ENCRU IJADAS (Una novela histórica)


INDÍCE


  1. Pelayo — En la cueva
  2. Enrique II — La daga
  3. Juana la Beltraneja — Yo, la Reina
  4. Isabel I — La encrucijada de la fe
  5. Las tres reinas — Dos mundos y solo trono
  6. Boabdil — El hombre que heredó una tragedia
  7. El Gran Capitán — La Lealtad sin recompensas
  8. Juana la Loca — La Soberana de las Sombras
  9. Carlos I — Yuste
  10. Don Juan de Austria — El miedo de Felipe II
  11. Conde-Duque de Olivares — La carga del imperio
  12. Felipe V — El Rey que quiso dejar de serlo
  13. Fernando VII — El Deseado
  14. Mariana Pineda — El silencio que no cedió
  15. Amadeo I — Un Rey que quería ser de todos

PRÓLOGO

 

En 1873, en un tren que partió de Madrid rumbo a Portugal, alguien olvidó un libro.

No llevaba nombre en la cubierta.
No contenía fecha de inicio.
No explicaba quién lo había escrito.

El tren cruzó la frontera.
El libro quedó.

Durante años nadie lo reclamó.
Quizá porque no era un diario personal.
Quizá porque no pertenecía a una sola vida.

Sus páginas no narran una existencia completa, sino momentos.
Instantes en los que una decisión inclinó el rumbo de un reino.
Horas en que un hombre o una mujer supieron lo que debían hacer y asumieron el precio.

Aquí no se cuentan destinos inevitables.
Se cuentan encrucijadas.

No hay héroes sin sombra.
No hay derrotas sin dignidad.
Solo personas frente a un momento que no admitía demora.

Si este libro tuviera dueña, podría ser una reina encerrada.
Un bastardo que nunca dejó de serlo.
Un general que devolvió cuentas.
Un rey que prefirió marcharse.

O quizá no sea el diario de ninguno de ellos.

Tal vez sea el diario de algo más amplio.

Tal vez sea el diario de una nación.

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

PELAYO

En la Cueva

 

Año 722. En las montañas astures, un reducido grupo de hombres resiste al poder omeya tras la caída del reino visigodo

 

El ascenso hasta Bulnes nos rompió los pulmones antes de rompernos el espíritu. Yo caminaba arrastrando los pies, con la túnica hecha jirones y el recuerdo de los gritos de la batalla del mes de julio todavía martilleando en mis sienes. Éramos los restos del ejército de Rodrigo, una sombra de hombres que huían del calor del sur para buscar el amparo de los riscos.

Aquel lugar era un desafío de piedra y verticalidad. Allí, donde el aire escasea y las nubes se enredan en los picos, nos detuvimos. Los caballos, animales del llano, no servían de nada; solo nuestras manos y nuestra voluntad nos mantenían pegados a la caliza.

En el centro del campamento, Pelayo se alzaba como una extensión de la propia montaña. No llevaba seda ni coronas de oro, sino cuero endurecido y la espada de su padre, el duque Favila. Me acerqué lo suficiente para oír su voz, que cortaba la niebla con la misma limpieza que su acero.

—¡Siendo hombres del desierto, estos lugares les serán inaccesibles! —gritó, señalando el vacío que nos rodeaba—. Jamás tomarán posesión de estas tierras porque no saben hablarle a la roca.

Hubo un silencio pesado. Alguien murmuró el nombre del rey Rodrigo, esperando un milagro o una noticia de su regreso. Pelayo bajó la espada y nos miró uno a uno.

—El rey Rodrigo ha muerto —sentenció, y sentí un escalofrío que no era por la nieve—. Yo mismo enterré su cadáver en Viseu; los monjes benedictinos son testigos de ello. Ya no hay marcha atrás.

Entonces ocurrió lo que yo, en mi fatiga, jamás habría esperado. Pelayo, el hijo del duque, el hombre que nos había guiado por desfiladeros imposibles, hincó las rodillas en la tierra húmeda frente a nosotros.

—Es a nosotros a quienes se nos da la obligación de reconstruirla. Reconquistar la unidad que perdimos. Yo mismo hincaré mis rodillas ante quien de nosotros nombréis rey.

Nos miramos. Éramos asturianos, cántabros y nobles godos mezclados por la derrota. Pero en ese gesto de humildad de Pelayo vi nacer algo que no era orgullo, sino deber. No lo elegimos porque fuera el más santo, sino porque era el único que sabía que, para levantar un reino, primero hay que saber arrodillarse ante el destino.

Allí, en el año 715, cuando toda la península ya era una mancha extraña bajo el control del invasor, nosotros —un puñado de hombres en un rincón olvidado— decidimos que aquel no era nuestro final. Éramos el embrión de algo que aún no tenía nombre, pero que olía a piedra y a libertad.

Para un soldado como yo, guerrero de la llanura acostumbrado a las cargas de caballería y al sol de las estepas del sur, convertirme en un depredador de las cumbres fue una mutación inevitable. Los primeros años fueron de pura supervivencia. No hubo grandes batallas: fueron siete años de hostigamiento constante. Bajábamos de las nubes para atacar una patrulla de suministros en los valles y volvíamos a subir por riscos donde ningún caballo podía seguirnos. Para los gobernadores musulmanes de Gijón o León, éramos «asnos salvajes» que se negaban a someterse.

Han pasado siete inviernos desde que Pelayo alzó la espada en Bulnes. Mis manos ya no saben lo que es la seda; solo conocen el tacto frío de la piedra y la aspereza de la cuerda. Ya no somos el ejército derrotado del Guadalete; somos algo distinto, algo que la montaña ha parido. Ayer bajamos al valle y vimos a lo lejos el brillo de sus armaduras. Son muchos, pero están en nuestro reino ahora. No saben que cada roca sobre sus cabezas tiene dueño y que nosotros llevamos siete años esperando este momento para demostrarles que el desierto termina donde empiezan nuestras nubes.

El año era el 722. Llevábamos días apostados en los salientes de la montaña, ocultos por la vegetación y el silencio sepulcral de los Picos. Desde mi posición veía la entrada de la cueva de Covadonga, donde Pelayo aguardaba con un puñado de hombres. El resto de nosotros éramos sombras invisibles distribuidas por las laderas de la peña, con las manos entumecidas por el frío, pero apretando con fuerza los peñascos y los troncos que habíamos preparado durante semanas.

Vimos acercarse una figura que no vestía armadura, sino ropajes eclesiásticos que el sol hacía brillar con una ironía insultante. Era el obispo Oppas. Venía de parte de los invasores, con la boca llena de miel y el alma vendida.

Pelayo bajó de la cueva para recibirlo. Yo me mantuve a pocos pasos, con la mano en el pomo de mi espada, escuchando cómo aquel hombre intentaba envenenar nuestra voluntad.

—Pelayo —dijo Oppas con una voz suave, de esas que no dejan cicatriz, pero matan—, ¿qué locura es esta? ¿Crees que con este puñado de hombres en una cueva vas a detener al ejército que ha conquistado el mundo? Sé razonable. Entrégate, acepta su dominio y conservarás tu vida y tus honores. El reino de Toledo ha caído; no busques la muerte en un rincón de Asturias.

Vi cómo Pelayo apretaba los dientes. No era rabia lo que había en sus ojos, sino un desprecio profundo. Se irguió, pareciendo más alto que las propias montañas.

—Obispo —respondió Pelayo—, tú hablas de salvar la vida; yo hablo de salvar el alma de un pueblo. Si el reino de Toledo cayó, fue por hombres como tú, que prefirieron la comodidad a la resistencia. No buscamos la muerte; buscamos que España vuelva a nacer aquí mismo.

Oppas suspiró, como quien habla con un niño testarudo.

—Solo sois unos pocos en una montaña de piedra. Vuestra derrota es cuestión de horas.

—Entonces que sean las horas más caras que jamás hayan pagado —sentenció Pelayo, dándole la espalda—. Vuelve con tus amos y diles que en esta cueva no hay siervos, solo hombres libres.

Cuando el obispo se alejó, el silencio regresó al valle. Pero ya no era un silencio de miedo. Las palabras de Pelayo nos habían encendido por dentro. Sabíamos que después de aquel «no» lo que vendría sería el fuego y el acero, pero ninguno de nosotros habría cambiado su lugar en aquella cueva por todos los tesoros que Oppas nos había prometido.

Vimos aparecer el brillo del acero de Al-Qama. Era un contingente enorme, una serpiente de hierro que se adentraba en el valle, confiada en su superioridad numérica. Se movían con la arrogancia de quienes han conquistado casi todo un mundo. No entendían que, en este lugar, la tierra misma es el enemigo.

Abajo, los emisarios de los invasores gritaban promesas de perdón si nos rendíamos. La voz de Pelayo, amplificada por el eco de la roca, fue nuestra única respuesta:

—¡Esta pequeña montaña será la salvación de España!

El grito no era una oración; era la señal.

El silencio que siguió fue más pesado que el aire de Bulnes. Cuando el primer contingente enemigo intentó avanzar hacia la cueva, Pelayo, enarbolando una sencilla cruz hecha de dos ramas de roble unidas con cordel —que él mismo había fabricado al ver una señal en el cielo antes de la victoria—, dio la orden. No hubo carga de caballería ni trompetas. Hubo un crujido sordo, el sonido de la montaña despertando.

Soltamos los amarres. Enormes rocas y troncos empezaron a llover sobre el desfiladero. El estruendo era ensordecedor; las piedras no solo aplastaban hombres, sino que sembraban el pánico entre los caballos, que no tenían hacia dónde huir. El callejón sin salida que habíamos elegido era perfecto: un embudo de muerte donde el número de enemigos solo servía para que cayeran más rápido unos sobre otros.

Yo mismo empujé un peñasco que había vigilado durante años. Mientras caía, no pensé en la gloria de los reyes, sino en mis compañeros que quedaron en las orillas del Guadalete. Sentí que, por fin, la balanza empezaba a equilibrarse.

La lluvia, esa aliada asturiana que tanto odiaban los hombres del sur, empezó a caer con fuerza. El suelo se volvió un lodazal de sangre y barro. Los que sobrevivieron a la lluvia de piedras intentaron subir por las laderas, pero allí estábamos nosotros, esperándolos con los cuchillos de monte y el hacha de guerra. Fue una carnicería silenciosa en los flancos de la montaña.

La batalla en la cueva no fue el final, sino el principio de su calvario. Los que lograron escapar de nuestras piedras y flechas huyeron hacia las altas cumbres, pensando que el camino hacia el sur les devolvería el sol y la seguridad. No sabían que se estaban metiendo en las fauces de un gigante de hielo.

Nosotros los seguimos desde las crestas, invisibles como lobos. Vimos cómo el cielo de Asturias, que se había mantenido gris durante la batalla, se cerraba de golpe. No era una lluvia cualquiera; era esa nieve pesada y traicionera que borra los senderos en minutos.

Los vimos avanzar por el desfiladero de Cosgaya, junto al río Deva. Eran miles, un río de acero que se hundía en el barro y el blanco. Estaban ateridos; sus caballos resbalaban en los precipicios y sus armaduras, que en el sur brillaban al sol, aquí eran lápidas de hierro frío que les robaban el calor.

Entonces la montaña misma se hartó de su presencia.

Hubo un rugido que no era humano. Un estruendo que hizo vibrar el suelo bajo mis pies. El monte Subiedas se desgajó. No fueron solo piedras; fue un alud de tierra, nieve y roca que se desplomó sobre ellos con la fuerza de un castigo divino. En un instante, el brillo de sus armas desapareció bajo una manta blanca y gris. El río Deva se desbordó, arrastrando lo poco que quedaba de aquel ejército que pretendía conquistar el cielo desde el fango.

Cuando el sol se ocultó, el ejército que pretendía borrar nuestro refugio había sido aniquilado o dispersado en una huida desesperada. Bajé de mi posición con las piernas temblando, no de miedo, sino de fatiga pura. En el centro del valle, entre los restos de la batalla, Pelayo limpiaba su espada.

Ya no éramos solo un grupo de fugitivos ocultos en Bulnes. Aquella tarde, entre el barro y la niebla de Covadonga, habíamos dejado de sobrevivir para empezar a vencer. Ese fue el embrión: de esas piedras bañadas en sangre surgiría el primer reino, la semilla de lo que hoy somos.

Me quedé en lo alto, mirando el silencio blanco que lo cubría todo. Ya no había gritos de guerra, solo el silbido del viento. Pelayo se acercó a mi lado y, sin decir palabra, clavó su espada en la nieve.

Allí comprendí la verdad de lo que había dicho en Bulnes: esos hombres conocían la arena, pero la nieve no perdona a los extraños. La montaña no solo nos había dado refugio; se había convertido en nuestra muralla más alta.

Los prisioneros que capturamos después de que el monte Subiedas se tragara a su vanguardia temblaban al mirar hacia las cumbres. Para ellos, acostumbrados a la luz cegadora y limpia del desierto, nuestras nieblas eran fantasmas y nuestros bosques de hayas, prisiones de ramas retorcidas. Decían que nuestra tierra estaba maldita, que las flechas que lanzábamos desde la cueva de Covadonga «rebotaban y se volvían contra ellos». No era magia; era el eco y los ángulos de la roca, pero su moral estaba tan rota que preferían creer en milagros oscuros antes que en nuestra puntería.

El gobernador Munuza, al enterarse de que Al-Qama había muerto y de que el ejército había desaparecido bajo la nieve y el barro, comprendió que no se enfrentaba a un ejército, sino a una tierra que había decidido no ser conquistada. Huyeron de Gijón; abandonaron sus puestos.

Apenas habían pasado once años desde que cruzaron el Estrecho y el reino de Toledo se desmoronó como un castillo de naipes. Para ellos, nosotros éramos solo el último trámite, un fleco suelto en una conquista que se extendía ya por tres continentes. Llevaban casi un siglo de victorias ininterrumpidas desde las arenas de Arabia y creían que las montañas de Asturias se rendirían igual que se habían rendido los desiertos y las ciudades amuralladas.

Pero se equivocaron.

Esos once años de avance fulminante se detuvieron en seco en un desfiladero. No contaban con que en Bulnes no solo nos refugiábamos, sino que nos estábamos fundiendo con la caliza. Al-Maqqarí y sus cronistas pudieron llamarnos «treinta asnos salvajes», pero fueron esos pocos hombres los que cortaron el hilo de su racha invicta.

No fue solo una batalla; fue el momento en que el miedo cambió de bando. Una expansión que parecía destinada a cubrir el mundo entero se estrelló contra una cueva y una voluntad que ellos, hombres de horizontes abiertos, jamás pudieron comprender.

Asturias no fue solo el refugio; fue el muro. Y nosotros, los soldados de Pelayo, los cimientos de piedra de todo lo que vino después.

Epílogo

El silencio que siguió a la partida de Munuza no era el de la paz, sino el de un nuevo mundo que tomaba aliento. Bajamos de las peñas de Gijón con el asombro de quien descubre que el horizonte ya no es una amenaza, sino una promesa. Me detuve frente al mar, ese límite azul que los hombres del desierto nunca terminaron de comprender, y sentí el peso de los once años que habían pasado desde que el reino de Toledo se deshizo en el fango del Guadalete.

Ya no éramos los fugitivos que trepaban por la caliza de Bulnes con los pulmones ardiendo y el espíritu roto. La montaña nos había devuelto la dignidad a cambio de nuestra piel y nuestro sudor. Miré mis manos: los callos de la cuerda y el frío de la piedra habían borrado cualquier rastro del soldado de llanura que una vez fui. Ahora era algo más viejo, más duro, un cimiento vivo de ese «embrión» que Pelayo nos obligó a engendrar.

Se decía que en Córdoba los cronistas se burlaban de nosotros llamándonos «asnos salvajes», pero mientras ellos escribían sobre nuestra insignificancia, nosotros escribíamos la historia con el rastro de nuestra sangre en la nieve. El miedo había cambiado de bando definitivamente; los invasores ya no miraban hacia el norte buscando tierras que cobrar, sino que evitaban las sombras de los bosques y el eco de los desfiladeros.

Pelayo, aquel hombre que supo arrodillarse ante el destino para poder levantarnos a todos, ya no era solo un líder de guerreros; era la piedra angular de un muro que no dejaría de crecer. Mientras regresaba hacia el interior, hacia ese refugio de nubes y roca que ahora llamábamos hogar, comprendí que la Reconquista no se había ganado solo en la cueva de Covadonga, sino en cada «no» que habíamos pronunciado frente a la comodidad de la rendición.

Éramos pocos, sí, pero éramos de piedra. Y la piedra, a diferencia de la seda o el oro, no se desvanece con el tiempo; simplemente aguarda bajo la nieve para recordar a quien quiera escuchar que aquí, en este rincón olvidado, España decidió no morir.

La piedra resistió. Pero la Corona pronto aprendería que no siempre se disputa contra el extranjero

 

CAPÍTULO II

ENRIQUE II

La Daga

 

1369. Castilla vive una guerra civil entre Pedro I y su hermanastro Enrique de Trastámara. La legitimidad de la Corona está en juego

 

Año 1334

Aquel invierno del mes de enero de 1334 caía con fuerza sobre las Sierras Subbéticas, pero dentro de los muros del Castillo de Cabra, el aire estaba cargado, como antes de una tormenta. No era para menos. Leonor de Guzmán, la mujer más hermosa y poderosa de Castilla —la amante que había robado el corazón del rey Alfonso XI—, se había refugiado en esta fortaleza cordobesa para dar a luz.

Cabra no fue una elección al azar. Sus murallas eran sólidas y su lealtad al rey indiscutible, un refugio necesario frente a los odios que Leonor despertaba en la corte y, especialmente, en la legítima reina, María de Portugal.

En una de las cámaras de la fortaleza, entre el aroma a leña de encina y el murmullo de las matronas, Leonor de Guzmán no trajo una sola vida al mundo aquella noche en el Castillo de Cabra, sino dos. Primero asomó Enrique, el que portaría la corona; y tras él, casi aferrado a su talón, nació Fadrique, el que portaría la cruz de Santiago.

Las comadronas de la Subbética se santiguaron. Dos varones bastardos de la sangre del rey eran una bendición para Leonor, pero una declaración de guerra para la reina legítima. Enrique y Fadrique, nacidos bajo el mismo signo en la paz de Cabra, ignoraban que sus destinos estarían marcados por la tragedia: uno moriría mazado en un patio de Sevilla y el otro se convertiría en el fundador de una nueva casa real.

Año 1351-1358

Tras la muerte de Alfonso XI por la peste, el equilibrio de poder se invirtió. La reina viuda, María de Portugal, que había soportado años de humillaciones viendo cómo Leonor de Guzmán ocupaba su lugar en el corazón del rey y en la política del reino, exigió venganza.

Pedro I, un joven de apenas 16 años influenciado por su madre y el noble Juan Alfonso de Alburquerque, ordenó detener a Leonor. A pesar de que ella intentó negociar entregando sus castillos, fue trasladada de prisión en prisión (Sevilla, Jerez, Carmona).

En la primavera de 1351, en Talavera de la Reina, Pedro dio la orden definitiva. Leonor fue ejecutada en el alcázar. Las crónicas dicen que murió con dignidad, consciente de que su muerte desataría una guerra que duraría décadas. Para Enrique y sus hermanos, aquel no fue solo un acto político; fue el asesinato de su brújula y su protección.

Fadrique Alfonso de Castilla, el hermano gemelo de Enrique y Maestre de la Orden de Santiago, creía haber sellado la paz con su hermanastro Pedro.

El 29 de mayo de 1358, Pedro citó a Fadrique en el Alcázar de Sevilla. Fadrique acudió confiado, esperando participar en un torneo o recibir órdenes reales. Al llegar al patio, se dio cuenta de la trampa: las puertas se cerraron tras él y los guardias de palacio rodearon el recinto.

Pedro I, desde un balcón o una de las salas altas, dio la orden de "¡Matad al Maestre!".

Fadrique intentó defenderse, pero no llevaba armas. Fue perseguido por los pasillos del Alcázar. Finalmente, uno de los ballesteros del rey, cumpliendo órdenes directas, le asestó un golpe mortal de maza en la cabeza.

Se cuenta que, mientras Fadrique agonizaba en el suelo del patio, Pedro I bajó y, con una frialdad absoluta, se sentó a comer frente al cuerpo ensangrentado de su hermano.

Dos sombras persiguieron a Enrique de Trastámara toda su vida: el cuerpo sin vida de su madre en Talavera y el cráneo destrozado de su gemelo en Sevilla. Pedro I pensó que matando a la estirpe de los Guzmán aseguraba su trono, pero solo logró forjar el acero que, años después, le atravesaría el corazón en Montiel.

Invierno de 1360

El viento silbaba a través de las rendijas de la vieja torre de piedra donde Enrique se refugiaba cerca de Perpiñán. Sobre la mesa, un mapa de Castilla, desgastado y manchado de cera, era lo único que lo mantenía unido a su tierra.

Un mensajero, cubierto de barro y con el rostro lívido por el frío, entró sin aliento. Traía noticias del sur, del Reino de Castilla.

— Habla —ordenó Enrique, sin levantar la vista del mapa.

— Señor... vuestro hermano, el infante Juan de Castilla... ha muerto.

Enrique se quedó inmóvil. Juan era apenas un adolescente, un muchacho que no representaba amenaza alguna para el trono.

— ¿En batalla? —preguntó Enrique, aunque ya sabía la respuesta.

— No, señor. Vuestro hermano Pedro lo mandó ejecutar en Bilbao. Y no ha sido el único. También ha caído Pedro Alfonso, vuestro otro hermano menor. Dicen que el Rey Pedro no descansará hasta que el último hijo de Doña Leonor de Guzmán sea pasto de los gusanos.

El silencio que siguió fue más pesado que la armadura de Enrique. Se acercó a la chimenea y observó las brasas. Primero había sido su madre, Leonor, estrangulada en Talavera. Luego su gemelo, Fadrique, maceado en Sevilla. Y ahora, los más jóvenes, los que ni siquiera habían empuñado una espada contra Pedro.

Enrique cerró el puño con tanta fuerza que los nudillos le blanquearon.

