La República Fallida - La República partida


PRÓLOGO

La historia de España suele contarse a través de grandes nombres, fechas de batallas y decretos firmados en despachos solemnes. Sin embargo, este libro nace de una historia distinta: la de un desván polvoriento cerca de Lille, bajo un cielo plomizo francés. Allí, entre muebles carcomidos, un hombre llamado Paco —de manos nudosas y alma curtida— rescató del fuego una caja de madera que el destino le había reservado.

Este no es solo un compendio de crónicas periodísticas; es el eco de dos voces, abuelo y nieto, ambos llamados Arturo, que vivieron y sufrieron los dos grandes intentos republicanos de nuestra tierra. A través de sus cuadernos, asistimos al nacimiento de una esperanza en 1873 que pronto se convirtió en un "guirigay" de voces incapaces de escucharse. Vemos a cuatro presidentes honestos ser devorados por un caos que ellos mismos no supieron gestionar, dejando al país "en camisa" mientras se cambiaban de chaqueta.

Pero la tragedia se profundiza cuando Arturo (nieto) retoma la pluma en 1931. Su testimonio es una advertencia dolorosa sobre cómo la memoria selectiva y el dogmatismo pueden convertir una fiesta de flores en la Puerta del Sol en una frontera de odio. Desde la quema de conventos hasta el horror de Casas Viejas y el estallido final de 1936, estos diarios nos narran cómo la "República fallida" de un siglo se transformó en la "República partida" del siguiente.

El valor de estas páginas no reside solo en lo que cuentan los que gobernaron, sino en lo que susurraron los que sufrieron: el tendero, el soldado y la lavandera. Es un relato sobre la incapacidad de aceptar al vecino y sobre la soberbia de creer que la patria es una bandera y no el respeto al que tienes al lado.

Al final, este libro es un homenaje a la piedad. Como bien comprendió Adrián al leer los cuadernos bajo la luz de su flexo en Madrid, el verdadero heroísmo no estuvo solo en la pluma de los cronistas, sino en las manos de su padre. Unas manos que, sin saber leer, supieron reconocer que hay verdades que no deben arder.

Pasen y lean. No para juzgar el pasado, sino para asegurar que el traje de la concordia, ese que tanto costó tejer, nos siga quedando a la medida.

 

CAPÍTULO I

Alrededores de Lille, Francia

 

Noviembre de 2004.

El cielo está plomizo, como siempre que llega la campaña de la endivia. Paco, hombre de manos nudosas y piel curtida por décadas de inviernos franceses, sube las escaleras crujientes de la vieja casona de su patrón, Monsieur Girard. Es domingo —su único día de descanso, pero necesita el dinero extra que el francés le ha prometido por vaciar el desván de la casa recién comprada.

Entre muebles carcomidos y telas cubiertas de polvo, Paco arrastra una caja de madera reforzada con metal. El patrón la mira con indiferencia.

—Son papiers, Paco —dice encogiéndose de hombros—. Parece que el antiguo dueño era un refugiado español que murió hace décadas. Mira esos legajos, están en tu idioma. Si te sirven para encender la chimenea, llévatelos. Si no, al contenedor.

Paco apenas sabe leer; la escuela fue un lujo que el hambre le arrebató demasiado pronto. Pero cuando toca los cuadernos de cuero que hay dentro, siente un escalofrío. Reconoce el olor rancio de la tinta vieja, el tacto del papel que ha sobrevivo a un siglo. No sabe qué dicen esas letras apretadas, pero intuye que no deben arder. Piensa en su hijo Adrián, que estudia Historia en Madrid gracias a que él se dobla el lomo bajo el invierno francés.

—Me los quedo, Monsieur. Mi hijo sabrá qué hacer con ellos.

Madrid, Navidad de 2004

Paco llega a casa por Navidad. En la pequeña cocina, deja la caja sobre la mesa ante la mirada curiosa de Adrián.

—Toma, hijo. Lo encontré en un desván cerca de Lille. La casa había pertenecido a un refugiado español. Me acordé de tus libros… y de tus exámenes.

Adrián abre el primer cuaderno con una reverencia casi instintiva. La caligrafía es elegante, aunque apresurada. En la primera página, una fecha: Madrid, febrero de 1873. Debajo, una firma: Arturo.

