La otra verdad de Mariana Pineda

Introducción literal, del libro escrito por don José de la Peña y Aguayo

Titulado: Doña Mariana Pineda, publicado en Granada en 1870

Doña Mariana Pineda debe contarse entre las mujeres célebres, no solo de su siglo, sino de los más heroicos de la antigüedad. Su patriotismo, su valor, su decisión por la santa causa de la libertad y la heroicidad con que sufrió la decapitación no tienen igual en la historia de nuestro país. Su nombre será pronunciado por la posteridad con respetuosa veneración, y su memoria, cubierta de una gloria inmarcesible, pasará de generación en generación para no olvidarse jamás.

El impío sacrificio que hicieron con esta infortunada joven es una mancha de sangre que llevarán sobre sí los verdugos, y que transmitirán a sus hijos, sin podérsela borrar por la eternidad de los siglos. Solamente un gobierno sanguinario y despótico encuentra satélites tan infames que, cual tigres feroces, se sacien en la inocente sangre de una criatura tan angelical.

El terror, que es el resorte más poderoso de este gobierno, se había difundido por todo el pueblo mediante repetidas prisiones, registros, destierros y muertes de los más distinguidos patriotas. Un pavor general se había apoderado hasta de los hombres más esforzados; todos miraban tan cerca el patíbulo que nadie se atrevía a dar el menor motivo para que se recelase de su conducta.

Las esperanzas de salvación estaban enteramente perdidas. Hacia donde quiera que se mirara, solo se veían cadenas, cárceles, calabozos, esclavitud y cadalsos humeando aún con la sangre de los últimos ciudadanos sacrificados. Las prisiones estaban hacinadas de víctimas cuyos sacrificios se sucedían unos tras otros.

Creyendo el gobierno que la compasión y la ternura se apoderaban de los jueces, creó comisiones especiales encabezadas por los hombres más inmorales y despiadados. Por desgracia de Granada, le cupo en suerte un «caníbal» auxiliado por un escribano buscado a propósito. Desde entonces, fueron señores de vida y muerte; quien vive y respira aún en la población debe su salvación a un don particular del cielo. Dueños de la policía, penetraban mediante la seducción y el soborno hasta en el seno de la amistad más íntima. Exentos de responsabilidad, procesaban y condenaban con absoluta libertad para proporcionarse ascensos y, por una grada de cadáveres, subir a los puestos más elevados del Estado.

En estas circunstancias se hallaba la patria cuando la interceptación de una carta escrita desde Gibraltar por un emigrado dio motivo a la primera causa contra Mariana. Sus perseguidores tenían la certeza de que conspiraba contra el gobierno, pero en aquel momento no hallaron ni las apariencias del crimen de Estado necesario para cohonestar su asesinato.

Pendiente aún de esta causa, y teniendo la ciudad por cárcel, se descubre —por la delación de un padre contra un hijo— la existencia de la «terrible bandera». Al ser noticiosos de que Mariana participaba en la conspiración para la cual se bordaba dicha bandera, mandan que la lleven a su propia casa; la policía registra el lugar y halla lo que, por orden de ellos mismos, acababan de depositar.

Prenden a toda la familia y, en menos de tres meses, sustancian la causa. La condenan a muerte y la ejecutan entre las lágrimas de toda Granada y la feroz alegría de los monstruos que la habían sacrificado.

 

 

La otra verdad de Mariana Pineda

Bajo el cielo de Granada, aquel jueves 26 de mayo de 1831, el aire pesaba con una quietud trágica. Mariana Pineda, una mujer de apenas 26 años y convicciones inquebrantables, caminó hacia el cadalso en el Campo del Triunfo para enfrentarse a la muerte por garrote vil. Su mirada, firme hasta el último aliento, se posó sobre la multitud congregada para atestiguar el sacrificio de quien prefirió la eternidad a la traición.

La sentencia fue dictada por poseer una bandera revolucionaria a medio bordar que debía clamar por la «Libertad, Igualdad y Ley». Aquel lienzo fue en realidad una trampa tendida en su propio hogar, en el número 19 de la calle del Águila. Bajo el régimen absolutista de Fernando VII, poseer aquel símbolo era un delito de “rebelión contra el monarca”.

Tras ser capturada, el ministro de Justicia le ofreció un indulto si delataba a sus compañeros. La respuesta de Mariana fue un muro de lealtad absoluta:

«Nunca una palabra indiscreta escapará de mis labios».