— Él cree que me está debilitando —susurró Enrique, más para sí mismo que para el mensajero—. Cree que cortando las ramas del árbol, las raíces morirán. Pero no entiende que cada hermano muerto es una razón más para no tener piedad.

Se giró hacia el mensajero con una mirada que ya no era la de un bastardo fugitivo, sino la de un verdugo real.

— Regresa a Castilla. Dile a quienes aún guardan lealtad a la memoria de mi padre, Alfonso XI, que el invierno no durará siempre. Dile a Pedro que cada gota de sangre de mis hermanos es una legua que recorreré para llegar a él. No volveré para pedir perdón, volveré para arrancar la corona de sus sienes muertas.

Esa noche, Enrique no durmió. Mientras los mercenarios franceses bebían fuera, él se quedó afilando su daga. Ya no era solo una guerra por un reino; era una cacería. Pedro I, con su crueldad, había terminado de forjar al hombre que lo destruiría.

Año 1369

Es la noche del 23 de marzo de 1369. Pedro I está cercado en el castillo, sin agua y sin esperanza. Desesperado, intenta sobornar al capitán francés Bertrand du Guesclin, que lucha para Enrique, ofreciéndole una fortuna si le ayuda a escapar.

Du Guesclin, un hombre de guerra pero también de negocios, le dice que sí... pero en secreto avisa a Enrique. Conduce a Pedro I a su propia tienda de campaña bajo la promesa de seguridad.

La tienda de Bertrand du Guesclin olía a cuero viejo, vino agrio y el miedo metálico de los hombres que saben que no hay salida. Pedro I, desarmado y traicionado, vio entrar a su hermano Enrique. Los dos hombres se miraron: el mismo rostro, la misma sangre de Alfonso XI, pero dos mundos irreconciliables.

— ¿Dónde está ese hideputa que se dice rey de Castilla? —rugió Enrique, con la voz rota por años de exilio y odio.

Pedro, a pesar de estar herido, mantuvo el orgullo de su estirpe. Se irguió y gritó con desprecio:

— ¡Yo soy el rey de Castilla! ¡Y tú no eres más que el hijo de una ramera!

Al oír la mención a su madre, Enrique sintió que el frío de la Torre de Cabra y el calor de las batallas se concentraban en su brazo. Se abalanzó sobre él. Ambos cayeron al suelo, rodando entre el polvo de la tienda. Pedro, más fuerte físicamente, logró quedar encima, buscando el cuello de su hermano.

Fue entonces cuando Enrique le miró a los ojos, a escasos centímetros.

— ¿Te acuerdas de Talavera, Pedro? —le espetó Enrique mientras forcejeaba—. ¿Te acuerdas de cómo mandaste ejecutar a Doña Leonor, mi madre, mientras suplicaba por sus hijos?

Pedro apretó los dientes, pero Enrique no se detuvo:

— ¿Y Fadrique? ¿Te supo bien la comida aquel día en el Alcázar de Sevilla mientras su sangre corría por el patio? ¿Escuchaste sus gritos? ¡Era mi gemelo! ¡Era tu sangre!

En ese instante, Bertrán du Guesclin agarró Pedro I por la pierna y mientras realiza este acto pronunció las palabras que han quedado grabadas para la historia: "Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor.", lo que permitió a Enrique girar el cuerpo de Pedro. Ahora era el bastardo quien estaba encima.

Enrique dudó un segundo. No era solo el recuerdo de Leonor ni el cráneo de Fadrique lo que guiaba su brazo. Era el peso de años de humillación, de haber sido llamado bastardo, de haber vivido a la sombra de un hermano al que sabía no superior, solo legítimo.

En ese instante comprendió la verdad que nunca había querido admitir: también deseaba la corona. Y no iba a pedirla. Iba a tomarla. Hundió la daga en el pecho de su hermano. Esta vez no pensó en justicia.

Con el último suspiro de Pedro I, la Casa de Borgoña se extinguió en el suelo de una tienda de campaña. Enrique se puso en pie, con el rostro salpicado de la sangre de su hermano, convertido por fin en Enrique II de Castilla. La venganza de los Trastámara había concluido; la historia de los reyes bastardos acababa de empezar.

Con la muerte de Pedro I, acabó una de las épocas más oscuras y violentas de la historia del reino. Con la muerte de su padre Alfonso XI comenzó la que se ha llamado la I Guerra Civil Castellana. No fue una pelea entre dos hermanos, fue una fractura total de la sociedad castellana de la época.

Pedro I “El Cruel”, quería el poder absoluto. Castigaba a la alta nobleza y protegía a los mercaderes y a la comunidad judía. Los nobles lo veían como un tirano.

Enrique II "El de las Mercedes", Se convirtió en el brazo armado de la nobleza. Les prometió que, si él ganaba, les devolvería el poder y les daría tierras (mercedes). Por eso la guerra civil fue también una rebelión de la alta nobleza contra el Rey.

La guerra no terminó con un tratado de paz, sino con la muerte violenta del rey en Montiel. Al morir Pedro, la guerra civil se cerró de golpe porque ya no había "bando legítimo" al que seguir. Enrique no solo ganó una guerra; eliminó físicamente la causa del conflicto.

Año 1369 -  1377

Juana de Sousa, era una dama de la altísima nobleza portuguesa. La familia Sousa era una de las más poderosas del reino vecino, con sangre real en sus venas y una influencia política enorme. Tendría unos 25 años en 1369 cuando conoce a Enrique II. En aquel momento, Juana de Sousa dejó de ser una noble extranjera para convertirse en el refugio durante casi una década del primer Trastámara.

En 1371, Enrique II, consciente de que un reino ganado con sangre solo se mantiene con orden, convocó a su corte en la ciudad de Toro.

Aquellas Cortes no fueron solo un acto administrativo; fueron el pago de una deuda de honor. En Toro, el "Rey de las Mercedes" transformó sus promesas de campaña en decretos reales, entregando tierras y privilegios a la nobleza que lo había sostenido en los años de barro y exilio. Fue allí donde se instituyó la Real Audiencia, buscando que la justicia no dependiera ya del capricho de un monarca, sino del peso de la ley.

Mientras consolidaba su poder, Enrique mantenía su refugio personal en Juana de Sousa, la dama portuguesa que le había dado el sosiego necesario tras el fratricidio. De esa unión nació Enrique de Castilla y Sousa, en una de las cámaras de la Torre Juana del Castillo de Cabra; un hijo que, aunque bastardo como su padre, portaría el orgullo de su linaje en las venas.

Enrique tenía a Juana Manuel (la Reina, la legitimidad) y a Juana de Sousa (el amor, la pasión). Esta dualidad refleja muy bien la vida de Enrique: siempre entre el deber y el deseo.

Enrique imitó a su padre. Como Alfonso XI con Leonor de Guzmán, también él encontró en Juana de Sousa una pasión al margen del deber.

Pero Enrique fue más precavido: Enrique había visto cómo el exceso de poder dado a una amante (Leonor) terminó en una guerra civil sangrienta. Por eso, aunque amó a Juana de Sousa y le dio todo a su hijo (incluyendo el Señorío de Cabra), nunca permitió que ella eclipsara a la Reina legítima.

En la torre Juana del Castillo de Cabra, Enrique II vestido con  una túnica de seda pesada que parecía oprimirle el pecho, tenía frente a él a Juana de Sousa.

Enrique se acercó a una mesa y firmó con mano firme el documento que cambiaría el destino del niño que ambos compartían.

— Le daré a nuestro hijo el corazón de mis dominios. Crearé para él el Condado de Cabra. Esta torre donde nació, esta tierra será suya. Enrique de Castilla no será un infante, pero será el señor más poderoso de Andalucía.

23 de marzo de 1379

Enrique II se encontraba en sus aposentos, la salud empezaba a fallarle y el recuerdo de su propia infancia en Cabra volvía a su mente. Frente a él, los escribanos esperaban con las plumas en alto.

— Escribid —ordenó el Rey—. Para mi hijo Enrique, nacido de Juana de Sousa, quiero las tierras que me vieron nacer. Quiero que Cabra no sea solo un castillo en la frontera, sino su casa y su orgullo. Que se le nombre Conde, y que ningún noble se atreva a disputarle el señorío de las Subbéticas.

Enrique se recostó en su sillón. Había dejado a Juana, sí. Pero al darle Cabra a su hijo, le estaba dando lo mejor de sí mismo: su origen.

Es su sucesor, Juan I (el hijo legítimo) quien cumple la voluntad de su padre y formaliza el Condado de Cabra para su hermanastro Enrique en 1380.

Así, entre las piedras de Cabra y el barro de Montiel, y las leyes promulgadas en Toro, comenzó la estirpe que, generaciones después, cambiaría el destino de Castilla.

 

La sangre decidió el trono. Y la duda regresó una generación después

 

CAPÍTULO III

JUANA LA BELTRANEJA:

Yo, la Reina

 

1474. A la muerte de Enrique IV, Castilla se divide entre quienes la reconocen como reina y quienes apoyan a Isabel

 

El silencio en el monasterio de Santa Clara de Coímbra no es el de la oración; es el de la espera.

Me llaman «la Beltraneja». Lo dicen como quien escupe una sentencia de muerte sobre un niño que aún no ha nacido. Dicen que mi padre, el rey Enrique, era un hombre a medias, un ser cuya naturaleza le negó la capacidad de dar vida. Pero yo sé la verdad que ellos callan: la «impotencia» de mi padre no fue un castigo del cuerpo, sino una moneda de cambio. Él vendió su virilidad ante los tribunales de la Iglesia para comprar su libertad de un matrimonio que odiaba, sin saber que, con cada palabra de su confesión, estaba borrando mi rostro del futuro de Castilla.

Me ofrecieron un pacto para salvar los restos de mi vida: casarme con el hijo de Isabel, mi tía, la usurpadora. Querían que mi vientre legitimara su robo, que mi sangre se mezclara con la de sus herederos para que, con el tiempo, nadie recordara que yo fui la verdadera dueña de las alcobas del Alcázar.

Pero he elegido el velo.

La primera noche, ya sola en la celda, mi cuerpo traicionó a mi voluntad. Lloré sin motivo, en silencio, como si una parte de mí —la que no sabe de linajes ni de tronos— hubiera entendido antes que yo el precio exacto de mi decisión.

No me he encerrado por devoción a Dios, sino por devoción a mi propia sombra. Al entrar en este claustro y vestir de blanco, he ejecutado mi mayor acto de soberanía: he decidido que mi linaje muera conmigo. Soy el final de una estirpe que ellos llaman mentira y me niego a ser el puente que conecte su traición con el mañana.

Si mi padre fue un eunuco ante la ley, yo seré una reina estéril ante el mundo. Mientras yo respire en este convento, Isabel no podrá dormir tranquila. Su corona siempre tendrá el peso de mi ausencia. Cada vez que mojo la pluma en la tinta y estampo mi firma, el mundo tiembla un poco.

No escribo cartas: escribo desafíos. No soy una monja rezando por su alma; soy una reina custodiando una duda que quemará los libros de historia.

«Yo, la Reina».

Tres palabras que son un puñal de tinta. Tres palabras que dicen que mi padre no mintió al engendrarme, sino que ellos mintieron al juzgarlo. Mi castidad es mi venganza: si no hay herederos, no hay perdón.

II. Los mercaderes de coronas

Pasaron los años y los muros de Santa Clara se hicieron más gruesos, no de piedra, sino de indiferencia. Sin embargo, el mundo exterior seguía sangrando por la herida que yo guardaba en mi celda. Isabel, mi tía —la que se decía «Católica» mientras pisaba el derecho de su propia sangre—, no podía descansar. Su trono crujía cada vez que llegaba una noticia de Portugal: «La Beltraneja sigue viva. La Beltraneja sigue firmando».

Un día llegaron ellos. Caballeros de Castilla, con las espuelas sucias del polvo del camino y la mirada limpia de escrúpulos. Venían a traerme la «paz».

—Excelentísima señora —dijo el portavoz, evitando llamarme Majestad, pero temblando al ver que yo no bajaba la vista—. Venimos en nombre de vuestros tíos. Proponen una unión que borrará todo agravio. El príncipe heredero de Castilla y Aragón os espera. Casándoos con él, seréis de nuevo princesa. Vuestro nombre será restaurado.

Escuché su propuesta con la paciencia de quien observa a un insecto atrapado en ámbar. Me ofrecían ser la segunda mujer, la sombra de un linaje que no era el mío. Querían que mi cuerpo fuera el puente sobre el cual sus hijos pasaran del pecado de la usurpación a la santidad de la herencia.

—Me ofrecéis un marido para que yo os entregue una confesión —respondí, y mi voz sonó extraña en aquella sala, como el eco de una tumba abierta—. Queréis que mi matrimonio diga al mundo que Isabel es reina por derecho y yo lo soy solo por perdón.

El enviado de Castilla dio un paso al frente, bajando la voz:

—Señora, es la única forma de que vuestra vida tenga sentido. Aquí, tras estos muros, sois un fantasma. Fuera, podríais ser madre de reyes.

Sonreí. Fue una sonrisa que les heló la sangre, porque no era la sonrisa de una mujer, sino la de una institución que se niega a morir.

—Os equivocáis. Mi vida tiene sentido precisamente porque no soy nada. Mientras yo no sea madre, vuestros reyes no tienen pasado. Mientras yo no acepte vuestro perdón, vuestro trono no tiene cimientos. Decidle a mi tía que mi virginidad es el único territorio que ella nunca podrá conquistar. Me quedo con mi celda, con mi silencio y con mi firma. Prefiero ser la última de mi estirpe que la madre de una mentira.

Cuando se marcharon, volví a mi escritorio. Tomé la pluma. El pergamino me esperaba, blanco como mi hábito, puro como el odio que me mantenía en pie.

«Yo, la Reina», escribí.

Y sentí que, en ese trazo de tinta, le arrancaba un trozo de paz al corazón de Castilla.

 

III. El insomnio de la Católica

Isabel no duerme. El Alcázar de Segovia es frío, pero el frío que ella siente nace de la sospecha. Observa sus manos, las mismas que han sostenido la espada y la cruz, y se pregunta si están manchadas de un pecado que ninguna bula papal podrá limpiar.

«Guisando fue un pacto de lobos», piensa mientras la vela se consume. Los Toros de Guisando fueron su nacimiento político, el momento en que su hermano Enrique, acorralado y humillado, la nombró heredera. Pero Isabel conoce a los hombres y conocía a su hermano. Enrique era un rey de dobleces, un hombre que se doblaba como el junco, pero que guardaba espinas en el envés de sus actos.

El miedo de Isabel tiene nombre: el Testamento de Madrid.

Sabe que hay un rumor que corre por las tabernas de la frontera y por los pasillos de Lisboa. Se dice que Enrique, en sus últimas horas, cuando la muerte ya le enfriaba los pies, llamó a su secretario. Se dice que revocó el juramento de Guisando, que pidió perdón a Dios por haber negado a su hija, que redactó un nuevo testamento donde devolvía a Juana lo que el miedo le había arrebatado.

Isabel vuelve a la mesa y endereza el pergamino que tiene delante. Ya estaba recto. Lo sabe, pero lo alisa con la palma una vez más, y otra. El gesto es inútil, casi infantil, y por eso mismo no logra detenerlo.

«¿Dónde está?», se pregunta Isabel, y su mirada recorre las sombras de la habitación. Si ese papel existe, su corona es de cristal. Si ese papel aparece, ella no es la elegida de Dios, sino la ladrona de un trono.

Isabel se levanta y camina hacia la ventana. Mira hacia el oeste, hacia Portugal. Allí está ella: Juana. La muchacha que no necesita hablar para acusarla. Isabel odia a Juana no por lo que hace, sino por lo que podría demostrar.

«¿Y si Enrique no era impotente? ¿Y si aquel testamento está escondido en un convento o en el pecho de un noble traidor?».

Esa es la verdadera sombra. Isabel ha ganado las batallas, ha conquistado Granada, ha enviado barcos a lo desconocido…, pero no puede conquistar el pasado. Siente que su legitimidad es un edificio magnífico construido sobre un pantano.

—Fernando duerme —susurra para sí misma—. Él cree en la fuerza del acero. Pero yo sé que un trozo de pergamino con el sello de mi hermano puede ser más afilado que cualquier espada de Toledo.

Isabel vuelve a la mesa y toca su propia corona. Está fría, casi tanto como el cuerpo de su hermano cuando murió. Si el Testamento de Madrid existe, Juana no es una rebelde; es la dueña de la casa y ella, Isabel, es solo una inquilina que ha cambiado las cerraduras.

IV. El trono de ceniza

La noticia llegó a Coímbra con el tañido de las campanas que cruzaban la frontera. Isabel, la mujer que había llenado el mundo con su nombre, se había convertido en un cadáver frío en Medina del Campo. La Reina Católica había muerto, dejando tras de sí un imperio, pero también un rastro de dudas que ningún cronista lograba borrar.

Se dice que en Castilla buscaron desesperadamente: que registraron arcones, que interrogaron a confesores y que revolvieron los legajos de Madrid buscando aquel testamento final de Enrique IV, el documento que, según el rumor, devolvía a Juana su lugar en el mundo, el papel que lavaba la conciencia de un padre moribundo.

Pero Juana, en la quietud de su celda, ni siquiera se inmutó cuando le hablaron del hallazgo o de la pérdida de aquel papel.

—¿Un testamento ahora? —murmuró Juana, mirando sus manos pálidas—. ¿De qué sirve que mi padre pidiera perdón a un papel cuando ya me había entregado a los lobos en Guisando?

Juana comprendía la amarga verdad que la historia oficial ignora: el daño que Enrique IV le infligió no estaba en las leyes, sino en el alma. Al firmar en los Toros de Guisando que ella no era su heredera, su padre no solo le quitó una corona; le quitó la verdad de su propio origen. Un testamento de última hora podía salvar la conciencia de un muerto, pero no podía devolverle a ella la vida que le habían robado.

—Mi tía Isabel ha muerto temiendo un papel —dijo Juana con una calma aterradora—. Ha pasado su vida persiguiendo una sombra, mientras yo he pasado la mía siendo la sombra misma. No necesito que aparezca ningún testamento para saber quién soy.

Juana se acercó a su mesa de roble. Isabel ya no estaba, pero ella seguía allí. La «Beltraneja» había sobrevivido a la Usurpadora. Pero su victoria no era recuperar el trono de Castilla; su victoria era no haberlo necesitado para mantener su dignidad.

Tomó la pluma por última vez en aquel día. No buscaba justicia, ni reinos, ni venganzas. Solo buscaba el testimonio de su propia existencia.

—Si ese testamento existe, que arda —sentenció—. No quiero el perdón de un padre que me negó por miedo ni el trono de una tía que me persiguió por ambición.

Con un trazo firme, sin que le temblara el pulso, estampó su firma habitual. El mundo podía seguir discutiendo sobre su sangre, pero ella ya había dictado su propia sentencia.

«Yo, la Reina».

No sabía ya si lo escribía para que alguien lo leyera algún día, o solo para no olvidarlo yo.

En la soledad de Coímbra, Juana entendió que su verdadera corona no era de oro, sino de silencio. Isabel había muerto siendo esclava de su poder; Juana seguía viva siendo dueña de su olvido.

 

Cuando dos coronas reclaman el mismo reino, solo una puede sostenerlo

 

CAPITULO  IV

ISABEL I:

La Encrucijada de la Fe

(Narrado por Beatriz de Bobadilla)

 

1474–1492. La Corona de Castilla se consolida entre guerra civil y expansión. La unidad política y religiosa se impone como proyecto

 

El frío de Castilla es implacable en este noviembre de 1504. Isabel cree que engaña a Dios cuando se confiesa, pero a mí no puede engañarme. He limpiado el sudor de su frente tras las batallas y he visto cómo apretaba los dientes para no flaquear ante los hombres que la querían sumisa. Muchos ven hoy a la «Gran Reina», la que unificó reinos y puso a los moros de rodillas en Granada; pero yo recuerdo a la muchacha que aprendió que, para salvar a Castilla, a veces había que poner en riesgo el alma.

I. El engaño que lo cambió todo

Su hermano, el rey Enrique —pobre hombre, tan débil como una caña al viento—, creía que la tenía bajo control. Quería casarla con el rey de Portugal para quitársela de encima, pero Isabel ya tenía el ojo puesto en el de Aragón:

—«Fernando es el hombre, Beatriz», me decía en susurros.

No solo desobedeció. Engañó. Para casarse con su primo Fernando necesitaba una bula del papa, pues la sangre que compartían era un muro legal ante la Iglesia. El permiso no llegaba y el tiempo se agotaba. ¿Qué hizo mi señora? Con la complicidad del obispo Carrillo, utilizó una bula falsa, un documento fabricado, un engaño sagrado. A veces la regañaba por su impaciencia:

—«Señora, no se puede entrar en el cielo con las manos manchadas de tinta falsa», le dije.

Ella me miró con esos ojos azules que parecen quemar y respondió:

—«Beatriz, el cielo perdonará un papel falso si con él salvo a un reino entero».

Esa fue siempre su sombra. Isabel es capaz de la mayor de las luces —como cuando vendió sus joyas para financiar esa locura de Colón o cuando entró en Granada con la cruz en alto—, pero, para llegar a esa luz, no dudó en usar la sombra.

Traicionó la confianza de su hermano huyendo de la corte para casarse en secreto en Valladolid. Mientras el rey la buscaba, Fernando cruzaba Castilla disfrazado de mozo de mulas para no ser reconocido. Fue una mascarada digna de juglares, pero gracias a ese engaño nació España.

 

 

II. La astucia y el «Rey Chico»

Recuerdo cuando trajeron a Boabdil tras la batalla de Lucena; no llegó como un guerrero, sino como un hombre roto, un «Rey Chico» que había perdido su honor en el barro. Cualquier otro rey lo habría pasado por la espada o lo habría pudrido en una mazmorra, pero mi Isabel… ah, mi señora era más peligrosa que un verdugo: ella era una estratega.

