano de una manera que no sabía nombrar.

Jorge Juan había sido su tío.

También había sido su maestro, su referencia y el hombre cuya inteligencia había aprendido a admirar desde la infancia.

Para Margarita, su madre, la noticia sería todavía más amarga.

Aún guardaba en la memoria el día en que había visto marchar a su hermano hacia las Américas: un muchacho apenas salido de la juventud que se embarcaba hacia lo desconocido. Ahora le tocaba llorar la pérdida de aquel hombre en el crepúsculo de sus días, viendo cómo se apagaba una de las luces de la familia.

De pie junto al lecho, Bernardo no pudo evitar que acudiera a su memoria la voz de su madre.

De niño, Margarita le había contado muchas veces las aventuras de su tío. Algunas noches, cuando Bernardo era todavía demasiado joven para comprender el alcance de lo que escuchaba, aquellas historias le parecían cuentos de prodigios y peligros.

Recordó especialmente las de Inglaterra.

—¿Puedes creerlo, hijo? —le decía Margarita, entre el orgullo y el espanto—. Mientras la Royal Society lo recibía entre sus miembros y el nombre de Jorge Juan comenzaba a ser conocido por los sabios de Europa, él andaba por los astilleros del Támesis disfrazado, bajo el nombre de Mr. Josues. Se metía donde no debía, observaba cómo construían sus buques, estudiaba sus métodos y trataba de convencer a los mejores constructores ingleses para que cruzaran el mar y trabajaran para España. Todo eso mientras las autoridades vigilaban a los extranjeros.

Bernardo miró las manos inertes de su tío.

Aquellas mismas manos habían estrechado las de algunos de los hombres más ilustres de Europa. Y aquellas mismas manos habían manejado en Inglaterra las notas y observaciones que podían haberle costado mucho más que su reputación.

En Londres, Jorge Juan había arriesgado la cabeza por una causa de Estado, moviéndose entre astilleros, ingenieros y hombres que no debían conocer sus verdaderas intenciones.

Pero no había sido allí donde había aprendido a sobrevivir.

Su verdadero aprendizaje había comenzado mucho antes, al otro lado del océano.

En los Andes no había disfraces ni diplomáticos. Había montañas, frío, enfermedad y un aire tan escaso que cada respiración se convertía en un esfuerzo. Durante casi nueve años, junto a Antonio de Ulloa y los demás miembros de la expedición, Jorge Juan había recorrido aquellos territorios midiendo ángulos y distancias, soportando tormentas, alturas y privaciones para responder a una pregunta que parecía sencilla y que, sin embargo, podía cambiar la manera en que el mundo entendía su propia forma.

Bernardo volvió a mirar el rostro sereno de su tío.

Ahora comprendía algo que de niño no había podido comprender.

Las fiebres que habían regresado una y otra vez durante décadas quizá habían comenzado allí, en aquellas tierras lejanas donde Jorge Juan había aprendido cuánto podía exigir un hombre a su propio cuerpo.

Le costaba imaginar que aquel hombre inmóvil hubiera sido el mismo que había cruzado los mares siendo todavía joven, que había medido la Tierra en las alturas de los Andes y que después había recorrido en secreto los astilleros ingleses para aprender los secretos de sus navíos.

El compás seguía junto al tintero.

Fuera, Madrid despertaba.

Dentro, Jorge Juan había dejado de respirar.

Bernardo permaneció unos instantes junto al lecho. Luego miró una última vez aquella mesa de trabajo que tantas veces había visto cubierta de papeles, instrumentos y cálculos.

Jorge Juan había sido muchas cosas: marino, matemático, científico, ingeniero, hombre de Estado.

Pero, por encima de todas ellas, había sido un superviviente.

Y ahora Bernardo tendría que aprender a vivir sin él.

