Volver a empezar

Se desnudaba con parsimonia, muy lentamente, obligada por aquel tipo que había pagado cincuenta euros por estar con ella solo media hora. Le repugnaba verse forzada a ejercer la prostitución, pero, ciertamente, había intentado buscar trabajo y, si quería conseguir algo, tenía que claudicar acostándose con quien le ofrecía un mísero salario por diez horas de labor. Así que se decidió: si tenía que acostarse para conseguir salir adelante, lo haría, al menos, ganando una suculenta cantidad mensual que le permitiera dejarlo en poco tiempo. No consideró que el terreno que pisaba le era desconocido y que, a la larga, podría ser su perdición.

Al principio le costaba su salud: le producían tantas náuseas las felaciones que, una vez acababa con el cliente, vomitaba hasta quedar exhausta. El problema era que, a lo largo de una noche de trabajo, realizaba unos diez servicios. Nunca se acostumbraría del todo, pero acabó por sobrellevar sus arcadas y, al cabo de varios meses, consiguió evitar los vómitos. Eso sí, se lavaba los dientes con tanta energía que terminaba sangrando por las encías.

Aquel tipo que ahora estaba en su alcoba no quería sexo: solo que se desnudase para él y que se dejase besar. Nunca besaba cuando ejercía la prostitución, pero había accedido, teniendo en cuenta que, al menos, no sería penetrada.

Cuando se desnudó por completo, él la besaba dulcemente en la frente, las mejillas, levemente en los labios, el cuello, el pecho; lamió sus pezones y continuó bajando lentamente, besando cada centímetro de su piel, hasta acabar arrodillado ante ella. Besó su sexo con delicadeza, mientras sujetaba sus glúteos, que masajeaba y acariciaba.

Por primera vez, desde que ejercía la prostitución, sentía que era ella quien dominaba, no quien era sometida. Aunque, en realidad, nada había cambiado: seguía siendo un objeto de placer comprado por tiempo definido. Se estremeció cuando el tipo, con habilidad, hurgaba en su sexo buscando darle un atisbo de placer. Se sentía extraña e, incluso, agradablemente confortada; tanto que no pudo evitar alcanzar un orgasmo al mismo tiempo que su cliente se corría sobre sus piernas.

Sin mediar palabra, pasaron ambos al baño, donde se ducharon casi sin rozarse. Solo cuando se estaban secando, el tipo le dijo:
—Vendré todos los días, si tú quieres.

No supo qué contestar, solo musitó:
—Será muy costoso para ti, y para mí solo es un servicio más.

Dicho esto, no estaba muy segura de lo que le estaba pasando, pero, por primera vez, se despidió de un cliente besándolo en los labios y dejándole su número de teléfono privado.

Pasaron varias semanas y ni el cliente había vuelto ni la había llamado, pero no podía quitárselo de la cabeza. Desde aquella cita, cada día que llegaba al club escudriñaba cada rincón del antro con el deseo de verlo entrar o de encontrarlo en la barra. Se sentía desanimada cuando pasaban las horas y no llegaba.

Tres semanas más tarde, nada más abrir el club, lo vio entrar. Él, con la mirada fija en las chicas, le dedicó una amplia sonrisa al descubrirla. Con paso decidido se dirigió hacia ella y, elegantemente, se deshizo de las compañeras que intentaban captar su atención.

—Hola, ¿no me has llamado? —dijo ella, apenas tenerlo cerca.
—Lo siento, no me he atrevido. No quería sufrir por si no me lo cogías o me colgabas al saber quién te llamaba.
—Quería saber de ti. En realidad, durante estas semanas me he sentido como una adolescente esperando su primera cita. Será mejor que pidamos una copa para seguir hablando. Si quieres, la pago yo. La próxima la pagas tú, y podemos disponer de todo el tiempo que queramos.
—Vaya negocio vas a hacer hoy.
—No me importa, ahora me gustaría no estar aquí.
—¿Dónde te gustaría estar?
—Obviamente, en cualquier sitio menos en este lugar.
—¿Por qué estás aquí?
—Es difícil de explicar o de entender, según quién me juzgue.
—Yo no te voy a juzgar. Solo intento comprender por qué la vida nos lleva por caminos que, en lugar de hacernos felices, nos acarrean más infelicidad.
—Estoy de acuerdo contigo, tienes toda la razón. Pero, aunque tú estés al otro lado, también estás aquí. ¿Por qué?
—Quizás, solo quizás, era para encontrarte.
—¿Qué estás diciéndome?
—Sin duda no es la mejor declaración de amor que hayas oído en tu vida, ni el sitio más indicado. Pero me gustaría que nos conociéramos. Ahí fuera hay una vida que te mereces vivir.

Se quedó noqueada. Había soñado con esa situación desde el primer minuto que pisó el club como medio de subsistencia, pero todo era tan precipitado que le producía un mareo que la dejó sin respuesta. Él la observaba con la copa en la mano; bebió un sorbo del whisky, que sin duda era el peor que había probado en su vida, y al pasar por su garganta no pudo evitar carraspear.