Al negarse, cargó ella sola con el peso de la culpa, pagando con su sangre el precio de su silencio.

Hoy, los restos de la heroína reposan bajo una humilde lápida en la cripta de la Catedral de Granada. Allí, cerca su panteón, se halla escondido el Libro de los Nombres que muchos matarían por poseer y que solo un descendiente de Bartolomé Martos puede hallar.

Martes 15 de marzo de 1831, La lluvia golpeaba con fuerza contra los muros del Panteón Real de Granada.

En el interior, el aire era denso, cargado de incienso y del frío eterno de las tumbas reales. Mariana Pineda, envuelta en una capa oscura que ocultaba su identidad, caminaba con paso firme hacia una esquina olvidada del recinto.

A su lado, un cantero de confianza de la Sociedad, con el rostro curtido por el polvo del mármol, sostenía una linterna de aceite cuya llama temblaba.

—¿Estáis segura, Mariana? —susurró el hombre—. Si Pedrosa sospecha que el registro está aquí, no respetará ni la paz de los muertos.

—No lo buscarán aquí —respondió ella, acariciando el lomo de cuero del Libro de los Nombres. —Buscarán en mi casa, buscarán bajo mi cama y en mis costureros. Dejad que encuentren la bandera; que crean que mi único pecado es un trozo de tela.

Se detuvieron ante una estatua singular: un ángel de mármol de tamaño natural. A diferencia de los demás, su espalda era lisa, desprovista de las majestuosas alas que suelen llevar los mensajeros celestiales. En su pecho, el cantero había tallado un símbolo que identificaría el linaje de los Martos en el futuro y que es el símbolo de la Sociedad que Roberto Martos Ávalos creó el 22 de abril de 1626.

—El ángel sin alas —murmuró Mariana—. Porque la libertad no vuela, se construye en la tierra, paso a paso, con el sacrificio de quienes no temen a la Sombra.

El cantero accionó un resorte oculto. El pecho de la estatua se desplazó con un quejido de piedra sobre piedra, revelando un pequeño compartimento. Con manos firmes, Mariana depositó el libro y su medalla de plata con la inscripción "Aliis ne noceas". (No dañes a otros)

—Solo un Martos, alguien que entienda que el conocimiento es justicia y no venganza, podrá abrir esto —sentenció ella mientras la losa volvía a su sitio, sellando el secreto.

Al salir al frío de la noche granadina, Mariana sabía que sus días de libertad estaban contados. La bandera revolucionaria, sembrada en su propia casa por orden de sus perseguidores, sería su condena. Sin embargo, mientras caminaba hacia su destino, una sonrisa imperceptible cruzó sus labios: la bandera sería su muerte, pero el ángel sería su victoria silenciosa.

El aire frío de la noche granadina parecía detenerse mientras dos figuras, agazapadas entre los contrafuertes de piedra, observaban cómo la pesada puerta del Panteón Real se cerraba con un chirrido sordo. Mariana Pineda emergió de la oscuridad, envolviéndose en su capa oscura para protegerse de la lluvia que golpeaba con fuerza los muros.

—¿A qué habrá venido a estas horas? —susurró uno de los hombres—. Nadie visita a los muertos bajo esta tormenta si no busca ocultar algo que los vivos no deben encontrar.

Desde su escondite, la vieron alejarse con paso firme, sin rastro de miedo en su rostro, a pesar de que la ciudad era para ella una cárcel y el régimen de Fernando VII la acechaba en cada esquina. Lo que aquellos testigos en las sombras no podían imaginar era que, minutos antes, Mariana había sellado un pacto con la posteridad.

Mientras los observadores se preguntaban qué negocios podía tener una joven de 26 años en la cripta real, Mariana caminaba hacia su destino en el Campo del Triunfo, sabiendo que aunque su cuerpo cayera ante el garrote vil, su victoria silenciosa ya estaba escrita en piedra. Aquella noche, Mariana Pineda no había ido al panteón a rezar por los muertos, sino a asegurar la libertad de los que aún no habían nacido.

El cantero, al cerrar la pesada puerta tras Mariana, sintió un escalofrío, el reflejo de su linterna de aceite alcanzó a iluminar, por una fracción de segundo, un movimiento antinatural entre las sombras de los contrafuertes.

Su pulso se aceleró. Sabía que si esos espías daban parte a Pedrosa, el descanso de los muertos no sería impedimento para el castigo del régimen. El “caníbal” que gobernaba Granada con  mano de hierro no dudaría en desmontar cada tumba y picar cada estatua hasta dar con el Libro de los Nombres.