En el fondo de la caja, otro cuaderno con la misma letra, pero más firme, fechado en 1931: Arturo (nieto).

Paco observa a su hijo. El chico lleva horas en silencio bajo la luz del flexo, las páginas amarillentas extendidas ante él como si fueran un mapa secreto. Tiene los ojos húmedos. Las manos le tiemblan.

—¿Qué pasa, hijo? —pregunta Paco mientras sirve un poco de vino—. ¿Tan malo es lo que dice ese hombre?

Adrián levanta la vista. Mira a su padre: las articulaciones hinchadas, la espalda vencida por años de arrancar raíces en tierra ajena para que él pudiera estudiar en la suya.

—No es malo, papá. Es… la verdad. Escucha lo que escribió antes de morir, allí cerca de donde tú trabajas.

Aclara la voz y lee la última entrada, fechada en 1945:

«He pasado mis últimos años preguntando a quienes llegaron aquí conmigo, a los que gritaban que la República era suya y de nadie más. Les pregunté qué ganaron con la guerra. Algunos callan; otros lloran. La República fallida de mi abuelo fue un sueño que no supimos gestionar. La República partida de mi tiempo fue un odio que no quisimos frenar. Me voy sin nada, pero dejo estos cuadernos con la esperanza de que un día un español sin las manos manchadas de pólvora, sino limpias de trabajo, los encuentre y comprenda que la patria no es una bandera, sino el respeto al que tienes al lado».

Paco se queda en silencio. No entiende de fechas ni de debates, pero entiende de respeto. Mira sus manos, manchadas de resina y polvo.

—Entonces… —dice con voz ronca— ese señor me estaba esperando a mí.

Adrián asiente.

—Te estaba esperando a ti, papá. Porque tú no fuiste a Francia a preguntar quién ganó o quién perdió. Fuiste a trabajar para que yo no tuviera que preguntarlo nunca más.

Adrián cierra el cuaderno con cuidado. Sabe que tiene entre manos el libro que cambiará su vida y, quizá, la forma en que su país entiende su pasado. Pero también sabe algo más: los verdaderos héroes no fueron Arturo ni Arturo (nieto), ni los presidentes de la Primera o Segunda República. El héroe fue el hombre que, sin saber leer, supo reconocer el valor de una voz que pedía auxilio desde el olvido.

Adrián cierra el último cuaderno despacio. No lo hace con alivio, sino con respeto, como si temiera que el papel pudiera resentirse del gesto. Ha leído durante horas. Ha escuchado a hombres que gobernaron sin saber si el suelo resistiría bajo sus pies. Ha leído dudas, silencios, excusas… y alguna verdad dicha demasiado tarde.

No puede limitarse a ordenar aquellos testimonios como quien archiva un pasado muerto. Entiende que lo que tiene entre manos no es un legado para conservar, sino una responsabilidad para contar. Abre su ordenador y teclea un título que no es un juicio, sino una constatación:

LA REPÚBLICA FALLIDA Y LA REPÚBLICA PARTIDA

Debajo, una nota breve, casi una promesa:

Este manuscrito se escribe a partir de los cuadernos de Arturo y Arturo (nieto), periodistas que escucharon a quienes gobernaron España en sus dos intentos de República. Aquí no habla la Historia. Hablan los hombres que la condujeron… y a veces la perdieron.

Deja una página en blanco y continúa. No empieza por el final ni por la guerra. Empieza por el instante exacto en que todo comenzó sin estar preparado. Encabeza el primer capítulo con una fecha:

11 de febrero de 1873

Y un título que ya estaba escrito hacía más de un siglo, pero que ahora cobra sentido pleno.


CAPÍTULO II

El estreno del caos

Narrador: Estanislao Figueras y Moragas (Testimonio recogido por Arturo)

 

11 de febrero de 1873

El ambiente en el Congreso no era de triunfo, era de pánico contenido. Amadeo de Saboya se había ido diciendo que los españoles éramos «ingobernables», y allí estábamos nosotros, en una sesión conjunta del Congreso y el Senado, proclamando una República que nadie había planificado de verdad.

