El Batiburrillo del Poder (La otra cara de la Segunda República)
EL BATIBURRILLO DEL PODER
(La otra cara de la Segunda República)
Antonio
Fernández Álvarez
Este relato es un pequeño
homenaje a los que,
como el abuelo y el padre de
este relato,
solo creían en el trabajo y
la decencia,
y acabaron pagando con su
vida el odio de los demás.
Para mis seguidores, con
todo mi aprecio,
Antonio Fernández
Álvarez
(Escribidor
de Sueños)
Abril 2026
©
Antonio Fernández Álvarez
Primera edición digital
Publicado a través de la revista cultural
Cabra, culta y poética
Año 2026
Prólogo
La historia oficial suele escribirse con la tinta del
poder, registrando los grandes movimientos de tropas, las fechas de las
batallas y los nombres de aquellos que, desde despachos en Madrid o exilios en
París, decidieron el destino de millones. Sin embargo, existe otra historia: una
narración visceral que no habita en los archivos académicos, sino en la memoria
de quienes quedaron atrapados entre dos fuegos.
El Batiburrillo del Poder no es un tratado de historiografía,
sino un testimonio crudo sobre el colapso de la convivencia. El relato nos
sumerge en la otra cara de la Segunda República y el inicio de la Guerra Civil,
despojando a la política de sus banderas ideológicas para mostrar la realidad
desnuda: una próspera fábrica de harinas que daba de comer a docenas de
familias y que terminó convertida en cenizas por la incapacidad de quienes
debían protegerla.
En estas páginas, el lector encontrará un recordatorio
de que, antes de los primeros disparos, hubo una ruptura del alma. El relato
nos transporta a aquel fatídico 19 de julio, cuando España tuvo tres
presidentes en menos de lo que tarda en ponerse el sol, mientras el orden
desaparecía por el sumidero de la violencia y el sectarismo. Es la crónica de
una "República de ideas" que se quedó hueca, permitiendo que la razón
se evaporara y que "la bestia" fuera liberada.
El valor de esta obra reside en su negativa a buscar
buenos o malos de manual. Con una honestidad brutal, se denuncia la balanza de
la infamia:
- La
inacción de unos: Políticos que, entre despachos y exilios
dorados, permitieron que el Estado se desintegrara.
- La
ambición de otros: Líderes que se quedaron sobre las ruinas de un
país entregado a punta de bayoneta.
Este es el homenaje a los hombres decentes que, como
el abuelo y el padre del protagonista, se negaron a elegir entre dos tipos de
barbarie y terminaron pagando el precio más alto en cunetas distintas. El
Batiburrillo del Poder es, en última instancia, una advertencia: la
historia es un animal que devora a quienes trabajan para alimentar a los que
mandan, especialmente cuando se olvida que la harina es siempre más importante
que las banderas.
El profeta del aguardiente
El viejo apuró el vaso de un trago, dejando que el
anís le quemara la garganta antes de soltar la primera verdad de la tarde. En
el bar todos le daban de lado; decían que estaba acabado, que era un borracho
que solo sabía repetir historias de un tiempo que a nadie le importaba ya. Pero
cuando el alcohol le encendía los ojos, sus palabras tenían el filo de una
navaja barbera.
—Ustedes no entienden nada —masculló, señalando con el
dedo tembloroso a los parroquianos que discutían de política frente a la
televisión—. Mi abuelo y mi padre tenían aquella fábrica de harinas, ¿la
recuerdan? Una empresa próspera, de las que hacían país. Allí no se entendía de
revoluciones de puño en alto ni de dictaduras de sable y espuela. Allí se
entendía de madrugar, de sacar el grano y de las docenas de familias que comían
gracias a que las máquinas no paraban.
El viejo golpeó la madera de la barra con el nudillo.
—Pero un maldito día, España decidió que el trabajo no
era suficiente. Un maldito día, este país tuvo tres presidentes en menos de lo
que tarda en ponerse el sol. Y no fue un golpe de estado lo que nos mató aquel
19 de julio; fue el fin de una República de ideas que se había quedado hueca
por dentro. Se nos rompió el alma antes que el mapa.
