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Toda una vida: 1959-2026 (Memoria Lírica)

 


Escribo estas líneas bajo el peso de una certeza: mi historia está incompleta. Al desconocer el trazo final de mi propia biografía, esta crónica queda como un lienzo con los bordes abiertos, esperando que alguien, cuando mi voz sea silencio, tome la pluma y cumpla el rito de cerrar mi tiempo.

Nací en 1959, justo en el umbral donde una década se despedía para dar paso a un mundo que estaba a punto de estallar en cambios. He tenido el privilegio, o quizás el desafío, de cambiar de siglo y de milenio; de nacer en una España que miraba al pasado y despertar en una que vuela hacia el futuro.

Nací bajo el pontificado de Juan XXIII y, desde entonces, he visto elevarse al cielo de Roma seis fumatas blancas. Seis veces el humo denso y claro anunció al mundo un nuevo nombre, marcando los capítulos de mi propia fe. He habitado el tiempo de siete papas: desde la bondad de Juan XXIII hasta la era de León XIV, pasando por el fulgor de Juan Pablo II y la renuncia de Benedicto XVI. Siete hombres que, desde el Vaticano, marcaron el compás moral de mi existencia.

Nací bajo el rigor de la dictadura, en una España de silencios y uniformes bajo el mando del general Franco. Fui joven mientras el país aprendía a conjugar la palabra democracia, viendo cómo la monarquía parlamentaria se asentaba sobre los hombros de dos reyes: Juan Carlos I, el arquitecto del cambio, y Felipe VI, el guardián de la continuidad.

La libertad, lo aprendí pronto, es un cristal delicado. He sentido el temblor de dos intentos de quebrarla. El primero, aquel 23 de febrero de 1981, me sorprendió mientras hacía el servicio militar en Capitanía General de Valencia. Yo era entonces un joven cabo destinado en la Primera Sección del Estado Mayor cuando el país contuvo la respiración. Recuerdo el sonido incesante de los teléfonos, las radios escupiendo marchas militares y la incertidumbre recorriendo los pasillos mientras los tanques salían a las calles de Valencia bajo las órdenes de Milans del Bosch.

Aquella tarde mecanografié órdenes y bandos sin alcanzar a comprender del todo la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Éramos muchachos de reemplazo atrapados en medio de una historia demasiado grande para nuestra edad. Mientras abajo armaban a soldados y cabos, nosotros escuchábamos en silencio las noticias llegadas desde el Congreso. El tiempo parecía suspendido hasta que la voz del Rey apareció en televisión y el golpe empezó a desmoronarse.

Nunca olvidaré aquella sensación: la de comprender, siendo apenas un muchacho, que la democracia podía perderse en una sola noche.

El segundo temblor, más silencioso pero igualmente profundo, se vivió en Cataluña entre 2015 y 2017, cuando la ley intentó ser desplazada por la voluntad de unos pocos, dejando una huella que muchos hoy pretenden borrar de la memoria colectiva.

La enfermedad ha sido el espectro que ha rondado este tiempo. He visto al mundo arrodillarse ante las pandemias del VIH/sida y el COVID-19; tempestades que, por fortuna y gratitud divina, pasaron de largo por el dintel de mi puerta. Pero mi memoria más remota huele a hospital y a esperanza. Recuerdo la poliomielitis, ese monstruo que acechaba a los niños de mi infancia. Vi cómo la ciencia empezaba a vencerlo un 14 de mayo de 1963 en León, cuando las primeras vacunas marcaron el inicio de una retirada que solo sería definitiva en 2001. Y junto a ella la meningitis, otra sombra que batallamos con el progreso médico, aunque sus ecos todavía resuenen en los informes actuales como un aviso de nuestra propia vulnerabilidad.

Mientras el país cambiaba de piel, en la intimidad de nuestra casa la economía era una batalla diaria que se libraba con las manos. Recuerdo el jornal de mi padre, que regresaba con el cuerpo deslomado tras dejarse la vida en el campo; un sacrificio humilde que sostenía a la familia con dignidad. No pasamos hambre, gracias a Dios, pero sí conocimos las privaciones y el valor de las cosas que entonces parecían inalcanzables. Había necesidades cubiertas con esfuerzo y muchos deseos que quedaban siempre para más adelante.