Lo instalamos en el castillo de Porcuna. Yo la veía observarlo desde lejos, con esa mirada gélida que calculaba cada debilidad del nazarí. Un día lo mandó llamar a su presencia. Boabdil avanzó con la cabeza baja, y al llegar ante ella se inclinó torpemente, como un hombre que ya no sabía qué dignidad conservar.

Isabel se levantó para recibirlo y, contra toda expectativa, le tomó las manos.

—«No temáis», le dijo con una voz dulce. «Aquí sois huésped, no prisionero».

Boabdil alzó los ojos, sorprendido. Vi cómo la esperanza le cruzaba el rostro durante un instante.

Cuando salió de la sala, Isabel se volvió hacia mí sin rastro de aquella dulzura.

—«¿Vais a pedir un rescate por él, señora?», me atreví a preguntar.

—«No, Beatriz», respondió con una sonrisa pequeña y afilada. «Voy a darle algo mucho más caro: su libertad».

Me estremecí. Isabel sabía que el reino de Granada estaba dividido. Al soltar a Boabdil y tratarlo con una cortesía exquisita —casi hipócrita—, estaba lanzando una tea encendida en un pajar. Lo convirtió en su vasallo mediante el Tratado de Córdoba, obligándolo a luchar contra su propio padre y su tío, «el Zagal».

La regañé esa noche, no pude evitarlo:

—«Estáis alimentando una guerra entre hermanos, Isabel. Usáis a ese pobre hombre para que destruya su propio legado. Es una crueldad que no cuadra con vuestras oraciones».

Ella dejó el misal sobre la mesa y me miró fijamente:

—«Beatriz, cada granadino que muera por la mano de otro granadino es un soldado castellano que yo no tengo que arriesgar. No es crueldad, es ahorro de sangre cristiana. Si para unificar España debo alimentar el odio entre los infieles, lo haré y pediré perdón en mi lecho de muerte, no antes».

Así lo hizo. Durante años, Isabel y Fernando jugaron con Boabdil como el gato juega con el ratón. Le daban dinero, le daban treguas, lo ayudaban justo lo necesario para que la guerra civil en la Alhambra no terminara nunca.

La luz de la conquista final en 1492, con las llaves de la ciudad entregadas en sus manos, nació de esa sombra: la de una reina que supo corromper la voluntad de su enemigo, prometiéndole una paz que sabía que nunca sería plena. Boabdil lloró como mujer lo que no supo defender como hombre, pero fue Isabel quien le proporcionó el pañuelo, mientras con la otra mano le arrebataba el reino.

III. El incendio de Santa Fe y la fe de hierro

Sucedió en la quietud de una noche de julio. Una vela mal apagada, un golpe de viento y, de pronto, el campamento que habíamos alzado como una ciudad de lona para asfixiar a Granada se convirtió en un infierno.

Nunca olvidaré los gritos de «¡Fuego!» rasgando el aire. Pero lo que más me dolió fue ver a mi señora. Isabel salió de su tienda envuelta en un manto, con el rostro iluminado por las llamas que devoraban sus pertenencias, sus mapas y sus sedas. Pero no era el calor lo que la hacía temblar; era el pánico.

La encontré de rodillas sobre la tierra seca, lejos de las llamas, con las manos entrelazadas tan fuerte que los nudillos le blanqueaban. Me acerqué y le puse una mano en el hombro. Estaba helada.

—«Es Él, Beatriz», susurró con una voz que no reconocí. «Es Dios, que ha venido a cobrarse el precio».

Me atreví a sacudirla un poco, como hacía cuando éramos niñas:

—«Señora, es solo un accidente. Un descuido de una de vuestras damas».

—«¡No!», gritó ella, y por primera vez vi el terror puro en sus ojos. «Es por la bula falsa. Es por el engaño a mi hermano Enrique. Es por la sangre que he permitido que se derrame en las plazas bajo el nombre de la fe. El Señor me dio el trono y ahora me quema la casa porque sabe que mi corazón ha caminado por senderos oscuros para llegar aquí».

Aquella noche, la reina de Castilla no era más que una pecadora asustada. Creía que el incendio era un aviso divino: si seguía adelante con la toma de Granada usando las artes de la traición y la manipulación, su alma ardería igual que aquellas tiendas. Por un momento, vi en ella el deseo de renunciar a todo, de pedir perdón y retirarse a un convento.

Pero Isabel era Isabel. La sombra del miedo pasó y, en su lugar, quedó una resolución de hierro. Se puso en pie, se sacudió la ceniza de la falda y, mirando al cielo, dijo:

—«Si es un castigo, lo acepto. Pero construiré una ciudad de piedra donde hoy arde la tela. Si Dios me pone a prueba, le demostraré que mi obra es mayor que mis pecados».

Y así fue. Ordenó levantar la ciudad de Santa Fe en ochenta días, sustituyendo la lona por el ladrillo. Pero yo sé que, desde esa noche, Isabel nunca volvió a dormir en paz total. Cada vez que una vela chisporrotea en su cámara, busca mi mano, temiendo que el cielo haya venido, finalmente, a pasarle la factura por sus sombras.

 

Las sombras de la fe

Esa misma lógica de hierro la llevó a traer el Santo Oficio. Isabel creía que un reino con dos religiones era un reino con el corazón partido. Llamó a Torquemada y le dio el poder de escudriñar las conciencias.

Incluso ahora, con la Inquisición quemando en las plazas, me pregunto si su fervor es puro o si es otra herramienta de su voluntad. Ella dice que limpia la fe, pero yo veo el miedo en los ojos de mis vecinos. A veces, cuando estamos solas, le digo:

—«Isabel, estás apretando demasiado el nudo. Un reino no se mantiene solo con el temor de Dios».

—«Señora, las plazas huelen a carne quemada», le dije un día tras un auto de fe.

Ella no respondió de inmediato. Apretó el rosario con tanta fuerza que uno de los granos se le clavó en la palma. Solo entonces murmuró:

—«Es el olor de la purificación, Beatriz».

Vi la sangre resbalar entre sus dedos mientras las hogueras seguían ardiendo en la plaza.

Ella suspira, se toca el crucifijo de madera que cuelga de su cuello y sigue adelante. Es una mujer que prefiere ser temida y justa a ser amada y débil.

El llanto de Sefarad

La sombra se hizo aún más densa en marzo de 1492, mientras celebrábamos la toma de Granada tras haber manipulado y asfixiado al joven Boabdil hasta arrebatarle sus llaves, Isabel firmó la sombra más larga de su vida: el Edicto de Expulsión. El Decreto de la Alhambra. Cuatro meses para que todos los judíos abandonaran sus casas, sus tierras y sus muertos. Vi a los judíos, que habían sido sus médicos y banqueros, salir llorando de Sefarad. Ella no flaqueó. Creía que estaba limpiando la casa para Dios, aunque el precio fuera el destierro de miles de inocentes.

Vi a familias enteras, que habían vivido en España durante siglos, salir por los puertos de Levante con apenas lo puesto. El rabino mayor, Abraham Senior, a quien la reina tanto respetaba, intentó convencerla. Le ofreció oro, le ofreció lealtad eterna… pero Isabel se mantuvo firme como una roca.

—«¿No veis el dolor que causáis, Isabel?», le pregunté mientras veíamos las carretas partir.

—«Veo el precio de la unidad, Beatriz. Un precio que mis sucesores no tendrán que pagar si yo lo pago ahora».

IV. La apuesta por Colón

Sin embargo, Dios tiene formas de recordar nuestras deudas. Tras el fuego de Santa Fe, Isabel buscaba una redención que lavara sus culpas. Fue ese miedo el que la llevó a escuchar a aquel visionario llamado Cristóbal Colón, a quien los sabios trataban de loco. Él no le ofreció un «Nuevo Mundo» —nadie sabía que existía—, sino un atajo por el poniente para llegar a las especias y al oro de Cipango. Buscaba el oro de las Indias para financiar la reconquista de Jerusalén y lavar sus culpas.

Empeñó sus joyas, despojándose de sus perlas para comprar un milagro que la redimiera ante el Altísimo.

—«Mis joyas son piedras, Beatriz. El perdón de Dios y la gloria de Castilla valen más que todo el oro de las Indias».

El legado de una madre herida

Y no podemos olvidar la sombra que más le dolió: sus hijos. Isabel creyó que Dios la castigaba por sus acciones políticas arrebatándole a sus herederos. Vio morir a su hijo Juan, el príncipe de sus ojos; vio morir a su hija Isabel en Portugal, y vio cómo su hija Juana empezaba a perderse en los laberintos de su propia mente.

—«Es por el testamento de mi hermano Enrique, Beatriz», me decía en sus momentos de delirio. «El trono que robé para mis hijos, Dios se lo está llevando pieza a pieza».

V. El ocaso y el último suspiro

Pasaron los años. Granada cayó, Colón regresó cargado de promesas y la unidad de España era un hecho. Pero el tiempo no perdona.

Estamos en 1504, en Medina del Campo. El cáncer le devasta el cuerpo, pero su mente sigue siendo ese tablero de ajedrez. Me hace llamar para que la ayude con su testamento.

—«Beatriz… ¿crees que habrán pesado más las luces?», me pregunta con un hilo de voz.

Miro sus manos, las mismas que firmaron la expulsión de los judíos, las mismas que acariciaron a sus hijos que ya no están, las mismas que financiaron carabelas y alzaron espadas.

—«Señora», le respondo mientras le seco el sudor frío de la frente, «habéis creado un mundo nuevo, pero habéis dejado muchas cicatrices en el viejo. Dejad que sea Dios quien use la balanza. Vos ya habéis hecho suficiente».

Cierra los ojos. La reina católica, la mujer de las luces y las sombras, se sumerge en la oscuridad final. Yo observo la llama temblorosa de una vela junto a su lecho y recuerdo el incendio de Santa Fe. No sé si, al otro lado, habrá balanza o solo fuego. Solo sé que el océano que ella se atrevió a soñar no siempre apaga las llamas que se encienden en la conciencia.

 

El poder no se ejerce siempre desde el trono. A veces se decide alrededor de él

 

CAPÍTULO V

EL TRONO DE LAS TRES REINAS

Dos mundos y solo Trono

 

 

Finales del siglo XV. Isabel de Castilla, Isabel de Portugal y la sultana Aixa participan, desde distintas posiciones, en el desenlace del reino nazarí

 

Granada, invierno de 1491

Desde Santa Fe, a solo diez kilómetros, se alzaba la prueba definitiva de la voluntad cristiana. Lo que comenzó como un asedio de tiendas de lona se había transformado, por orden de Isabel I, en una ciudad de piedra y ángulos rectos nacida de las cenizas de un incendio. Desde allí, la reina de Castilla contemplaba Granada no como un sueño, sino como una pieza de ajedrez a punto de caer: una montaña de casas blancas que trepaban hacia el cielo, coronadas por el color rojizo de las murallas de la Alhambra.

Bajo ese cielo plomizo, el laberinto de calles estrechas del Albaicín bullía de rabia y hambre. En aquellos callejones donde dos caballos no podían cruzarse, donde el aire se estancaba y el olor a alcantarillado se mezclaba con el de las especias rancias, Aixa encontraba su último refugio. Era el lugar perfecto para sus conspiraciones; allí, entre las sombras de los muros desconchados, la sultana alimentaba el odio de un pueblo que prefería la muerte antes que la rendición que su hijo, Boabdil, ya empezaba a negociar en secreto.

Mientras tanto, en lo alto, la Alhambra se había convertido en la cárcel de cristal de Zoraida. En aquel mundo de penumbra dorada y techos de mocárabes que parecían llorar estalactitas, la reina cautiva sentía el peso del repudio de la aristocracia tradicional. Los Abencerrajes nunca le perdonaron que su belleza fuera el hacha que partió el reino en dos. En sus aposentos privados, ajena al lujo que la rodeaba, Zoraida escuchaba el eco de los cañones de Santa Fe y temía por la vida de sus hijos. Con el sultán Muley Hacén ya desaparecido de la escena y el poder desvaneciéndose, sabía que su linaje pendía de un hilo finísimo.

Las tres —Isabel, Aixa y Zoraida— estaban, de alguna manera, atrapadas por su destino. Pero mientras Isabel esperaba el fruto maduro de la victoria y Aixa se aferraba a las cenizas del orgullo, Zoraida solo buscaba una salida de aquel laberinto de seda antes de que el mundo que conocía terminara de arder.

En un sótano discreto de una casa del Albaicín, el aire estaba cargado de humedad y del humo de un solo candil de aceite. Boabdil, sentado frente a una mesa pequeña, tenía un pergamino desenrollado ante él. Al oír el crujir de la puerta, intentó ocultarlo, pero era tarde.

Aixa entró como una ráfaga de viento helado. No necesitó ver el sello de cera para saber de dónde provenía.

—¿Desde cuándo los hijos de la estirpe nazarí intercambian cartas con la mujer de Castilla a espaldas de su pueblo? —La voz de Aixa no era un grito; era un siseo que cortaba más que una daga.

Boabdil levantó la mirada. Sus ojos tenían las ojeras profundas de quien no ha dormido en años.

—No es una traición, madre. Es un trato. Granada tiene hambre. La gente se come los caballos y el cuero de las monturas. Si no firmamos estas capitulaciones, no quedará nadie vivo para recordar quiénes fuimos.

Aixa se acercó y golpeó la mesa con la palma de la mano.

—¡Comerán piedras si es necesario! —exclamó con un fervor casi místico—. Lo que tú llamas «trato», Isabel lo llama «rendición». Ella te ofrece una salida de oro para que le entregues las llaves de nuestra alma. ¿Crees que te respetará cuando seas un rey sin tierra? ¿Crees que respetará a esa… cautiva y a sus hijos cuando ya no te necesite para dividirnos?

Boabdil se puso en pie, su sombra proyectándose gigante y trémula contra la pared de piedra.

—¡Zoraida ya no importa! —gritó con desesperación—. Ella está atrapada en sus aposentos, rezando a un Dios que ya no la escucha. Isabel nos ha vencido, madre. Ha construido una ciudad de piedra frente a nosotros para decirnos que no se irá. ¿Quieres que vea cómo mis hijos mueren en un asalto final solo por tu orgullo?

Aixa se quedó inmóvil. Se acercó a su hijo y le tomó el rostro con las manos, pero no fue un gesto de ternura, sino de posesión.

—Prefiero enterrarlos con mis propias manos bajo los cimientos de la Alhambra antes que verlos suplicar pan en las mesas de los cristianos. Granada es nuestra sangre. Si tú entregas las llaves, no solo entregas las puertas: entregas la historia.

—La historia la escriben los que sobreviven —respondió Boabdil, apartándose—. Y yo quiero que mi pueblo sobreviva.

Aixa lo miró con un desprecio que dolía más que cualquier herida de guerra. Se ajustó su manto oscuro y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo sin volverse.

—Si firmas ese papel, Boabdil, firmarás tu sentencia de sombra. Caminarás por el resto de tus días como un muerto que olvidó morir. Y cuando llores frente a las torres que perdiste, no busques mi hombro para consolarte. Ese día, mi hijo habrá muerto y solo quedará un siervo de la reina de Castilla.

La puerta se cerró con un golpe seco. Boabdil se quedó solo con el pergamino. Fuera, en la noche del Albaicín, el viento trajo el sonido de una campana lejana desde el campamento de Santa Fe. Isabel estaba esperando su respuesta.

En su gabinete de la ciudad de piedra, Isabel no dormía. La estancia era sobria, iluminada por grandes cirios de cera de abeja que no chisporroteaban. Sobre la mesa, el mapa de Granada no era más que un dibujo lleno de tachaduras.

Un caballero de la Orden de Santiago entró y le entregó un pequeño canuto de cuero. Isabel lo abrió con dedos firmes. Sus ojos claros recorrieron las líneas en árabe y su traducción al margen.

—Boabdil cede —dijo ella, con una voz tan tranquila que asustaba—. Pide garantías para su seguridad, para su hacienda y para el respeto a sus mezquitas.

Fernando, que observaba desde la sombra de la chimenea, dejó escapar un suspiro de alivio, pero Isabel permaneció seria.

—No te alegres aún, Fernando —advirtió—. Boabdil ha firmado, pero su madre, la sultana Aixa, todavía no ha entregado su odio. Ella es el verdadero muro de Granada. Boabdil nos da las llaves, pero Aixa nos da las cenizas si no tenemos cuidado. Debemos enviar un mensaje a los agentes que tenemos dentro: que vigilen a la sultana. No quiero que el día de la entrega la ciudad sea un incendio que nos impida entrar.

Isabel volvió a mirar el mapa. Para ella, Granada ya era suya; ahora solo era una cuestión de logística y de evitar que la furia de una mujer desesperada lo arruinara todo.

En la penumbra de sus estancias, Zoraida ya no tenía el brazo de Muley Hacén para sostenerse. Él era ahora solo un recuerdo frío en las cumbres del pico que llevaba su nombre. Ella era la viuda de un rey muerto, la madre de unos hijos que la aristocracia nazarí consideraba una mancha en el linaje.

—El sultán se fue y con él nuestra sombra —murmuró Zoraida, abrazando a sus hijos en el rincón más oscuro de la habitación.

Fuera, el eco de los pasos de los guardias era cada vez más escaso. Ya no servían a un hombre, sino a una causa desesperada liderada por Aixa. Zoraida sabía que, sin el sultán, ella no era más que una moneda de cambio o un objetivo para la venganza.

—Si vuestro padre estuviera aquí… —empezó a decir, pero calló.

Sabía que Muley Hacén murió viendo cómo su propio hijo, Boabdil, le arrebataba el trono instigado por Aixa. Ahora, ese mismo hijo estaba a punto de entregar el reino. Zoraida sintió que las paredes de la Alhambra, que antes la protegían con sus filigranas de yeso, ahora se cerraban sobre ella como las mandíbulas de una trampa.

Solo le quedaba una esperanza: que la mujer que esperaba en la ciudad de piedra, Isabel, tuviera más piedad con una madre desesperada que la que Aixa tendría jamás con la mujer que le robó el amor de su esposo.

2 de enero de 1492

El sol de invierno apenas lograba calentar los muros de la Alhambra cuando el estruendo de un cañonazo en blanco anunció lo impensable: la entrega.

En la llanura, frente a la ermita de San Sebastián, Isabel I de Castilla se mantenía erguida sobre su caballo. No vestía de gala, sino de victoria: una sobrevesta de terciopelo carmesí sobre una cota de malla que brillaba como la escarcha. Sus ojos no buscaban el oro de las llaves, sino el perfil de las torres.

—No es una ciudad lo que recibimos hoy, Fernando —susurró, sin mover un músculo del rostro—. Es el fin de una era. Pero cuidado: el animal que muere siempre lanza el último zarpazo.

Su mirada se clavó en la puerta de la ciudad. Sabía que allí dentro una mujer llamada Aixa la odiaba con una intensidad que ninguna capitulación podría calmar.

Desde lo alto de la Torre de la Vela, Aixa observaba la comitiva de su hijo descender por la cuesta de los Gomérez. El viento le azotaba el rostro, pero ella no parpadeaba. Sus manos apretaban un pequeño amuleto de hueso, el último resto de un linaje que veía desvanecerse.

—Mira cómo camina —siseó hacia las sombras de la torre—. No parece un rey que protege a su pueblo, sino un mercader que ha malvendido su alma.

Aixa no miraba a Isabel con admiración, sino con un reconocimiento amargo: dos mujeres de poder, una subiendo al trono del mundo y la otra descendiendo al olvido. Pero, antes de irse, Aixa dejó una orden susurrada a sus últimos leales: «Que la cautiva no vea el sol de mañana bajo el mando de la Cristiana».

En el interior del palacio, el silencio era aterrador. Zoraida había amontonado muebles pesados tras la puerta de sus aposentos. Sus hijos lloraban bajito, contagiados por su temblor. A través de la celosía vio ondear, por primera vez, la bandera de los Reyes Católicos en la torre más alta.

—Ya están aquí —gimió, apretando una cruz que escondía bajo su túnica musulmana—. Por favor, que lleguen antes que ellos.

Escuchó pasos pesados en el corredor. No eran botas militares de Castilla, sino el deslizar de babuchas de los hombres de Aixa. Alguien golpeó la madera de la puerta con el pomo de una daga. El destino de Zoraida se jugaba en una carrera de segundos: si los hombres de la sultana lograban entrar antes de que los soldados de Isabel aseguraran el harén, su sangre se mezclaría con el agua de las fuentes.

El Patio de los Leones estaba sumido en una luz grisácea. Isabel I avanzaba rodeada por sus caballeros; el sonido de sus espuelas de oro resonaba en el mármol como un martillo. Se detuvo ante la entrada del harén. Allí, el destino había preparado su última jugada.

La puerta de los aposentos se abrió de golpe, pero no fueron los asesinos de Aixa quienes entraron, sino la guardia personal de la reina de Castilla. Zoraida salió a la luz del patio, protegiendo con sus manos a sus dos hijos. Saad, de doce años, intentaba mantenerse erguido, pero Nasr, de apenas nueve, se aferraba a la túnica de su madre. Al ver a Isabel, Zoraida se detuvo en seco. Sus ojos se encontraron: la cautiva y la conquistadora.

Zoraida no vio en Isabel a una enemiga, sino a una tabla de salvación. Se arrodilló, no por protocolo, sino por puro instinto materno.

—Señora —susurró Zoraida en el castellano que casi había olvidado—. No pido por mi vida, sino por la sangre de estos inocentes, que también es vuestra sangre.

En ese instante, desde la galería superior, apareció la sombra de Aixa. Se disponía a abandonar el palacio hacia el exilio, pero no pudo evitar detenerse al ver la escena. Su figura, envuelta en un luto riguroso que parecía absorber la luz, era la viva imagen de la derrota orgullosa. Bajó las escaleras con una lentitud glacial. Al llegar al nivel del patio, miró a Zoraida arrodillada y soltó una carcajada amarga que heló la sangre de los presentes.

—Mira, Isabel de Castilla —dijo Aixa, señalando a su rival—. Aquí tienes el trofeo de tu victoria: una mujer que se arrodilla ante quien le quita el hogar.

Luego clavó los ojos en la reina Católica. No había miedo en ellos, solo una furia ancestral.

