El bombardeo de Cabra «La barbarie olvidada de un bombardeo inútil»
Cabra, una ciudad
alejada del frente activo —pues este se encontraba a más de 1000 km—, sin
medios de defensa y cuando estaba a punto de acabar la guerra, fue bombardeada
sin piedad por tres aviones republicanos. Sin embargo, curiosamente, la masacre
sufrida por este bombardeo es el hecho más desconocido de todos cuantos se
produjeron en nuestra última guerra civil española. Sus cifras —109 muertos y más de 200 heridos— son comparables con las del bombardeo de
Guernica. La repercusión mediática del bombardeo egabrense es tan escasa que
incluso parece querer ocultarse. Duelen las distintas varas de medir, según
quiénes sean los protagonistas de unos u otros hechos.
Esta es mi pequeña
aportación para no olvidar un hecho tan luctuoso y, de paso, recordar a
protagonistas reales que, como veremos en este relato, sufrieron sus
consecuencias. Eran familiares de mi mujer o míos.
Viviremos con los
protagonistas las tres peores consecuencias del bombardeo: la de la muerte —cruel para todos los que la
sufrieron como consecuencia del mismo—, la de los heridos, que de una manera u otra trastocaron su vida, poniendo en
peligro no solo su salud, sino su hacienda o su modo de vida. Y, por último,
aquellos que tuvieron la fortuna de no sufrir en sus carnes ni el horror de la
muerte ni mayor herida que lamentar, más que la de contemplar desde la
distancia el salvajismo de un bombardeo contra la población civil.
El horror de la muerte
El niño Jesús Ruiz Cuevas (tío de mi mujer)
había acudido a comprar batatas, acompañando a su padre a la plaza del mercado.
De saber que serían sus últimos momentos de vida, seguramente habría renunciado
a ir a por tan delicioso manjar, que le encantaba.
Solo escuchó un
ensordecedor ruido. Eran las 7:31 de la
mañana del 8 de noviembre de 1938; aún no había cumplido los nueve años
de edad. El ruido provenía de tres aviones republicanos modelo soviético Tupolev SB-2, más conocidos como Katiuskas,
unos aparatos fabricados desde 1936 y conocidos por su ligereza y rapidez. Su
tripulación era totalmente española. En escasos cinco minutos dejaron caer una
veintena de bombas, que provocaron no solo su muerte, sino la de 109 personas más, así como 200 heridos. Arrasaron el centro de su
pueblo, Cabra (Córdoba), en
pleno corazón de lo que hoy conocemos como la Subbética. Las bombas cayeron
sobre la plaza del mercado y, en especial, sobre el barrio obrero de la Villa. Casi 2000 kilos de bombas de diverso tamaño —15, 70, 100, 250 y 500
kilos— dejaron caer, lo que provocó la magnitud de la masacre. La bomba de
mayor tamaño cayó en el mercado, la que acabaría con su vida y con las de 35 personas más en el acto, y otras 14 posteriormente a consecuencia
de las heridas causadas. Mujeres, niños, hombres... En el mercado de abastos
egabrense, en ese momento, se hallaban numerosos campesinos, no solo de la
población, sino de toda la comarca: era día de mercado semanal.
El resto de los
muertos y heridos se encontraba en el destrozo ocasionado por otra bomba
similar que detonó en la esquina de las calles Platerías y Juan de Silva,
así como en las que cayeron sobre el barrio de la Villa. Su cadáver, como el de muchos otros, fue trasladado en
carrillos y con capachos a los hospitales, donde eran amontonados. Su hermana Angelita, que colaboraba como
voluntaria con la Cruz Roja,
descubrió con horror, cuando levantaba las mantas que cubrían los cadáveres, su
pequeño cuerpo yacente.
La desventura de los heridos
Mi bisabuela Vicenta Chacón Pérez tenía un puesto
de frutas y hortalizas en el mercado. Había madrugado más que otros días, ya
que era día de mercado semanal y acudiría más gente de otras poblaciones. Mi
madre, Emilia Álvarez Muñoz, que
contaba con tres años de edad, y
su hermana Vicenta (conocida por
todos como Pepa, contaba con nueve), estaban en el puesto con su
abuela. Mi abuelo, Antonio Álvarez
Escalera, acababa de llevar un saco de calabazas al puesto de su suegra;
había venido desde las huertas de Alcantarilla
con él al hombro. Cogió en brazos a la más pequeña, fueron a comprar churros y
salieron del mercado para desayunar en casa. Esta se encontraba en el número 16
de la calle Norte.
En la esquina de la
calle Córdoba con la calle Norte oyeron el ensordecedor ruido, y
rápidamente corrieron para refugiarse en la casa. En ese preciso instante, el
puesto de mi bisabuela era destruido, y ella resultó herida por metralla en el
glúteo.
En otro lugar del
mercado, el abuelo de mi mujer, Rafael
Ruiz López, con un brazo destrozado por la metralla, no pudo abrazar a
su hijo Jesús, de ocho años, que yacía en el suelo. Pero
su desgracia fue aún más dramática cuando los facultativos que le atendieron pretendieron
cortarle el brazo. Un obrero con trece
hijos, cuyo medio de subsistencia para toda su familia eran sus manos.
Crueldad y bestialidad contra una ciudad alejada del frente activo
Los protagonistas
reales del siguiente relato tuvieron la suerte de poder contarlo. Esta otra
historia real, créanme, me la contó mi suegra María Isabel Lardín Herrera. Su padre sentenció con dos palabras
el salvajismo del bombardeo.