Mi madre sostenía la casa con una fortaleza silenciosa que rara vez ocupaba el centro de las conversaciones, pero sin la cual nada habría permanecido en pie. Como tantas mujeres de aquella España humilde, hacía milagros cotidianos con poco, convirtiendo la escasez en hogar y la preocupación en calma.

Nuestra despensa no se llenaba en supermercados ni en estanterías abundantes, sino también en el corral. Criábamos cerdos y gallinas, convirtiendo el patio en un apoyo imprescindible para la casa. Aquella forma de vivir enseñaba a no desperdiciar nada y a agradecerlo todo.

Aún puedo recordar el olor de la tierra húmeda al amanecer y el sonido inquieto de los animales despertando antes que el sol.

En aquellos días, la modernidad era un lujo que llegaba a cuentagotas. Recuerdo la chimenea que nos daba calor antes de que llegara el metal naranja del gas butano. En la cocina no había zumbido de electrodomésticos; recuerdo bajar de mi barriada a por las barras de hielo para que la comida resistiera el verano. La modernidad entró en casa como un mueble sagrado: primero aquella radio de válvulas de tamaño imponente y, mucho después, el parpadeo mágico de la televisión en blanco y negro, alrededor de la cual nos reuníamos como si el mundo entero cupiera dentro de aquella caja luminosa.

Lo que vino después fue un ritmo trepidante que, a veces, parece haber evolucionado más rápido que nuestra propia piel. He pasado del golpeo áspero de la máquina de escribir a la suavidad de la eléctrica, y de ahí, al asombro del ordenador y el infinito de internet. He vivido la metamorfosis de la palabra: de las cartas escritas a mano que esperaban días, al chirrido del fax, y de este al correo electrónico hasta llegar a la inmediatez del WhatsApp. El teléfono, que antes era un ancla fija en la pared, se convirtió en un apéndice en nuestro bolsillo.

Y entonces me asalta una duda que todavía hoy no sé responder: ¿ha evolucionado la tecnología más que nosotros mismos?

Comprendo entonces que el verdadero vértigo de mi vida no ha sido ver cambiar gobiernos, papas o siglos, sino asistir a la aceleración del propio ser humano. La tecnología nos ha llevado más lejos de lo que jamás soñamos: hemos puesto el conocimiento en la palma de la mano, reducido las distancias a un instante y convertido el mundo entero en una conversación permanente. Pero, en medio de tanta velocidad, a veces me pregunto si no hemos dejado atrás algo esencial.

Porque éramos pobres, sí, pero también éramos más lentos. Las noches alrededor de la mesa duraban más que las horas. Una carta tenía el valor de la espera; una visita era motivo de alegría verdadera; la palabra dada pesaba más que muchos contratos. Hoy vivimos rodeados de pantallas que nos conectan con todos y, sin embargo, nunca había visto tanta soledad silenciosa.

He visto desaparecer el hielo de las neveras y llegar el frío invisible de las máquinas modernas; he pasado del sonido humilde de la radio al ruido infinito de las redes. Y aunque admiro el progreso y doy gracias por todo lo que la ciencia ha regalado a nuestra existencia, no puedo evitar pensar que el alma humana continúa arrastrando las mismas hambres de siempre: amor, compañía, esperanza y sentido.

Quizá por eso, al mirar atrás, no son los grandes acontecimientos los que sostienen mi memoria, sino las pequeñas cosas: las manos cansadas de mi padre al volver del campo, el calor de la chimenea en invierno, el olor del corral al amanecer, la voz de mi madre llamándonos para cenar, o aquella televisión en blanco y negro ante la que nos reuníamos como quien contempla un milagro.

Y entiendo, finalmente, que una vida no se mide por los años atravesados ni por los avances que uno alcanza a presenciar, sino por los recuerdos capaces de seguir dando calor cuando todo lo demás empieza a apagarse.

Si algún día alguien termina estas páginas cuando yo ya no esté, deseo que encuentre en ellas no la historia de un hombre, sino el humilde testimonio de alguien que atravesó su tiempo con los ojos abiertos, intentando comprender el mundo sin dejar de amar la vida.

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