El cantero apretó el mango de su maza bajo la ropa, sintiendo como el sudor frío le recorría la nuca. Aquellas sombras no eran simples curiosos, eran los “satélites infames” de un gobierno sanguinario que, buscaba saciarse con la sangre de cualquier patriota.

En el callejón de las Pasiegas, donde la lluvia formaba cortinas de agua el cantero se detuvo, sintiendo como los dos hombres de la policía, acortaban distancia. Mientras pensaba en la inscripción "Aliis ne noceas" —no hagas daño a otros— sabía que si esos hombres regresaban con Pedrosa, profanarían el Panteón Real para encontrar lo que Mariana había ocultado. La “victoria silenciosa” de la joven dependía de que esas sombras no hablaran jamás.

El cantero fingió un tropiezo cerca de un portal oscuro, cuando el primer policía se abalanzó para prenderlo, buscando su ascenso “por una grada de cadáveres”, el cantero extrajo su maza y descargó un golpe seco en la sien del agresor. El hombre se desplomó sin un grito.

El otro agente, acostumbrado a saciarse en la sangre inocente, intentó desenvainar su arma, pero el cantero fue más rápido, lo empujó contra la esquina de piedra de un contrafuerte. Mientras el espía agonizaba, el cantero recordó las palabras de Mariana Pineda sobre el ´”ángel sin alas”: la libertad se construye paso a paso, con el sacrificio de quienes no temen a la Sombra. No cabía piedad, el secreto del “Libro de los Nombres” era más sagrado que la vida de aquellos verdugos.

No sin esfuerzo el cantero arrastró los cuerpos hacia las alcantarillas que desembocan cerca del río Darro, asegurándose así de que sus muertes fueran dos desapariciones más que pasarían desapercibidas ante el caos de las repetidas prisiones y muertes.

Mariana, caminaba bajo la lluvia torrencial hasta llegar a su casa mientras reflexionaba como había llegado hasta donde ahora se encontraba. Bajo el régimen de Fernando VII, la libertad era un lujo caro que se pagaba con sangre, pero se sostenía con oro. Ella no era solo una heroína romántica; en el seno de la Logia del Ángel sin Alas  ligada con la Sociedad creada por Roberto Martos en 1626, ella ostentaba el título de Custodia de los Nombres.

Su verdadera misión era proteger la lista de los benefactores: aristócratas, comerciantes y militares que, desde las sombras, financiaban la compra de armas y el transporte de exiliados desde Gibraltar. Si esos nombres caían en manos de Pedrosa, la "grada de cadáveres" que el juez tanto ansiaba para su ascenso se multiplicaría por cien.

El Libro de los Nombres, no era un simple registro de miembros, sino el mapa financiero de la libertad de España. Por eso, Mariana prefirió que la policía encontrara la "terrible bandera" sembrada en su casa. Para ella, la bandera era el cebo; el libro era la supervivencia de la causa.

Mariana sabía que solo alguien que compartiera su linaje espiritual e ideológico, un descendiente de Bartolomé Martos Santos, tendría la templanza necesaria para usar esa información para la "justicia y no la venganza".

Recordó cuando en 1828, ayudó a escapar de prisión a un primo de su padre, el general de artillería Fernando Álvarez de Sotomayor Ramírez, acusado de participar en diversas conspiraciones y que había sido condenado a muerte. Sin pensárselo dos veces, y aprovechando la cantidad de frailes que entraban y salían de la cárcel, Mariana introdujo en el penal unos hábitos de monje para que Fernando huyera disfrazado.

El plan tuvo éxito y, en efecto, Fernando, disfrazado de esa guisa, pudo huir ante las propias narices de los guardias. Oculto durante unos días en casa de Mariana, para cuando Ramón Pedrosa y Andrade, quiso arrestarlo, Fernando ya había huido a Gibraltar.

La noche antes de su partida en un sótano discreto cerca del Albaicín, iluminado por tres velas, el aire era denso. El General Sotomayor se situó frente a su prima, que permanecía con la mirada firme.

Fernando Álvarez de Sotomayor dijo:

Hermanos…

No traigo ante este taller a una mujer común, ni solo a mi propia sangre. Traigo a quien me devolvió la libertad cuando los muros de la cárcel de Granada pretendían silenciar mi voz. Si hoy respiro y sigo al mando de mis hombres, es porque su mano no tembló al abrir las puertas de mi cautiverio.