—¿No tienes nada que decir? —preguntó él.
Ella, volviendo en sí, respondió:
—No nos conocemos. Es un sueño que he experimentado todas y cada una de las noches de los diez meses que llevo aquí, pero nuestros mundos son, sin duda, distintos.
—Sí, pero por algún azar del destino se han juntado. ¿Por qué no caminar juntos a ver dónde nos lleva?
—¿Y si no nos lleva a ninguna parte?
—Siempre será mejor que quedarnos en el punto donde estamos. Perdona mi reflexión, pero yo estoy solo, perdido, dejándome arrastrar a un mundo de vicios que acabarán matándome. Y tú… es evidente tu soledad, tu tristeza y tus noches vacías, llenas de sexo que te repugna.
—Sin duda tienes razón, y tu reflexión es correcta. Pero hay que estar mal de la cabeza para tomar una decisión así.
—¡Vaya! Ahora eres tú quien se juzga. Volver a empezar… Cuántas veces nos hemos hecho esta pregunta, cuántas veces hemos pedido a Dios o a quien nos guíe que nos dé la oportunidad de volver a empezar.
—Joder, qué fácil lo planteas visto así. Pero dime, ¿qué te atrae de mí?
—Sería mejor decir qué me aportas tú. Y eso es tanto como decir que eres la luz que guiaría mi nueva vida.
—No te andas con rodeos. Pero ¿cómo estás tan seguro de que será lo más sensato?
—No lo sé, solo sé que es lo que quiero hacer. Te propongo que lo pienses: estaré esperando tu respuesta hasta la semana próxima. Sea cual sea, aceptaré tu decisión. Pero has de saber que, si no te decides a dejar este antro y vivir la vida que te ofrezco fuera de él, no volverás a verme.
—¿Es una amenaza?
—No, una condición. Y, en ese caso, volveré a pedirte volver a empezar.

Se sentía confusa. Le daban ganas de gritarle que la llevara fuera de allí, que quería empezar una nueva vida junto a él. Pero la frenaba un miedo que la atenazaba, aunque sabía que cualquier vida fuera del club sería vida, y no sometimiento a los caprichos de depravados adictos al sexo.

—Me gusta cuando callas. Porque me hace tener esperanza.
—Vuelves a hacerlo —dijo ella.
—¿Hacer qué?
—No sé si es prepotencia o una asombrosa seguridad en ti mismo.

Él iba a besarla en la frente cuando un borracho se interpuso entre ellos y, colocando sus manos en los muslos desnudos de ella, le dijo:
—¿Qué, furcia? ¿Cuánto cobras por una mamada?

Ella, con aparente tranquilidad, colocó sus manos sobre las del tipo y, levantándole los dedos corazones hacia arriba, los forzó hasta casi juntarlos con el dorso. El hombre chilló de dolor, sintiendo la rotura de los tendones extensores de ambos dedos. Su acompañante la observó con satisfacción, orgulloso de que pudiera defenderse sola, y solo dijo:
—Te sobras y te bastas para hacer lo que quieras hacer.
—Sí, pero ahora debemos irnos rápidamente antes de que este cabrito cuente al gerente lo que le he hecho. Aquí no se andan con buenas formas: la última vez que una compañera agredió a un cliente que quería violarla delante de sus amigos, fue obligada a ser sodomizada por los seis energúmenos que la acompañaban.
—¿Y tus cosas? ¿No las recoges?
—Aquí no tengo nada, y nada me ata ya a este lugar. Me gustaría volver a empezar.

Se cogieron de la cintura, caminaron despacio para no llamar la atención y se dirigieron a las habitaciones donde las chicas practicaban sexo con los clientes. Recorrieron un largo pasillo con puertas a ambos lados, forzaron la última de la derecha —una oficina cerrada con llave— y encontraron en el primer cajón unas llaves que abrían una puerta que comunicaba con el exterior. Corrieron hasta el automóvil de él, que por suerte estaba aparcado cerca, y una vez dentro arrancaron y salieron del recinto. Ella iba tumbada en los asientos traseros, simulando ser un cliente que abandonaba el local.

Mientras tanto, en el club, el borracho, apenas capaz de hablar por la embriaguez y el dolor de sus tendones rotos, intentaba explicar lo sucedido. Dos porteros buscaron en las habitaciones a la chica y a su acompañante, pero, cuando se percataron de la huida, los fugitivos ya estaban a salvo.

Dos días después, en la habitación de un lujoso hotel a mil doscientos kilómetros del club, por primera vez en diez meses de sometimiento y degradación, ella disfrutaba del sexo con un hombre que la devolvía a ser persona: la respetaba, la amaba y, sobre todo, ambos se daban la oportunidad de volver a empezar.

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