La memoria en la tela


 

La memoria en la tela

El relato de Angustias García Parias

Nota del autor

Este texto es una recreación literaria.

No pretende reconstruir la vida de Blas Infante como lo haría una biografía, ni sustituir la documentación histórica sobre su figura. Su vida, su pensamiento y su trayectoria están documentados.

Lo que he querido hacer aquí es otra cosa: acercarme a Blas Infante desde quienes compartieron su vida cotidiana. Desde Angustias, su compañera; desde sus hijas; desde la casa de Coria; desde los objetos que quedaron después de su muerte.

Algunas escenas, conversaciones, pensamientos y detalles íntimos son, por tanto, una construcción literaria. No pretenden presentarse como testimonios documentales, sino imaginar cómo pudo vivirse aquella historia desde dentro de una familia.

Porque una cosa es saber quién fue Blas Infante.

Y otra es intentar sentir cómo era vivir a su lado.

Coria del Río, 1931-1936

Un día llegó a casa tarareando una música.

—Tengo que ponerle letra a esto —dijo, dejándose caer en la silla.

Tenía esa prisa que le entraba cuando se le metía algo en la cabeza. Yo la conocía bien.

La melodía era el Santo Dios, el cante de los jornaleros en la siega. La había oído muchas veces. En julio se escuchaba por los campos, mezclada con el ruido de las hoces y el calor.

Yo estaba bordando la bandera. Él me había dado el dibujo que quería para aquella tela blanca y verde que había traído unos días antes. Medía las franjas con regla y lápiz y se quedaba mirando cómo yo cosía.

No hablaba mucho de la tela. Hablaba de los hombres que trabajaban la tierra.

Nosotros no teníamos tierras. Blas vivía de su trabajo en la notaría y de sus libros, pero había días en que parecía que la campiña entera le pertenecía. O, más bien, que le dolía.

Recuerdo cuando me enseñó por primera vez aquellos dibujos.

Estábamos recién casados. Una noche, después de recoger la mesa, apartó los platos y extendió sobre el mantel varios papeles escritos a lápiz. Tenía esa cara que ponía cuando creía haber encontrado algo importante.

Era el dibujo de un Hércules entre dos leones.

—Mira, Angustias.

Me habló de las banderas antiguas, de Almería, de los andalusíes y de una reunión en Ronda con sus amigos, poco antes de nuestra boda. Allí habían hablado de los colores que debía tener la bandera de Andalucía.

Yo lo escuchaba y pensaba que eran cosas de Blas.

A veces tenía esas ideas.

Pero hablaba de aquello con tanta convicción que terminaba una por una dejando de parecerme una ocurrencia.

Nos habíamos mudado poco antes a la casa de Coria. Él quiso llamarla Dar al-Farah, la Casa de la Alegría.

La casa era muy distinta de las demás del pueblo. Tenía arcos de herradura, almenas, azulejos de colores y un patio con olivos y naranjos. Algunas cosas las había elegido él mismo y otras las había encargado con una paciencia que yo no siempre tenía.

Decía que una casa tenía que ser bonita.

—La gente vive demasiado tiempo entre cosas feas —me dijo una vez.

Aún olía a yeso cuando trajo la música a la mesa.

Pasaba mucho tiempo en el porche. Había cajas de libros por todas partes y todavía quedaban cosas de la obra sin terminar. Desde allí se escuchaban los campos que bajaban hacia el Guadalquivir.

Aquella mañana entró con un papel en la mano.

—Escucha esto.

Se sentó junto a las cajas que yo todavía no había terminado de desembalar.

—Es el Santo Dios. El cante de los peones. Le he puesto la letra que nos faltaba.

Y empezó a cantar.

«La bandera blanca y verde vuelve tras siglos de guerra...»

Yo seguí con la aguja entre los dedos.

Miré hacia el patio. Los arcos acababan de terminarse. La bandera estaba sobre mis rodillas. Blas seguía cantando.

Durante un momento todo parecía sencillo.

La casa.

La bandera.

La canción.

Los campesinos.

Parecía que las cosas iban a cambiar.

Quién iba a decirme entonces lo que vendría después.

Con el tiempo, la política dejó de ser una conversación de sobremesa.

En el año 34 la reforma agraria se había quedado atascada en Madrid y en el campo había cada vez más tensión. Los jornaleros estaban cansados de esperar. Había huelgas, enfrentamientos y detenciones. Los propietarios cerraban filas.

Blas quedó en medio.

