Capitanía
General, Valencia. Aquel 23 de febrero, poco después de las cuatro de la tarde,
la calma en la oficina de la Primera Sección del Estado Mayor era engañosa. El
capitán Díaz y el capitán Chamorro se retiraron dejando el despacho bajo mi
custodia. En ese momento, yo era el único cabo presente; un joven de reemplazo
al mando de un silencio que pronto se volvería histórico.
La tarde se
presentaba monótona. El único horizonte era despachar expedientes y esperar la
orden de salida. Sin embargo, tras las puertas cerradas del despacho del
teniente coronel Guerri Vaquer, el aire era distinto. Allí, junto al coronel
Ibáñez, se gestaba lo que estaba a punto de estallar.
A pocos
kilómetros, en Bétera, el Regimiento de Caballería Ligera Acorazada
"Lusitania" n.º 8 ya se había puesto en marcha. Los motores de los
carros de combate M-47 rugían con otra intención. Blindados comenzaban a
desplegarse hacia los puntos neurálgicos de Valencia.
El coronel
Ibáñez llevaba consigo el peso del golpe en un fajo de folios: el Bando. Un
documento de órdenes y prohibiciones destinado a asumir el control total. Se lo
entregó al capitán Chamorro con una instrucción clara: en cuanto Madrid cayera,
debía enviarse a radio y televisión.
Dentro del
despacho, los oficiales seguían la investidura de Calvo Sotelo en un teleraset.
A las 18:23, la imagen se congeló: Tejero irrumpía en el Congreso.
Poco
después, el capitán Chamorro regresó.
No había
duda en su rostro.
—Siéntate a
la máquina y pasa esto a limpio.
Introduje
dos folios con papel carbón. Mientras el golpeteo llenaba la sala, él llamó a
su mujer. No era una conversación angustiada; sonaba casi rutinaria. Como si
todo estuviera previsto.
—Como cabo,
te haces responsable. Que nadie abandone la oficina. Si no he vuelto, organiza
los turnos para cenar.
Los
teléfonos empezaron a sonar sin descanso. Padres angustiados preguntando qué
estaba pasando. Más tarde, algunos compañeros trajeron pequeñas radios. Nos
amontonamos en torno a ellas, escuchando marchas militares en bucle.
Cumpliendo
órdenes, organicé turnos para que mis compañeros bajaran a cenar. Los capitanes
no regresaron.
Cuando me
tocó bajar, el ambiente en la Compañía de Destinos era eléctrico. Los mandos
daban órdenes de armar a todo el personal, incluso a los cabos.
Me encontré
con el capitán de la compañía. Mi uniforme de oficina fue mi única defensa.
Logré evitar portar arma, pero al volver arriba el desasosiego era mayor.
Mientras yo
custodiaba los folios del Bando, abajo armaban a mis compañeros.
De vuelta en
la oficina, nos pegamos a los transistores. El sonido era hipnótico: marchas
militares en todas las emisoras.
Sabía lo que
ocurría fuera. Lo había visto: los tanques ya estaban en la calle.
Pensé en los
soldados dentro de aquellos blindados. Como nosotros, jóvenes cumpliendo un
servicio obligatorio, sin preparación para aquello. Éramos piezas de un tablero
manejado por otros.
El tiempo
dejó de medirse con relojes.
El giro
llegó con el discurso del Rey. El golpe se detuvo.
Solo
entonces regresaron los capitanes. Traían una orden escueta: volver a la
Compañía de Destinos.
Pero nadie
dormía. Entre murmullos y tensión, recuerdo a un soldado que estudiaba Derecho
lamentando no estar en el Congreso. Otros se quejaban de las rondas nocturnas.
Yo apenas
dormí. Antes de la diana ya estaba en pie.
España ya no
era la misma.
La mañana
amaneció fría. En Madrid, los golpistas resistían aún.
En la
oficina, una calma extraña. Retomamos tareas rutinarias: permisos, solicitudes…
incluso uno para Miguel Tendillo, que hacía la mili con nosotros.
Sobre las
once, las noticias se aclararon: los guardias civiles se rendían.
Y luego, lo
más cercano: Milans del Bosch había sido arrestado.
El mismo
hombre que había sacado los tanques a Valencia salía ahora detenido.
Y nosotros
seguíamos sellando papeles.
La tensión
no desapareció. Se reforzó la vigilancia. Corría el rumor de que llamarían a
filas a los licenciados.
Durante la
noche, llegó otro Capitán General. Su presencia indicaba que todo seguía en el
aire.
Nos
mirábamos con armas al hombro, preguntándonos si aquello había terminado de
verdad.
Al día
siguiente, algo cambió.
Los
capitanes aparecieron con uniforme de gala. Chamorro, siempre de paisano, ahora
parecía otro hombre. La banda de Estado Mayor cruzaba su pecho.
Esperaban al
nuevo Capitán General.
El ejército
escenificaba el cambio de poder.
Y nosotros,
los mismos de la víspera, asistíamos en silencio.
Mi
herramienta era una Olivetti Linea 98. Robusta, implacable. En mis manos,
volaba: más de 400 pulsaciones por minuto.
Con ella
mecanografié el Bando.
Con ella
también hice un trabajo escolar sobre los Burgundios para el hijo del capitán
Chamorro.
La misma
máquina sirvió para una tarea inocente y para un intento de cambiar un país.
Poco a poco,
la normalidad regresó.
Las guardias
volvieron a lo habitual. Las radios dejaron las marchas militares. Pudimos
decir en casa que estábamos bien.
Ningún soldado
de Capitanía salió a la calle contra su gente.
En la
oficina, el sonido de la Olivetti ya no era el de la historia en marcha, sino
el de la rutina.
La paz, por
fin, se había instalado.
Hoy he vuelto a este recuerdo. Algunos dirán que son batallitas propias de
la edad, que la memoria se entretiene en episodios lejanos. Quizá tengan razón.
Pero fueron días que pudieron marcarnos —y nos marcaron—, y que cambiaron el
rumbo de una España que aún aprendía, paso a paso, a sostener su democracia.

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