Los parroquianos callaron. El viejo no hablaba como un
historiador, hablaba como quien ha visto un incendio desde dentro.
—Todo empezó a despeñarse mucho antes de los
tiros. La lógica se fue por el sumidero cuando vimos que la política ya no se
hacía en los escaños, sino con pistolas.
¿Saben lo que le pasó a Niceto? Al propio Presidente de la
República. En la primavera del 36, en plena estación de Écija, una turba de los
suyos, de esos que decían defender la democracia, recibió su tren a tiros. El
Jefe del Estado tuvo que tirarse al suelo del vagón para que no le volaran la
cabeza los mismos que gritaban su nombre meses atrás. ¡Tirotearon al
Presidente! Si el sistema no podía proteger ni el tren de su máximo
representante, ¿cómo iba a proteger la fábrica de mi padre?
Por eso, cuando llegó aquel error fatal, el asesinato de
Calvo Sotelo, ya nadie se extrañó. Si habían tiroteado a Niceto en una estación y
nadie había ido a la cárcel, sacar a un líder de la oposición de su cama para
pegarle un tiro en la nuca era solo el siguiente paso lógico en esta danza de
locos... Y aquella
madrugada, cuando los uniformados del propio Estado sacaron de su casa al líder
de la oposición para pegarle un tiro en la nuca, la lógica se fue por el
sumidero. No busquen buenos ni malos en los libros que les venden hoy; miren a
los que mandaban, que cada uno veía una España distinta mientras el muerto aún
estaba caliente.
Niceto, el pobre Niceto, se echó las manos a la cabeza en su
rincón, sabiendo que el derecho se había convertido en papel mojado.
Azaña sintió un asco físico, el horror de un esteta que ve
cómo su jardín de ideas es pisoteado por botas embarradas.
Largo Caballero, ese hombre de hierro, no vio un crimen, vio una
oportunidad: el choque total que tanto había predicado.
Y Negrín… Negrín simplemente sacó la regla de
cálculo y comprendió que el error político era tan grande que la paz acababa de
volverse un imposible.
El viejo pidió otro anís. El bar seguía en silencio.
—Tres presidentes en un día —repitió con una risa
amarga—. Giral, Martínez Barrio,
Casares… hombres corriendo por los pasillos con un teléfono en la mano que
nadie quería contestar. La ruptura ya era inevitable porque el
"batiburrillo" del poder les había quitado la razón. Al final, los
que perdimos fuimos nosotros. Los que solo queríamos que la fábrica de harinas
siguiera moliendo y que la gente tuviera un jornal. Nos quedamos huérfanos de
sentido común, y de eso, señores, no se vuelve con una bandera.
El viejo apretó el vaso hasta que los nudillos se
le pusieron blancos. El bar parecía haber encogido; ya nadie miraba la
televisión ni atendía al camarero. Solo existía su voz, ronca y cargada de una
bilis que llevaba décadas fermentando.
—Lo que no perdonan los hooligans de hoy, los que
gritan desde el sofá —continuó el viejo, bajando el tono como si fuera a contar
un secreto de confesión—, es que en aquel batiburrillo de tres presidentes en un día, lo que se soltó no fue
la libertad, fue la bestia. Mi familia no era de trincheras, era de nóminas y
de madrugones. Pero en este país, cuando la razón se evapora, no ser de nadie
te convierte en enemigo de todos.
Se le quebró la voz, pero la apuntaló con un trago
largo.
—A mi abuelo se lo llevaron primero. No fue un
tribunal, ni un juez, ni hubo una ley detrás. Fue una patrulla de milicianos,
de esos que Largo Caballero llamaba 'el pueblo en armas'. Le sacaron de la
fábrica de harinas con la excusa de que era un 'explotador', un burgués. Él,
que conocía el nombre de cada hijo de sus obreros. Le pegaron cuatro tiros en
una tapia, por 'rojo' decían unos, por 'derechista' otros... qué más da. Lo
mataron los rojos simplemente
porque tenía algo que ellos querían: autoridad y una empresa que funcionaba.
