Quebrantamiento de casamiento
—¡Os digo que en esas
tierras de Toledo las mujeres son tan dulces como el mazapán! —exclamó Diego,
golpeando la mesa—. En Escalona dejé a una tal Beatriz. Me dio todo lo que un
hombre puede desear tras meses de barro y pica, solo con que le susurrara que,
a mi regreso, vestiría el velo de esposa.
Sus compañeros rieron,
pero un viejo soldado, que bebía en una esquina, lo miró con severidad.
—Cuidado, Orellana.
Las palabras que se lleva el viento en el campo de batalla, pesan como el plomo
en Castilla.
—¡Bah! —desestimó
Diego con un gesto de la mano—. ¿Qué va a hacer? ¿Cruzar los montes con un crío
en el regazo? Porque me han dicho que la moza espera un "recuerdo"
mío. Que espere sentada, que yo no nací para grillos de alcoba.
La entrada de
la vara de justicia
La risa se cortó en
seco cuando la puerta de la taberna se abrió de par en par. No era el viento.
Dos alguaciles de la Sala de Alcaldes de Corte entraron con sus varas de
justicia en alto. Tras ellos, un hombre de negro con un legajo de papeles: el
escribano.
—¿Diego de Orellana,
sargento del Tercio de Bobadilla? —preguntó el más alto.
Diego se puso en pie,
buscando instintivamente la empuñadura de su espada. —El mismo. ¿A qué viene
esta interrupción?
—Venimos por una
denuncia de estupro y quebrantamiento de palabra de casamiento
—sentenció el escribano, desenrollando el papel—. Beatriz de Alarcón, de la
villa de Escalona, os señala. Hay testigos de vuestra promesa ante el altar de
la iglesia del pueblo antes de vuestra partida. Y hay un hijo que lleva vuestra
sangre.
El camino a la
cárcel
El orgullo de Diego se
desinfló más rápido que una vela bajo la lluvia. Intentó la vieja táctica de
los soldados: —¡Ella no era honesta! ¡Solo buscaba los ducados de mi soldada!
—Eso lo diréis ante el
juez —dijo el alguacil mientras le arrebataba la espada—. Por ahora, dormiréis
en la Cárcel de Corte.
Mientras lo sacaban a
la calle empedrada, la realidad lo golpeó. En la España de Felipe II, aquello
no era una aventura de taberna, era un delito contra el orden divino y civil.
El escribano le susurró al oído mientras le ponían los grilletos:
—Tenéis dos caminos,
sargento: o salís de la celda directo a la iglesia de Escalona para cumplir lo
prometido, o vuestra soldada de Flandes servirá íntegra para dotar a la mujer
que habéis burlado mientras vos os pudrís entre muros.
Diego de Orellana, el
"león de Flandes", bajó la cabeza. La justicia del Rey era más
implacable que los cañones de Amberes; en Toledo le esperaba una cuna, o en
Madrid, una celda de piedra fría.
La Sombra de
la Traición
Mientras los
alguaciles lo conducían por las callejuelas oscuras cercanas a la Plaza Mayor,
el sargento Orellana no pensaba en Beatriz, sino en el brillo del acero. Sabía
que en la siguiente esquina el callejón se estrechaba.
—¡Fuego! ¡Hay fuego en
la botica! —gritó de repente una voz ronca desde un portal.
Era "El
Cojo" Lucas, un antiguo camarada de armas a quien Diego había salvado
en el asedio de Haarlem. La distracción fue un suspiro, pero suficiente. Diego,
usando la fuerza de sus hombros curtidos en mil batallas, embistió al alguacil
que lo sujetaba, derribándolo contra un puesto de cántaros.
—¡Corre, Diego! ¡Al
puerto de Sevilla, que la flota de Indias no espera! —susurró Lucas mientras
ponía una zancadilla al segundo guardia.
Huida por
tierras de Castilla
Diego no miró atrás.
Cruzó la Puerta de Toledo al galope de un caballo robado, sintiendo que la vara
de la justicia le rozaba los talones. Durante noches evitó las posadas,
durmiendo en pajares y ocultándose de la Santa Hermandad, esa policía de
caminos que lucía las temidas mangas verdes y que no perdonaba a los rompedores
de promesas.
Para la justicia de
Felipe II, Diego ya no era solo un seductor; ahora era un prófugo. Su
nombre fue pregonado en las plazas:
"Se busca a Diego
de Orellana, por estupro, perjurio y desacato a la autoridad. Quien lo entregue
recibirá veinte ducados..."
El Puerto de
Indias: Sevilla
Semanas después, un
hombre con barba descuidada y ropas de campesino llegaba a las gradas de la
Catedral de Sevilla. El olor a azahar se mezclaba con el de la brea de los
barcos. Sevilla era el fin del mundo conocido y la puerta al Nuevo Mundo; el
lugar perfecto para desaparecer.