—Has tomado las piedras, Cristiana. Disfrútalas. Pero, mientras esta mujer se humilla para salvar su piel, yo me llevo conmigo la única cosa que no podrás encadenar: el odio de un pueblo que nunca te llamará madre.

Isabel I no se inmutó. Miró a Aixa con la frialdad de quien ya ha dictado sentencia y luego bajó la vista hacia los niños de Zoraida. Se acercó a ellos y, en un gesto que desarmó a todos, puso su mano enguantada sobre la cabeza del pequeño Nasr.

—La sultana Aixa habla de odio porque es lo único que le queda —dijo Isabel, con voz clara y firme—. Yo hablo de futuro.

Isabel miró fijamente a Aixa antes de que esta se diera la vuelta para marchar hacia el destierro.

—Tú te llevas el pasado, Aixa. Yo me quedo con estos niños. Serán bautizados, serán nobles de mi corte y llevarán mi fe. Lo que tú consideras una derrota, yo lo llamo salvación. Granada ya no es un campo de batalla entre mujeres; ahora es mi reino.

Aixa cruzó el arco del patio con la espalda tan recta que parecía que el peso de la derrota no la tocaba. No hubo frases grandilocuentes ni reproches de leyenda; su silencio fue mucho más atronador. Se marchaba hacia el exilio con el rostro cubierto, llevándose consigo la dignidad de quien se sabe vencida, pero no doblegada. Para ella, el mundo que quedaba atrás —con Zoraida arrodillada y una reina extranjera tocando a sus nietos— ya era un territorio de muertos.

Zoraida abrazó con fuerza a Saad y Nasr. Para ella no eran piezas de una partida política, sino sus hijos, los últimos frutos del amor prohibido de un sultán que ya descansaba en las cumbres de la Sierra. Al ver a Isabel I, Zoraida supo que, para salvar a Saad, de doce años, y a Nasr, de nueve, debía entregárselos a la mujer que representaba todo lo que ellos no eran.

Isabel I, con la mirada puesta en los niños, ya estaba trazando sus nombres futuros en su mente. Para ella, esos pequeños no eran ya los hijos de la «concubina», sino las futuras pruebas vivientes de su triunfo religioso. En su pensamiento, Saad empezaba a ser Fernando y Nasr se perfilaba como Juan. El bautismo sería la frontera final de su conquista.

Aixa, desde la distancia, escuchó por última vez los nombres árabes de los niños en labios de Zoraida y apretó los dientes. Sabía que, una vez cruzado el umbral de la Alhambra, esos nombres se perderían en el aire de Granada como el humo de una hoguera que se apaga. Se marchó sin mirar atrás, dejando que el silencio de la historia devorara el pasado de su estirpe.

Boabdil, mientras cruzaba el umbral de la ciudad, sintió en la espalda el peso de tres miradas: el desprecio de Aixa, la súplica de Zoraida y el cálculo gélido de Isabel.

Al llegar a la colina del Padul se detuvo. Desde allí, la Alhambra ya no parecía una fortaleza, sino una joya de ámbar flotando en la bruma. Boabdil bajó del caballo. En ese instante no era el sultán de una dinastía de ocho siglos; era un hijo que había decepcionado a su madre y un padre que había tenido que entregar a sus medio hermanos, Saad y Nasr, a la mujer que los convertiría en extranjeros para su propia sangre.

No hubo llanto de leyenda. Hubo algo más profundo: el silencio del vacío. Boabdil comprendió que Isabel no solo le había quitado las llaves de la ciudad, sino también su lugar en el mundo. Él era el puente roto entre el esplendor nazarí que Aixa quería enterrar con sangre y el orden castellano que Isabel estaba construyendo.

Años después, en las áridas tierras de Fez, Boabdil seguía despertando con el sonido del agua de los jardines de la Alhambra. Murió lejos, pobre y olvidado por casi todos, pero llevando consigo un secreto que solo él compartía con las tres reinas: que, para que la Historia naciera, él tuvo que ser el primero en morir en vida.

Su final no fue una derrota militar: fue el sacrificio de un hombre que prefirió ser el último rey de Granada para que Granada, al menos en sus piedras, siguiera existiendo.

En el tablero de Granada, Boabdil fue la pieza que se movió para que Isabel ganara el mundo, Aixa conservara su odio y Zoraida salvara a sus hijos. Al final, el trono de las tres reinas solo pudo sostenerse sobre el corazón roto del último sultán.

 

Lo que se acordó en palacio, Granada lo tuvo que aceptar

 

CAPÍTULO VI

BOABDIL:

El Hombre que Heredó una Tragedia

(Visto a través de los ojos de Morayma, la madre que pagó el precio de su corona)

 

1492. Granada es el último reino islámico de la península. Su caída pone fin a ocho siglos de presencia musulmana en el poder

La historia lo llamará «el Chico» para empequeñecer su recuerdo, pero yo, que dormí a su lado mientras el mundo se desmoronaba, sé que nadie fue nunca tan grande en su desgracia. Boabdil no eligió el final de Granada; el final de Granada lo eligió a él.

Heredó una tragedia escrita mucho antes de su primer llanto. La heredó de su padre, Muley Hacén, que prefería la guerra a la paz, y de su madre, Aixa, que prefería el trono a su propio hijo. Mi esposo fue el heredero de un odio antiguo, de un linaje que se devoraba a sí mismo mientras los cristianos esperaban, pacientes, en la frontera.

Dicen que el Generalife es el paraíso en la tierra, pero para mí, sus muros solo guardan el eco de lo que perdí. Mi historia no es la de una conquista, sino la de una herencia de sangre y malas decisiones.

Recuerdo a mi padre, Aliatar, el señor de Loja. Era un hombre hecho de acero y cicatrices, con ochenta años y el corazón todavía sediento de batalla. Él no veía en mi esposo, Boabdil, al hombre sensible que amaba la poesía; veía a un rey joven que necesitaba legitimarse con sangre para acallar las lenguas que lo llamaban «el Chico».

—«Hija», me decía con su voz de trueno, «un rey sin victorias es solo un usurpador en espera. Boabdil debe salir de estos jardines y golpear el corazón de los cristianos si quiere que Granada lo respete».

Mi padre lo empujó. Casi lo obligó. —«Un rey que no cabalga hacia la muerte no merece la vida», le dijo, empujándolo hacia una batalla que no era la suya.

Boabdil no quería sangre. Él amaba la sombra de los cipreses, el rumor del agua en las acequias y el estudio de los astros. Pero el destino, con el rostro de mi padre, lo obligó a vestir la cota de malla. Aquella mañana en que partieron hacia Lucena, yo no vi a un conquistador; vi a un cordero llevado al sacrificio para satisfacer el orgullo de los hombres que lo rodeaban.

Aquel abril de 1483, Aliatar convenció a mi esposo de que la gloria nos esperaba en Lucena. Yo vi a Boabdil ponerse la armadura con manos temblorosas, no por miedo a la muerte, sino por el peso de una responsabilidad que le quedaba grande. Se marcharon con el orgullo en alto, bajo el estandarte verde, buscando afianzar un reino que ya se desmoronaba por dentro.

Cuando Lucena se convirtió en barro y derrota, y mi padre, el gran Aliatar, murió bajo las espadas cristianas, y mi Boabdil… mi esposo fue capturado como un fugitivo, escondido en el follaje, despojado de su corona y de su dignidad. Ahí descubrió que su tragedia apenas comenzaba. Capturado y humillado, su libertad tuvo un precio que todavía me quema las entrañas.

No fue oro lo que pidió Isabel la Católica. Ella, que sabía que el corazón de una madre es el eslabón más débil de cualquier reino, pidió a nuestro primogénito, Ahmed.

—«Es para salvar a Granada, Morayma», me dijo Boabdil a su regreso, con la voz rota y los ojos ausentes de quien ha pactado con su propio verdugo.

Él heredó la tragedia de un reino moribundo, pero fui yo quien pagó la primera cuota. Entregué a mi hijo a la Reina de Hierro para que mi marido pudiera volver a sentarse en un trono que ya no era más que una silla de madera carcomida. En ese momento, Boabdil dejó de ser un hombre para convertirse en un rehén de la historia, y yo dejé de ser una reina para convertirme en una sombra que aguarda.

Esa tarde, el sol no se puso sobre Granada; se puso sobre nuestro linaje.

Entregar a Ahmed fue como si me arrancaran la piel. Lo vi partir hacia la frontera, custodiado por caballeros cristianos. No se llevaban a un rehén, se llevaban mi alegría. Boabdil recuperó su trono, pero cada vez que miraba su silla vacía en la mesa, yo sabía que ese trono estaba construido con los huesos de la infancia de mi hijo.

Boabdil regresó a mis brazos meses después, pero ya no era el mismo. Traía en los ojos la sombra de los pactos secretos. —«Morayma», me susurró sin mirarme, «estoy libre, pero el trono tiene un precio».

Fue entonces cuando lo comprendí. Para que él pudiera ser rey de una Granada moribunda, exigía a, Ahmed como rehén, como garantía de que Boabdil sería su vasallo. Mi padre había muerto por un reino, y ahora mi esposo entregaba a mi hijo para conservarlo.

La Alhambra es un lugar diseñado para el sonido: el murmullo del agua, el roce de las sedas, las risas de los niños en los patios. Pero cuando Ahmed se fue, el silencio se volvió un animal vivo que devoraba las estancias.

Caminar por el Patio de los Leones era, para mí, un suplicio. Cada columna me recordaba la rectitud que se le exigía a un rey, y cada fuente, las lágrimas que yo no podía derramar en público. Boabdil se refugiaba en sus mapas y en sus astrólogos, buscando en las estrellas una salida que la tierra le negaba. Me dolía verlo así: un hombre que heredó una tragedia y que, para no volverse loco, fingía que aún gobernaba algo más que sombras.

Él evitaba mi mirada. Sabía que en mis ojos leía el reproche de la madre. —«¿Han enviado noticias de la corte de Isabel?», le preguntaba yo cada mañana. —«Están bien, Morayma. Lo educan como príncipe», respondía él, sin mencionar que lo educaban para olvidarnos.

A veces subía a los jardines del Generalife para mírar hacia Castilla. Imaginaba a mi hijo vistiendo jubones pesados, olvidando el frescor del algodón y el aroma del jazmín. Me preguntaba si Ahmed aún recordaba las canciones que le cantaba al oído, o si la lengua de los cristianos ya había borrado mi nombre de su memoria.

Aquella soledad era doble. Estaba sola porque mis hijo eran rehén, y estaba sola porque mi esposo se había convertido en un extraño. Boabdil ya no era el joven poeta que me enamoró; era un prisionero que caminaba en libertad, un hombre que cada noche entregaba un trozo de su alma a los mensajeros de los Reyes Católicos a cambio de un día más de tregua.

Granada se estaba muriendo, pero antes de que cayeran sus murallas, ya habían caído nuestras paredes íntimas. Isabel no necesitaba asediar la ciudad con cañones; le bastaba con saber que, dentro de la Alhambra, una madre y un padre ya no tenían nada que decirse porque el precio de su corona había sido el vacío de sus brazos.

Sucedió en la Sala de las Dos Hermanas. Boabdil sostenía el pergamino de las capitulaciones. Su mirada estaba fija en el sello real, ese nudo de cera que iba a deshacer siete siglos de historia.

—«Ya no hay vuelta atrás, Morayma», dijo con una voz que parecía venir de un pozo profundo. «He firmado. Mañana, cuando entregue las llaves en el Salón de Comares, Isabel cumplirá su parte. Ahmed cruzará la frontera. Después de nueve años, nuestro primogénito dormirá bajo nuestro techo».

Me acerqué a él, pero no hubo alivio en mi pecho, solo un frío punzante. —«Dormirá bajo nuestro techo, Boabdil, pero ¿en qué idioma soñará?», mi voz fue un látigo en el silencio de la sala. «Te oigo hablar de su regreso como si recuperaras un objeto extraviado, pero Ahmed se fue siendo un niño que apenas sabía sostener una daga y vuelve siendo un hombre forjado por la voluntad de esa mujer».

Él se giró bruscamente, con los ojos encendidos por una mezcla de rabia y desesperación. —«¡Lo hice por él! ¡Lo hice por todos! Si no lo hubiera entregado como rehén tras mi captura en Lucena, hoy no habría una Granada que entregar, ni un linaje que salvar. He comprado estos años con su ausencia para que él tuviera algún día un reino que heredar».

—«¿Qué reino, Boabdil? ¿Este montón de cenizas?», señalé hacia las luces distantes de la ciudad. «Has vendido su memoria por una tregua. Me dices que Isabel te ha dado su palabra, pero ella es una maestra en robar lo que no se puede ver. Ha tenido a nuestro hijo nueve años en su corte; lo ha sentado a su mesa, lo ha vestido con sus sedas y le ha hablado de su Dios. Mañana recuperarás a un hijo, sí, pero me temo que abrazarás a un extraño que viste la piel de mi niño».

Boabdil bajó la cabeza, y por primera vez vi el peso real de esa tragedia que heredó y que no supo gobernar. —«Es mi sangre, Morayma. La sangre no olvida».

—«La sangre se enfría cuando se la aleja del fuego del hogar», sentencié. «Yusef, que está aquí con nosotros, apenas recuerda el rostro de su hermano. Mañana le darás a Granada una paz de esclavos y a mí me darás un hijo que me mirará con los ojos de Isabel.

—«No te pido que sufras por la ciudad», añadí antes de salir. «La ciudad sobrevivirá a nosotros. Sufre por el abrazo que esperas recibir mañana, porque ese abrazo será el más frío de todos».

Él no respondió. Se quedó allí, pequeño bajo la inmensidad de los techos de mocárabes, siendo plenamente consciente de que su mayor sacrificio político estaba a punto de convertirse en su mayor fracaso personal.

No fue en las murallas, donde el orgullo todavía podría haber encontrado un refugio tras las piedras. Fue a campo abierto, cerca de la Ermita de San Sebastián, un pequeño morabito a la orilla del Genil. Allí, donde el agua corre indiferente a los imperios que mueren, Boabdil detuvo su caballo frente a los de Isabel y Fernando.

 Al llegar a ese punto, Boabdil no sentía solo la humillación de la derrota. Sentía que cada paso de su caballo lo alejaba de la sombra protectora de la Alhambra, que se alzaba al fondo como un fantasma de color ámbar. Al ver a Fernando e Isabel, su primer impulso fue desmontar para besarles las manos, como un vasallo, pero ellos, con una cortesía que dolía más que un insulto, se lo impidieron. En ese momento, Boabdil comprendió que ya ni siquiera tenía el derecho de humillarse como un igual. Entregó las llaves sintiendo que sus dedos eran los últimos de su linaje en tocar aquel metal que había pertenecido a sus abuelos. No entregaba una ciudad; entregaba su derecho a existir en esa tierra.

Yo observaba desde una distancia prudencial, oculta tras el velo y la guardia. Lo que más me hirió no fue ver las llaves pasar de una mano a otra, sino ver cómo aquel morabito, un lugar de oración para los nuestros, ya estaba rodeado por el estrépito de las armaduras cristianas. Isabel no esperaba en la puerta de mi casa; esperaba en el camino, como el cazador que aguarda a que la presa salga de la madriguera para que no tenga dónde volver. Sentí una náusea profunda al ver a mi esposo inclinarse sobre el arzón de su silla. Quería que el Genil creciera de repente y nos arrastrara a todos, borrando ese momento de la historia.

Tras el frío intercambio de las llaves, el aire se llenó de una expectación cruel. Los Reyes Católicos hicieron una señal y, de entre las filas de acero de la caballería castellana, se abrió un pasillo.

Mi corazón, que ya estaba seco de tanto asedio, empezó a latir con una violencia que me nublaba la vista. Allí estaba él. No era el niño de cabellos alborotados que yo recordaba corriendo por los jardines; era un hombre joven, de porte altivo, cabalgando un corcel que lucía los arreos de la casa de Castilla.

—«¡Ahmed!», mi voz fue un grito que rompió el protocolo de la derrota.

El joven se acercó al grupo de los vencidos. Boabdil espoleó su caballo, ansioso, con las manos extendidas como si quisiera recuperar en un segundo los nueve años que el tiempo y la guerra le habían robado. Pero Ahmed detuvo su montura a una distancia prudencial, con una elegancia que nos era ajena.

Lo busqué. Busqué en sus ojos el brillo del linaje nazarí, el rastro de mi padre Aliatar, el reflejo del agua de la Alhambra. Pero no encontré nada. Sus ojos eran espejos fríos. Me miró como se mira a una reina extranjera, con una cortesía aprendida en las bibliotecas de Córdoba y los salones de Sevilla.

Vio a su hermano menor, Yusef, que se aferraba a mi túnica, y en su rostro solo hubo una curiosidad distante. No hubo el impulso de abrazarlo, no hubo el llanto del reencuentro. En ese momento comprendí la magnitud del robo: Isabel no nos devolvía a un hijo, nos devolvía un trofeo de su propia educación.

Mi esposo se acercó a él, temblando. —«Hijo mío... por fin el cielo te trae de vuelta», balbuceó Boabdil, tratando de tocarle el brazo.

Ahmed inclinó la cabeza con una solemnidad que me heló la sangre. —«Dios os guarde, señor padre», respondió.

La palabra «padre» sonó como un título protocolario, no como un vínculo de sangre. El acento era puramente castellano, rotundo, sin la suavidad de nuestra lengua. Boabdil retrocedió un milímetro, como si le hubieran dado una estocada. Aquel joven no olía a los aceites de nuestras alcobas; olía al cuero y al incienso de las iglesias cristianas.

Cuando por fin bajó del caballo para saludarnos, el abrazo fue una ceremonia de sombras. Sentí su armadura chocar contra mi pecho, dura e impenetrable. No se hundió en mis brazos; se mantuvo erguido, devolviendo el afecto con una rigidez de mármol.

—«He pagado por ti con un reino, Ahmed», susurró Boabdil, con las lágrimas asomando por fin a sus ojos.

Ahmed lo miró fijamente, con una madurez que nos hizo sentirnos pequeños. —«Habéis pagado con una ciudad lo que ya no os pertenecía, padre. Pero mi memoria no se compra con llaves».

En ese instante, bajo el cielo de Granada que ya no era nuestro, vi a Boabdil romperse definitivamente. Había entregado su trono para recuperar a su heredero, y lo que el camino le devolvía era al embajador de sus enemigos. El hijo que regresaba no venía a reinar con él en el exilio; venía a recordarle, con cada palabra y cada gesto, que la victoria de Isabel era absoluta: le había quitado el pasado, le había quitado el presente y, ahora, le devolvía un futuro que ya no hablaba su misma lengua.

Allí estaban los dos hijos de Boabdil, las dos caras de su derrota.

Yusef, el pequeño, vestido con la túnica ligera de los granadinos, con los ojos grandes y oscuros llenos de la luz del sur, representando todo lo que estábamos a punto de perder.

Ahmed, el mayor, embutido en sedas pesadas, con el cabello cortado a la moda de la corte de Isabel, representando la conquista que ya se había obrado en su espíritu.

Boabdil intentó unir sus manos. —«Ahmed, mira a tu hermano. Él ha guardado tu lugar en los jardines cada día».

Ahmed miró a Yusef y forzó una sonrisa de cortesía, pero no hubo fuego en su gesto. —«Es un niño fuerte, señor padre. Rezaremos para que el exilio le sea leve», respondió Ahmed.

Ese «rezaremos», dicho en plural y con la entonación de quien se siente parte del bando victorioso, fue la estocada final para mí. Yusef retrocedió, escondiéndose de nuevo tras mis faldas, comprendiendo con la intuición de los niños que aquel hombre no era el hermano que le habían prometido, sino un extraño enviado por la Reina Católica para recordarnos que incluso nuestra descendencia le pertenecía a ella.

Iniciamos la marcha hacia el exilio bajo una lluvia que parecía querer lavar la sangre de siglos. Boabdil cabalgaba en silencio, con la mirada puesta en las montañas, cargando con un peso que ningún otro rey de nuestra estirpe habría aceptado: el peso de sobrevivir a su propio reino.

—«¿Estás satisfecho?», le pregunté con la amargura de quien aún no comprende. «Has salvado los muros, pero has perdido a tu hijo».

Él detuvo su caballo y, por primera vez en años, me miró con una claridad absoluta. No había rastro del hombre que dudaba.

—«Morayma», dijo con una voz firme que me obligó a callar. «Mi padre habría muerto sobre un montón de cadáveres granadinos y lo llamarían héroe. Mi tío habría quemado cada casa de esta ciudad antes de rendirla y lo llamarían valiente. Yo he elegido que me llamen cobarde para que hoy, en el Albaicín, las madres no tengan que enterrar a sus niños. He entregado mi honor para que nuestro pueblo tenga una mañana, aunque yo no esté en ella. He aceptado ser el villano de los cuentos con tal de no ser el carnicero de mi gente».

Miré entonces a nuestros hijos. Ahmed, el extraño, cabalgaba al frente, protegido por el pacto; Yusef, a mi lado, respiraba el aire libre de la sierra. En ese instante, la figura de Boabdil se agigantó ante mis ojos.

Su dignidad no estaba en la espada que no desenvainó, sino en el martirio de su reputación. Comprendí que Boabdil no era el hombre que perdió Granada, sino el hombre que se inmoló a sí mismo para que Granada no fuera borrada de la tierra. Había heredado una tragedia y la había cerrado con el único acto de amor que le permitieron: el de ser despreciado por todos para salvar la vida de los que aún no habían nacido.

Nos alejamos hacia las Alpujarras. Él no suspiró. No lloró. Se limitó a seguir adelante, con la espalda recta, como el rey que acaba de cumplir la misión más difícil de todas: ser el último para que otros puedan ser los primeros.

 

 La guerra no terminó en la Alhambra. Solo cambió de escenario


CAPÍTULO VII

EL GRAN CAPITÁN

La Lealtad sin Recompensa

 

1507. Gonzalo Fernández de Córdoba regresa de Italia tras transformar la guerra moderna y acumular un prestigio incómodo

 

El hombre que hizo a España invencible en el campo de batalla. Creador de los Tercios. A pesar de entregar a los Reyes Católicos medio mundo, Fernando terminó desconfiando de él por envidia.