El viejo hizo una pausa, y por un momento, en el
bar solo se oyó el zumbido de la cámara frigorífica.
—¿Y mi padre? Mi padre pensó que cuando llegaran los otros, los del
orden, los que decían venir a salvar la civilización, se acabaría la pesadilla.
Qué ingenuo. A mi padre lo fusiló el otro
bando. Lo sacaron de casa porque alguien dio un soplo: que si había
ayudado a un vecino de izquierdas, que si no se había sumado con entusiasmo al
golpe desde el primer minuto. Lo mataron por 'tibio'. Lo mataron por ser un
hombre decente que no quería elegir entre dos tipos de barbarie.
Dio un golpe seco con el vaso en la madera.
—Ahí tienen su República de ideas y su Alzamiento
nacional. Mi abuelo muerto por unos y mi padre por los otros. Los dos pilares
de la empresa que daba de comer a medio pueblo, enterrados en cunetas
distintas, pero con la misma tierra encima. Mientras en Madrid los tres
presidentes se pasaban el teléfono como si quemara, en mi pueblo se pasaban los
fusiles como si fueran caramelos.
El viejo no se movió del taburete. Se quedó mirando el
fondo del vaso vacío, como si allí pudiera ver las caras de los que daban las
órdenes mientras su mundo se deshacía. Los parroquianos, que hasta hace un
momento querían que se callara, ahora se inclinaban hacia él. Querían saber.
Porque la historia siempre recuerda a los que sostienen la pluma, nunca a los
que cargan con el saco de harina.
—¿Quieren saber qué fue de ellos? —Preguntó el viejo
con una sonrisa amarga que le surcó la cara como una cicatriz—. Claro que
quieren saberlo. Sus nombres están en las calles, en las estatuas y en esos libros
que ustedes leen. Mi abuelo y mi padre son solo polvo en una fosa sin nombre,
pero esos... esos tuvieron destinos de papel timbrado.
Volvió a sentarse, pesadamente, como si la historia de
aquellos hombres le aplastara los hombros.
Los Cuatro Jefes de Estado: El
Destierro y el Silencio
Fíjense en Niceto.
El hombre de Priego, al que le tirotearon el tren y le robaron los diarios.
Cuando estalló la guerra, ya estaba fuera, pero murió en el exilio, en Buenos
Aires, en 1949. Murió solo y rumiando su amargura, viendo cómo los que le
echaron de la presidencia perdían la guerra. Él, que quería una España de
leyes, acabó sin país y sin leyes que lo protegieran.
Luego está Azaña.
El pobre Azaña. Terminó sus días en una habitación de hotel en Francia, en
1940, viendo cómo los alemanes invadían el país que lo acogía. Cuentan que
murió con el corazón roto, pidiendo 'paz, piedad y perdón'. Unas palabras muy
bonitas, sí, pero que no sirvieron para salvar a mi padre cuando los suyos
vinieron a buscarlo.
¿Y Largo
Caballero? El que quería la revolución total. Acabó en un campo de
concentración nazi, en Sachsenhausen. Sobrevivió, sí, pero murió en París poco
después de que terminara la guerra mundial. El 'Lenin español' terminó sus días
lejos de las masas que jaleaban sus mítines, en un apartamento frío de la
capital francesa.
Y Negrín,
el último. Murió en París en 1956. Nunca volvió. Se llevó a la tumba los
secretos del oro de Moscú y las culpas de una resistencia que solo sirvió para
alargar la agonía. Murió como un burgués acomodado, mientras en este pueblo
todavía se mascaba el hambre y el miedo.
Los Tres de un Solo Día: El Olvido
de los Pasillos
Pero lo más sangriento es lo de los
tres que jugaron a la silla eléctrica aquel 19 de julio.