Debo ser honesto: nacimos de un vacío, no de una convicción unánime. Yo subí al estrado mirando las caras de los monárquicos reconvertidos a toda prisa y de mis propios correligionarios federales, que ya estaban afilando los cuchillos entre ellos antes siquiera de redactar el primer decreto.

Mi error fue creer que la templanza serviría de algo en un manicomio. Intenté gobernar con un pacto entre radicales y federales, una mezcla de aceite y agua que solo sirvió para paralizar el país. ¿Saben lo que es presidir un Consejo de Ministros donde todos gritan y nadie escucha? La situación era tan absurda que, apenas unos meses después, en una reunión de gabinete, llegué a mi límite. Los libros de historia dicen que fui educado, pero la verdad es que mi alma gritó lo que mis labios acabaron soltando antes de marcharme a dar un paseo por el Retiro... y no volver:

—Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros.

Esa frase —que la historia ha intentado suavizar— resume mi presidencia. Me fui a la estación de Atocha, saqué un billete para París y dejé el país atrás. Me cambiaron como quien se quita una chaqueta que aprieta, pero la realidad es que la chaqueta estaba ardiendo.

Dejé el relevo a Pi y Margall. Un hombre de una integridad intelectual asombrosa, un teórico brillante, pero ¡ay!, la teoría se da de bruces con la realidad cuando los pueblos deciden declararse independientes por su cuenta.


CAPÍTULO III

El filósofo frente al incendio

Narrador: Francisco Pi y Margall (Testimonio recogido por Arturo)

 

Junio de 1873

Entré en la presidencia con un libro bajo el brazo y salí con el corazón roto. Yo creía en una República Federal construida desde la ley, de arriba hacia abajo, con orden. Pero España, en su impaciencia y su locura, decidió que la libertad era que cada municipio hiciera lo que le viniera en gana.

Mi gran error fue la rigidez. Me negué a usar la fuerza contra mis propios ideales. Cuando las ciudades empezaron a declararse independientes (el famoso «cantonalismo»), yo me quedé bloqueado. ¿Cómo iba a enviar al ejército a bombardear a ciudadanos que pedían lo mismo que yo, pero más rápido?

Pequé de ingenuo. Pensé que con discursos y pedagogía convencería a los intransigentes de que detuvieran su locura. Mientras yo redactaba la Constitución Federal de 1873, el país se desintegraba: Cartagena se sublevaba, en Alcoy corría la sangre y los carlistas avanzaban por el norte. Lo que vivimos fue un esperpento. No era solo que cambiáramos de presidente «como de ropa», es que el mapa de España parecía un traje de retales remendado por un ciego:

  • Utrera se declaraba independiente.
  • Torrevieja quería ser nación.
  • ¡Incluso Granada y Jaén se declararon la guerra entre sí!

Mis ministros me pedían mano dura, pero mi conciencia me dictaba paz. Al final, me di cuenta de que mi pulso temblaba demasiado para sostener el timón de un barco que se hundía. Dimití solo treinta y siete días después de empezar, dejando paso a Salmerón.

«Mis convicciones son de acero, pero la realidad de España es de fuego. Y el acero, ante el fuego, acaba doblándose».

Le entregué el mando a Nicolás Salmerón. Un hombre tan recto que preferiría perder el poder antes que mancharse las manos de sangre. Pero, como verás, en este guirigay, la ética era un lujo que la República no se podía permitir.


CAPÍTULO IV

El filósofo del Derecho frente al verdugo

Narrador: Nicolás Salmerón (Testimonio recogido por Arturo)

 

Julio de 1873

Asumí el poder el 18 de julio. Solo estuve un mes y medio en el sillón, pero sentí que envejecí un siglo. Mi antecesor, Pi, era un romántico; yo, en cambio, entendía que una República sin orden es solo una palabra vacía en un papel mojado.

Mi error —si es que se puede llamar error a tener conciencia— fue creer que se podía salvar la República manteniendo las manos limpias. Para sofocar el «guirigay» de los cantones (aquella locura donde cada pueblo quería su propia bandera y su propia moneda), tuve que recurrir a los generales.

Pavía y Martínez Campos salieron a restablecer el orden a cañonazos. Y aquí llegó mi perdición: los tribunales militares empezaron a dictar penas de muerte contra los soldados que se habían sublevado. ¿Saben lo que es ser el presidente de una nación y tener que firmar cada mañana una pila de sentencias de muerte? Mis principios me lo impedían. Yo era —y soy— un hombre que cree en la vida por encima del Estado.