El aire de Loja tenía el filo de una espada mal afilada. Gonzalo se arrebujó en su capa de paño grueso, sintiendo que el frío de Granada ya no se detenía en la piel, sino que buscaba refugio en sus huesos envejecidos. Sobre la mesa de roble descansaba una carta que pesaba más que su propia armadura.

Había pasado meses con los baúles preparados y los caballos herrados. Fernando le había prometido que él, y solo él, mandaría el nuevo contingente que debía partir hacia Nápoles para asegurar el Reino. El viejo león volvió a sentir el pulso de la gloria, creyendo que su señor cumpliría por fin su palabra de caballero.

Pero la carta que tenía delante era un dardo envenenado: la expedición partiría, sí, pero bajo el mando de otro. El monarca enviaba a sus tropas sin su capitán, prefiriendo la obediencia gris de otros al brillo legendario de quien le había dado un Imperio.

Y, como si el desprecio no bastara, también le negaba la Maestría de la Orden de Santiago, el último honor que la reina Isabel, en su lecho de muerte, había pedido para él.

—¿Otra vez? —susurró a las sombras—. ¿Otra vez el abrazo que encadena?

Cerró los ojos y la memoria lo arrastró al patio del castillo de Santaella.

Se vio joven, acudiendo a la llamada de su primo Diego. Para él no era el Alcaide de los Donceles ni un rival político; era la mano que le había ayudado a montar su primer caballo.

—Habéis tardado, Gonzalo —dijo Diego, con una voz metálica, despojada del calor familiar que esperaba.

—El parentesco obliga —le susurró al oído mientras lo estrechaba en un abrazo que, de pronto, se volvió de hierro.

Por eso, cuando cruzó el umbral del patio, Diego no desenvainó.

Fue algo más sutil: un gesto de cortesía. Se acercó con los brazos abiertos, con la sonrisa compartida en celebraciones familiares, y apoyó una mano en su hombro.

No lo miraba. Observaba un punto impreciso en las almenas, como si evitara que el destello de la traición en sus ojos delatara el plan antes de tiempo.

El movimiento fue casi imperceptible: una leve señal con la mano. En el silencio que precedió al estrépito de los guardias, Gonzalo sintió un frío que no provenía del viento de la sierra. No comprendía. Buscó en su memoria algún agravio, alguna palabra torcida, pero su conciencia estaba limpia.

Cuando notó el peso de las manos sobre sus hombros entendió la verdad que los libros de caballería callan: para ciertos hombres, el linaje no es un vínculo, sino moneda de cambio. Su primo no lo odiaba; lo temía. Y el miedo de un pariente resulta más peligroso que el odio de un enemigo.

Mientras ascendía hacia la celda, dejó de ser un joven hidalgo de Córdoba. Cada peldaño hacia la oscuridad era una costura que se desgarraba en su interior. Aquella noche, en el silencio de Santaella, comenzó a forjarse el Gran Capitán, nacido sobre las cenizas del hombre que creía en la lealtad familiar.

Miró el sello de su casa grabado en la empuñadura de la daga que le permitieron conservar: los tres palos de gules que también ostentaba Diego al ordenar echar el cerrojo. Allí comprendió que el apellido no siempre es refugio; a veces es soga. No lo encerraban por lo que había hecho, sino por lo que podía llegar a ser. La envidia dentro de la estirpe es la sombra más espesa.

El castillo no olía a gloria, sino a salitre y tiempo detenido. Apoyó la frente contra el sillar frío de la ventana, sintiendo que el hierro de los barrotes prolongaba la traición de su propia casa.

Allí aprendió que el poder habla un idioma ajeno al afecto. Descubrió que la traición no siempre grita: a veces sonríe mientras gira la llave.

La verdadera lealtad la halló donde menos la esperaba: en los ojos de Boabdil. Aquella noche en el Generalife, el enemigo vencido le ofreció lo que su familia y su soberano le habían negado: respeto.

—Si el destino nos hubiera hecho nacer bajo la misma luna, Gonzalo, serías el hermano que mi linaje me robó —dijo el sultán mientras las fuentes de la Alhambra lloraban su partida.

Qué ironía: el “infiel” lo reconocía como hermano, mientras su propio bando lo observaba con recelo.

Pasaron los años y el mundo lo coronó como el Gran Capitán.

Sin embargo, la desconfianza de la Corona estalló de nuevo en Nápoles, cuando, movido por rumores cortesanos, Fernando exigió una auditoría humillante.

—¿Cuentas? —preguntó Gonzalo, con la voz como acero contra piedra—. ¿Queréis cuentas del hombre que os ha dado un Imperio por el precio de una provincia?

El secretario palideció. Nadie hablaba así al soberano. Pero ya no era el hidalgo ingenuo de Santaella. El encierro le había enseñado que la lealtad encuentra su límite en la dignidad.

Se sentó a la mesa. No escribió como vasallo, sino como quien sabe que la Historia le pertenece.

—Escribid —ordenó—. Poned que en picos, palas y azadones para abrir las fosas de quienes murieron por este Reino, gasté cien millones de ducados. Poned que en limosnas para que los frailes rezaran por los soldados que vuestra tacañería dejó sin paga, otros cien millones. Y anotad, sobre todo, que en la paciencia de soportar que un rey me pida el recibo del pan después de haberle servido la gloria en bandeja de plata… en eso he gastado la vida entera.

Al firmar, sintió que algo antiguo se liberaba dentro de él. No era una rendición de cuentas; era una declaración de independencia. El valor de su fidelidad había sido demasiado alto, y la Corona no estaba dispuesta a asumirlo.

«¿Cuentas, señor? Dadlas por pagadas».

Aún le dolía más otro golpe: su súplica para que no demolieran el castillo de Montilla, la casa donde se crió. Imploró clemencia por aquellas piedras que guardaban la memoria de sus antepasados. Pero Fernando, con frialdad implacable, ordenó arrasarlo hasta los cimientos. No buscaba solo su retiro: quería borrar su recuerdo.

Comprendió entonces que el monarca no era sino una versión coronada de Diego. El mismo temor, la misma técnica del abrazo que inmoviliza. Le quitaron el mando, la cruz para su pecho y redujeron a escombros la casa de su infancia.

Mojó la pluma por última vez. No para reclamar, sino para dejar constancia:

«Esperé vuestra palabra como el soldado espera el alba, pero he comprendido que vuestras promesas están hechas de la misma materia que aquellas murallas que me encerraron. Me habéis arrebatado el mando, la cruz y las piedras de mi cuna. Pero no podréis negarme el lugar que la Historia me reserva, lejos de vuestra ingratitud».

Al sellar la carta, sintió que su juventud quedaba atrás.

El 2 de diciembre de 1515, en Granada, el aire volvió a oler a invierno.

No murió por el acero, sino por unas fiebres silenciosas que habían ido apagando su cuerpo con la misma paciencia con la que la ingratitud había ido apagando su entusiasmo.

Pidió ser amortajado con el hábito de la Orden de Santiago.
Si en vida le fue negado, en la muerte nadie podía disputárselo.

Cuando la habitación quedó en silencio, ya no quedaban ejércitos que mandar ni reinos que asegurar. Solo un hombre que había cumplido su palabra.

Fernando conservaría la corona.
Los cronistas, el poder.
Los palacios, la piedra.

Pero el nombre…

El nombre ya no pertenecía a la Corte.

Pertenecía al tiempo.

Y el tiempo, a diferencia de los reyes, no olvida.

 

Mientras el imperio crecía, la Corona empezaba a vacilar por dentro 

 

CAPÍTULO VIII

JUANA LA LOCA

La Soberana de las Sombras

 

 

 

1506–1520. Hija de los Reyes Católicos, declarada incapaz para gobernar, su nombre sigue siendo bandera de legitimidad en Castilla

 

Conflicto con Felipe el Hermoso (1504–1506)

Felipe nunca miraba a Juana a los ojos, sino a la corona que flotaba imaginariamente sobre su cabeza. Para él, Castilla no era una tierra de castillos y fe, sino un botín de guerra que le pertenecía por el simple hecho de haber cruzado el mar.

—Vuestra esposa no está en sus cabales, señor —decían los consejeros flamencos en los pasillos de la corte de Burgos—. Una reina que llora por los rincones no puede sostener el cetro.

Juana escuchaba tras los tapices. No lloraba por debilidad, sino por la rabia de ver cómo Felipe vendía su herencia antes de que el cuerpo de su madre, Isabel la Católica, se hubiera enfriado en la tumba.

Felipe el Hermoso fue el primer arquitecto de la «locura» de Juana. Él no quería ser rey consorte; quería ser el rey propietario.

Para lograrlo, la rodeó de damas de compañía que informaban de cada uno de sus suspiros. Buscaba sus celos públicamente para que ella reaccionara con violencia, pudiendo así decir: «Miradla, no es dueña de sus actos».

El momento más oscuro

Felipe se reunió en secreto en Villafáfila con su suegro, Fernando, para acordar que Juana estaba «perturbada» y que ellos dos se repartirían el gobierno.

Un mediodía de calor asfixiante, Felipe entró en los aposentos de Juana. No traía flores, sino un documento.

—Firma aquí, Juana. Por el bien de vuestro linaje. Estás cansada; el aire de Castilla te agota. Yo cargaré con el peso del reino.

Juana miró la pluma y luego la mano de su marido, esa mano que tantas veces había buscado en la cama y que ahora solo buscaba su firma. Fue entonces cuando sintió el primer frío, un frío que no la abandonaría nunca.

—¿Cansada, Felipe? —respondió ella con una voz que él no reconoció—. Lo que estoy es rodeada de lobos que visten seda flamenca.

Felipe se tensó. No esperaba resistencia.

—Si no firmas, el mundo sabrá que la hija de la gran Isabel ha perdido la razón. Te encerraré en el lugar más profundo de este reino hasta que olvides cómo suena tu propio nombre.

Juana no firmó. Pero esa noche, mientras observaba a Felipe beber vino tras una jornada de caza, comprendió que el amor era la herramienta que ellos usaban para descuartizarla.

Muerte de Felipe el Hermoso (25 de septiembre de 1506)

Cuando Felipe murió repentinamente poco después —entre rumores de veneno y vasos de agua helada—, Juana no lloró al marido; lloró la pérdida de la última persona en la que había intentado confiar.

Al morir Felipe, Juana se dio cuenta de que, si él había intentado usar su «locura» para reinar, ella usaría esa misma «locura» para que nadie más pudiera tocarla. El féretro de Felipe se convirtió en su salvoconducto: mientras ella fuera la «viuda loca» que no se separaba del cadáver, nadie podía obligarla a casarse de nuevo ni a firmar otra traición.

El cuerpo de Felipe yacía en el centro de la estancia, pero para Juana ya era piedra mucho antes de morir. Ella no velaba a un hombre; velaba una advertencia.

—¿Buscáis el pulso en su muñeca, señora? —preguntó un cortesano con malicia.

Juana se acercó al féretro. No había lágrimas. Con un gesto lento, casi ritual, colocó su mano sobre el pecho frío de aquel que quiso robarle el mundo. En ese contacto, ella le entregó su última palabra: «Querías mi corona y ahora solo tienes seis pies de madera», pensó.

Al negarse a enterrarlo, Juana estaba haciendo algo brillante: mientras el rey no estuviera bajo tierra, ella no era una viuda vulnerable, sino la guardiana de la legitimidad. Su «locura» por el cadáver era, en realidad, su puesto de guardia.

El espejo de plata estaba empañado por el frío de la meseta, pero Juana no necesitaba ver su reflejo para saber quién era. Lo que necesitaba era dejar de ser quien los demás esperaban.

Afuera, los cascos de los caballos golpeaban el patio de piedra. Su padre, Fernando, el hombre que había convertido el reino en un tablero de ajedrez, venía a visitarla. O, más bien, venía a comprobar los cerrojos de su celda de oro.

—Majestad —dijo una voz tras la puerta—. El Rey Católico solicita audiencia.

Juana no respondió. Se limitó a observar cómo una sombra alargada se proyectaba bajo el umbral. En ese instante, tomó una decisión que cambiaría los siguientes cuarenta años de su vida. Comprendió que cada palabra que pronunciara sería usada como un clavo en su propio ataúd político. Si hablaba con cordura, sería una rebelde; si hablaba con pasión, sería una loca.

«Si no obtienen nada de mí», pensó, «no podrán poseer nada».

Cuando Fernando entró, la estancia estaba en penumbra. Juana estaba sentada de espaldas a la luz, una silueta oscura fundida con el terciopelo de la silla.

—Hija mía —comenzó Fernando con esa voz que siempre sonaba a negociación—, el reino está inquieto. Necesito que firmes estos edictos. Dicen que no estás bien, que tu dolor por el flamenco te ha nublado el juicio. Demuéstrales que se equivocan. Firma.

Juana sintió el peso del papel sobre la mesa, pero no movió ni un músculo. El silencio empezó a crecer, volviéndose denso, asfixiante. Fernando, acostumbrado a dominar a papas y emperadores, se sintió de pronto desarmado. No había nada más aterrador para un político que el vacío de una respuesta.

—¿No vas a decir nada? —preguntó él, perdiendo un ápice de su compostura—. Juana, mírame.

Ella no lo miró. En lugar de eso, fijó la vista en una mota de polvo que bailaba en el único rayo de sol que lograba cruzar la estancia. En ese silencio, Juana le estaba arrebatando el poder. Si ella no hablaba, él no podía manipularla. Si ella no reaccionaba, él no podía culparla.

Fue en ese momento cuando Juana I de Castilla se coronó a sí misma como la Soberana de las Sombras. Su resistencia no sería con espadas, sino con una ausencia absoluta.

—Está loca —susurró finalmente Fernando, más para convencerse a sí mismo que a los guardias—. Realmente ha perdido el sentido.

Él salió de la habitación con paso rápido, ocultando el miedo que le producía aquella mujer de piedra. Juana, a solas de nuevo, dejó escapar una sonrisa que nadie vio. Había ganado su primera batalla: desde ese día, su silencio sería su libertad.

Tordesillas

Meses después de su encierro, en febrero de 1509, en Tordesillas, su padre entró con el paso pesado de quien sabe que está pecando. Fernando el Católico, el hombre que unificó reinos, no podía unificar la voluntad de su propia hija.

—Firma, Juana. Castilla se desangra si no tengo tu nombre en este papel —exigió él, ocultando su ambición tras una máscara de piedad filial.

Juana lo miró desde el rincón más oscuro de la celda. No se había lavado en días; sus ropajes eran jirones de seda negra. Era una imagen de abandono absoluto. Pero cuando Fernando se acercó, ella le susurró al oído con una lucidez que le heló la sangre:

—Padre, habéis pasado la vida engañando a reyes. ¿De verdad creéis que podéis engañar a una mujer que ya no tiene nada que perder? «Mi firma es el trono que me robasteis.» Quedaos con el papel, pero sabed que el pueblo sabe que vuestra corona es prestada.

Fernando retrocedió. Salió de la habitación ordenando que redoblaran la guardia. No temía que ella escapara; temía que ella tuviera razón.

4 de noviembre de 1517

El aire en Tordesillas siempre olía a río viejo y a cera quemada. Juana observaba el brasero con una fijeza que los demás llamaban delirio, pero que ella sabía que era estrategia.

—Majestad, vuestro hijo, el rey Carlos, espera una firma —susurró el marqués de Denia, extendiendo un pergamino que pesaba más por la traición que por el papel.

Juana no se movió. Había aprendido que, en la corte de los hombres, las palabras eran trampas y los afectos, grilletes. Felipe, su «Hermoso» y amargo recuerdo, había intentado quebrarla con celos; su padre, Fernando, con el encierro. Ahora su propio hijo buscaba legitimidad a través de su trazo.

Juana comprendía que, si se mostraba cuerda, se convertía en una amenaza política que debía ser eliminada. Si se mostraba «loca», solo era una molestia que debía ser custodiada. Su «locura» no era un colapso mental, sino una abdicación consciente del mundo que la quería utilizar.

No hablaba para no dar armas. No se engalanaba porque ya no era un trofeo. Vigilaba el féretro de Felipe no por amor eterno, sino porque, mientras el cuerpo estuviera allí, ella seguía siendo la reina propietaria, la guardiana del linaje.

Cuando Carlos entró en la estancia, cargado de la arrogancia de quien gobierna un imperio donde no se pone el sol, encontró a una mujer que parecía tallada en la misma piedra que los muros del convento. Buscaba la bendición de la «Reina Loca» para limpiar su ascenso al trono.

—Madre, el pueblo pregunta por vos —mintió el emperador.

Juana levantó la vista. Por un segundo, el brillo en sus ojos fue tan afilado que Carlos retrocedió. No había niebla en esa mirada, sino un juicio absoluto. Ella sabía que su encierro era el precio de la paz de Castilla y su silencio, el peso que Carlos cargaría en su conciencia hasta Yuste.

“Me llamáis loca porque no podéis llamarme esclava”, pensó ella, mientras volvía a mirar el fuego, ganando la batalla de no decir ni una sola palabra.

—Madre, vengo a pediros que descanséis. Yo gobernaré por vos —dijo el joven, tratando de no mirar la suciedad del suelo.

Juana se levantó. Por primera vez en décadas, se irguió con la majestuosidad de los Trastámara. Caminó hacia él y le tocó la mejilla con un dedo esquelético.

—Hijo mío —dijo en un susurro que llenó la estancia—, gobernarás un imperio donde no se pone el sol, pero vivirás con el miedo de que el sol de tu linaje se apague en esta habitación. Me llamas loca para poder dormir tranquilo, pero cada vez que te mires al espejo verás mis ojos. Tú no heredas un reino; heredas mi silencio.

Carlos bajó la vista. En ese momento comprendió que su madre no estaba perdida en el pasado, sino que estaba esperando al futuro. Ella era la verdadera soberana, la que reinaba desde las sombras sobre la conciencia de todos los que la habían traicionado.

 

 

Septiembre de 1520

Cuando los jefes comuneros —Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado— entraron en Tordesillas, no buscaban a una enferma, sino a una salvadora. Para ellos, Juana era la «Reina Verdadera» frente al «Rey Extranjero» que era su hijo Carlos.

—¡Majestad! —clamó Padilla, hincando la rodilla en el suelo—. El pueblo de Castilla está en armas. Solo necesitamos vuestra firma para deponer a los ministros flamencos y devolveros el mando que nunca debisteis perder.

Juana los observó desde su estrado. Tenía ante sí a los tres hombres que estaban dispuestos a morir por ella, pero su mirada de Soberana de las Sombras veía más allá. Sabía que, si firmaba, simplemente cambiaría la jaula de su hijo por la de los capitanes comuneros.

Su negativa a firmar, frente a Padilla, Bravo y Maldonado, fue su acto de cordura más amargo: prefirió su soledad en la sombra a ser la bandera de una guerra que desangraría a su propio pueblo.

Por un momento, el aire de la habitación se cargó con la electricidad de la historia. Tenía la pluma en la mano. Un solo trazo y las cadenas de Tordesillas se romperían.

Juana sabía que firmar era cambiar una cárcel por otra.

Si firmaba, se convertía en el títere de los comuneros. Pasaría de ser la prisionera de su hijo a ser la bandera de una revolución. Seguiría siendo un objeto utilizado por hombres.

Si no firmaba, mantenía su integridad. Al negarse, demostraba una lucidez política superior: sabía que una guerra civil entre madre e hijo destruiría el legado de sus padres, Isabel y Fernando.

Juana escuchó sus planes, sus quejas sobre los impuestos y el orgullo herido de las ciudades castellanas. Les habló con una claridad que los dejó mudos, demostrando que sabía perfectamente lo que ocurría fuera de sus muros. Pero, cuando llegó el momento del pergamino, dejó caer la pluma.

—No me pidáis que levante mi mano contra mi propia sangre —dijo con una calma glacial—. Castilla es mi cuerpo y Carlos es mi herencia. No voy a dividir lo que mis padres unieron para que vosotros podáis jugar a ser reyes.

Los comuneros salieron de allí derrotados, no porque Juana estuviera loca, sino porque era demasiado cuerda para dejarse usar. Prefirió el encierro eterno a ser la excusa de una matanza.

Al no ponerse de su parte, Juana sentenció el movimiento comunero, pero también le envió un mensaje final a su hijo Carlos: «Te he salvado el trono que me robaste. Ahora vive con la deuda de saber que tu corona se apoya en mi silencio».

Ese no fue el acto de una mujer que perdió el juicio, sino el de una reina que decidió que, si no podía reinar en libertad, nadie más reinaría a través de ella.

 

Enero de 1525

Catalina era la única que conocía la verdad. Había crecido entre los muros de Tordesillas, jugando a los pies de una madre que el mundo llamaba loca, pero que a ella le susurraba secretos sobre las estrellas y el peso de las coronas. Catalina no era su carcelera; era su vínculo con la vida.

Pero el destino de las infantas es ser moneda de cambio. Carlos, el hijo que reinaba desde lejos, había decidido que su hermana debía ser reina de Portugal.

El día de la partida, la estancia parecía más fría que de costumbre. Los baúles estaban listos y el carruaje esperaba en el patio. Juana, vestida de un negro que parecía absorber la poca luz que entraba por el ventanuco, tomó las manos de su hija.

—No llores, pequeña —susurró Juana, y por primera vez en años su voz no tenía el filo del sarcasmo, sino la suavidad de la seda—. Las reinas no lloramos frente a los hombres. El llanto es agua que ellos usan para ahogarnos.

Catalina se aferraba a ella, sabiendo que, al cruzar ese umbral, su madre se quedaría definitivamente sola con sus fantasmas y su silencio.

—Madre, venid conmigo. Pediré a Carlos que os libere —sollozó la joven.

Juana sonrió con una tristeza infinita y le acarició el rostro.

—Yo ya soy libre, Catalina. Mi libertad es que ya no espero nada de nadie. Tú, en cambio, vas a una corte. Allí tendrás que aprender mi arte: callar para que no sepan qué piensas y fingir para que no sepan qué sientes.

