La Pregunta que rompió El Silencio
La titular del Ministerio para la Transición
Ecológica y el Reto Demográfico —a la sazón responsable de las políticas
medioambientales en España— se fotografiaba ufana en la sala de prensa. Estaba
rodeada de afines al partido, estratégicamente situados para aplaudir su visita
a la ciudad que, días atrás, había sido devastada por una DANA cuyas aguas
alcanzaron los diez metros de altura en algunas zonas.
Los periodistas habían sido seleccionados
minuciosamente y las preguntas debían ser las pactadas. Nada hacía presagiar lo
que ocurriría cuando Emilio, un periodista curtido y próximo a la jubilación,
lanzó una sentencia en lugar de una pregunta. Emilio ya no tenía nada que
perder; quizás había callado durante demasiado tiempo y aquel era el momento de
romper el silencio. Sus palabras no solo descolocaron a la ministra y a sus
asesores, sino que silenciaron de golpe las palmas de quienes habían acudido
para elevarla a los altares.
—Señora ministra —dijo—, nunca entendí por qué la
denominación de "Medio Ambiente" cuando, aquel 13 mayo de 2008, se
creó mediante decreto el Ministerio. Sin embargo, no tardé en darme cuenta de
que la titularidad le viene como anillo al dedo: es obvio que las políticas de
este ministerio se han dedicado a cargarse al otro medio.
La sala enmudeció. Emilio prosiguió:
—Permítame que, aunque la frase sea ingeniosa, no
me ría por las consecuencias que estas políticas han tenido.
—Se lo están cargando cuando prohíben al ganado
pastar en zonas estratégicas y criminalizan al ganadero, olvidando que una
oveja hace más por prevenir incendios que diez decretos firmados desde un
despacho. Han convertido nuestros montes en polvorines de biomasa bajo la
excusa de una protección que solo existe sobre el papel.
Emilio hizo una pausa breve y señaló hacia el
exterior, donde el barro aún cubría las aceras.
—Y se lo cargan también cuando impiden la
limpieza de los cauces y el desbroce de los ríos, priorizando la estética de un
ecosistema «intocado» sobre la seguridad de las personas. El resultado de esa
ideología de despacho es el que hemos visto estos días: ríos que no pueden
evacuar el agua porque están taponados por la maleza que ustedes prohibieron
retirar, convirtiéndose en arietes que arrasan pueblos enteros.
Emilio hizo un breve silencio, metió las manos en los
bolsillos de su gastada chaqueta y remató:
—Y ya que hablamos de coherencia, ¿me explica cómo es
posible que mi Citroën Dyane 6 no pueda circular por el centro de esta
ciudad porque dicen que contamina, mientras cientos de aviones aterrizan a
diario en nuestro aeropuerto quemando queroseno sin restricciones? ¿Acaso mi
vehículo, que ha durado cuarenta años y sigue funcionando, es un peligro
contaminante, o es que la ecología solo es un castigo para el que no puede
permitirse un coche eléctrico?
Miró a la ministra a los ojos, sin esperar respuesta.
—Quédese con la reflexión que le produzca este
comentario y, de una vez por todas, apliquen políticas no desde el asfalto de
Madrid, sino al albor de aquellos que conocen de verdad la naturaleza, el campo
y la realidad de nuestros acuíferos.
Emilio guardó silencio y, con una parsimonia que
solo otorgan los años y la conciencia tranquila, cerró su vieja libreta de
notas. No esperó respuesta; sabía que no la habría, al menos no una que fuera
capaz de sostenerle la mirada.
Entonces, ocurrió lo que nadie en el equipo de
comunicación de la Ministra había previsto.
Un primer aplauso, solitario y seco, rompió el
sepulcral silencio del fondo de la sala. Luego otro. Y otro más. De pronto,
aquellos «palmeros» que habían sido traídos para elevar a la titular a los
altares, empezaron a aplaudir a Emilio. Las palmas ya no sonaban huecas ni
mecánicas; no eran el tributo obligado al cargo, sino un estallido que parecía
nacer directamente del corazón.
Algo en la voz de aquel hombre, cargada de la
verdad del que ya no tiene nada que perder, les había hecho abrir los ojos. En
ese instante, poco importaba que les hubieran pagado el autobús para estar allí
o que les esperara un catering gratuito al finalizar el acto. Las palabras de
Emilio sobre los ríos ciegos, el ganado ausente y la injusticia de su viejo
Citroën habían perforado la burbuja de la propaganda.
Habían comprendido, por fin, de qué lado debían
estar.
La ministra, inmóvil tras el atril, observó cómo
el aplauso crecía sin que nadie pareciera ya dirigirlo. Durante unos segundos,
dudó si intentar recuperar la palabra o dejar que aquel ruido incómodo se
consumiera por sí solo. No hizo ni una cosa ni la otra.
En algún punto del fondo, alguien dejó de
aplaudir. Luego otro. Y otro más. Como si todos, de pronto, recordaran dónde
estaban y por qué habían ido.
Emilio no se giró. Caminó hacia la salida con la
misma calma con la que había hablado, sintiendo a su espalda cómo el murmullo
sustituía poco a poco a las palmas. No sabía si aquello cambiaría algo. Tampoco
le correspondía ya averiguarlo.
Al cruzar la puerta, la luz gris del exterior le
devolvió el olor a barro y a humedad que aún flotaba en el aire. Se detuvo un
instante, respiró hondo y, sin mirar atrás, siguió andando.
Dentro, la sala trataba de recomponerse. Afuera, el agua ya se había ido. Lo demás —pensó alguien, quizá demasiado tarde— aún estaba por ver.

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