El legado del abuelo

La caja era de madera oscura, tapa con incrustaciones de nácar y con bisagras oxidadas. Javier la encontró en el altillo de la casa familiar, mientras ayudaba a su madre a ordenar las pertenencias de su abuelo. Dentro había fotografías amarillentas, cartas con la tinta casi borrada y un reloj de oro de bolsillo parado a las 2:20 horas.

Pero lo que más llamó su atención fueron cuatro monedas. Brillaban apenas, como si se resistieran al olvido. Tenían inscripciones árabes y, en números reconocibles, las fechas 1.299, en dos de ellas cada una de distinto tamaño; 1.329 y 1.331 en las otras dos restantes más pequeñas que las anteriores e iguales de tamaño. El metal, que era de plata, estaba frío, demasiado para la tibieza de la tarde.

Al sostenerlas, Javier sintió un leve estremecimiento, como si algo en su interior respondiera a un latido ajeno. Una poderosa atracción parecía unirle a las monedas.

Esa noche le costaba conciliar el sueño, pero cuando lo hizo soñó o creyó soñar que se hallaba en un mercado abarrotado. El aire olía a canela y a polvo, y los gritos de los mercaderes se mezclaban con el balido de las cabras. Entre la multitud distinguió a un joven de turbante azul, que sostenía una moneda del 1.299 con una reverencia casi religiosa. Le pareció igual que la que él había hallado en la caja de su abuelo: la del tamaño grande que tenía 3 cm. de diámetro.

—Por este precio no encontrarás mejor montura —dijo el vendedor de caballos.

El joven entregó la moneda y recibió a cambio un corcel negro. El animal lo observó con ojos brillantes, y por un instante, clavó la mirada en Javier como si pudiera atravesar los siglos.

Javier despertó empapado en sudor. Las monedas descansaban sobre su mesita de noche, y ardían como si hubiera estado expuesta al sol del desierto.

Se levantó, tomó un café y se preparó para ir a su trabajo. Depositó las monedas en un pequeño sobre y las guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.

Durante el día no conseguía quitarse de la cabeza qué podían significar esas monedas de más de 700 años que conservaba su abuelo y cómo habrían llegado a ser suyas,

Cenó frugalmente y se dispuso para irse a dormir. La segunda noche su sueño lo arrastró a otro lugar. Un barco crujía bajo un cielo tormentoso. Marineros de rostros curtidos se aferraban a las cuerdas, gritando en lenguas que apenas comprendía.

En medio de la cubierta, un capitán de barba gris sostenía una pequeñísima moneda de un 1,5 cm, aproximadamente. En la que podían verse los números 1.331. Esta también era idéntica a  una de las que él había hallado. El marinero la hizo girar entre los dedos, sonriendo con la calma de quien confía más en el azar que en los mapas.

—Que ella decida nuestro rumbo —dijo.
La lanzó al aire.

La moneda no cayó al suelo, sino en la palma abierta de Javier. Un relámpago iluminó la habitación y, de golpe, despertó en su cuarto. El olor a sal y a madera húmeda flotaba en el aire.

Inquieto, buscó respuestas. A la mañana siguiente en cuanto se levantó, llevó las monedas a una tienda de antigüedades.

El anticuario, un anciano delgado, de nariz grande, ojos negros y barba luenga, vestía con un dishdasha, de mangas largas y cuello estrecho, con bordados o decoraciones en las mangas, el cuello y el pecho. La túnica, de color blanco, larga, le caía hasta los tobillos, y se ajustaba a la altura de la cintura con un cinturón al que llaman “asa”. Caminaba arrastrando sus pies, que cubría con unas babuchas cómodas y frescas. Se ajustó sus gafas gruesas y tomó con delicadeza las monedas, como si temiera quebrarlas. No las pesó ni las valoró; simplemente las contempló en silencio.

—No son simples monedas, joven —dijo al fin—. Son testigos.

—¿Testigos de qué?

—De las vidas que tocaron. Cada dueño dejó en ellas un eco. Tú lo has escuchado, ¿verdad?

Javier asintió, incómodo.
—¿Y por qué yo?

El anciano bajó la voz, como quien revela un secreto peligroso.
—Porque no son solo testigos. Son llaves. Y toda llave abre una puerta, aunque no siempre quieras cruzarla.

Cuando hubo salido Javier, el anciano cogió su capa, que en su lengua llaman bisht, se la colocó, cerró la tienda y salió.

Esa noche, en cuanto se acostó, cerró los ojos con todas las monedas en la mano.

De pronto se encontró en un desierto bajo la luna. Una caravana avanzaba lentamente, camellos cargados con cofres de madera. Un guerrero vigilaba, mientras un escriba murmuraba:
—El sultán ordena ocultarlas hasta que llegue el momento.

El cofre se abrió un instante, y Javier vio sus cuatro monedas junto a muchas otras, resplandeciendo como brasas apagadas.

Entonces apareció la figura oscura: alta, sin rostro, observándolo desde las dunas. Javier sintió que lo había visto ya en sus sueños anteriores, siempre a un paso de revelarse.

Despertó temblando.

Se levantó, ya no podía seguir durmiendo. Rebuscó en la caja y encontró un cuaderno de tapas negras. Era el diario de su abuelo.

“Las monedas no son tesoros, sino fragmentos de memoria. Yo también soñé con ellos, pero temí seguir. Si las unes, abrirás la puerta que yo no me atreví a cruzar. Tal vez tú sí tengas el valor”.

Javier cerró el diario con manos temblorosas. Su abuelo también había sido testigo.

En cuanto amaneció, decidió que volvería a ir al anticuario.

—Buenos días, señor.

—Buenos días, joven. Dígame qué le trae otra vez por aquí.

—¿Qué ocurre si las junto? —preguntó.

El anciano lo miró largo rato.
—Quizás descubras el origen. Quizás desaparezcas en él.

Javier colocó ambas monedas sobre el mostrador. Apenas se tocaron, un resplandor cegador lo envolvió.

El suelo se deshizo, y apareció otra vez en el desierto. Frente a él, el cofre aguardaba. Lo abrió, y dentro reposaban decenas de monedas, cada una con una historia palpitando en silencio.

La figura oscura emergió junto a él. Por fin habló:
—Cada moneda es una vida inconclusa. Cada vida reclama un testigo.
¿Quieres llevar ese peso?

Javier sostuvo la mirada invisible de aquella sombra.
—Sí —dijo.

Despertó en su habitación. El cofre estaba a sus pies, sólido, pesado. Dentro, las monedas tintineaban con un murmullo de voces.

Ya no eran sueños. Eran memorias que pedían ser contadas.

Su abuelo había sido guardián. Ahora él lo era también. Y mientras acariciaba la moneda de algo más de 2 cm del año 1.329, supo que cada noche sería un viaje, cada moneda una puerta, cada historia un eco que aguardaba en la oscuridad para ser liberado.


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