En el cortijo Rivero, propiedad de don Domingo Montes, su mujer Dolores estaba desayunando. El
estruendo de los aviones republicanos Tupolev
SB-2, que acababan de pasar, la hizo levantarse de la mesa, y con la
taza de café con leche en la mano, corría nerviosa de un lado a otro de la
casa, sin saber muy bien lo que hacía. Todo le hacía presagiar lo que, unos
minutos más tarde, sucedió.
Rápidamente, el humo
que se veía proveniente de Cabra tras los bombardeos —a pesar de que dicho
cortijo se encontraba a más de tres
kilómetros de distancia— preocupó enormemente a don Juan José Lardín Romero, que trabajaba
en el cortijo y, dejando sus aperos de labranza, corría hacia la casa diciendo:
«Adiós, Cabra. Adiós, Cabra».
Poco después, mucha
gente que despavorida abandonó la ciudad se refugió en ese cortijo. La masacre
ya se había consumado. La barbarie olvidada de un bombardeo inútil que, el 7 de noviembre de 1938, a las 7:31 horas de la mañana, dejó 109 muertos y más de 200 heridos. Un bombardeo que no tuvo un Picasso, que ha sido desconocido para
gran parte de la opinión pública.
La suerte y el destino
Hora: 7:10 de la mañana. Las hermanas Vicenta Álvarez Muñoz, de 11 años, y Emilia Álvarez Muñoz, de 3
años, estaban en el puesto de frutas y verduras que su abuela Vicenta Chacón Pérez tenía en la plaza
de abastos de la localidad de Cabra
(Córdoba). La pequeña Emilia,
muy revoltosa, quería que su abuela le comprase una porra de jeringos y no paraba de incordiar con su letanía:
—Abuela, cómprame jeringos, abuela cómprame jeringos.
La abuela le dijo que
ahora, cuando viniese su padre de la huerta, que había ido a por calabazas, le
compraría una porra, pero que tenía que portarse bien. La niña miraba para un
lado y otro del puesto como buscando a su padre, el cual venía cargado con un
carro desde las huertas de Alcantarilla
hasta la plaza de Abastos y que
en ese momento entraba en la plaza.
—¡Papá, papá!, gritaba
la pequeña Emilia, ¡abuela, ya
viene papá!
Su padre, Antonio Álvarez Escalera, descargó la
mercancía, alzó a la pequeña a sus brazos y cogió de la mano a Vicenta, se despidió de su suegra, le
dio las gracias por haberse hecho cargo de ellas mientras él traía la mercancía
y dijo que les compraría churros
y se irían a desayunar a casa.
De camino a casa, la
pequeña Emilia mordisqueaba un
trozo de porra de jeringos que
su padre le daba. Vicenta
llevaba en una de sus manos las dos porras que su padre había comprado para
ellas, las cuales, introducidas en un junco de color verde que se obtenía de
una planta que suele crecer en las orillas de los pantanos, servían para
facilitar su transporte. Con la otra mano cortaba pequeños trozos que
degustaba. A pesar de la corta distancia que había desde la plaza de abastos hasta la casa donde
vivían, el padre les llamó la atención: «Cuando lleguemos a casa no os va a quedar jeringos, habréis de tomaros la
leche sola».
El ensordecedor ruido
proveniente de tres aviones republicanos, modelo soviético Tupolev SB-2, más conocidos como Katiuskas,
no dejó escuchar lo que el padre decía. La pequeña se asustó y rompió en
llanto. Vicenta se abrazó a una
pierna de su padre y este, imaginándose lo que habría de ocurrir, apresuró el
paso hacia casa.
Hora: 7:31. Al volver la esquina de la calle
Juan Grande con la calle Norte, que era donde se encontraba la
vivienda familiar, la explosión de las primeras bombas que los aviones
arrojaban sobre la plaza de abastos
hizo que el padre de las pequeñas pensara no solo en su suegra, que estaba en
el epicentro del bombardeo, sino en todas las personas que se hallaban en la
plaza, no solo de la localidad, sino de toda la comarca, pues era día de mercado semanal y sin duda por la
intensidad del bombardeo, dejaría muchos cadáveres y heridos.
Los aviones siguieron
su rumbo y soltaron también bombas en la calle Platería, Juan de Silva
y en el barrio de Villa. Cuando
todo hubo acabado se contabilizaron 109
muertos y más de 200 heridos.
Por suerte, aunque volaron el puesto de la abuela de las niñas, esta solo
resultó herida por metralla y, a Dios gracias, pudo restablecerse. Las niñas
nunca habrían de olvidar aquel día en el que su padre, de haberse demorado un
poco más en llegar a entregar las calabazas, podrían haber perecido, pues se
arrojaron bombas de 15, 70, 100, 250 y 500 kilos, lo que provocó que en el mercado de abastos muriesen 35 personas en el acto y 14 posteriormente a consecuencia de
las heridas. Mujeres, niños, hombres...
Para las niñas Vicenta y Emilia, comer jeringos nunca fue precisamente un regocijo,
pues evocaban aquella trágica mañana en la que su pueblo, Cabra (Córdoba), alejado del frente activo —pues se encontraba a 1000 km—, sin medios de defensa y
cuando estaba a punto de acabar la guerra, fue bombardeado sin piedad por tres
aviones republicanos. Una barbarie olvidada, un bombardeo inútil, un hecho luctuoso que incluso parece querer
ocultarse, una ignominia más que sufrimos los egabrenses.
NOTA: En el 87 aniversario, sirva este relato breve como una poderosa cápsula de
memoria que evoca el Bombardeo de Cabra
(Córdoba). El momento de la salvación por un instante de Emilia, mi madre, Vicenta, mi tía y Antonio, mi abuelo. El contraste
dramático de la inocencia de la vida cotidiana frente al terror repentino. Un
testimonio de supervivencia y trauma.

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