Para algunos de los hombres de orden que conocíamos, era un traidor. No le perdonaban que un notario, un hombre con una carrera y una posición, escribiera contra el latifundio.

Para otros, para los más radicales, tampoco era de los suyos. Era un señor de despacho que hablaba de ideales.

Él decía que no pertenecía a ningún bando.

Quizá por eso terminó teniendo problemas con todos.

Empezaron a llegar cartas.

Algunas aparecían debajo de la puerta. Otras llegaban al despacho.

Yo procuraba recogerlas antes de que las niñas las vieran.

Pero Blas siempre terminaba encontrándolas.

Se sentaba en el porche con el papel arrugado entre las manos y miraba los olivos.

Una tarde me dijo:

—No quieren entender nada, Angustias.

Esperó un poco.

—Solo quieren ganar.

No supe qué contestarle.

Las cosas fueron cambiando también en el pueblo. Gente que antes se detenía a hablar con él empezó a mirar hacia otro lado. Familias que venían a pedirle consejo para una escritura ya no llamaban a la puerta.

Se hizo un silencio alrededor de nosotros.

En la primavera del 36, después de las elecciones de febrero, las noticias que llegaban eran cada vez peores.

Había incendios.

Tiroteos.

Nombres que pasaban de una mano a otra.

Yo intentaba que las niñas siguieran con sus cosas. Que la casa siguiera siendo una casa.

Pero el miedo también entra por las ventanas.

Blas no quiso esconderse.

Seguía saliendo, visitando a los vecinos y escribiendo por las noches.

—A un hombre de paz no tienen por qué perseguirlo —me decía.

Yo quería creerle.

El domingo dos de agosto celebrábamos el santo de María de los Ángeles.

Hacía muchísimo calor.

Sevilla llevaba ya días en manos de los sublevados y en casa intentábamos conservar alguna normalidad. Las niñas estaban dentro y Blas llevaba quince días sin salir de Coria.

Había estado leyendo, ordenando papeles y paseando por el jardín.

Decía que no tenía por qué marcharse.

Era notario.

No había hecho daño a nadie.

Y mi tío Pedro Parias acababa de ser nombrado gobernador civil por los sublevados.

Creíamos que aquello podía protegernos.

A media mañana escuchamos ruido en la parte trasera de la casa.

No llamaron a la puerta principal.

Entraron por la zona de servicio.

Botas.

Cerrojos.

Voces.

Las niñas dejaron de reír.

Eran varios hombres de la Falange. Llevaban camisas azules y fusiles.

—¿Dónde está Blas Infante?

Blas salió del salón.

No levantó la voz.

Se puso la chaqueta despacio.

—Soy yo.

Le dijeron que tenía que acompañarlos a Sevilla para declarar. Que era un trámite.

No enseñaron ningún papel.

Yo me acerqué a él.

Las niñas se habían agarrado a mi falda.

—Blas...

No pude decir más.

Me cogió las manos.

Estaba tranquilo.

Eso fue quizá lo que más miedo me dio.

—No te preocupes, Angustias. Esto es una confusión. Hablo con las autoridades y lo aclaro. Tu tío Pedro está allí.

Intentaba convencerme.

O convencerse él.

Se agachó y besó a las niñas una por una.

—Obedeced a vuestra madre.

Después se volvió hacia los hombres.

—Cuando quieran.

Lo vi atravesar el patio.

Antes de salir se detuvo un momento.

Miró las almenas.

Miró hacia dentro de la casa.

La bandera estaba allí.

Los libros.

El papel con la letra del Santo Dios.

Luego salió.

El portón se cerró.

En el salón quedaron los platos del santo de nuestra hija.

Fue la última vez que lo vi.

Los nueve días siguientes fueron una espera que todavía hoy me cuesta recordar.

Tuve que ir y venir a Sevilla.

Preguntar.

Buscar a gente que pudiera ayudarme.

Supe que Blas no estaba en una comisaría. Lo habían llevado al cine Jáuregui, donde habían metido a cientos de detenidos.

A través de conocidos conseguí hacerle llegar ropa y algo de comida.

Alguna vez recibí un papel suyo.

Siempre me decía lo mismo.

Que estuviera tranquila.

Que cuidara de las niñas.

Que no perdiera la fe.

Yo me agarraba a la familia.

Mi tío Pedro era el hermano de mi madre. Había crecido creyendo que la familia era lo último que podía fallar.

Fui al Gobierno Civil.

