La carta que no leíste
Te recuerdo en aquel
colegio, cuando yo estudiaba octavo curso de primaria, allá por el año 1973.
Eran tiempos de cambio; apenas hacía tres años que la Ley General de Educación
había abierto la puerta a la coeducación, permitiendo que niños y niñas
compartiéramos el mismo recinto, aunque no siempre el mismo aire.
No, tú no estabas en
mi clase. Eras de un curso inferior y, en mi aula, aún había solo chicos. Te
recuerdo cruzando el patio con una seguridad que solo quien se sabe superior
destila; ese tipo de confianza no se aprende, sino que se hereda. Caminabas con
una indiferencia elegante. Para mis ojos de trece años, tú no eras una chica:
eras el símbolo de un mundo al que no tenía permiso para entrar. Tu uniforme
siempre perfecto, tu risa clara y esa forma de mirar me recordaban, sin que
hiciera falta una sola palabra, dónde terminaba mi destino y dónde empezaba el
tuyo. Pero mi pequeño corazón no entendía de barreras.
En aquella época,
muchos padres sacaban a sus hijos del colegio en cuanto tenían edad de
trabajar; se podría decir que éramos unos privilegiados aquellos que podíamos
estudiar, en vez de sostener una herramienta entre nuestras manos, pero incluso
entre los privilegiados había abismos.
Lo supe aquella mañana
en la que, en el recreo, me atreví a enviarte una carta a través de una
compañera tuya. Mientras observaba de lejos, mi corazón latía aprisa, como
queriendo salir al encuentro del tuyo. Sentí que se paraba cuando la destruiste
sin tan siquiera leerla. Al ver los trozos del papel cayendo al suelo, comprendí
—con la crudeza que solo un niño puede entender— que pertenecíamos a mundos
distintos. Tu estrato social, más elevado en aquella época, era un muro que mis
palabras no podían saltar. Supe entonces que nunca tendría la oportunidad de
que me conocieras porque, para ti, yo era alguien invisible.
Si solo hubiese sido
aquello de «primer amor, primer dolor», quizás no me hubiese marcado tanto. Las
heridas de la infancia suelen curar pronto, pero lo tuyo fue distinto. Tu
indiferencia, en un lugar en el que todos éramos iguales bajo el sol de aquel
patio, consiguió humillarme. Esa humillación fue mi primera graduación a la
vida.
No, ya no queda rastro
de aquel dolor, pero sí el recuerdo de aquel niño que, hoy más de cincuenta
años después, no busca que lo recuerdes. Me basta con saber que aquel papel
escrito fue, por un instante, más valiente que el abismo que nos separaba. Y
así, con trocitos de mi pasado, he llegado aquí.
Te deseo, allí donde
el tiempo te haya llevado, que alguien te haya escrito alguna vez una carta que
sí hayas querido leer.