Me decían: «Don Nicolás, o firma usted estas ejecuciones para mantener la disciplina del ejército, o la República cae mañana». Y yo miraba la pluma y miraba el papel, y veía los rostros de esos hombres.

—Me voy —dije—. No puedo gobernar sobre un cementerio. Prefiero dejar el poder antes que firmar una sola sentencia de muerte.

Dimití el 6 de septiembre. Me cambiaron, efectivamente, como quien tira una prenda que se ha manchado de una mancha que no sale: la responsabilidad de matar para sobrevivir. Mi salida dejó el camino libre al cuarto jinete, el último antes del fin del sueño: Emilio Castelar. El mejor orador que ha dado España, pero también el hombre que, para salvar la República, acabó enterrando sus principios democráticos.

Castelar decía que la República necesitaba «orden, autoridad y gobierno». Fue el último intento desesperado antes de que las botas de los generales volvieran a resonar en el Congreso.

CAPÍTULO V

El orador frente al abismo

Narrador: Emilio Castelar (Testimonio recogido por Arturo)

 

Septiembre de 1873 - Enero de 1874

Heredé una casa en llamas. Figueras huyó, Pi se perdió en nubes teóricas y Salmerón se ahogó en sus escrúpulos. Cuando tomé el mallete de presidente, me di cuenta de una verdad amarga: para salvar la República, tenía que dejar de ser republicano... al menos, el tipo de republicano que yo mismo había predicado durante veinte años.

Mi error —o mi tragedia— fue la traición a mis propios dogmas. Yo, que siempre defendí la descentralización y las libertades individuales, tuve que suspender las garantías constitucionales y gobernar por decreto. Me convertí en un dictador «benévolo».

Llamé a filas a los generales más conservadores porque eran los únicos que sabían disparar un cañón con puntería. Reinstauré la disciplina militar y la pena de muerte que Salmerón no pudo soportar. ¿Saben cómo me llamaban mis propios compañeros de partido? «Traidor». Pero yo les respondía: «¿Prefieren una República muerta o una República con orden?».

El 2 de enero de 1874, el Congreso se reunió para votarme una moción de confianza. Los federales intransigentes, ciegos de dogmatismo, prefirieron derribarme antes que dejarme seguir salvando el Estado. Me derrotaron por votos. Pero el guirigay era ya ensordecedor. Mientras recogía mis papeles, el general Pavía envió a sus soldados. No entró a caballo en el hemiciclo, como dice la leyenda, pero los disparos en los pasillos y los culatazos de los fusiles en las puertas fueron suficientes.

—Señores —pensé al salir—, la República ha muerto a manos de sus propios hijos. Unos por quererla demasiado pura y otros por no quererla en absoluto.

Salí del Congreso con la cabeza alta, pero el corazón marchito. En menos de un año, España había devorado a cuatro hijos que intentaron darle una forma moderna. La ropa estaba tan gastada de tanto cambiar de dueño que terminó rompiéndose. Tras Castelar vino el general Serrano, pero aquello ya no era una República, era un «interregno» esperando a que volviera un rey. El experimento había terminado en un charco de sangre, ruido y furia.

 

CAPÍTULO VI

Notas y cartas

 

Repasaba mis notas en la Taberna del Cojo; me preparaba para publicar en mi periódico. En principio, me centraría solo en la opinión que había conseguido obtener de cada uno de los presidentes. Pero, sin duda, la voz de la calle era tan importante como la de los políticos. Por eso me sorprendió cuando el tabernero, mientras limpiaba el mostrador, me dijo:

—Mire, don Arturo: sus cuatro presidentes eran hombres de mucha luz, pero nos dejaron a oscuras. Se cambiaban de chaqueta tan rápido que al final nos dejaron a todos en camisa. Queríamos pan y nos dieron constituciones; queríamos paz y nos dieron discursos. Al final, el «guirigay» fue tan grande que hasta el silencio del rey nos pareció música.

Bajé a las tabernas, hablé con las lavanderas y escuché a los soldados. La calle no pedía grandes teorías federales ni discursos de elocuencia infinita. La calle pedía que el mañana fuera igual que el hoy, sin el miedo de despertarse con una nueva guerra o un nuevo amo.