Casares Quiroga, el que decía que se iba a dormir mientras los
militares se levantaban, murió en París. Nunca tuvo que dar explicaciones de
por qué dejó al país sin mando en la hora más oscura.
Martínez Barrio, el de los tres cuartos de hora, el que intentó
pactar por teléfono, acabó siendo presidente de la República en el exilio en
México. Vivió en palacios lejanos mientras aquí seguíamos desenterrando
muertos.
Y Giral,
el farmacéutico que firmó el reparto de armas, el que dio permiso para que el
'batiburrillo' se convirtiera en matanza... también murió en México, dando
clases de química, muy tranquilo.
Ninguno de ellos —dijo el viejo golpeando la barra con
la mano abierta— pasó el hambre que pasaron los trabajadores de la fábrica de
mi abuelo cuando las máquinas se pararon. Ninguno fue señalado en la plaza del
pueblo ni tuvo que bajar la cabeza al cruzarse con el asesino de su hermano.
Sus vidas no acabaron el mismo día que la de mi familia. Ellos tuvieron exilios
con bibliotecas y conferencias; mi abuelo y mi padre tuvieron un tiro en la
nuca y el olvido más absoluto".
El viejo miró a los jóvenes, que esta vez no se
atrevieron a decir ni palabra.
—A ellos los conocen todos. Salen en los exámenes.
Pero a mi abuelo y mi padre, que daba cincuenta jornales y creía que la harina
era más importante que las banderas, no lo conoce nadie. Ese es el verdadero
'batiburrillo': que la historia la escriben los que sobreviven para explicar
por qué dejaron que nos matáramos entre nosotros.
Se bebió el último poso del vaso, que esta vez sabía a
pura ceniza, y se ajustó la boina con la dignidad de quien sabe que la verdad
no necesita monumentos.
El viejo se quedó un momento en silencio, dejando que
el humo del tabaco ajeno flotara sobre la barra. Sus ojos, nublados por los
años y el anís, parecieron buscar otras sombras, las que vestían camisas azules
o llevaban estrellas de general en la bocamanga.
—Me preguntan por los de la acera de enfrente —dijo
con un hilo de voz que cortaba el aire—. Porque el "batiburrillo" no
se alimentó solo de la dejadez de unos, sino de la ambición de hierro de los
otros. Si los presidentes de la República murieron en camas de hotel en París o
México, los que ganaron se quedaron aquí, sentados sobre las cenizas de nuestra
fábrica, repartiéndose los restos de un país que se les había entregado a punta
de bayoneta.
Dio un trago corto y suspiró.
—Fíjense en Sanjurjo
y Mola. Los que de verdad
encendieron la mecha. Aquellos dos no llegaron ni a ver el final de la primera
semana de su "gloria". Uno se estrelló en un avión cargado de
uniformes de gala y el otro desapareció en otro accidente entre la niebla. El
destino tiene un sentido del humor muy negro: los que más prisa tenían por
mandar fueron los primeros en alimentar la tierra.
Pero luego... luego quedó él.
El Dueño del Silencio
—Franco
no estaba en aquel baile de tres presidentes en un día; él estaba en África,
esperando a que los demás se despedazaran. Mientras el Gobierno en Madrid
cambiaba de manos cada cinco horas por puro pánico, él fue acumulando poder con
la frialdad de un ajedrecista. No se fue al exilio, no. Se quedó cuarenta años
en El Pardo, en el mismo palacio donde Azaña escribió sus lamentos.
Vivió hasta viejo, murió en una cama de hospital rodeado de médicos, con el pecho cubierto de medallas que no explicaban por qué mi padre, que solo quería trabajar, terminó en una zanja por no aplaudir lo suficiente. Ese hombre no conoció el hambre, ni el destierro, ni la duda. Su "batiburrillo" fue el de la paz de los cementerios.
Los Camisas Azules y los del Sable
—¿Y qué fue de los que venían a "salvar
España"? Los líderes de la Falange, los que incendiaban las calles junto a
las milicias de Largo Caballero para que el sistema saltara por los aires...
