Déjame soñar
Parecía
que el tiempo se hubiese
detenido en ese café. La decoración era la típica de aquellos
mágicos años de mi juventud, por lo que me sentí transportado a un pasado ya
lejano. Solo el alumbrado con luces de LED destacaba de sobremanera en un
voladizo sobre la barra del bar, el cual servía
para colocar botellas de bebidas que hacía mucho tiempo habían desaparecido del
consumo habitual. Recuerdo que había bastantes
botellas de Cynar, bebida de alcachofas, me llamaron poderosamente
la atención, pues era una bebida que solía beber en mi juventud.
Pregunté si aún funcionaba, y me
indicó el barman que sí. Dispuse de
cambiar varias monedas de euro para introducir en la máquina las que requería. Pedí un café, y con la taza en la mano me acerqué a la
máquina, introduje una moneda y seleccioné “Soledad” de Emilio José, y “Corazón
destrozado” de Bonnie Tyler. Cerré mis ojos y
los recuerdos me transportaron a mi adolescencia. “Soledad” fue una canción que escuchaba una y otra vez al
salir de clase en una máquina de este tipo que había en un bar en el interior
de un parque de mi localidad. La primera
canción bien podría ser “Soledad”, “Ana”, “Marisierri” o cualquier nombre de
aquellas chicas que, en mis primeros años de juventud, bebía los vientos por ellas. La
desgarradora voz de Bonnie Tyler en su tema “Corazón destrozado” evocaba en mí
la frustración de aquellos primeros amores que solo eran el paso a la pubertad.
“Esa niña que me mira” de Los Puntos, “Help, ayúdame”
de Toni Ronald, fueron los siguientes temas que opté. Cada tema un recuerdo, cada
recuerdo un pasado, cada pasado un paso hacia lo que hoy era o me había convertido.
Rock,
pop, flamenco, canción protesta. Derroché hasta diez euros, escuchando viejos temas que
sonaban aún en esa antiquísima máquina como si fuera ayer. Me atreví a tomar una copa de Cynar y viví un sueño: había retrocedido en el tiempo. Solo faltaban los amigos que solían acompañarme cuando
salíamos en nuestras correrías de juventud. Y
eché de menos a quien el zarpazo de la muerte nos había arrebatado cuando aún
no había cumplido su mayoría de edad. Eché de
menos a aquellos que, por designios del destino, nos había separado de inseparables, pero seguíamos en un
trato cordial. Caí en la cuenta de que muchos
se habían quedado en el camino de nuestra amistad y otros muchos eran los que
ahora llamaba amigos. Cambiamos de compañeros
de viaje, pero no olvidamos jamás que estamos donde estamos porque hemos estado
acompañados; nunca estamos solos y quizás esta
sea la condición del ser humano.
Evoqué
aquella época, aquellos años de adolescente. No recuerdo que fuese alocado ni especialmente díscolo. Es posible que mis complejos frustraran muchos de mis
sueños, pero sin duda mis remembranzas de hoy sobre aquella época me transfieren equilibrio entre
pesadumbre y gozo de una etapa que marcaría para siempre mi forma de entender
la vida. Sin duda podría ser diferente, pero
cada uno de los períodos que
vivimos de una u otra forma dejan una huella en nosotros que al final es el
resultado de lo que somos. Cierto es que
intervienen otros muchos factores, pero no calan en nuestra esencia de
generosidad o atalamiento hacia
los demás.
Terminé mi copa, miré la hora en
mi móvil.
Había cinco llamadas perdidas, seguramente por ser
números que no tenía grabados, serían clientes. Eran las nueve y veinte de la noche; habían pasado más de
tres horas desde que entré en ese túnel del tiempo. Devolvería mañana las llamadas, me resistía a volver a mi
realidad, pero se me hacía tarde para llegar a casa. Pagué mi copa y me dispuse a salir y desperté: ¡maldita sea, desperté! Solo había sido un sueño, pero tenía la esperanza de que
podía entrar en él cuando quisiera. Solo tenía
que evocar el bar, la sinfonola
y dejarme llevar. Todo lo demás fluiría, estaba
grabado en el disco duro de mi cerebro,
recuerdos de un pasado. Me levanté, podía
sentir el ligero sabor amargo
del Cynar en la boca y el eco de
la voz de Janette en mis oídos y tarareé su canción: “déjame, déjame soñar,
déjame tengo que llegar, no quiero quedarme atrás, los sueños son míos, déjame
soñar”.