En la Casa de
Contratación, los controles eran estrictos. Nadie podía embarcar a las Indias
sin demostrar que era "cristiano viejo" y, sobre todo, sin permiso
de su esposa (si estaba casado). Diego tenía un problema: no estaba casado,
pero legalmente "debía" estarlo por su promesa en Toledo.
Para burlar la ley,
Diego tuvo que:
- Cambiar su nombre: Ahora se hacía llamar "Juan de Amberes".
- Comprar un pasaje falso: Sobornó a un escribano corrupto para que le redactara una
"licencia de pasajero" falsa, afirmando que era un soltero libre
de toda carga en España.
- Embarcarse como polizón: Al final, ante el miedo de ser reconocido, terminó pagando a un
maestre de un galeón para que lo escondiera en la bodega, entre pipas de
vino y sacos de harina.
El adiós a
España
Mientras el galeón San
Cristóbal soltaba amarras y descendía por el Guadalquivir hacia Sanlúcar,
Diego miró por última vez las costas de España desde la popa.
Había burlado la
cárcel, sí. Había evitado el altar en Toledo. Pero mientras el barco se
adentraba en el Atlántico, sabía que en las Indias la ley del Rey también
llegaba, aunque más tarde. Se decía que en América un hombre podía ser quien
quisiera, pero el recuerdo de aquella joven en Escalona y el peso de su palabra
rota lo acompañarían como un polizón más en su conciencia.
Veinte años después,
el destino, que tiene un sentido del humor bastante oscuro, decidió cerrar el
círculo. El joven Don Rodrigo de Alarcón, un hombre de mirada severa y
rectitud implacable, desembarcó en la Ciudad de los Reyes, Lima, para
ocupar su cargo como Corregidor de Justicia.
Rodrigo no llevaba el
apellido de un padre, sino el de su madre, Beatriz. Había crecido en Toledo
bajo la sombra de la "deshonra" materna, pero su intelecto brillante
y el apoyo de un tío clérigo le permitieron estudiar leyes en Salamanca y
cruzar el océano con la vara de mando en la mano. Para él, la justicia no era
solo una profesión; era la forma de limpiar el nombre de la mujer que lo crió
entre suspiros y promesas rotas.
Un eco del
pasado en la Audiencia
Una tarde de calor
sofocante, mientras Rodrigo revisaba los libros de cuentas y los registros de
población en el cabildo, se quedó prendado de una conversación entre dos
escribanos veteranos que descansaban a la sombra de los soportales.
—Os digo que el viejo Juan
de Amberes tiene más plata que un Potosí —decía uno, mientras abanicaba
unos legajos—. Pero vive como un ermitaño en su hacienda de los valles. Dicen
que nunca se casó, y eso que pretendientas no le faltaron en esta tierra.
—Cosas de hombres de
armas —respondió el otro—. Se rumorea que llegó aquí huyendo de algo gordo en
la Península. Unos dicen que mató a un duque, otros que le robó al mismísimo
Rey... pero el viejo Pedro, que vino con él en la misma flota, jura que huyó de
un altar. Dice que dejó a una mujer de buena cuna con la barriga llena en un
pueblo de Castilla y que los alguaciles casi le echan el guante en la taberna.
El rastro de
la sangre
A Rodrigo se le heló
la sangre. "Un pueblo de Castilla", "huyó de un
altar", "taberna". Los detalles encajaban como las
piezas de un potro de tortura. Su madre siempre le había hablado de un tal
Diego, un sargento de los Tercios que "se fue a la guerra y nunca
volvió", pero el tono de amargura de Beatriz siempre le sugirió que la
guerra no fue el campo de batalla, sino la traición.
El joven Corregidor,
manteniendo la compostura, se acercó a los funcionarios.
—¿Decís que ese tal
Juan de Amberes vive aún? —preguntó con voz gélida.
—Sí, Excelencia. Es
dueño de las tierras de la ribera alta. Un hombre huraño, pero respetado por su
espada. Aunque ya está viejo, dicen que aún maneja el acero como un demonio.
El plan de la
Justicia
Rodrigo regresó a su
despacho. Tenía ante sí el poder legal para investigar a cualquier ciudadano.
Si Juan de Amberes era en realidad Diego de Orellana, el delito de
"incumplimiento de palabra de casamiento" y "fuga de la
justicia" seguía vigente ante las leyes de Indias, pues tales pecados de
honor no prescribían fácilmente si había una víctima de por medio.
Sintió el peso de la
medalla de Corregidor en su pecho. Tenía dos caminos:
Olvidar lo oído, dejar
que aquel viejo muriera en paz y seguir con su vida de éxito en el Nuevo Mundo.
