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Crónica de un Cabo: Valencia, febrero de 1981

 


Capitanía General, Valencia. Aquel 23 de febrero, poco después de las cuatro de la tarde, la calma en la oficina de la Primera Sección del Estado Mayor era engañosa. El capitán Díaz y el capitán Chamorro se retiraron dejando el despacho bajo mi custodia. En ese momento, yo era el único cabo presente; un joven de reemplazo al mando de un silencio que pronto se volvería histórico.

La tarde se presentaba monótona. El único horizonte era despachar expedientes y esperar la orden de salida. Sin embargo, tras las puertas cerradas del despacho del teniente coronel Guerri Vaquer, el aire era distinto. Allí, junto al coronel Ibáñez, se gestaba lo que estaba a punto de estallar.

A pocos kilómetros, en Bétera, el Regimiento de Caballería Ligera Acorazada "Lusitania" n.º 8 ya se había puesto en marcha. Los motores de los carros de combate M-47 rugían con otra intención. Blindados comenzaban a desplegarse hacia los puntos neurálgicos de Valencia.

El coronel Ibáñez llevaba consigo el peso del golpe en un fajo de folios: el Bando. Un documento de órdenes y prohibiciones destinado a asumir el control total. Se lo entregó al capitán Chamorro con una instrucción clara: en cuanto Madrid cayera, debía enviarse a radio y televisión.

Dentro del despacho, los oficiales seguían la investidura de Calvo Sotelo en un teleraset. A las 18:23, la imagen se congeló: Tejero irrumpía en el Congreso.

Poco después, el capitán Chamorro regresó.

No había duda en su rostro.

—Siéntate a la máquina y pasa esto a limpio.

Introduje dos folios con papel carbón. Mientras el golpeteo llenaba la sala, él llamó a su mujer. No era una conversación angustiada; sonaba casi rutinaria. Como si todo estuviera previsto.

—Como cabo, te haces responsable. Que nadie abandone la oficina. Si no he vuelto, organiza los turnos para cenar.

Los teléfonos empezaron a sonar sin descanso. Padres angustiados preguntando qué estaba pasando. Más tarde, algunos compañeros trajeron pequeñas radios. Nos amontonamos en torno a ellas, escuchando marchas militares en bucle.

Cumpliendo órdenes, organicé turnos para que mis compañeros bajaran a cenar. Los capitanes no regresaron.

Cuando me tocó bajar, el ambiente en la Compañía de Destinos era eléctrico. Los mandos daban órdenes de armar a todo el personal, incluso a los cabos.

Me encontré con el capitán de la compañía. Mi uniforme de oficina fue mi única defensa. Logré evitar portar arma, pero al volver arriba el desasosiego era mayor.

Mientras yo custodiaba los folios del Bando, abajo armaban a mis compañeros.

De vuelta en la oficina, nos pegamos a los transistores. El sonido era hipnótico: marchas militares en todas las emisoras.

Sabía lo que ocurría fuera. Lo había visto: los tanques ya estaban en la calle.

Pensé en los soldados dentro de aquellos blindados. Como nosotros, jóvenes cumpliendo un servicio obligatorio, sin preparación para aquello. Éramos piezas de un tablero manejado por otros.

El tiempo dejó de medirse con relojes.

El giro llegó con el discurso del Rey. El golpe se detuvo.

Solo entonces regresaron los capitanes. Traían una orden escueta: volver a la Compañía de Destinos.

Pero nadie dormía. Entre murmullos y tensión, recuerdo a un soldado que estudiaba Derecho lamentando no estar en el Congreso. Otros se quejaban de las rondas nocturnas.

Yo apenas dormí. Antes de la diana ya estaba en pie.

España ya no era la misma.

La mañana amaneció fría. En Madrid, los golpistas resistían aún.

En la oficina, una calma extraña. Retomamos tareas rutinarias: permisos, solicitudes… incluso uno para Miguel Tendillo, que hacía la mili con nosotros.

Sobre las once, las noticias se aclararon: los guardias civiles se rendían.

Y luego, lo más cercano: Milans del Bosch había sido arrestado.

El mismo hombre que había sacado los tanques a Valencia salía ahora detenido.

Y nosotros seguíamos sellando papeles.

 

La tensión no desapareció. Se reforzó la vigilancia. Corría el rumor de que llamarían a filas a los licenciados.

Durante la noche, llegó otro Capitán General. Su presencia indicaba que todo seguía en el aire.

Nos mirábamos con armas al hombro, preguntándonos si aquello había terminado de verdad.

Al día siguiente, algo cambió.

Los capitanes aparecieron con uniforme de gala. Chamorro, siempre de paisano, ahora parecía otro hombre. La banda de Estado Mayor cruzaba su pecho.

Esperaban al nuevo Capitán General.

El ejército escenificaba el cambio de poder.

Y nosotros, los mismos de la víspera, asistíamos en silencio.

Mi herramienta era una Olivetti Linea 98. Robusta, implacable. En mis manos, volaba: más de 400 pulsaciones por minuto.

Con ella mecanografié el Bando.

Con ella también hice un trabajo escolar sobre los Burgundios para el hijo del capitán Chamorro.

La misma máquina sirvió para una tarea inocente y para un intento de cambiar un país.

Poco a poco, la normalidad regresó.

Las guardias volvieron a lo habitual. Las radios dejaron las marchas militares. Pudimos decir en casa que estábamos bien.

Ningún soldado de Capitanía salió a la calle contra su gente.

En la oficina, el sonido de la Olivetti ya no era el de la historia en marcha, sino el de la rutina.

La paz, por fin, se había instalado.

Hoy he vuelto a este recuerdo. Algunos dirán que son batallitas propias de la edad, que la memoria se entretiene en episodios lejanos. Quizá tengan razón.

Pero fueron días que pudieron marcarnos —y nos marcaron—, y que cambiaron el rumbo de una España que aún aprendía, paso a paso, a sostener su democracia.

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