Escribo estas líneas bajo el peso de una certeza:
mi historia está incompleta. Al desconocer el trazo final de mi propia
biografía, esta crónica queda como un lienzo con los bordes abiertos, esperando
que alguien, cuando mi voz sea silencio, tome la pluma y cumpla el rito de
cerrar mi tiempo.
Nací en 1959, justo en el umbral donde una década
se despedía para dar paso a un mundo que estaba a punto de estallar en cambios.
He tenido el privilegio, o quizás el desafío, de cambiar de siglo y de milenio;
de nacer en una España que miraba al pasado y despertar en una que vuela hacia
el futuro.
Nací bajo el pontificado de Juan XXIII y, desde
entonces, he visto elevarse al cielo de Roma seis fumatas blancas. Seis veces
el humo denso y claro anunció al mundo un nuevo nombre, marcando los capítulos
de mi propia fe. He habitado el tiempo de siete papas: desde la bondad de Juan
XXIII hasta la era de León XIV, pasando por el fulgor de Juan Pablo II y la
renuncia de Benedicto XVI. Siete hombres que, desde el Vaticano, marcaron el
compás moral de mi existencia.
Nací bajo el rigor de la dictadura, en una España
de silencios y uniformes bajo el mando del general Franco. Fui joven mientras
el país aprendía a conjugar la palabra democracia, viendo cómo la monarquía
parlamentaria se asentaba sobre los hombros de dos reyes: Juan Carlos I, el
arquitecto del cambio, y Felipe VI, el guardián de la continuidad.
La libertad, lo aprendí pronto, es un cristal
delicado. He sentido el temblor de dos intentos de quebrarla. El primero, aquel
23 de febrero de 1981, me sorprendió mientras hacía el servicio militar en
Capitanía General de Valencia. Yo era entonces un joven cabo destinado en la
Primera Sección del Estado Mayor cuando el país contuvo la respiración.
Recuerdo el sonido incesante de los teléfonos, las radios escupiendo marchas
militares y la incertidumbre recorriendo los pasillos mientras los tanques
salían a las calles de Valencia bajo las órdenes de Milans del Bosch.
Aquella tarde mecanografié órdenes y bandos sin
alcanzar a comprender del todo la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Éramos
muchachos de reemplazo atrapados en medio de una historia demasiado grande para
nuestra edad. Mientras abajo armaban a soldados y cabos, nosotros escuchábamos
en silencio las noticias llegadas desde el Congreso. El tiempo parecía
suspendido hasta que la voz del Rey apareció en televisión y el golpe empezó a
desmoronarse.
Nunca olvidaré aquella sensación: la de comprender, siendo apenas un
muchacho, que la democracia podía perderse en una sola noche.
El segundo temblor, más silencioso pero
igualmente profundo, se vivió en Cataluña entre 2015 y 2017, cuando la ley
intentó ser desplazada por la voluntad de unos pocos, dejando una huella que
muchos hoy pretenden borrar de la memoria colectiva.
La enfermedad ha sido el espectro que ha rondado
este tiempo. He visto al mundo arrodillarse ante las pandemias del VIH/sida y
el COVID-19; tempestades que, por fortuna y gratitud divina, pasaron de largo
por el dintel de mi puerta. Pero mi memoria más remota huele a hospital y a
esperanza. Recuerdo la poliomielitis, ese monstruo que acechaba a los niños de
mi infancia. Vi cómo la ciencia empezaba a vencerlo un 14 de mayo de 1963 en
León, cuando las primeras vacunas marcaron el inicio de una retirada que solo
sería definitiva en 2001. Y junto a ella la meningitis, otra sombra que
batallamos con el progreso médico, aunque sus ecos todavía resuenen en los
informes actuales como un aviso de nuestra propia vulnerabilidad.
Mientras el país cambiaba de piel, en la
intimidad de nuestra casa la economía era una batalla diaria que se libraba con
las manos. Recuerdo el jornal de mi padre, que regresaba con el cuerpo
deslomado tras dejarse la vida en el campo; un sacrificio humilde que sostenía
a la familia con dignidad. No pasamos hambre, gracias a Dios, pero sí conocimos
las privaciones y el valor de las cosas que entonces parecían inalcanzables.
Había necesidades cubiertas con esfuerzo y muchos deseos que quedaban siempre
para más adelante.