Pero no es gratitud lo que nos convoca. La causa de la libertad en esta España herida por el despotismo de Fernando VII agoniza bajo el terror de los cadalsos. Necesitamos algo más que soldados; necesitamos un corazón que sea un cofre de silencio.

He visto en Mariana lo que pocos hombres poseen: la capacidad de ser cebo para que otros sobrevivan. Por ello, deposito en sus manos el Libro de los Nombres. Es el mapa de nuestra esperanza, el oro de nuestra resistencia y la vida de quienes, desde Gibraltar, sostienen el fuego de la justicia.

La proclamo hoy nuestra Custodia de los Nombres. Que bajo el símbolo del Ángel sin Alas, ella sea el recordatorio de que la libertad no se espera del cielo, sino que se labra en la tierra con el sacrificio de los justos.

Mariana, a partir de hoy, tu vida ya no te pertenece; pertenece a un secreto que es más sagrado que tu propia sangre. Aliis ne noceas.".

Tras las palabras del General Sotomayor, se hizo un silencio denso en el taller. Mariana dio un paso al frente, despojándose mentalmente de la protección de su linaje para asumir su papel como pilar de la resistencia.

Mariana Pineda respondió:

Primo, Hermanos...

Recibo este libro no como una carga, sino como el testamento de un pueblo que se niega a vivir de rodillas. Sé que en estas páginas no solo hay nombres y cifras; está el aliento de quienes sueñan con una España donde la Ley sea igual para todos y la libertad no sea un delito de sangre.

Fernando, me confiaste tu vida una vez y la puse a salvo. Hoy me confías la vida de toda una causa, y juro por mi honor y por el símbolo del Ángel sin Alas que estas identidades morirán conmigo antes de ser pronunciadas frente a un verdugo.

Si el precio de proteger este mapa hacia la libertad es que mi propia vida se convierta en el cebo para las bestias de Pedrosa, que así sea. Prefiero ser un cadáver mudo que una traidora viva. Que la 'Sombra' me busque en mi casa, que registren mis costureros y que encuentren mis bordados; mientras ellos persiguen hilos y telas, yo guardaré el acero de vuestras voluntades en el silencio de mi alma.

Acepto ser la Custodia de los Nombres. Desde este instante, mi voz pertenece a la Logia y mi silencio a la Historia. Aliis ne noceas.

Sabía Mariana que cuando el ministro de Justicia le ofreció el indulto, no buscaba solo a sus cómplices inmediatos; buscaba a los financieros. Al responder: "Nunca una palabra indiscreta escapará de mis labios", Mariana selló el destino de los fondos revolucionarios, salvando a quienes hacían posible la resistencia.

Tiempo después mientras caminaba hacia el Campo del Triunfo aquel jueves 26 de mayo, Mariana sentía el roce invisible de la medalla "Aliis ne noceas" que ya descansaba en el Panteón. Su muerte era el precio final para que la logia siguiera operando. Pedrosa tendría su ejecución pública, pero la Logia conservaría sus nombres y su oro, esperando el momento en que la "Sombra" finalmente se retirara de España.

Al llegar al número 19 de la calle del Águila, las luces de su casa estaban apagadas, pero sabía Mariana Pineda que aguardaba el momento en que su libertad terminaría para dar paso a su leyenda.

Su última noche en la celda en el Beaterio de Santa María Egipcíaca estaba sumida en un silencio sepulcral, Mariana no estaba rezando por su alma; estaba organizando el futuro. Una pequeña mesa, una pluma y un papel había solicitado, y no escribía para pedir clemencia, pues sabía que el juez Ramón Pedrosa no buscaba justicia, sino una confesión que ella jamás entregaría. Escribía a sus hijos.

Al terminar, dobló el papel con la delicadeza de quien guarda un tesoro. Y se lo entregó a su confesor que se había sentado frente a ella, un aliado de confianza —un miembro de la Sociedad de la Sabiduría——No es por la bandera, ¿verdad, Mariana? —susurró el religioso, mirando el lienzo de tafetán que los guardias exhibían como prueba de su traición.

—La bandera es solo tela y seda, un juguete para que Pedrosa crea que ha ganado —respondió ella con una calma gélida—. La verdadera traición, la que no pueden perdonar, es el Libro de los Nombres, el registro de todos los nobles y políticos infiltrados que financian la causa de la libertad. 

Mariana se puso en pie, ajustándose el jubón con una dignidad que hacía parecer la celda un palacio.

