Venganza consumada

La imagen que le devolvía el espejo de gran tamaño de su vestidor no le disgustaba. Estaba desnuda frente a él: había cumplido cincuenta y dos años; sus pechos, aún firmes, no necesitaban sujetador en casa, y su porte atlético le hacía aparentar no más de cuarenta. «Aún estoy de buen ver», se dijo para sí. Pero una sombra de tristeza se dibujó en su rostro: hubo un tiempo en que estuvo a punto de destruirse física y mentalmente.

Recordó cuando, con dieciséis años, se fugó de casa con el batería de un grupo que actuó en la feria de su pueblo. Él era siete años mayor que ella y, durante los tres días en los que actuó, vivieron un apasionado romance. La inexperiencia de ella y la maestría de él para embaucar jovencitas que cazaba en sus giras hicieron que aquello durase bien poco. También influyó la intervención de la Guardia Civil: en un control de carretera identificaron a la chica, que llevaba dos meses desaparecida, y la devolvieron al hogar paterno, mientras el músico dio con sus huesos en la cárcel, acusado de tráfico de drogas y otros delitos.

El instituto, bajo la estricta vigilancia de sus padres, fue un bálsamo en su azarosa vida amorosa. La universidad fue otro cantar: lejos de su pueblo, sin el control paterno, se entregó a todo tipo de orgías sexuales en las que tenía cabida lo imaginable y más. Cierto es que no era mala estudiante y terminó su carrera de Medicina como había previsto, pero entre los chicos su fama de promiscua le costó más de un disgusto.

Nadie la creyó cuando fue violada por tres compañeros de facultad en el último año de carrera. Todo ocurrió muy rápido: se encontraba haciendo footing en un parque cercano a su residencia; no oyó venir el coche que se aproximaba a poca velocidad, y solo reaccionó cuando una mano le tapó la boca y otra la sujetó por la cintura, levantándola del suelo e introduciéndola rápidamente en el vehículo.

Los identificó en una rueda de reconocimiento policial, pero ellos aseveraron que fue sexo consentido. Su fama, unida a que eran hijos de importantes personajes públicos y políticos, hizo que el caso se archivara. Suerte tuvo de que no la acusaran de denuncia falsa.

A partir de ahí, su vida cambió por completo. Abortó al saber que estaba embarazada de aquella violación y, por complicaciones médicas, descubrió que jamás podría ser madre. Se refugió en su profesión de médica, donde se especializó en cardiología y, a esas alturas de su vida, gozaba de una notable fama.

Estos recuerdos provocaron una mueca de tristeza en su cara, que borró con una sonora carcajada amplificada por el eco cónico de su vestidor.

Acababa de ducharse, frotando su cuerpo enérgicamente con una esponja vegetal para eliminar la sangre que le había salpicado brazos, cara y cuello cuando clavó un estilete en la carótida de Ramón. Habían pasado veintiocho años desde que fue mancillada, los mismos que llevaba rumiando que se vengaría de tan vil acto. Ahora había consumado su venganza: a Pedro y Adolfo ya los había despachado.

Las noticias de todos los telediarios abrieron con el asesinato de Ramón Santos Guerra, Senador. Apuntaban a un posible robo, aunque no descartaban otras causas hasta avanzar en la investigación.

Diez días más tarde, el cadáver de un drogadicto muerto por sobredosis cerraba el caso del asesinato del senador, ya que se encontró la cartera de este en su poder y se comprobaron movimientos de la tarjeta con cantidades equivalentes al importe de la droga hallada en su cuerpo.

Como sucedió con los anteriores, todo marchaba bien para sus intereses. Recordó cómo acabó con Pedro. Él no la reconoció cuando la vio en el hotel al que había acudido para un congreso de médicos, mientras él asistía a una conferencia de economía de la Unión Europea. Coincidieron en el restaurante al terminar sus eventos. Ella había planeado asistir sabiendo que él estaría allí, y procuró que nadie pudiera atestiguar que se conocían con anterioridad. Fue más fácil de lo previsto: la suerte estuvo de su parte y solo a la imprudencia pudo achacarse su muerte.

El congreso de Medicina acababa un día antes que el de él. Ella reservó habitación en un hotelito de un pueblo cercano y lo citó allí al terminar. Tan feliz se las prometía él con la doctora que acababa de conocer durante los tres días de la conferencia que, pese a la lluvia torrencial de todo el día, no dudó en desplazarse en su moto BMW K 1600 B, en vez de coger un taxi o posponer la cita. Tres horas más tarde de lo previsto, la doctora veía en las noticias que Pedro Santiago Ríos, doctor en Economía y asistente al congreso, había fallecido en un accidente de tráfico al estrellarse su moto, por exceso de velocidad, contra un camión averiado en la carretera comarcal.

No fue como lo había planeado, pero de un modo u otro la causa había sido ella. No tendría complicaciones para continuar con sus planes, aunque desde el asesinato de Adolfo había transcurrido un año: temió ser descubierta.

Adolfo había acudido al hospital donde ella trabajaba. Quiso la casualidad que estuviera de guardia cuando lo ingresaron aquejado de dolor en el pecho y fatiga al respirar. En cuanto vio sus datos, lo identificó. Ordenó rápidamente un electro y una radiografía: confirmó un infarto y preparó su ingreso en la UCI hasta poder efectuar un cateterismo.

Pensó que no sería capaz de hacerlo, pero su determinación de vengarse fue más fuerte. Puso su saber no en salvar la vida de quien —además— había arrastrado a sus amigos a cometer tan vil acto con ella (eso lo supo por las conversaciones que escuchó durante las tres horas que estuvo retenida y violada por todos ellos), sino en acabar con él.

La enfermera de la UCI oyó los bip del monitor y llamó a la doctora Luisa Montes, que estaba de servicio. Esta acudió rápidamente y comprobó que la presión era de 80/55 y el pulso había descendido a unas cuarenta pulsaciones por minuto. El bip se aceleraba, mientras una sucesión de desdoblamientos cardíacos precedía al paro definitivo. Luisa sabía que esos registros solían anunciar la muerte. Aunque aplicó reanimación cardiopulmonar básica durante más de diez minutos e intentó con el DEA, no hubo respuesta. Comprendió que no había nada que hacer y certificó la muerte a las 21:45 h.

Ahora su venganza estaba consumada: Adolfo, Pedro y Ramón habían muerto. Nada hacía sospechar que ella estuviera relacionada con la desaparición de esos tres hombres, fallecidos en distintos años y por causas aparentemente diferentes.

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