Recuerdo los pasillos.

El olor a tabaco.

Las botas.

La gente entrando y saliendo.

Cuando por fin me recibió, me quedé de pie frente a su mesa.

—Tío Pedro, por favor. Tienes que hacer algo.

Le hablé de Blas.

De las niñas.

De que nunca había llevado un arma.

De que era su familia.

Mi tío me escuchó.

No recuerdo que levantara la voz.

Ni siquiera parecía enfadado.

Eso fue lo peor.

—Angustias —me dijo—, Blas se ha significado demasiado.

Me quedé mirándolo.

—Es el padre de tus sobrinas.

Bajó la mirada.

—Esto ya no depende de nosotros.

Salí de aquel despacho entendiendo que el apellido no iba a servirnos.

Llegó la noche del diez al once de agosto.

Las niñas dormían.

Yo estaba en el salón con el rosario entre las manos.

La bandera estaba escondida en el fondo del armario.

No oí los disparos.

La carretera de Carmona estaba lejos.

Pero de madrugada sentí algo.

No sé explicarlo mejor.

Me quedé quieta.

Y supe que Blas estaba muerto.

Después nos contaron cómo había sido.

Lo sacaron del cine Jáuregui junto a otros hombres.

Los llevaron en un camión hasta la carretera de Sevilla a Carmona.

Allí los hicieron bajar.

Dicen que antes de los disparos gritó:

—¡Viva Andalucía libre!

Después llegaron los tiros.

Y ya no hubo nada más.

Su cuerpo quedó en una fosa común.

Para nosotros la guerra no terminó cuando acabó la guerra.

En mayo de 1940 llegó a casa un papel del Tribunal de Responsabilidades Políticas.

Juzgaban a Blas después de muerto.

La multa era de trescientas mil pesetas.

No teníamos ese dinero.

Nos embargaron bienes y tuvimos que vender lo que pudimos. Hicimos cuentas durante años. Pedimos dinero prestado.

Lo que querían era dejarnos sin nada.

En el pueblo tampoco era fácil.

Había personas que cruzaban de acera al vernos.

Éramos la familia del fusilado.

Mis hijas crecieron con aquello.

Durante muchos años la casa vivió hacia dentro.

La bandera que yo había bordado quedó doblada en un baúl, debajo de la ropa.

Los manuscritos, las notas, las cartas y los dibujos los escondí donde pude: detrás de las alacenas, bajo algunas baldosas.

Cuando venían a registrar, enseñaba los papeles que podían ver.

Los otros no.

Mis hijas sabían que allí dentro había cosas de su padre que no debían salir de casa.

Les hablaba de él cuando estábamos solas.

Les enseñé sus libros.

Y algunas noches, cuando las ventanas estaban cerradas, les cantaba el Santo Dios muy bajito.

La casa fue envejeciendo con nosotras.

La cal se desconchaba.

Algunos azulejos se rompieron.

El jardín siguió dando naranjas y aceitunas.

Y la bandera siguió en el baúl.

Coria del Río, 1980.

Tengo ochenta y tres años.

Mis hijas ya son mujeres. Tienen canas.

Ayer encendimos la radio.

Dieron la noticia de que el Parlamento había nombrado a Blas «Padre de la Patria Andaluza».

Los locutores hablaban de él con respeto.

Mis hijas me miraban.

Ninguna dijo nada.

Yo tampoco.

Después fui al dormitorio.

Abrí el baúl.

Aparté las sábanas y la ropa de cuna.

Allí estaba.

La misma tela que había bordado tantos años atrás.

La saqué.

Todavía olía a lavanda.

Mis hijas me ayudaron a llevarla al porche.

La extendimos sobre la balaustrada.

Desde allí se veía el jardín.

Los olivos que él había plantado.

Miré hacia la calle.

En algunos balcones había banderas como la nuestra.

Durante años habíamos visto esas mismas casas cerrar las ventanas cuando pasábamos.

Ahora estaban allí.

El viento levantó un poco la tela.

En la calle unos muchachos cantaban el Santo Dios.

Me quedé escuchando.

Miré a mis hijas.

Les apreté las manos.

Pensé en todo lo que había pasado.

En la casa.

En el miedo.

En el baúl.

En aquella noche.

Y pensé en Blas.

—Lo ves —dije muy bajito—. No pudieron borrarlo todo.

La bandera siguió moviéndose al viento.

Y por primera vez en muchos años no tuve que esconderla.

 

Blas Infante

Comentarios