Muchos terminaron en sillones de ministros, gordos de poder y de soberbia. Serrano Suñer, el
"Cuñadísimo", el que decidía quién vivía y quién moría en la
posguerra, llegó a los cien años. Cien años de vida tranquila después de haber
visto cómo el país se desangraba.
¿Ustedes creen que alguno de ellos, cuando se sentaba
a cenar en sus casas de Madrid o de Sevilla, se acordaba de la fábrica de
harinas de mi familia? ¿Creen que les quitaba el sueño saber que mi abuelo fue
fusilado por unos y mi padre por los otros? No. Ellos estaban ocupados
escribiendo su propia historia, esa donde ellos eran los salvadores y los demás
éramos solo el barro del camino.
La Balanza de la Infamia
El viejo se inclinó sobre la barra, clavando la mirada
en los parroquianos.
—Esa es la gran estafa. A un lado, los presidentes que
jugaron a la política mientras el Estado se les deshacía en las manos y
terminaron escribiendo memorias tristes en el extranjero. Al otro, los
generales que jugaron a los soldaditos con nuestras vidas y terminaron
presidiendo consejos de administración y desfiles de la victoria.
Ninguno de los dos bandos perdió de verdad. Perdieron
los que, como mi abuelo y mi padre, creían que el país se construía con sacos
de harina y no con consignas. Los del "batiburrillo" de la República
y los del "orden" de la Dictadura cenaron caliente casi todas las
noches de su vida.
El viejo
se levantó del taburete con un movimiento definitivo. —La historia no es de
derechas ni de izquierdas, hijos. La historia es un animal que se come a los
que trabajan para alimentar a los que mandan. Y ahora, déjenme en paz, que
todavía me parece oler el trigo limpio de antes de que todos ellos decidieran
que era mejor idea sembrar pólvora.
Se
dirigió a la salida, pero un joven con una camiseta con el dibujo de una
bandera republicana en el pecho le espetó: —Viejo, los fachas dieron un golpe de estado. Lo que cuenta no es más que
su amargura. Ande, deje de beber y no cuente batallitas... quizás añora estar
sentado en el sillón del despacho de su fábrica de harinas, ¡ja, ja, ja!
El viejo se detuvo en seco. La mano, que ya
buscaba el pomo de la puerta, se quedó suspendida en el aire.
Lentamente, el viejo se dio la vuelta. No había
furia en su rostro, solo una fatiga infinita, la de quien ha visto la misma
película mil veces y sabe cómo termina. Caminó de vuelta hacia el joven,
arrastrando los pies, hasta que quedó a un palmo de la camiseta tricolor.
—Mira, muchacho —dijo con una voz que ya no era
un murmullo de borracho, sino un susurro de ultratumba—. Tienes razón en una
cosa: los fachas, como tú dices, dieron un golpe. Y fue un hachazo que nos
partió en dos. Pero lo que tu camiseta no te cuenta, y lo que tus libros
subrayados pasan por alto, es que para dar un golpe en un edificio fuerte se
necesitan herramientas, pero para derribar un edificio podrido solo hace falta
un empujón.
El viejo señaló con el dedo el dibujo de la
bandera en el pecho del chico.
—Hablas de "batallitas" porque para ti
la historia es un equipo de fútbol. Pero ese despacho que mencionas con
sorna... en ese despacho se sentaba un hombre que el 18 de julio llamó al
Gobernador Civil pidiendo protección porque sus propios obreros, azuzados por
tipos que hablaban como tú, le habían puesto una lista negra en la puerta.
¿Sabes qué le respondió el Gobernador? Que no tenía policías, que estaban todos
ocupados escoltando a los que iban a quemar la iglesia de la esquina.
El bar se quedó en un silencio de tumba. El joven
ya no se reía; el gesto se le había quedado congelado en una mueca extraña.