En ese abrazo, Juana le entregó a Catalina la verdadera herencia de los Trastámara: la resistencia. No le dio joyas; le dio el consejo de la supervivencia. Cuando la joven finalmente se separó y caminó hacia la puerta, Juana se mantuvo firme, como una estatua de granito.

Solo cuando el eco de los caballos se perdió en la distancia, Juana dejó que sus hombros cayeran. Se acercó a la ventana y vio cómo la última sombra de su propia carne se alejaba hacia el horizonte.

—Ahora sí —murmuró para las paredes—. Ahora las sombras son solo mías.

Desde aquel día, Juana se hundió más profundamente en su papel. Si antes el silencio era una estrategia, ahora era su único refugio. Sin Catalina, ya no necesitaba el lenguaje de los vivos. Se convirtió en un mito viviente, una reina de piedra que esperaba, con una paciencia aterradora, a que el tiempo pusiera a cada hombre en su lugar.

Viernes Santo, 12 de abril de 1555

Juana no murió loca; murió libre. En el momento en que el mundo dejó de esperar nada de ella, ella dejó de ser su prisionera para convertirse en su juez.

Juana murió a los setenta y cinco años, tras pasar cuarenta y seis años en las penumbras de Tordesillas. Su fallecimiento ocurrió en la madrugada del Viernes Santo, una fecha cargada de simbolismo religioso que ella, en su silencio sepulcral, pareció elegir para su despedida.

Sus últimos meses fueron de un sufrimiento físico atroz debido a las llagas y la gangrena en las piernas —consecuencia de su negativa a moverse o lavarse—, pero mantuvo su lucidez hasta el final. Se negó sistemáticamente a confesar y comulgar, resistiendo la presión de los frailes que querían «salvar su alma» para legitimar su cordura.

Se dice que antes de expirar murmuró: «Jesucristo crucificado, ayúdame». Sin embargo, en este enfoque de La Soberana de las Sombras, estas palabras podrían ser su última concesión al mundo exterior antes de sumergirse en la oscuridad definitiva.

Tras su muerte, su hijo Carlos V —que se encontraba en Bruselas— sintió que se cerraba un capítulo de culpa. Solo seis meses después de morir su madre, Carlos inició sus abdicaciones en Yuste. Es como si el emperador solo pudiera dejar de serlo cuando la verdadera reina propietaria dejó de respirar.

Al morir Juana, no se apagó una loca; se encendió una leyenda que los hombres de su sangre nunca pudieron controlar.

Epílogo

Años después, cuando Carlos I, viejo y cansado, decidió dejarlo todo y encerrarse en Yuste, muchos dijeron que era por religión. Dijeron que el emperador más poderoso de su tiempo buscaba a Dios tras una vida de guerras, coronas y traiciones. Pero había otra verdad, más silenciosa y más incómoda, que no se escribía en los cronistas: Carlos se retiró porque ya no podía sostener el peso de una herencia que nunca fue del todo suya.

Durante décadas había gobernado un imperio donde no se ponía el sol, pero hubo un lugar donde su poder jamás logró amanecer: una habitación fría en Tordesillas. Allí, una mujer que el mundo llamó loca había ejercido una soberanía que ningún ejército pudo doblegar. Juana no firmó, no bendijo, no legitimó. Y esa ausencia fue la grieta invisible en todos los títulos de su hijo.

Carlos comprendió, demasiado tarde, que el verdadero juicio no lo había pronunciado la historia, sino su madre. Cada decreto firmado en su nombre llevaba la sombra de una firma ausente. Cada victoria militar estaba sostenida por un silencio que no había concedido perdón.

En Yuste, rodeado de relojes que marcaban un tiempo que ya no le pertenecía, Carlos empezó a entender lo que Juana había sabido desde el principio: que el poder solo existe mientras alguien lo reconoce, y que negarlo es una forma más alta de dominio. El emperador rezaba, pero no para salvar su alma; rezaba para acallar una conciencia educada en la sombra de una reina que nunca abdicó.

Juana I de Castilla no dejó leyes, ni tratados, ni discursos. Dejó algo más peligroso: un precedente. Demostró que una mujer podía resistir sin alzarse, vencer sin combatir y reinar sin sentarse en el trono. Su silencio no fue vacío, sino herencia.

Cuando murió, el mundo creyó que se cerraba una celda. En realidad, se abría una pregunta que ningún rey de su sangre supo responder: ¿qué vale una corona si quien tiene derecho a ella se niega a sostenerla?

Así nació la leyenda. No la de la reina loca, sino la de la Soberana de las Sombras: aquella que entendió que, en un mundo gobernado por hombres, el acto más radical de poder podía ser no decir nada.

 

El silencio en Tordesillas no detuvo el avance de la historia

 

CAPÍTULO IX 

CARLOS I

Yuste

 

1556. El hombre que gobernó medio mundo decide enfrentarse al único territorio que nunca conquistó: su conciencia.

 

Cuando el emperador llegó a Yuste, no traía ejército. Traía cansancio.

Yo estaba allí.

Me llamo Juan de Regla, prior de este monasterio. He visto hombres buscar silencio; pocos han traído consigo tanto pasado.

Aquí la vida es sencilla. Oración antes del alba. Paseos breves. Lecturas en voz alta cuando el dolor le impide sostener un libro. El emperador escucha más de lo que habla.

Mandó traer relojes. Muchos relojes.

—El tiempo debe seguir su orden —dijo al instalarlos.

No supe si hablaba del mundo… o de sí mismo.

No menciona batallas.
No presume de victorias.

Pero Castilla regresa.

Las ciudades que pidieron ser escuchadas.
Los nombres que aún sobreviven al polvo.

Yo no estaba allí. Pero he leído. Sé que hubo orgullo en ambas partes. Sé que hubo miedo.

Él era joven.

Le dijeron que un rey no negocia su autoridad.
Que el Imperio no puede titubear.
Y eligió.

No he oído arrepentimiento en su voz.

He oído peso.

A veces, cuando el dolor lo obliga a detenerse en mitad del claustro, se queda mirando el horizonte como si midiera lo que no puede rehacerse.

Me pregunto —y la pregunta me incomoda— si entiende lo que habría ocurrido si la reina Juana hubiese hablado en aquellos días.

Nunca se lo he preguntado.

Un fraile no interroga al emperador.

Pero en Yuste, las certezas suenan menos firmes.

Fue en un día cualquiera.

El otoño comenzaba a amarillear los robles. Caminábamos despacio por el sendero que bordea el huerto. El emperador se apoyaba en mi brazo; el dolor no le permitía avanzar con soltura.

De pronto, sin que mediara pregunta, dijo:

—La vi.

No necesité aclaración.

—Fui a Tordesillas sabiendo que era rey. Y salí sabiendo que ella era reina.

Guardé silencio.

—No era la locura lo que más impresionaba —continuó—. Era la soledad. Como si todos hubiéramos decidido vivir sin consultarla.

Se detuvo.

—Me reconoció. No con palabras grandiosas. Solo… con una mirada que sabía quién era yo.

El viento movió las hojas secas.

—Comprendí entonces que Castilla podía pronunciar su nombre —dijo—. Si hubiese querido, habría bastado un gesto.

No añadió más.

Yo conocía la historia. Si la reina legítima se hubiese puesto al frente de las ciudades, no habría habido rebeldes. Habría habido fidelidad.

El emperador respiró hondo.

—No fui yo quien la encerró.

Esperó un instante.

—Pero tampoco podía abrir aquella puerta.

No era confesión.
Era recuerdo.

Reanudamos el paso.

Antes de entrar de nuevo en el claustro añadió:

—A veces me pregunto si el Imperio necesitaba tanto silencio.

No supe qué responder.

Esa noche pidió oración.

No habló de victorias.
No habló de derrotas.

Solo habló de responsabilidad.

Y comprendí que hay decisiones que sostienen un reino…
y pesan toda una vida.

En los días siguientes habló menos.

Una tarde, después de la lectura de los salmos, el emperador pidió que le trajeran ciertos papeles guardados en un arcón pequeño. No eran despachos de Flandes ni asuntos del Consejo.

Eran documentos más breves.

—Hay nombres —dijo— que no pueden quedar en sombra.

Yo no respondí.

Lo vi detenerse en uno en particular. No lo anunció en voz alta. No necesitaba hacerlo.

—No todo hijo nace para heredar un trono —murmuró—. Pero tampoco debe heredar el silencio.

Su mirada no era de arrepentimiento. Era de orden.

Mandó escribir que fuese reconocido. Que se le educara conforme a su sangre. Que no faltara protección.

No habló de afecto.

Habló de deber.

—Se llamará Juan —añadió—. Y no crecerá sin mi nombre.

Después guardó el documento como quien cierra una cuenta pendiente.

Aquella noche caminó más despacio que de costumbre.

—Un hombre puede gobernar medio mundo —me dijo— y, sin embargo, no gobernar su propia historia.

No volví a oírle mencionar el asunto.

Pero comprendí que en Yuste no solo estaba retirándose del poder.

Estaba ajustando su legado.

La noche del 21 de septiembre de 1558 pidió que rezáramos los salmos con mayor lentitud. La voz se le quebraba en algunos pasajes, no por emoción, sino por fatiga.

Los relojes continuaban marcando la hora con obstinación, como si el tiempo no supiera detenerse ni siquiera ante un emperador.

La gota le impedía arrodillarse. Rezaba sentado. A veces cerraba los ojos antes de terminar la oración. No parecía dormido. Parecía medir algo que solo él podía ver.

Murió de madrugada.

No hubo ceremonia.

Yo estaba a su lado.

Respiraba con dificultad. No pidió perdón en voz alta. No invocó victorias. No reclamó títulos.

Abrió los ojos una vez más.

—Mi madre era reina —murmuró.

No dijo nada después.

El silencio en Yuste fue más profundo que de costumbre.

Los relojes siguieron marcando la hora.

Y yo comprendí que hay decisiones que levantan imperios…
y otras que ni siquiera un emperador puede dejar atrás.

 

El silencio de Yuste no era el final. Solo otra encrucijada.

 

CAPÍTULO X 

DON JUAN DE AUSTRIA

El Miedo de Felipe II

 

1571. La flota cristiana derrota al Imperio otomano en Lepanto. El héroe de la jornada no es hijo legítimo del rey

 

Prólogo: El regreso a las encinas

El sol de Castilla se ponía sobre los campos de Villagarcía, tiñendo las encinas del mismo color cobrizo que recordaba de las tardes con Jeromín. Diego, con las manos nudosas apoyadas en un bastón de fresno, miró a su hijo. El joven vestía aún el jubón oscuro de la Corte, ese uniforme de sombras que Diego tanto despreciaba.

—¿Así que has dejado Madrid, hijo? —preguntó el viejo capitán con voz cascada—. Haces bien. Tras la muerte de Felipe, aquel palacio no es más que un nido de cuervos peleando por los restos de un imperio que se desmorona. Aquí, en esta tierra, el aire es más limpio.

El hijo se sentó a sus pies, observando la debilidad de aquel hombre que un día fue el rayo derecho de Don Juan de Austria. —Padre, en la Corte se habla de él como de un dios o de un traidor. Dime tú la verdad ahora que el Rey ya no puede mandarnos callar.

Diego cerró los ojos y, por un momento, el olor a jara de Villagarcía fue sustituido por el salitre de Lepanto. —Escucha bien, porque esta es la historia de un niño que quería ver el mar y de un hombre que terminó troceado en maletas de cuero...

(Relato del Capitán Diego de Villagarcía)

I. El nido de águila y la semilla de piedra

Antes de que el mundo le pusiera una espada de acero en la mano y le robara el alma con títulos de nobleza, Jeromín y yo compartíamos una de madera y un reino de barro en Villagarcía de Campos. Mi primer recuerdo no es de palacios, sino de una tarde de bochorno en la que casi nos rompemos el alma.

Jeromín se había encaprichado con un nido de águila en lo alto de un tajo. Doña Magdalena nos había prohibido acercarnos al río, pero él tenía esa mirada que años después vería en Lepanto: una mezcla de fe ciega y desafío al destino. —Si llego arriba, Diego, seré capaz de ver el mar —me dijo, aunque el mar estaba a cientos de leguas.

Subió el primero, con las rodillas desolladas y las uñas negras de tierra. Cuando estaba a punto de alcanzar la rama, un saliente cedió. Se quedó colgando de una mano, con el vacío reclamándolo. Yo, desde abajo, grité de terror, pero él no gritó. Se quedó quieto, mirándome con una calma sobrenatural, y me tendió la otra mano para que yo subiera a ayudarle. En ese momento, mientras lo ayudaba a izarse, sentí que bajo su piel no latía la carne de un niño común, sino algo que ya se estaba gestando: ese embrión de piedra, esa dureza de quien sabe que la vida es una escalada hacia un nido vacío.

Pocos días después, el Rey lo llamó al bosque y Jeromín murió para dejar paso a Don Juan. Yo fui el único pedazo de aquel niño que se le permitió conservar. Fui su paje, luego su sombra y, finalmente, su capitán.

II. La doma y el avispero: El mar de púrpura

Vi cómo Felipe II lo «domaba» en el Escorial. El Rey no quería un hermano, quería un instrumento. Juan aprendió pronto que su vida era una ficción política, rodeado de figuras como el siniestro secretario Antonio Pérez, que ya entonces tejía telarañas de sospecha sobre su brillo.

En octubre de 1571, el golfo de Lepanto fue la mayor encerrona de la historia. El aire en la cubierta de la Real olía a brea y a la envidia de los viejos almirantes. A su izquierda, Don Luis de Requesens le vigilaba los pensamientos por orden del Rey. Los veteranos como Sebastiano Venier le escupían el desprecio en la cara, esperando que el «muchacho» flaqueara ante las galeras otomanas. Felipe le había arrojado a un avispero donde se esperaba que Juan muriera o fracasara.

—¡Fuego! —gritó Juan, y el mundo se rompió.

La batalla fue un matadero de madera y acero. Juan estaba en primera línea, allí donde las cimitarras buscaban el cuello. El choque de la Real contra la Sultana fue el epicentro del infierno. Cuando el estandarte turco cayó, el Mediterráneo ya no era azul: se había teñido de un rojo denso, una púrpura trágica donde flotaban jirones de banderas y miles de muertos. Habíamos salvado a la cristiandad, entregándole a Felipe el mayor triunfo de su reinado.

Fue entonces cuando nos cruzamos con aquel soldado de la Marquesa, Miguel de Cervantes. Tenía el pecho abierto y una mano deshecha. Juan se detuvo ante él; hubo un silencio de espejos entre los dos hijos del abandono. Al girarse hacia mí, Juan me susurró: —Diego, el mar se ha teñido de rojo, pero esta sangre no lavará el miedo de mi hermano. He ganado una batalla para un Rey que preferiría verme muerto en esta agua que vivo en su Corte.

Tras el fragor del combate, cuando el aire aún sabía a azufre y el mar seguía devolviendo maderas astilladas, Juan no se retiró a descansar. Me pidió que le acompañara a ver a los heridos. Entre el hedor de la sangre y el dolor de los mutilados, encontramos de nuevo a aquel soldado, Miguel. Tenía el pecho vendado y el brazo izquierdo hecho una ruina de carne y hueso, pero sus ojos seguían fijos en un punto que solo él alcanzaba a ver.

Juan se sentó a su lado, ignorando el protocolo que tanto obsesionaba a su hermano el Rey. Mandó llamar a sus propios cirujanos para que atendieran al soldado y, allí mismo, sobre una tabla que servía de mesa, mojó la pluma.

—Has luchado como un león teniendo el cuerpo ardiendo en fiebres, Miguel —le dijo Juan mientras escribía—. No quiero que el olvido de Madrid sea tu única paga.

Le hizo entrega de una carta de recomendación sellada con su propio anillo. Juan sonreía, convencido de que aquel papel le abriría a Cervantes las puertas de la Corte. No sabía mi capitán que aquel gesto de generosidad era, en realidad, una condena. No sabía que, al firmar con su nombre —un nombre que ya hacía temblar a Felipe—, estaba marcando a Miguel. Esa carta, que debía ser su libertad, sería la que convencería a los piratas de Argel de que tenían un tesoro entre manos, alargando su cautiverio durante cinco años de sombras.

Juan le dio la carta y Miguel la besó. Fue un pacto de caballeros en medio de la carnicería. Al salir de allí, Juan me miró y me dijo: «Diego, al menos hoy hemos salvado a un hombre».

Quién sabe si aquella carta, sellada con el nombre que tanto inquietaba a Madrid, no terminó por señalarle ante ojos codiciosos…

Qué poco sabía mi señor de cómo castiga el destino los buenos deseos de los héroes.

Al salir de allí, Juan me susurró: —Diego, el mar se ha teñido de rojo, pero esta sangre no lavará el miedo de mi hermano. He ganado una batalla para un Rey que preferiría verme muerto en esta agua que vivo en su Corte.

III. El fango de Namur: La inmensidad del abandono

Flandes fue el castigo por haber sobrevivido a Lepanto. Un destino de lodo y traiciones. Felipe le envió allí para que su gloria se oxidara, sin dinero para pagar a los Tercios y sin responder a sus cartas. En el palomar de Namur, la soledad fue absoluta. Ya no estábamos rodeados de galeras, sino de espías. Incluso su sobrino, Alejandro Farnesio, parecía una sombra enviada para sustituirle.

Allí, donde la fiebre le devoraba, solo quedábamos él y yo, el niño que le ayudó a subir al tajo y el hombre que ahora le ayudaba a morir. Juan me agarró la muñeca con una fuerza impropia: —Diego, dime que esto es solo otra travesura y que Doña Magdalena nos regañará al volver.

No hubo veneno en su copa. El veneno fue el silencio del Escorial. Felipe le dejó morir de olvido y de falta de esperanza. Es la profunda inmensidad de su abandono.

IV. El último viaje: Un cuerpo troceado

Cuando Juan murió, la orden de Felipe fue fría: el cuerpo debía regresar a España en secreto. El Rey no quería procesiones para el héroe que tanto temía.

Lo que siguió fue la mayor humillación. Como no se nos permitía un séquito fúnebre, los médicos desmembraron el cuerpo de Juan. Dividieron aquel pecho de Lepanto en tres pedazos y los introdujeron en maletas de cuero, como mercancía vieja. Yo mismo cargué con una de aquellas sacas a lomos de una mula por los caminos de Francia, llorando en silencio. ¿De qué sirvió el mar rojo si el héroe regresaba troceado en una maleta?

Al llegar al Escorial, unieron sus restos con alambres para que Felipe lo mirara una última vez. El Rey lo hizo sin una lágrima; el rayo, por fin, estaba apagado y bajo llave. Yo me alejé de la Corte aquel día, llevándome conmigo la espada de madera de nuestra infancia. Ahora, al mirar el horizonte de Castilla, ya no veo imperios. Solo veo a Jeromín, libre al fin de su hermano y de su sangre, corriendo por un campo donde no existen reyes ni miedos, solo el sol y el recuerdo de un niño que, por un instante, fue dueño de todo el cielo.

 

Epílogo: El secreto de la espada

Diego terminó de hablar. El silencio que siguió solo fue roto por el crujido de la leña. Su hijo le miraba con una mezcla de horror y asombro.

—¿Y por qué te quedaste a su lado hasta el final, padre? Si sabías que el Rey le había abandonado... —Porque alguien tenía que recordarle que seguía siendo Jeromín —respondió Diego, señalando una vieja espada de madera que colgaba sobre la chimenea—. El Rey tenía el mundo, pero Juan me tenía a mí. Y esa, hijo mío, es la única victoria que Felipe nunca pudo arrebatarle.

Diego suspiró, sintiendo que el peso de los recuerdos al fin se aligeraba. Esta tierra necesita que la cuidemos, y ya he pasado demasiada vida cuidando de hombres que se creían dioses. Mañana me enseñarás cómo van las cosechas. Al final, hijo, la tierra es lo único que no te traiciona.

 

Los imperios se sostienen con acero. Las ideas, con silencio

 

CAPÍTULO XI

EL CONDE-DUQUE DE OLIVARES

La Carga del Imperio

 

No todas las coronas pesan sobre la cabeza que las porta

 

Cuando el Conde-Duque atravesaba el Alcázar, los pasos se apartaban antes de que su sombra tocara el suelo.

Yo escribía sus cartas.

No era consejero ni ministro. Apenas un secretario encargado de ordenar memoriales, corregir informes, copiar decretos que salían hacia todos los rincones de la Monarquía.

El rey firmaba.
El Conde-Duque decidía.
Yo ordenaba los papeles.

Mi nombre no importa. Fui secretario en los años en que don Gaspar de Guzmán creía todavía que el Imperio podía sostenerse con voluntad.

Al principio lo admiré.

No hablaba como cortesano, sino como arquitecto. Decía que la Monarquía no era un mosaico de privilegios, sino un cuerpo. Y que un cuerpo no puede caminar si solo una pierna soporta el peso.

Castilla estaba exhausta.
Flandes consumía hombres.
Italia pedía dinero.
Los mares exigían flotas.

—O contribuimos todos —decía— o caeremos por partes.

La llamó Unión de Armas.

Yo copié el decreto con letra firme. Creí que asistía a una reforma necesaria.

Felipe IV confiaba en él como quien confía en el único hombre que aún cree en la fortaleza de un edificio que ya muestra grietas.

Pero los decretos no apagan los resentimientos.
Y los mapas no obedecen a la tinta.

Al principio fueron murmullos.
Protestas en Cataluña por el alojamiento de tropas.
Quejas en Aragón por nuevas cargas.
Susurros en Lisboa envueltos en cortesías.

El Conde-Duque no retrocedía.

—La Monarquía no puede sostenerse con privilegios.

Yo creía en su lógica.
Pero la lógica no siempre vence al orgullo de los reinos.

Recuerdo el invierno de 1640. El frío parecía haberse instalado también en el Alcázar. Aquel día entregué un pliego sellado desde Lisboa.

El duque de Braganza había sido proclamado rey de Portugal.

Juan IV.

El rey escuchó la lectura completa.
No interrumpió.
No alzó la voz.

El silencio fue más largo que cualquier discurso.