La República no fracasó porque sus presidentes fueran malos hombres; al contrario, eran demasiado honestos para el lodazal que les tocó pisar. Fracasó porque en España preferimos tener razón a tener paz. Preferimos que el vecino pierda a que todos ganemos algo.

Cerramos hoy este capítulo. Los cuatro presidentes ya son historia. El «guirigay» ha sido silenciado por las botas de los de siempre. Pero que quede escrito: hubo un año en que cuatro hombres intentaron que España fuera mayor de edad. No pudimos, o no supimos, estar a la altura de su sacrificio.

EL TRAJE QUE NADIE SUPO LLEVAR

(Publicado el 18/06/1874 en el periódico El Eco de la Mañana)

Hemos cambiado de presidente como quien cambia de camisa cada vez que se mancha de sangre o de barro. Cuatro hombres, cuatro visiones y un solo resultado: el fracaso de la palabra. España es hoy un niño que, tras romper todos sus juguetes en una rabieta federal, regresa cabizbajo a los brazos de los militares. El «guirigay» ha sido ensordecedor, pero el silencio que viene ahora da mucho más miedo.

He conseguido recoger las impresiones de los cuatro hombres que intentaron, cada uno a su modo, sostener el cielo con las manos este último año. He aquí su juicio final sobre el desastre:

ESTANISLAO FIGUERAS (Desde su retiro): «Se lo advertí. Les dije que estábamos todos "hasta los cojones". Me llamaron cobarde por marcharme a París, pero hoy veo que solo fui un profeta. Abrí la puerta a la libertad y mis sucesores la usaron para tirarse los trastos a la cabeza».

FRANCISCO PI Y MARGALL (En su biblioteca): «Es el triunfo de la fuerza sobre la idea. Mi República Federal era un templo de paz, pero los cantones la convirtieron en una casa de locos y Castelar en un cuartel. El guirigay ha terminado en silencio sepulcral».

NICOLÁS SALMERÓN (Con la mirada perdida): «Dimití por no firmar muertes, y hoy la República muere entera. No me arrepiento. Si para mantener el orden republicano hacía falta la bota de un general, entonces es que la República ya no existía».

EMILIO CASTELAR (El último en salir): «He luchado contra los carlistas, contra los cantonalistas y contra mis propios amigos... y al final me han vencido los que decían ser más republicanos que yo. España no quiere discursos; quiere orden, aunque sea el orden de los cementerios».

Opiniones recogidas en una taberna de la calle de Alcalá

Si bajamos al nivel del suelo, donde la política no se lee en los diarios sino que se sufre en la barriga, el sentimiento es de un agotamiento absoluto.

El tendero (Don Mariano): «Mire usted, joven, a mí me da igual que el presidente se llame Estanislao o Francisco. Lo que yo sé es que en un año me han cambiado el retrato de la pared cuatro veces y el precio del pan ha subido ocho. Aquí en Madrid cada mañana nos despertamos con un bando nuevo. ¡Es un mareo! Que si somos federales, que si unitarios... ¡Yo lo que soy es pobre! Cambian de presidente como de camisa, pero la mugre de la calle sigue siendo la misma».

El soldado de reemplazo (Juan): «A mí me mandó Salmerón a pegar tiros y luego Castelar me dijo que no podía volver a casa. Nos dicen que la República es la libertad, pero yo solo veo que nos mandan a morir al norte o al sur. Que venga el rey o que venga el diablo, pero que dejen de jugar a los soldaditos con nosotros».

La lavandera del Manzanares (Pepa): «¿Presidentes? ¡Si parecen sombras! Pasan por el balcón de la Puerta del Sol, saludan, dan un discurso de tres horas y al mes siguiente ya no están. Dicen que el último, ese que habla tan bien (Castelar), es el que tiene la mano dura. Pues menos mal, porque con el anterior el vecino de enfrente ya quería declarar su casa 'nación independiente' para no pagar el alquiler.  ¡Esto ha sido una jaula de grillos!».