—Añoro ese sillón, sí —continuó el viejo—, porque
desde ese sillón se pagaban las medicinas de los hijos de los que luego
ayudaron a fusilar a mi abuelo. Añoro ese sillón porque representaba un mundo
donde un hombre podía ser dueño de su esfuerzo sin que un
"batiburrillo" de políticos incapaces en Madrid jugara a la ruleta
rusa con su cuello.
El viejo se acercó más, invadiendo el espacio del
chico, que retrocedió un paso.
—Dices que es mi amargura. ¡Claro que es mi
amargura! Es la amargura de saber que mientras Casares Quiroga decía que se iba a dormir, a mi abuelo lo estaban
sacando en pijama de su casa. Es la amargura de saber que mientras Giral repartía fusiles como quien
reparte folletos, mi padre intentaba esconder a un vecino en el pajar para que
no lo mataran los "tuyos".
Ustedes creen que la República era esa bandera
impecable de tu pecho. Pero la República real, la que vivió mi abuelo y mi
padre, eran tres presidentes huyendo por los pasillos de un palacio mientras el
país se convertía en un matadero. El golpe de estado fue la bala, muchacho,
pero el arma la cargaron entre todos durante años de odio, de robos de diarios,
de tiroteos a presidentes en estaciones de tren y de un desprecio absoluto por
los que, como mi familia, solo querían que España fuera un país de harinas y no
de fosas.
El viejo le puso una mano pesada en el hombro al
joven, que se estremeció.
—No te rías de mi amargura, hijo. Porque esa
bandera que llevas con tanto orgullo terminó siendo la mortaja de una
democracia que se suicidó antes de que la mataran. Y lo más triste no es que yo
sea un viejo borracho contando batallitas... lo más triste es que tú, con toda
tu juventud, ya estás sembrando la misma pólvora que nos voló la fábrica a
nosotros.
Le soltó el hombro con un desprecio seco, dio
media vuelta y, esta vez sí, salió por la puerta. El aire frío de la calle le
golpeó la cara, pero por un segundo, entre el olor a gasolina de los coches, le
pareció percibir, nítido y doloroso, el aroma del trigo limpio moliéndose en
una tarde de julio que nunca debió terminar así.
Epílogo
La Semilla de la Discordia
El aire en el bar quedó viciado, no por el humo, sino
por el peso de una verdad que nadie quería cargar. La salida del viejo no trajo
el alivio esperado; al contrario, dejó al descubierto la fractura de un país que
sigue discutiendo sobre cenizas.
El joven de la camiseta tricolor, recuperando el
aliento y la soberbia, rompió el silencio con un desprecio renovado. "Da
igual lo que diga," masculló para los presentes, "mientras no
desaparezca esa generación de viejos resentidos, con sus batallitas y su miedo,
no habrá una verdadera República en este país".
Para él, la historia era un estorbo, una piel vieja
que España debía arrancarse para poder, por fin, ganar la partida que quedó
pendiente.
Sin embargo, en la esquina de la barra, otro joven que
había escuchado cada palabra sin pestañear, se levantó con un ímpetu violento.
Su reacción no fue contra el viejo, sino contra la ceguera de su propio amigo.
—¿Pero tú te estás oyendo? —le espetó, señalando la puerta por donde el
anciano se había perdido en el frío —. Estás repitiendo, palabra por palabra,
el odio que cargó los fusiles. Él nos está hablando de una fábrica que daba de
comer y de dos hombres fusilados por no querer ser bárbaros, y tú solo buscas
culpables para alimentar tu discurso. Como sigamos por este camino, vamos a
repetir la historia paso por paso.
El bar volvió a encogerse. En ese enfrentamiento de
miradas se reflejó el verdadero "batiburrillo”: el riesgo de que la
pólvora vuelva a parecer mejor idea que el trigo limpio. La advertencia del
viejo quedó flotando como una sentencia: si la nueva juventud solo busca
banderas y no sentido común, el edificio, aunque parezca nuevo, seguirá estando
podrido por dentro.
FIN