Miré al Conde-Duque. Esperaba órdenes inmediatas, pero vi algo distinto: comprensión.

Como si supiera que aquel era el punto en que la voluntad deja de bastar.

—Se sofocará —dijo al fin.

El rey asintió.

Pero en ese asentimiento ya no había la firmeza de otros años.

El rey comenzó a distanciarse.

En palacio los saludos fueron menos profundos.
Las miradas, más breves.

En los meses siguientes hubo proclamas, ejércitos y decretos.
Ese mismo año llegaron noticias de Rocroi.
El mito de la invencibilidad también comenzó a agrietarse.

En el despacho del rey, los silencios se hicieron más frecuentes.
Las audiencias, más breves.
Las miradas, menos sostenidas.

El Conde-Duque seguía trabajando con la misma intensidad. Tal vez con más.

Yo aprendí entonces que el poder no se pierde de golpe.

Se adelgaza.

En 1643 llegó la orden definitiva.

No hubo escándalo.
No hubo reproche público.
Solo una fórmula fría: retiro, descanso, alejamiento necesario.

Estuve presente cuando se despidieron.

Felipe IV permaneció sentado.
El Conde-Duque inclinó la cabeza.

—Siempre he servido —dijo.

El rey asintió.

No hubo abrazo.
No hubo gratitud en voz alta.

Al salir, lo acompañé hasta el patio.

No parecía derrotado.
Parecía cansado.

—El rey debe permanecer intacto —me dijo—. La Monarquía no soporta grietas en la corona.

Comprendí entonces que aceptaba el papel que le correspondía.

Lo vi subir al carruaje sin escolta triunfal. Sin aplausos. Sin enemigos visibles. Solo silencio.

Había forzado demasiado.
Había exigido más de lo que algunos reinos estaban dispuestos a conceder.
Había creído que la voluntad podía más que la historia.

Pero también había intentado sostener un edificio que empezaba a ceder.

Murió dos años después, lejos del centro que había gobernado sin corona.

Muchos lo llamaron soberbio.
Otros, ambicioso.

Yo solo sé que durante años cargó con decisiones que no llevaban su nombre.

Y entendí que en una monarquía, cuando el rey no puede equivocarse, alguien debe hacerlo por él.

 

Un nuevo rey cruzaría los Pirineos. No traía memoria de los viejos equilibrios. Traía guerra.

Y con él comenzaba otra España.

 

CAPÍTULO XII

FELIPE V

El Rey que Quiso dejar de Serlo

 

El trono que me ofrecieron estaba aún caliente… y lleno de fantasmas.

 

La Granja de San Ildefonso

Llegué de Versalles con el sol en la sangre y me encontré con un reino de luto. Mi abuelo, el Rey Sol, me dijo: «Ya no hay Pirineos». Pero los Pirineos no estaban en la tierra; estaban en mi cabeza. Eran muros de niebla que me impedían ver el descanso.

He ganado una guerra. He unificado leyes bajo una sola mano, la mía. He barrido los fueros y he levantado un Estado nuevo sobre las ruinas del antiguo. Dicen que soy el Animoso. No saben que mi mayor batalla no fue contra el archiduque Carlos ni contra los ingleses. Mi verdadera guerra es contra el monstruo que habita en mi pecho.

A veces el aire pesa. Las sábanas queman. El protocolo se vuelve una soga de seda que me asfixia. He pasado semanas recluido, dejando que la ropa y el tiempo se acumulen sobre mí, atrapado en un cuerpo que se niega a ser rey. ¿Cómo gobernar un imperio si no puedo gobernar mis propias manos?

Por eso construí San Ildefonso. Quise traer a Versalles a las faldas del Guadarrama. Quise que el agua de las fuentes acallara las voces que me dicen que no soy digno. Aquí, entre el mármol y los jardines, busqué la encrucijada del olvido.

En 1724 creí haber ganado. Firmé la renuncia. Le entregué la corona a mi hijo Luis. Por fin el silencio. Por fin la paz de ser un hombre olvidado en las montañas. Por primera vez pude elegir no ser rey.

Pero el destino es un jugador cruel. Luis murió antes de que yo pudiera aprender a ser feliz. Y tuve que volver.

Tuve que ceñirme de nuevo el manto púrpura sobre una piel que ya solo deseaba la mortaja. Regresar al trono fue mi mayor derrota. Gobernar por segunda vez es como caminar por un palacio en llamas sabiendo que no vas a salir.

Cuando puse un pie en el viejo Alcázar de Madrid comprendí que no había llegado a un palacio, sino a un panteón. Las paredes estaban cubiertas de terciopelos oscuros y retratos de hombres con mandíbulas imposibles y miradas de vidrio. Eran los Austrias. Incluso muertos parecían vigilar mis modales franceses, mi peluca empolvada, mi deseo de abrir las ventanas para que corriera el aire.

—Aquí el aire no corre, Majestad —me dijo un viejo grande de España—. Aquí el aire se custodia.

Me sentaba a cenar solo en mesas interminables. Los criados me servían de rodillas, en un silencio tan espeso que podía oír el roce de mi propia seda. Yo echaba de menos las risas de Versalles, el tintineo de las copas, la luz que no pedía permiso para entrar. Allí la claridad era natural; aquí, la penumbra parecía ley.

Fue en esas noches de vigilia, bajo el peso de los techos tallados, cuando comprendí que para ser rey de España tenía que dejar de ser Felipe. Tenía que convertirme en un símbolo de granito. Y el granito no siente, pero pesa.

Hay días en que el monstruo gana. Aparece al alba, no como un rugido, sino como un cansancio que me clava al colchón. Mis médicos se acercan a mi cama y murmuran remedios. No entienden que mi mal no está en la sangre, sino en el alma.

—Majestad, debe levantarse. Los embajadores esperan. El despacho de Indias arde —dice Isabel con esa voz suya que es firme como el acero.

Pero no puedo. No es pereza. Es terror. Siento que mi cuerpo ha dejado de ser carne y hueso para convertirse en cristal. Si muevo un dedo, se quebrará. Si apoyo el pie en el suelo, el impacto hará que mi pecho estalle en mil esquirlas.

El imperio funciona por inercia mientras yo cuento las grietas del techo.

La Granja fue mi mentira más hermosa. La construí para engañarme, para creer que podía ser un jardinero en lugar de un monarca. Cuando firmé la abdicación sentí que las cadenas se rompían. Vi a mi hijo ceñirse la corona y sentí una envidia dulce. Él tenía la vida por delante; yo tenía, por fin, el derecho al olvido.

Pero Dios es un dramaturgo cruel. La viruela fue más rápida que el deseo de un padre. Ver morir a Luis fue ver morir mi libertad. Cuando los ministros regresaron con el acta de mi vuelta al trono comprendí que no había dos caminos. Solo uno que no deseaba.

—No hay otro, Felipe —me dijo Isabel, agarrándome del brazo—. Eres el rey. El único.

Y volví. Pero volví como un fantasma.

Ahora, mi único consuelo es Farinelli. Cuando el sol se esconde tras las cumbres y la oscuridad invade mis estancias, él aparece. No trae papeles ni noticias de Hacienda. Solo trae su voz.

Cuando empieza a cantar, el tiempo se detiene. Su voz no pertenece a este mundo; es una voz sin edad, sin peso, sin dolor. En ese instante dejo de ser el rey de las Españas y de las Indias para ser simplemente un hombre que escucha.

En la penumbra, mientras sus notas ascienden por las molduras doradas, lloro. Lloro por el niño que vino de Francia, por el hijo que enterré, por el imperio que sostengo con manos temblorosas y por esta soledad que, a pesar de tener a todo un pueblo a mis pies, es tan vasta como el océano.

Mañana volveré a firmar decretos.

Mañana volveré a ser rey.

Y mañana, de nuevo, desearé no ser nada.Principio del formulario

En 1724 creí haber ganado. Firmé la renuncia. Le entregué la corona a mi hijo Luis. Por fin el silencio. Por fin la paz de ser un hombre olvidado en las montañas.

Aquel día comprendí que el poder no es una cima, sino una carga. Y por primera vez en mi vida creí que podía dejarla en el suelo.

Nadie me obligaba.

Nadie me desterraba.

No huía derrotado.

Elegía.

Eso fue lo más cercano a la libertad que he conocido.

Pero el destino es un jugador cruel. Luis murió antes de que yo pudiera aprender a ser feliz. Y cuando los ministros regresaron con el acta de mi vuelta al trono, entendí la verdad: un rey puede abdicar, pero no siempre puede dejar de ser necesario.

La encrucijada no estaba entre gobernar o no gobernar.

Estaba entre salvarme a mí mismo… o sostener lo que dependía de mi nombre.

Y elegí volver.

No por ambición.

No por gloria.

Por obligación.

Desde entonces sé que el trono no es un asiento.

Es una herida que no cierra.

 

Fundé una dinastía. No imaginé que un día uno de los míos pondría en duda la palabra misma de rey.

  

CAPÍTULO XIII

FERNANDO VII

El Deseado

 

Le llamamos El Deseado, y en ese nombre depositamos una esperanza que no supimos defender.

 

España ardía bajo las botas francesas y en Cádiz, entre cañonazos, proclamábamos una Constitución que pretendía convertir súbditos en ciudadanos. No trabajábamos contra el rey, sino para él. Queríamos devolverle un reino más justo del que había dejado.

Yo creí en él.

No fui un exaltado ni un ingenuo. Era diputado en aquellas Cortes que legislaban mientras la guerra rugía al otro lado de los muros. Defendí la soberanía nacional convencido de que un rey amado sería más fuerte que un rey absoluto.

Pero hubo una señal que preferimos no mirar.

En Bayona, lejos del pueblo que decía amar, Fernando VII de España aprendió que un trono también puede entregarse con una firma. No opuso resistencia. No invocó a la nación. Negoció. Escribió cartas corteses a Napoleón Bonaparte mientras España combatía en su nombre.

Entonces lo llamamos cautiverio. No cálculo.

Aquella fue su primera encrucijada.

Y eligió salvarse.

Cuando en 1814 cruzó la frontera, los pueblos lo aclamaban. Las campanas repicaban. Yo mismo firmé una carta pidiéndole que jurara la Constitución de 1812. Creíamos que entendería el sacrificio de un país que había resistido por él.

Nos equivocamos.

No fue una traición súbita. Fue algo más frío.

En Valencia comenzaron los rumores. Algunos militares murmuraban que la soberanía residía en el monarca, no en las Cortes. Pensé que eran exageraciones. Me dije que ningún rey que hubiera sufrido el cautiverio en Francia despreciaría el sacrificio de su pueblo.

Me equivoqué por segunda vez.

El 4 de mayo llegó el decreto.

No traía sangre.

No traía espadas.

Traía tinta.

«Declaro nulos y de ningún valor ni efecto la Constitución y los decretos de las Cortes… como si no hubiesen pasado jamás».

Jamás.

Esa palabra nos borraba.

No anulaba una ley. Anulaba tres años de hambre, de debates, de sacrificio. Nos convertía en una nota al margen de la historia. Comprendí entonces que la guerra contra Francia había sido más sencilla: el enemigo llevaba uniforme extranjero. Ahora vestía nuestra propia corona.

Su encrucijada era clara: gobernar con la ley o por encima de ella.

Eligió lo segundo.

Nos buscaron uno a uno. Algunos huyeron a Inglaterra o a América. Otros callaron. Yo me quedé, convencido aún de que el diálogo era posible. Me detuvieron de madrugada. No hubo violencia; bastó una orden firmada.

En la celda entendí mi error.

Habíamos pensado que el sufrimiento ennoblece. Que el cautiverio enseña prudencia. Pero el encierro no lo volvió sabio; lo volvió desconfiado. No regresó para reconciliar, sino para restaurar lo que consideraba suyo por derecho divino.

Su encrucijada fue clara: gobernar con la ley o por encima de ella.

Eligió lo segundo.

Y nosotros pagamos el precio.

Años después, cuando el Trienio Liberal nos devolvió por un instante la esperanza, volví a creer. Y volví a equivocarme. Porque cuando los ejércitos extranjeros cruzaron la frontera para sostenerlo, comprendí que su segunda encrucijada tampoco sería la nuestra.

Hoy escribo estas líneas desde el exilio.

No odio al rey. El odio exige pasión, y yo ya estoy cansado. Lo que siento es más amargo: responsabilidad. Fuimos nosotros quienes lo llamamos El Deseado. Fuimos nosotros quienes pensamos que la legitimidad bastaba para garantizar la libertad.

Aprendí demasiado tarde que la libertad no se delega.

Un rey puede ser necesario.

Un rey puede ser legítimo.


Pero si no acepta límites, termina siendo una sombra sobre su propio reino.

Y yo, que aposté por él, soy testigo de esa sombra.

 

Pensó que bastaba con encarcelar a los hombres para silenciar las ideas.

No imaginó que una mujer cosería la libertad en una bandera. 

  

CAPÍTULO XIV

MARIANA PINEDA

El Silencio que no Cedió

 

 

1831. En plena restauración absolutista, una mujer es acusada de conspiración liberal en Granada.

 

Introducción literal, del libro escrito por 

don José de la Peña y Aguayo 

Doña Mariana Pineda, publicado en Granada en 1870

Doña Mariana Pineda debe contarse entre las mujeres célebres, no solo de su siglo, sino de los más heroicos de la antigüedad. Su patriotismo, su valor, su decisión por la santa causa de la libertad y la heroicidad con que sufrió la decapitación no tienen igual en la historia de nuestro país. Su nombre será pronunciado por la posteridad con respetuosa veneración, y su memoria, cubierta de una gloria inmarcesible, pasará de generación en generación para no olvidarse jamás.

El impío sacrificio que hicieron con esta infortunada joven es una mancha de sangre que llevarán sobre sí los verdugos, y que transmitirán a sus hijos, sin podérsela borrar por la eternidad de los siglos. Solamente un gobierno sanguinario y despótico encuentra satélites tan infames que, cual tigres feroces, se sacien en la inocente sangre de una criatura tan angelical.

El terror, que es el resorte más poderoso de este gobierno, se había difundido por todo el pueblo mediante repetidas prisiones, registros, destierros y muertes de los más distinguidos patriotas. Un pavor general se había apoderado hasta de los hombres más esforzados; todos miraban tan cerca el patíbulo que nadie se atrevía a dar el menor motivo para que se recelase de su conducta.

Las esperanzas de salvación estaban enteramente perdidas. Hacia donde quiera que se mirara, solo se veían cadenas, cárceles, calabozos, esclavitud y cadalsos humeando aún con la sangre de los últimos ciudadanos sacrificados. Las prisiones estaban hacinadas de víctimas cuyos sacrificios se sucedían unos tras otros.

Creyendo el gobierno que la compasión y la ternura se apoderaban de los jueces, creó comisiones especiales encabezadas por los hombres más inmorales y despiadados. Por desgracia de Granada, le cupo en suerte un «caníbal» auxiliado por un escribano buscado a propósito. Desde entonces, fueron señores de vida y muerte; quien vive y respira aún en la población debe su salvación a un don particular del cielo. Dueños de la policía, penetraban mediante la seducción y el soborno hasta en el seno de la amistad más íntima. Exentos de responsabilidad, procesaban y condenaban con absoluta libertad para proporcionarse ascensos y, por una grada de cadáveres, subir a los puestos más elevados del Estado.

En estas circunstancias se hallaba la patria cuando la interceptación de una carta escrita desde Gibraltar por un emigrado dio motivo a la primera causa contra Mariana. Sus perseguidores tenían la certeza de que conspiraba contra el gobierno, pero en aquel momento no hallaron ni las apariencias del crimen de Estado necesario para cohonestar su asesinato.

Pendiente aún de esta causa, y teniendo la ciudad por cárcel, se descubre —por la delación de un padre contra un hijo— la existencia de la «terrible bandera». Al ser noticiosos de que Mariana participaba en la conspiración para la cual se bordaba dicha bandera, mandan que la lleven a su propia casa; la policía registra el lugar y halla lo que, por orden de ellos mismos, acababan de depositar.

Prenden a toda la familia y, en menos de tres meses, sustancian la causa. La condenan a muerte y la ejecutan entre las lágrimas de toda Granada y la feroz alegría de los monstruos que la habían sacrificado.

 

La otra verdad de Mariana Pineda

Bajo el cielo de Granada, aquel jueves 26 de mayo de 1831, el aire pesaba con una quietud trágica. Mariana Pineda, una mujer de apenas 26 años y convicciones inquebrantables, caminó hacia el cadalso en el Campo del Triunfo para enfrentarse a la muerte por garrote vil. Su mirada, firme hasta el último aliento, se posó sobre la multitud congregada para atestiguar el sacrificio de quien prefirió la eternidad a la traición.

La sentencia fue dictada por poseer una bandera revolucionaria a medio bordar que debía clamar por la «Libertad, Igualdad y Ley». Aquel lienzo fue en realidad una trampa tendida en su propio hogar, en el número 19 de la calle del Águila. Bajo el régimen absolutista de Fernando VII, poseer aquel símbolo era un delito de “rebelión contra el monarca”.

Tras ser capturada, el ministro de Justicia le ofreció un indulto si delataba a sus compañeros. La respuesta de Mariana fue un muro de lealtad absoluta:

«Nunca una palabra indiscreta escapará de mis labios».

Al negarse, cargó ella sola con el peso de la culpa, pagando con su sangre el precio de su silencio.

Hoy, los restos de la heroína reposan bajo una humilde lápida en la cripta de la Catedral de Granada. Allí, cerca su panteón, se halla escondido el Libro de los Nombres que muchos matarían por poseer y que solo un descendiente de Bartolomé Martos puede hallar.

Martes 15 de marzo de 1831, La lluvia golpeaba con fuerza contra los muros del Panteón Real de Granada.

En el interior, el aire era denso, cargado de incienso y del frío eterno de las tumbas reales. Mariana Pineda, envuelta en una capa oscura que ocultaba su identidad, caminaba con paso firme hacia una esquina olvidada del recinto.

A su lado, un cantero de confianza de la Sociedad, con el rostro curtido por el polvo del mármol, sostenía una linterna de aceite cuya llama temblaba.

—¿Estáis segura, Mariana? —susurró el hombre—. Si Pedrosa sospecha que el registro está aquí, no respetará ni la paz de los muertos.

—No lo buscarán aquí —respondió ella, acariciando el lomo de cuero del Libro de los Nombres. —Buscarán en mi casa, buscarán bajo mi cama y en mis costureros. Dejad que encuentren la bandera; que crean que mi único pecado es un trozo de tela.

Se detuvieron ante una estatua singular: un ángel de mármol de tamaño natural. A diferencia de los demás, su espalda era lisa, desprovista de las majestuosas alas que suelen llevar los mensajeros celestiales. En su pecho, el cantero había tallado un símbolo que identificaría el linaje de los Martos en el futuro y que es el símbolo de la Sociedad que Roberto Martos Ávalos creó el 22 de abril de 1626.

—El ángel sin alas —murmuró Mariana—. Porque la libertad no vuela, se construye en la tierra, paso a paso, con el sacrificio de quienes no temen a la Sombra.

El cantero accionó un resorte oculto. El pecho de la estatua se desplazó con un quejido de piedra sobre piedra, revelando un pequeño compartimento. Con manos firmes, Mariana depositó el libro y su medalla de plata con la inscripción "Aliis ne noceas". (No dañes a otros)

—Solo un Martos, alguien que entienda que el conocimiento es justicia y no venganza, podrá abrir esto —sentenció ella mientras la losa volvía a su sitio, sellando el secreto.

Al salir al frío de la noche granadina, Mariana sabía que sus días de libertad estaban contados. La bandera revolucionaria, sembrada en su propia casa por orden de sus perseguidores, sería su condena. Sin embargo, mientras caminaba hacia su destino, una sonrisa imperceptible cruzó sus labios: la bandera sería su muerte, pero el ángel sería su victoria silenciosa.

El aire frío de la noche granadina parecía detenerse mientras dos figuras, agazapadas entre los contrafuertes de piedra, observaban cómo la pesada puerta del Panteón Real se cerraba con un chirrido sordo. Mariana Pineda emergió de la oscuridad, envolviéndose en su capa oscura para protegerse de la lluvia que golpeaba con fuerza los muros.

—¿A qué habrá venido a estas horas? —susurró uno de los hombres—. Nadie visita a los muertos bajo esta tormenta si no busca ocultar algo que los vivos no deben encontrar.

Desde su escondite, la vieron alejarse con paso firme, sin rastro de miedo en su rostro, a pesar de que la ciudad era para ella una cárcel y el régimen de Fernando VII la acechaba en cada esquina. Lo que aquellos testigos en las sombras no podían imaginar era que, minutos antes, Mariana había sellado un pacto con la posteridad.

Mientras los observadores se preguntaban qué negocios podía tener una joven de 26 años en la cripta real, Mariana caminaba hacia su destino en el Campo del Triunfo, sabiendo que aunque su cuerpo cayera ante el garrote vil, su victoria silenciosa ya estaba escrita en piedra. Aquella noche, Mariana Pineda no había ido al panteón a rezar por los muertos, sino a asegurar la libertad de los que aún no habían nacido.

El cantero, al cerrar la pesada puerta tras Mariana, sintió un escalofrío, el reflejo de su linterna de aceite alcanzó a iluminar, por una fracción de segundo, un movimiento antinatural entre las sombras de los contrafuertes.

Su pulso se aceleró. Sabía que si esos espías daban parte a Pedrosa, el descanso de los muertos no sería impedimento para el castigo del régimen. El “caníbal” que gobernaba Granada con  mano de hierro no dudaría en desmontar cada tumba y picar cada estatua hasta dar con el Libro de los Nombres.

El cantero apretó el mango de su maza bajo la ropa, sintiendo como el sudor frío le recorría la nuca. Aquellas sombras no eran simples curiosos, eran los “satélites infames” de un gobierno sanguinario que, buscaba saciarse con la sangre de cualquier patriota.