Fdo.: Arturo Fernández

 

CARTA DEL DIRECTOR DEL DIARIO «EL ECO DE LA MAÑANA»

Estimados redactores, jóvenes aprendices y valientes colaboradores:

Hoy la pluma me pesa más que nunca. No solo por la tinta que en ella reside, sino por la sangre que ha sido derramada por la verdad. Nuestro colega, nuestro amigo, don Arturo, ya no está entre nosotros. Ha sido asesinado, y no me cabe duda de que ha sido por su obstinada lealtad a los hechos, por su implacable crónica de la Primera República.

Sé que muchos me tildarán de temerario, pero la verdad es una antorcha que no se apaga. Hace apenas unas horas, una nota anónima, manchada de un claro mensaje intimidatorio, ha llegado a esta redacción. Nos exige que nos retractemos; nos acusa de «desprestigiar» la memoria de la República.

¿Retractarnos? ¿De qué, si no de la pura y cruda realidad que don Arturo nos trajo en sus cuadernos? Él no inventó el hastío de Figueras ni los lamentos de Pi y Margall. No forjó el dilema moral de Salmerón ante las penas de muerte, ni las amargas confesiones de Castelar sobre el sacrificio de la libertad.

Don Arturo fue testigo de cómo aquellos cuatro hombres, brillantes y bienintencionados, fueron devorados por un «guirigay» que los superaba. Vio cómo cambiaban de silla, de ministros, de principios... de «ropa», como él decía con su ironía mordaz, hasta que la nación se quedó en harapos.

Él no juzgó; solo transcribió. Bajó a la calle y nos trajo la voz del tendero, del soldado y de la lavandera, voces que no entendían de idealismos, sino de pan y de miedo. Esa es la verdad: que la República fue un sueño hermoso que, en la práctica, se convirtió en una pesadilla de caos y frustración para el pueblo.

Por Arturo, por la libertad de esta prensa y por la memoria de lo que realmente ocurrió: no nos retractaremos. Que el pueblo juzgue si la verdad merece ser silenciada con amenazas o con sangre.

El Eco de la Mañana seguirá informando, aunque nos cueste el pellejo. Que en paz descanse, don Arturo. Su pluma ha sido silenciada, pero su verdad resonará en estas páginas.

Atentamente, El Director de «El Eco de la Mañana»

 

EPÍLOGO

Adrián cerró el primer cuaderno con la sensación de haber asistido a un ensayo general que terminó en incendio.

Cuatro presidentes. Cuatro hombres honestos. Cuatro derrotas.

La Primera República no murió solo por los fusiles de Pavía; murió por la incapacidad de sus propios hijos para convivir con sus diferencias. Demasiada teoría. Demasiado orgullo. Demasiado «tener razón».

Pero lo que más le inquietaba no era el pasado. Era la fecha del segundo cuaderno: 1931.

No era una continuación. Era una repetición.

Abrió el nuevo volumen con un respeto distinto. La caligrafía era la misma, pero más firme. Más amarga. En la primera página, una frase subrayada:

«Mi abuelo creyó que el error fue la improvisación. Yo temo que el nuestro será la memoria selectiva».

Adrián sintió un escalofrío. La Segunda República no nacía de la nada; nacía de una herida mal cerrada. Y esta vez —lo sabía incluso antes de empezar a leer— el «guirigay» no acabaría en un golpe de Estado parlamentario. Acabaría en guerra.

Pasó la página.

Madrid, 14 de abril de 1931.

 

CAPÍTULO VII

El despertar de la tricolor

Cuaderno de notas de Arturo (nieto)

 

Madrid, 14 de abril de 1931

La Puerta del Sol estaba llena desde media mañana. No había tropas ni disparos; solo una multitud expectante y un murmullo que crecía por momentos. Cuando la bandera tricolor fue izada en el edificio de Correos, se produjo un silencio breve, seguido de aplausos y vítores.

Para muchos, aquel símbolo no era nuevo: evocaba la experiencia republicana de 1873 y una tradición federal que algunos consideraban interrumpida. Para otros, representaba simplemente el inicio de una etapa distinta tras la salida de Alfonso XIII. En la redacción del periódico, el ambiente era menos eufórico que en la plaza. El sucesor de aquel director que defendió a mi abuelo miraba por la ventana hacia la Puerta del Sol.

—¿Qué opina del cambio de bandera? —pregunté.