Mi madre sostenía la casa con una fortaleza
silenciosa que rara vez ocupaba el centro de las conversaciones, pero sin la
cual nada habría permanecido en pie. Como tantas mujeres de aquella España
humilde, hacía milagros cotidianos con poco, convirtiendo la escasez en hogar y
la preocupación en calma.
Nuestra despensa no se llenaba en supermercados
ni en estanterías abundantes, sino también en el corral. Criábamos cerdos y
gallinas, convirtiendo el patio en un apoyo imprescindible para la casa.
Aquella forma de vivir enseñaba a no desperdiciar nada y a agradecerlo todo.
Aún puedo recordar el olor de la tierra húmeda al
amanecer y el sonido inquieto de los animales despertando antes que el sol.
En aquellos días, la modernidad era un lujo que
llegaba a cuentagotas. Recuerdo la chimenea que nos daba calor antes de que
llegara el metal naranja del gas butano. En la cocina no había zumbido de
electrodomésticos; recuerdo bajar de mi barriada a por las barras de hielo para
que la comida resistiera el verano. La modernidad entró en casa como un mueble
sagrado: primero aquella radio de válvulas de tamaño imponente y, mucho
después, el parpadeo mágico de la televisión en blanco y negro, alrededor de la
cual nos reuníamos como si el mundo entero cupiera dentro de aquella caja
luminosa.
Lo que vino después fue un ritmo trepidante que,
a veces, parece haber evolucionado más rápido que nuestra propia piel. He
pasado del golpeo áspero de la máquina de escribir a la suavidad de la
eléctrica, y de ahí, al asombro del ordenador y el infinito de internet. He
vivido la metamorfosis de la palabra: de las cartas escritas a mano que
esperaban días, al chirrido del fax, y de este al correo electrónico hasta
llegar a la inmediatez del WhatsApp. El teléfono, que antes era un ancla fija
en la pared, se convirtió en un apéndice en nuestro bolsillo.
Y entonces me asalta una duda que todavía hoy no
sé responder: ¿ha evolucionado la tecnología más que nosotros mismos?
Comprendo entonces que el verdadero vértigo de mi
vida no ha sido ver cambiar gobiernos, papas o siglos, sino asistir a la
aceleración del propio ser humano. La tecnología nos ha llevado más lejos de lo
que jamás soñamos: hemos puesto el conocimiento en la palma de la mano,
reducido las distancias a un instante y convertido el mundo entero en una
conversación permanente. Pero, en medio de tanta velocidad, a veces me pregunto
si no hemos dejado atrás algo esencial.
Porque éramos pobres, sí, pero también éramos más
lentos. Las noches alrededor de la mesa duraban más que las horas. Una carta
tenía el valor de la espera; una visita era motivo de alegría verdadera; la
palabra dada pesaba más que muchos contratos. Hoy vivimos rodeados de pantallas
que nos conectan con todos y, sin embargo, nunca había visto tanta soledad
silenciosa.
He visto desaparecer el hielo de las neveras y llegar
el frío invisible de las máquinas modernas; he pasado del sonido humilde de la
radio al ruido infinito de las redes. Y aunque admiro el progreso y doy gracias
por todo lo que la ciencia ha regalado a nuestra existencia, no puedo evitar
pensar que el alma humana continúa arrastrando las mismas hambres de siempre:
amor, compañía, esperanza y sentido.
Quizá por eso, al mirar atrás, no son los grandes
acontecimientos los que sostienen mi memoria, sino las pequeñas cosas: las
manos cansadas de mi padre al volver del campo, el calor de la chimenea en
invierno, el olor del corral al amanecer, la voz de mi madre llamándonos para
cenar, o aquella televisión en blanco y negro ante la que nos reuníamos como
quien contempla un milagro.
Y entiendo, finalmente, que una vida no se mide por
los años atravesados ni por los avances que uno alcanza a presenciar, sino por
los recuerdos capaces de seguir dando calor cuando todo lo demás empieza a
apagarse.
Si algún día alguien termina estas páginas cuando yo ya no esté, deseo que encuentre en ellas no la historia de un hombre, sino el humilde testimonio de alguien que atravesó su tiempo con los ojos abiertos, intentando comprender el mundo sin dejar de amar la vida.

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