Organizar una
inspección a la hacienda, confrontar al hombre y, si confirmaba su identidad,
aplicarle la ley que su padre burló hace dos décadas: la cárcel o la
reparación total del honor de su madre.
Rodrigo tomó la pluma
y redactó una orden de comparecencia. No puso el nombre de Juan de Amberes.
Escribió, con pulso firme y tinta negra: "Cítese al ciudadano conocido
como Juan de Amberes para responder por deudas de honor contraídas en la Villa
de Escalona, Castilla, en el año del Señor de 1606".
El aire en el despacho
de la hacienda se volvió denso, cargado con el olor del tabaco viejo y el cuero
de las botas. Diego de Orellana, o el hombre que el mundo conocía como Juan de Amberes,
se puso en pie lentamente. La arrogancia que una vez lució en las tabernas de
Madrid se había convertido en una gravedad pétrea, grabada por los años de sol
peruano.
Al levantar la vista
hacia el joven Corregidor, Diego sintió un vuelco en el pecho que ninguna carga
de caballería en Flandes le había provocado jamás. No fue la vara de mando lo
que lo intimidó, ni los soldados que esperaban fuera. Fue la mirada.
El espejo del
pasado
—¿Me reconoce, verdad?
—preguntó Rodrigo. Su voz no temblaba; era un filo de acero frío—. No mire mi
cargo, mire mis ojos. Son los ojos de la mujer que usted dejó en un banco de
piedra en Escalona, jurándole por Dios que volvería para ponerle el anillo.
Diego retrocedió un
paso, apoyando la mano en su mesa de caoba. El parecido era insoportable. Era
como si Beatriz de Alarcón se hubiera vestido con el jubón negro de un juez
para venir a reclamar su deuda veinte años después.
—Beatriz... —susurró
el viejo soldado, y por primera vez en décadas, su voz sonó quebrada—. Ella... ella
era una santa.
—Ella fue una mujer
valiente que crió a un hijo de un "héroe" que resultó ser un desertor
del honor —escupió Rodrigo, dando un paso hacia la luz—. Me llamo Rodrigo de
Alarcón. He cruzado el océano para servir al Rey, pero parece que la Providencia
me ha traído aquí para servir a mi madre.
La sentencia
tardía
Diego, viendo que la
huida ya no era una opción, dejó caer los hombros. La fuerza que lo había
mantenido en pie en el Nuevo Mundo parecía evaporarse ante aquel joven que era
su viva imagen.
—¿Qué vais a hacer,
muchacho? —preguntó Diego con una sombra de amargura—. ¿Llevarme encadenado a
la cárcel de Lima? ¿Prender a un hombre que ha levantado este valle con su
sudor por un pecado de juventud?
Rodrigo puso la orden
de comparecencia sobre la mesa, justo encima de un mapa de las tierras de
Diego.
—En los tiempos de
Felipe II, de quien usted huyó, el castigo era la cárcel o la reparación —dijo
Rodrigo con calma magistral—. Usted no puede casarse con mi madre, pues ella
murió hace tres años en Toledo, esperando aún que el cartero trajera una
palabra suya que nunca llegó.
Un silencio sepulcral
cayó sobre la habitación. Diego cerró los ojos, y una lágrima solitaria se
perdió entre sus arrugas.
—Entonces, ¿qué
justicia queda para un muerto? —preguntó el viejo.
La condena del
Corregidor
Rodrigo se inclinó
hacia adelante, fijando sus ojos en los de su padre.
—La justicia de la
sangre. No os llevaré a la cárcel porque no quiero que mi apellido se manche en
los registros de la Audiencia. Pero a partir de hoy, Juan de Amberes ha muerto.
Reconoceréis legalmente vuestra verdadera identidad y vuestra paternidad ante
notario. Donaréis la mitad de esta hacienda para dotar un hospital de huérfanos
en Toledo que llevará el nombre de Beatriz de Alarcón.
Rodrigo hizo una pausa
y añadió con una autoridad que no admitía réplica:
—Y el resto de
vuestros días, viviréis bajo mi vigilancia. Seréis el padre que nunca fuisteis,
pero con la cadena de saber que vuestro hijo es vuestro juez. Si intentáis huir
una vez más, no enviaré alguaciles; iré yo mismo a daros caza.
Diego de Orellana miró
a aquel joven, tan implacable como él mismo fue una vez, y comprendió que el
castigo del Corregidor era peor que cualquier celda: era la obligación de
enfrentarse, cada día, al reflejo de su propia traición.
—Sea pues —dijo Diego,
sentándose de nuevo—. Empecemos con ese acta, señor Corregidor. O... hijo mío.
Rodrigo no respondió
al apelativo. Simplemente le tendió la pluma. La justicia, aunque lenta, había
llegado a las Indias.