Antes de que su confesor se marchara, Mariana añadió una última instrucción:

—Recordad que nuestra causa se basa en la justicia, no en la venganza. Que el Libro de los Nombres solo se abra cuando la Luz sea necesaria para disipar la Sombra.

—Mañana subiré al cadalso. Dirán que muero por una bandera, y dejaré que lo crean. Mientras busquen hilos de seda, no verán la sombra del ángel donde descansa nuestra verdadera fuerza.

El amanecer revelaba los detalles de su celda con una crueldad excesiva. Mariana se puso en pie. A lo lejos el tañido de una campana rompió el aire, anunciando que la ciudad despertaba, ajena o quizás aterrada, ante lo que estaba por suceder.

Arregló su vestido con una parsimonia casi sagrada. Sabía que cada gesto, desde la forma en que se recogía su cabello hasta la firmeza de su paso al salir de la celda sería escrutado.

El sol de aquel fatídico 26 de mayo de 1831 había salido para todos, pero solo ella iluminaba, con su mera presencia, la oscuridad del absolutismo.

Una multitud observaba en un silencio sepulcral. Ella se percató de un detalle que la inquietó: el diseño del garrote vil y la posición en la que quedaría su cuerpo tras la muerte podría hacer que sus faldas se abrieran o se desplazaran. En un gesto de enorme entereza, Mariana hizo una petición final: que se le permitiera sujetar sus faldas con sus propias ligas.

Permitidme —dijo, con una voz que cortó el murmullo de la plaza— que asegure mi ropa. No quiero que el desorden de la muerte me arrebate la decencia que he guardado en vida.

Ante el asombro del verdugo, Mariana ajustó las cintas con nudos firmes y precisos, asegurando sus faldas para que nada quedara al arbitrio del azar o la deshonra. Caminó hacia el banquillo con el paso de quien va a un trono.

 

Epílogo la muerte de mariana Pineda por don José de la Peña y Aguayo

No se concebía como una mujer hermosa, hija de un capitán de navío de la real armada, nieta de un oidor de aquella misma chancillería, enlazada en parentesco con las primeras familias del reino, sin haber cometido ningún delito ostensible, pudiera haber sido condenada a la pena de garrote. Había quienes creyeron que la sentencia no llegaría a ejecutarse, porque lo impediría el clamor general del pueblo. Degradado el pueblo con la esclavitud, se amortiguan todas las pasiones nobles.

Mariana sintió consuelo al hallar en el cadalso a su confesor don José Garzón, este enjugándose las lágrimas que a hilos le corrían por la cara: reportándose como pudo, se preparó para prestarle el último auxilio acompañándola con sus exhortaciones hasta los umbrales del sepulcro. El ejecutor de la justicia cumplió su terrible encargo. El estremecimiento que hizo en aquel instante Mariana, y  el cambio repentino del sonroseado de sus mejillas en un color lívido y cárdeno, anunció al público el último instante de su vida. A torrentes caían las lágrimas del inmenso pueblo que cubría todas las avenidas de aquel espacioso campo: lloraban los religiosos auxiliantes; lloraban los soldados y sus jefes; lloraban todos los presentes; lloraba también el verdugo; solamente se gozaban media docena de malvados.

Catedral de Granada. Actualidad

25 de enero de 2026 Al igual que el día que estuvo ahí Mariana Pineda, llovía intensamente.

El silencio en la Catedral no es un silencio vacío; es un silencio que pesa, cargado de casi dos siglos de secretos guardados bajo el frío mármol. Para cualquier visitante, la lápida de Mariana Pineda es un monumento a la libertad, un punto de parada en una ruta turística. Roberto la se detuvo unos segundos ante ella. Sabía que la tumba es solo el faro, el lugar destinado a atraer las miradas curiosas mientras el verdadero tesoro descansa a pocos metros, en la penumbra.

Roberto fue hacia un rincón lateral, donde la luz de las velas apenas alcanza a esa zona. Allí, custodiando un nicho vacío, se alza la figura de un ángel sin alas. Se detuvo frente a la estatua y, con un movimiento solemne, se quitó el guante derecho.

En su dedo meñique brillaba un anillo de oro y cobalto, desgastado por el roce de generaciones pero con el relieve aún firme. En el sello está grabado el emblema de la sociedad secreta fundada por su antepasado en 1626, un símbolo que ha permanecido oculto a la vista del mundo, pero presente en los momentos clave de la historia.