En el callejón de las Pasiegas, donde la lluvia formaba cortinas de agua el cantero se detuvo, sintiendo como los dos hombres de la policía, acortaban distancia. Mientras pensaba en la inscripción "Aliis ne noceas" —no hagas daño a otros— sabía que si esos hombres regresaban con Pedrosa, profanarían el Panteón Real para encontrar lo que Mariana había ocultado. La “victoria silenciosa” de la joven dependía de que esas sombras no hablaran jamás.

El cantero fingió un tropiezo cerca de un portal oscuro, cuando el primer policía se abalanzó para prenderlo, buscando su ascenso “por una grada de cadáveres”, el cantero extrajo su maza y descargó un golpe seco en la sien del agresor. El hombre se desplomó sin un grito.

El otro agente, acostumbrado a saciarse en la sangre inocente, intentó desenvainar su arma, pero el cantero fue más rápido, lo empujó contra la esquina de piedra de un contrafuerte. Mientras el espía agonizaba, el cantero recordó las palabras de Mariana Pineda sobre el ´”ángel sin alas”: la libertad se construye paso a paso, con el sacrificio de quienes no temen a la Sombra. No cabía piedad, el secreto del “Libro de los Nombres” era más sagrado que la vida de aquellos verdugos.

No sin esfuerzo el cantero arrastró los cuerpos hacia las alcantarillas que desembocan cerca del río Darro, asegurándose así de que sus muertes fueran dos desapariciones más que pasarían desapercibidas ante el caos de las repetidas prisiones y muertes.

Mariana, caminaba bajo la lluvia torrencial hasta llegar a su casa mientras reflexionaba como había llegado hasta donde ahora se encontraba. Bajo el régimen de Fernando VII, la libertad era un lujo caro que se pagaba con sangre, pero se sostenía con oro. Ella no era solo una heroína romántica; en el seno de la Logia del Ángel sin Alas  ligada con la Sociedad creada por Roberto Martos en 1626, ella ostentaba el título de Custodia de los Nombres.

Su verdadera misión era proteger la lista de los benefactores: aristócratas, comerciantes y militares que, desde las sombras, financiaban la compra de armas y el transporte de exiliados desde Gibraltar. Si esos nombres caían en manos de Pedrosa, la "grada de cadáveres" que el juez tanto ansiaba para su ascenso se multiplicaría por cien.

El Libro de los Nombres, no era un simple registro de miembros, sino el mapa financiero de la libertad de España. Por eso, Mariana prefirió que la policía encontrara la "terrible bandera" sembrada en su casa. Para ella, la bandera era el cebo; el libro era la supervivencia de la causa.

Mariana sabía que solo alguien que compartiera su linaje espiritual e ideológico, un descendiente de Bartolomé Martos Santos, tendría la templanza necesaria para usar esa información para la "justicia y no la venganza".

Recordó cuando en 1828, ayudó a escapar de prisión a un primo de su padre, el general de artillería Fernando Álvarez de Sotomayor Ramírez, acusado de participar en diversas conspiraciones y que había sido condenado a muerte. Sin pensárselo dos veces, y aprovechando la cantidad de frailes que entraban y salían de la cárcel, Mariana introdujo en el penal unos hábitos de monje para que Fernando huyera disfrazado.

El plan tuvo éxito y, en efecto, Fernando, disfrazado de esa guisa, pudo huir ante las propias narices de los guardias. Oculto durante unos días en casa de Mariana, para cuando Ramón Pedrosa y Andrade, quiso arrestarlo, Fernando ya había huido a Gibraltar.

La noche antes de su partida en un sótano discreto cerca del Albaicín, iluminado por tres velas, el aire era denso. El General Sotomayor se situó frente a su prima, que permanecía con la mirada firme.

Fernando Álvarez de Sotomayor dijo:

Hermanos…

No traigo ante este taller a una mujer común, ni solo a mi propia sangre. Traigo a quien me devolvió la libertad cuando los muros de la cárcel de Granada pretendían silenciar mi voz. Si hoy respiro y sigo al mando de mis hombres, es porque su mano no tembló al abrir las puertas de mi cautiverio.

Pero no es gratitud lo que nos convoca. La causa de la libertad en esta España herida por el despotismo de Fernando VII agoniza bajo el terror de los cadalsos. Necesitamos algo más que soldados; necesitamos un corazón que sea un cofre de silencio.

He visto en Mariana lo que pocos hombres poseen: la capacidad de ser cebo para que otros sobrevivan. Por ello, deposito en sus manos el Libro de los Nombres. Es el mapa de nuestra esperanza, el oro de nuestra resistencia y la vida de quienes, desde Gibraltar, sostienen el fuego de la justicia.

La proclamo hoy nuestra Custodia de los Nombres. Que bajo el símbolo del Ángel sin Alas, ella sea el recordatorio de que la libertad no se espera del cielo, sino que se labra en la tierra con el sacrificio de los justos.

Mariana, a partir de hoy, tu vida ya no te pertenece; pertenece a un secreto que es más sagrado que tu propia sangre. Aliis ne noceas.".

Tras las palabras del General Sotomayor, se hizo un silencio denso en el taller. Mariana dio un paso al frente, despojándose mentalmente de la protección de su linaje para asumir su papel como pilar de la resistencia.

Mariana Pineda respondió:

Primo, Hermanos...

Recibo este libro no como una carga, sino como el testamento de un pueblo que se niega a vivir de rodillas. Sé que en estas páginas no solo hay nombres y cifras; está el aliento de quienes sueñan con una España donde la Ley sea igual para todos y la libertad no sea un delito de sangre.

Fernando, me confiaste tu vida una vez y la puse a salvo. Hoy me confías la vida de toda una causa, y juro por mi honor y por el símbolo del Ángel sin Alas que estas identidades morirán conmigo antes de ser pronunciadas frente a un verdugo.

Si el precio de proteger este mapa hacia la libertad es que mi propia vida se convierta en el cebo para las bestias de Pedrosa, que así sea. Prefiero ser un cadáver mudo que una traidora viva. Que la 'Sombra' me busque en mi casa, que registren mis costureros y que encuentren mis bordados; mientras ellos persiguen hilos y telas, yo guardaré el acero de vuestras voluntades en el silencio de mi alma.

Acepto ser la Custodia de los Nombres. Desde este instante, mi voz pertenece a la Logia y mi silencio a la Historia. Aliis ne noceas.

Sabía Mariana que cuando el ministro de Justicia le ofreció el indulto, no buscaba solo a sus cómplices inmediatos; buscaba a los financieros. Al responder: "Nunca una palabra indiscreta escapará de mis labios", Mariana selló el destino de los fondos revolucionarios, salvando a quienes hacían posible la resistencia.

Tiempo después mientras caminaba hacia el Campo del Triunfo aquel jueves 26 de mayo, Mariana sentía el roce invisible de la medalla "Aliis ne noceas" que ya descansaba en el Panteón. Su muerte era el precio final para que la logia siguiera operando. Pedrosa tendría su ejecución pública, pero la Logia conservaría sus nombres y su oro, esperando el momento en que la "Sombra" finalmente se retirara de España.

Al llegar al número 19 de la calle del Águila, las luces de su casa estaban apagadas, pero sabía Mariana Pineda que aguardaba el momento en que su libertad terminaría para dar paso a su leyenda.

Su última noche en la celda en el Beaterio de Santa María Egipcíaca estaba sumida en un silencio sepulcral, Mariana no estaba rezando por su alma; estaba organizando el futuro. Una pequeña mesa, una pluma y un papel había solicitado, y no escribía para pedir clemencia, pues sabía que el juez Ramón Pedrosa no buscaba justicia, sino una confesión que ella jamás entregaría. Escribía a sus hijos.

Al terminar, dobló el papel con la delicadeza de quien guarda un tesoro. Y se lo entregó a su confesor que se había sentado frente a ella, un aliado de confianza —un miembro de la Sociedad de la Sabiduría——No es por la bandera, ¿verdad, Mariana? —susurró el religioso, mirando el lienzo de tafetán que los guardias exhibían como prueba de su traición.

—La bandera es solo tela y seda, un juguete para que Pedrosa crea que ha ganado —respondió ella con una calma gélida—. La verdadera traición, la que no pueden perdonar, es el Libro de los Nombres, el registro de todos los nobles y políticos infiltrados que financian la causa de la libertad. 

Mariana se puso en pie, ajustándose el jubón con una dignidad que hacía parecer la celda un palacio.

Antes de que su confesor se marchara, Mariana añadió una última instrucción:

—Recordad que nuestra causa se basa en la justicia, no en la venganza. Que el Libro de los Nombres solo se abra cuando la Luz sea necesaria para disipar la Sombra.

—Mañana subiré al cadalso. Dirán que muero por una bandera, y dejaré que lo crean. Mientras busquen hilos de seda, no verán la sombra del ángel donde descansa nuestra verdadera fuerza.

El amanecer revelaba los detalles de su celda con una crueldad excesiva. Mariana se puso en pie. A lo lejos el tañido de una campana rompió el aire, anunciando que la ciudad despertaba, ajena o quizás aterrada, ante lo que estaba por suceder.

Arregló su vestido con una parsimonia casi sagrada. Sabía que cada gesto, desde la forma en que se recogía su cabello hasta la firmeza de su paso al salir de la celda sería escrutado.

El sol de aquel fatídico 26 de mayo de 1831 había salido para todos, pero solo ella iluminaba, con su mera presencia, la oscuridad del absolutismo.

Una multitud observaba en un silencio sepulcral. Ella se percató de un detalle que la inquietó: el diseño del garrote vil y la posición en la que quedaría su cuerpo tras la muerte podría hacer que sus faldas se abrieran o se desplazaran. En un gesto de enorme entereza, Mariana hizo una petición final: que se le permitiera sujetar sus faldas con sus propias ligas.

—Permitidme —dijo, con una voz que cortó el murmullo de la plaza— que asegure mi ropa. No quiero que el desorden de la muerte me arrebate la decencia que he guardado en vida.

Ante el asombro del verdugo, Mariana ajustó las cintas con nudos firmes y precisos, asegurando sus faldas para que nada quedara al arbitrio del azar o la deshonra. Caminó hacia el banquillo con el paso de quien va a un trono.

 

Epílogo la muerte de mariana Pineda por don José de la Peña y Aguayo

No se concebía como una mujer hermosa, hija de un capitán de navío de la real armada, nieta de un oidor de aquella misma chancillería, enlazada en parentesco con las primeras familias del reino, sin haber cometido ningún delito ostensible, pudiera haber sido condenada a la pena de garrote. Había quienes creyeron que la sentencia no llegaría a ejecutarse, porque lo impediría el clamor general del pueblo. Degradado el pueblo con la esclavitud, se amortiguan todas las pasiones nobles.

Mariana sintió consuelo al hallar en el cadalso a su confesor don José Garzón, este enjugándose las lágrimas que a hilos le corrían por la cara: reportándose como pudo, se preparó para prestarle el último auxilio acompañándola con sus exhortaciones hasta los umbrales del sepulcro. El ejecutor de la justicia cumplió su terrible encargo. El estremecimiento que hizo en aquel instante Mariana, y  el cambio repentino del sonroseado de sus mejillas en un color lívido y cárdeno, anunció al público el último instante de su vida. A torrentes caían las lágrimas del inmenso pueblo que cubría todas las avenidas de aquel espacioso campo: lloraban los religiosos auxiliantes; lloraban los soldados y sus jefes; lloraban todos los presentes; lloraba también el verdugo; solamente se gozaban media docena de malvados.

 

Las banderas cambian. La incertidumbre permanece

 

CAPÍTULO XV 

AMADEO I

El Rey que Quería ser de Todos

 

1873. Tras apenas dos años de reinado, el monarca elegido por las Cortes renuncia y abandona España rumbo a Portugal

 

Contada por: María Victoria Dal Pozzo, Reina de España

Todavía puedo sentir el frío metálico de la barandilla de la fragata Numancia bajo mis guantes. Aquel 30 de diciembre de 1870, Cartagena nos recibió con un cielo gris y un aire que pesaba como el plomo. Amadeo buscaba con la mirada al general Prim, el único hombre en esta tierra extraña que nos había prometido un hogar y un propósito. Pero, en su lugar, solo vimos rostros pálidos y uniformes de luto.

Cuando nos susurraron que Prim había sido tiroteado, sentí que el suelo se abría. Amadeo no dijo nada, pero su mano apretó la mía hasta hacerme daño. Entramos en Madrid no como reyes, sino como huérfanos. Mi primera imagen de la corte no fue un baile, sino Amadeo arrodillado frente al féretro de Prim en la iglesia de Atocha. Allí, ante un cadáver, empezó nuestro reinado.

Antes de aquel cadáver y antes de aquel frío, hubo un estallido que lo cambió todo. En 1868, España había echado a los Borbones; la reina Isabel II huyó a Francia entre el humo de una revolución que prometía libertad, «La Gloriosa». Pero una nación no es solo una bandera, es un orden, y España se quedó sin él.

El general Prim, ese hombre de voluntad de hierro, se convirtió en el arquitecto de un sueño imposible: buscar un rey que no fuera un tirano, un rey que aceptara que el pueblo es quien manda. España se convirtió en un escaparate donde se ofrecía una corona a media Europa. Se la ofrecieron a príncipes alemanes —provocando casi una guerra entre Francia y Prusia—, se la ofrecieron a portugueses, a generales… Todos miraban el trono español y veían una hoguera, no una silla de oro. Todos decían que no.

Entonces, los ojos de Prim se posaron en nosotros, en la Casa de Saboya.

Amadeo no quería venir. «Victoria», me decía en los jardines de Florencia, «España es un laberinto de pasiones que no conozco». Pero Prim fue insistente. Pintó un cuadro de una España moderna, democrática, una monarquía italiana trasplantada al suelo de Madrid. Apeló al honor de mi marido, a su deber de príncipe liberal. Al final, Amadeo aceptó por puro sentido del deber, creyendo que su honestidad sería su mejor escudo, sin saber que se metía en la boca del lobo.

Mientras navegábamos hacia Cartagena, España hervía. Los carlistas gritaban por su Dios y su rey en las montañas; los republicanos llenaban las calles de Madrid pidiendo el fin de los tronos; y los partidarios de los Borbones tejían conspiraciones en los salones de terciopelo.

Y, en medio de esa tormenta, el único hombre capaz de sujetar los hilos, el único que podía habernos servido de guía, fue traicionado. Tres días antes de que pusiéramos un pie en tierra, en una calle estrecha y nevada llamada la calle del Turco, unos asesinos vaciaron sus trabucos contra la berlina de Prim.

Por eso, cuando llegamos a la basílica de Atocha, el silencio era tan aterrador. No había vítores, solo el eco de nuestros pasos. Al mirar el cuerpo inerte de Prim, Amadeo comprendió la terrible ironía: el hombre que nos había dado el reino acababa de dejarnos las llaves, pero se había llevado consigo la paz.

Ante aquel cadáver empezó nuestro reinado. No con una fiesta, sino con el presentimiento de que estábamos allí para ser el último sacrificio de un sueño que acababa de morir.

Vivir en el Palacio Real fue como habitar una jaula de cristal soplado. Yo intenté ser la reina que España necesitaba. Fundé la «Casa de Lavanderas» para que las mujeres no tuvieran que dejar a sus hijos solos mientras trabajaban, creé guarderías, doné mi asignación… pero Madrid tiene un corazón de piedra para los que vienen de fuera.

Nunca olvidaré los paseos por El Retiro. Las damas de la alta aristocracia, esas que se dicen cristianas y nobles, cerraban sus abanicos al vernos pasar y se cubrían con sus mantillas negras, como si nuestra presencia fuera una mancha. Nos llamaban «los extranjeros», «los intrusos». En las cenas, el silencio era tan denso que se podía cortar con los cuchillos de plata. Amadeo intentaba hablar de leyes, de libertad, de progreso… y ellos le respondían con una cortesía tan fría que quemaba.

Lo más doloroso no eran los desplantes hacia mí, sino ver cómo se apagaba él. Amadeo es un hombre de honor, un Saboya que cree que la palabra dada es sagrada. Verle firmar crisis de gobierno cada mes, verle sufrir un intento de asesinato en la calle Arenal y, sobre todo, ver cómo los políticos le usaban como un títere fue minando su espíritu.

Nunca podré olvidar el olor a pólvora mezclado con el aire cálido de aquella noche de verano en Madrid. Era el 18 de julio de 1872. Amadeo y yo regresábamos en nuestro carruaje abierto tras un paseo por los jardines del Retiro. La ciudad parecía tranquila, pero en España la calma siempre es el preludio de un estallido.

Al enfilar la calle del Arenal, el tiempo pareció detenerse. De repente, entre las sombras de las esquinas, surgieron varios hombres. No hubo advertencias, solo el destello cegador de los disparos y el estruendo de las balas impactando contra la madera del coche.

Mi primer instinto fue buscar la mirada de Amadeo. Lo que vi me heló la sangre, pero no por el miedo, sino por su templanza. Mientras los proyectiles silbaban a nuestro alrededor —uno de ellos llegó a rozar su uniforme y otro hirió a uno de los caballos—, mi marido no se agachó. No buscó refugio en el suelo del carruaje. Con una serenidad que solo poseen los hombres que han hecho las paces con su destino, se puso en pie.

«¡Fuego, fuego!», gritaban desde la oscuridad.

Amadeo, erguido, desafiante, miró hacia el lugar de donde venían los disparos. Fue un acto de una nobleza suicida. Quería que sus asesinos vieran que no le temía a la muerte, que un Saboya no se esconde ante los cobardes. Yo le agarré del brazo, suplicándole con la mirada que se sentara, pero él solo me puso la mano encima para darme calma.

Logramos salir de aquel infierno de plomo. Al llegar a Palacio, con el carruaje acribillado y los nervios destrozados, Amadeo bajó como si viniéramos de una ópera. Pero yo vi sus ojos al entrar en nuestras estancias privadas. No había odio, había una decepción infinita.

—¿Lo ves, Victoria? —me dijo mientras se quitaba los guantes—. Me disparan porque no pueden rebatir mis razones. Prefieren matarme antes que dejarme ser el rey de todos.

Esa noche supe que nuestra suerte estaba echada. Madrid no solo no nos quería; Madrid nos quería muertos. Aquellas balas no solo buscaban el corazón de Amadeo, buscaban asesinar la última esperanza de paz que le quedaba a este país. A partir de entonces, cada vez que salíamos a la calle, yo no veía súbditos, veía sombras con trabucos esperando su momento.

Muchas noches le encontraba solo en su despacho, mirando los mapas de una España que se desangraba en guerras civiles. Me decía en voz baja: «Victoria, estos españoles no pelean por su país, pelean por sus odios. He venido a ser el rey de todos, pero ellos prefieren no tener a nadie si no pueden tenerlo todo para su bando».

La mañana del 11 de febrero de 1873, el aire en palacio cambió. Amadeo entró en mis aposentos y, por primera vez en dos años, sonrió de verdad. «Se acabó, Victoria. Hoy volvemos a ser personas».

Amadeo pasó la mañana puliendo cada palabra de su mensaje a las Cortes. No era una rendición, era un acta de acusación contra la ingratitud.

Él no acudió en persona al Congreso de los Diputados; envió su discurso para que fuera leído ante los representantes de la nación. Yo me quedé con él, observando cómo se despojaba mentalmente de una corona que solo le había traído espinas. Mientras tanto, en el palacio de las Cortes, sus palabras caían como martillazos sobre los mismos políticos que le habían traicionado.

Me leyó el borrador antes de enviarlo. Su voz era firme, pero cargada de una amargura que me partía el alma.

—Victoria, escucha esto —me dijo—: «Si fueran los enemigos de fuera los que amenazaran a España, yo sería el primero en defenderla… pero los enemigos son los propios españoles».

Esa frase resumía nuestro calvario. Amadeo escribió que, si el destino de España fuera la paz, él se quedaría hasta el final. Pero comprendió que su presencia solo servía de excusa para que los partidos se despedazaran entre sí. Nos llamó «un país de lucha intestina». Dijo que España vive en un combate permanente donde la libertad es imposible porque nadie respeta la del vecino.

Fue un discurso valiente, casi insolente. Les dijo a la cara que se marchaba porque no quería ser cómplice de su autodestrucción. «Dos años largos ha que ciño la corona de España, y España vive en constante lucha», rezaba el texto.

Cuando el mensajero salió con el documento hacia el Congreso, Amadeo exhaló un suspiro que pareció vaciarle el pecho. El Congreso, al recibir la noticia, no tardó ni unas horas en proclamar la República entre gritos de júbilo. No nos importó.

No hubo protocolo ni grandes despedidas. Preparamos las maletas con la urgencia de quien escapa de un incendio. Mientras bajábamos las escaleras de aquel palacio gélido y nos dirigíamos a la estación de Atocha, los políticos se repartían los restos del naufragio en sus escaños. Madrid estaba eufórica, celebrando su nueva aventura, olvidando ya al hombre que acababa de darles la lección más grande de patriotismo que habían recibido: saber irse cuando no eres la solución, sino el pretexto para el conflicto.

Allí, en la cantina, entre viajeros que no nos miraban y el humo de las locomotoras, mi marido pidió un café. Lo tomó de pie, como un ciudadano más, sin corona y sin miedo.

Al subir al tren rumbo a Portugal, Amadeo me tomó la mano y me susurró: «Por fin somos libres». Dejábamos atrás una corona, pero recuperábamos nuestra vida. Me miró y sonrió con una paz que no le veía desde Florencia. Había dejado de ser el rey de España para volver a ser, simplemente, un hombre de honor.

El silbato rasgó el aire de la estación.

El tren comenzó a moverse con una sacudida leve, casi imperceptible. A través del cristal, Madrid fue desdibujándose entre humo y hierro. No hubo vítores ni despedidas. Solo el traqueteo constante de las ruedas sobre los raíles.

Amadeo no miró atrás. No porque no amara aquella tierra, sino porque comprendía que ningún rey puede sostener un reino que no ha decidido sostenerse a sí mismo.

Sobre el asiento quedó un cuaderno. No contenía su historia. Contenía otras. Decisiones.
Silencios. Firmas. Renuncias.

Al llegar a Portugal, nadie reclamó aquel libro. Tal vez porque nunca perteneció a un hombre; tal vez porque siempre perteneció a una nación en permanente encrucijada.


 

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