Bernardo lo sabía bien porque su tío se lo había repetido muchas veces: le dolía en lo más profundo el trato injusto que la mezquindad de la política había dispensado al Marqués de la Ensenada y a su mano derecha, Ordreñana, postergados en el ostracismo tras haberlo dado todo por el Reino. Pero, al mismo tiempo, Jorge Juan se sentía profundamente orgulloso de los guardiamarinas que él mismo había elegido en la Academia para que le acompañaran en la peligrosa misión de Londres: José Solano y Pedro de Mora. Sus carreras militares marchaban ahora donde debían estar por su propia valía y por el alto grado de lealtad y rigor científico que derrocharon en aquel trabajo tan arriesgado entre las brumas del Támesis.

Seguramente Jorge Juan no se sentía tan solo ahora que había dejado este mundo. Cierto es que en la parroquia de San Martín solo estaban Bernardo, su madre Margarita y un reducido grupo de académicos de la Corte; pero el féretro que avanzaba lento por las calles de Madrid no llevaba detrás la sombra del fracaso, sino el silencio de una generación entera de héroes a la que la política, la envidia de los despachos y la inmensidad de la distancia habían terminado por dispersar.

El cortejo avanzó bajo la luz dorada de junio hasta los muros sobrios del convento de San Martín. Allí, entre el olor a cera fúnebre y el susurro de las oraciones en latín, el cuerpo del matemático descendió a la fosa.

Bernardo apretó con fuerza el brazo de su madre. Margarita, con la mirada fija en la losa de piedra que comenzaba a cubrir el féretro de su hermano, dejó escapar un suspiro largo, cargado de memorias. Afuera, la villa de Madrid continuaba con su ajetreo ilustrado, ajena al abismo de sabiduría que acababa de sepultarse bajo aquellas losas.

Para Bernardo, al ver cerrarse la tumba, no se enterraba solo a un hombre de ciencia; se depositaba en la tierra el último gran secreto de un siglo. Y mientras las sombras del templo envolvían la inscripción fresca, le pareció que su tío por fin descansaba.

Sin embargo, el destino tenía reservados otros planes.

Quince años después, en 1788, moría Margarita, orgullosa de la brillante carrera militar de su hijo a la sombra del ejemplo de su hermano. Pero Bernardo no vivió lo suficiente para ver cómo el siglo de las luces se apagaba bajo el fuego de las bombas. Cuando él mismo entregó su alma en 1797, la iglesia de San Martín aún guardaba intacta la losa de Jorge Juan.

Ni Margarita ni Bernardo estarían allí para ver el sacrilegio de las piquetas. Fue en 1809, en medio del caos de la ocupación francesa y bajo el mandato de José Bonaparte, cuando la orden de derribar el templo de San Martín amenazó con sepultar la memoria del sabio para siempre. Ya no quedaba en Madrid nadie de su sangre para velar por sus cenizas, pero el hilo invisible de la lealtad entre marinos asumió el relevo.

El teniente de navío y cartógrafo Felipe Bauzá, fervoroso admirador de Jorge Juan, se negó a presenciar semejante ruina. Arriesgándose entre los escombros cuando las paredes comenzaban a ceder bajo el pico de los derribos, Bauzá y un reducido grupo de oficiales penetraron a oscuras en el templo, localizaron la capilla y exhumaron el féretro en el más estricto secreto.

Para ponerlo a salvo de los estragos de la guerra, trasladaron sus restos en sigilo hasta la vecina iglesia del convento de San Plácido, donde quedaron custodiados en la penumbra subterránea por las monjas benedictinas durante más de medio siglo.

Tuvo que pasar toda una época para que la patria saldara definitivamente su deuda. El 2 de mayo de 1860, la Armada reclamó el cuerpo de su gran reformador. Los restos de Jorge Juan fueron exhumados de las entrañas de Madrid y trasladados con la máxima solemnidad militar hasta el sur, al Panteón de Marinos Ilustres en San Fernando, Cádiz.

Allí descansa por fin Jorge Juan.

El hombre que midió la Tierra.

El hombre cuya memoria sobrevivió a todos aquellos que intentaron enterrarla.

Como si la historia hubiera querido recordarnos que los hombres que nacieron para romper fronteras no podían encontrar un descanso sencillo.

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