Roberto no buscaba una cerradura convencional. Ajustó el anillo en su dedo y presionó el sello directamente sobre una muesca casi imperceptible en el pecho del ángel, justo donde el corazón de piedra debería latir. Era un encaje perfecto, un mecanismo de precisión diseñado hace siglos.

Aliis ne noceas —susurra.

Al girar el anillo un cuarto de vuelta, un quejido de piedra sobre piedra rompió la paz del recinto. El compartimento secreto se abrió en el costado de la estatua, revelando un bulto envuelto en seda podrida por el tiempo.

Roberto retiró la tela con los dedos temblorosos. Sus ojos no se posaron primero en el papel, sino el destello metálico que descansaba sobre la cubierta del cuero.

Allí está. El Libro de los Nombres y, sobre él, la Medalla de la Logia del Ángel sin Alas, vinculada a la Sociedad de la Sabiduría.

Al tocar el cuero gastado, Roberto sintió un escalofrío. No solo tenía en sus manos el mapa financiero de una revolución pasada, sino la prueba de que el sacrificio de Mariana no fue un acto de desesperación, sino una jugada maestra de ajedrez. Ella no murió por un trozo de tela; murió para que este libro, protegido por el sello de 1626, pudiera dormir a salvo hasta que el mundo estuviera listo para despertar.

La verdadera historia de Mariana Pineda no terminó en el garrote vil el 26 de mayo de 1831. En realidad, solo estaba comenzando.

Roberto giró de nuevo el anillo y, con una presión firme, el costado del ángel volvió a encajar. El quejido de la piedra cesó, devolviendo a la cripta a su silencio sepulcral.

Guardó la medalla en el bolsillo interior de su chaqueta, sintiendo el frío del metal contra su pecho. Luego, tomó el Libro de los Nombres, acomodándolo contra su torso. Se abrochó los dos botones de la chaqueta, creando una armadura improvisada de lana y cuero, y aseguró el bulto con la mano izquierda, presionando con fuerza para sentir el latido de la historia contra sus costillas.

No podía permitir que el libro se humedeciera. No podía permitir que nadie notara su peso.

Se dispuso a salir de la catedral. El aire frío del exterior se colaba por las rendijas, mezclándose con el olor a incienso viejo. Roberto sabía que, en cuanto cruzara  el umbral de la Puerta del Perdón, podía convertirse en una presa. O en un verdugo.

La sombra de Mariana Pineda parece observarlo desde cada rincón de la piedra. Ella cumplió su parte hace casi dos siglos; ahora le toca a él sobrevivir a la tormenta del 25 de enero de 2026.

Al salir de la catedral el impacto del aire helado le golpeó el rostro. Según los datos meteorológicos, en Granada el 25 de enero de 2026, la temperatura era de apenas 1°C y la lluvia había cedido dando paso a una ligera nevada.

Roberto se detuvo bajo el dintel de la Puerta del Perdón, sintiendo cómo los copos de nieve se fundían sobre su abrigo mientras la humedad de la noche granadina le calaba hasta los huesos. La presión del Libro de los Nombres contra sus costillas no era solo física; era el peso de miles de almas que, gracias al silencio de Mariana, habían evitado la "grada de cadáveres" que el juez Pedrosa tanto ansiaba.

A lo lejos, la bruma ocultaba el Campo del Triunfo, el lugar donde en 1831 el garrote vil intentó apagar una llama que, Roberto sentía más viva que nunca. Mariana no había muerto por un trozo de tafetán bordado; había muerto para ganar tiempo, convirtiendo su propia ejecución en una maniobra de distracción maestra que permitió al Ángel sin alas guardar el verdadero acero de la resistencia.

"Misión cumplida, Custodia", susurró Roberto para sí mismo, evocando el título que el General Sotomayor le otorgó a su antepasada en aquel sótano iluminado por tres velas.

Caminó hacia la oscuridad de las calles adyacentes, fundiéndose con las sombras de Granada. No había prisa por revelar la verdad al mundo; el lema "Aliis ne noceas" seguía siendo su brújula: el conocimiento es para la justicia, no para la gloria ni la venganza. La historia oficial se quedaría con la heroína romántica de la bandera; la Sociedad se quedaría con la verdad de la Custodia. Mariana Pineda finalmente podía descansar: su victoria ya no estaba escrita solo en piedra, sino que volvía a estar viva, latiendo con fuerza.

El ángel sin alas volvía a ser solo una estatua de mármol en la penumbra, pero su secreto, por fin, estaba de nuevo en casa.

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