El director, aún de pie junto a la ventana, respondió:

—Los símbolos acompañan a los cambios políticos. La cuestión no es el color, sino si el nuevo régimen sabrá integrar a quienes hoy celebran y a quienes hoy guardan silencio.

—Jefe, esto empieza con mal pie —dije yo.

—¿Qué dices, muchacho? ¡Es la bandera de la libertad! El pueblo la aclama.

—El pueblo de hoy, jefe. Pero ¿y el de mañana? Al cambiar el oro y gualda por el morado de forma unilateral, estamos diciendo a millones de españoles que esta República no es su casa. Estamos creando «propios» y «extraños» desde el primer minuto. Mi abuelo vio cómo el país se rompía por mil sitios; yo veo que hoy se está rompiendo por la mitad.

—Arturo, no seas pájaro de mal agüero —replicó serio—. Es solo un color.

—No es un color, es un síntoma. Se empieza cambiando el color por capricho y se termina cambiando la realidad por decreto. El 1873 era un caos de desorden; este de 1931 parece que va a ser un caos de dogmatismo. Si la bandera es solo de los republicanos y no de los españoles, la República durará lo que tarde la otra mitad en querer recuperar su color.

En la calle recogí impresiones diversas. Un joven estudiante sostenía una bandera pequeña y decía: «Esto significa que el país puede empezar de nuevo. No es solo una forma de gobierno; es una esperanza». Un comerciante mayor, que observaba desde la puerta de su tienda, se mostró más cauto: «He vivido suficientes cambios para no entusiasmarme demasiado. Si hay estabilidad y trabajo, bienvenido sea el nuevo régimen».

Un antiguo militar retirado, al que conocía de visitas anteriores al café de la calle Arenal, me comentó:

—Mire eso, periodista. He servido cuarenta años bajo una bandera que era de todos, con reyes y con repúblicas, pues la Primera no la cambió. Hoy nos dicen que somos extranjeros en nuestra propia plaza. Ese morado no es una unión, es una herida. Han empezado rompiendo el símbolo; terminarán rompiendo la convivencia.

18:00 horas

He pasado toda la tarde observando la nueva bandera que ondea sobre el reloj de la plaza. La gente la besa, la abraza, como si fuera un talismán. Pero yo no puedo evitar recordar las notas de mi abuelo sobre el guirigay de 1873. Aquellos cuatro presidentes se cambiaban de chaqueta, sí; pero esta República ha empezado cambiándole la piel a la nación. He escrito en mi cuaderno una reflexión que sé que no gustará en la redacción:

«La República ha nacido con un capricho cromático. Han añadido el morado basándose en una interpretación romántica —y quizá errónea— de los pendones de los Comuneros de Castilla. Al hacerlo, han convertido la bandera, que debería ser el paraguas de todos, en la túnica de una sola parte».

Siento que esta bandera no es un pacto, sino un trofeo. Mi abuelo escribió que la Primera República murió porque cada cual quería su propia bandera en su propio pueblo. Esta Segunda República, antes de redactar su primera ley, ya ha decretado que la mitad de España debe olvidar sus colores de siempre. Es una grieta. Si el símbolo nacional se cambia por un capricho de partido, ¿qué no se cambiará mañana?

Esa tarde visité el Ministerio para recoger impresiones del Gobierno provisional. Un miembro del gabinete explicó:

—La bandera responde a una tradición republicana anterior. No es una invención, es una recuperación simbólica.

Otro añadió:

—Lo esencial no será el símbolo, sino la capacidad de redactar una Constitución que represente a una mayoría amplia del país.

No encontré unanimidad, pero tampoco dramatismo. Lo que predominaba era la sensación de estar comenzando algo cuyo alcance nadie podía prever.

 

CAPÍTULO VIII

El careo en el Ministerio

Con Niceto Alcalá-Zamora (Presidente del Gobierno provisional)

 

Le señalo la bandera que ondea afuera, iluminada por los focos de la plaza.

—Don Niceto, usted viene de la monarquía. Dígame, ¿no siente que ese morado es una grieta? ¿No es un capricho que excluye a media España antes de empezar a andar?

—Ay, Arturo... —responde Alcalá-Zamora con gesto de preocupación contenida—. Usted tiene el ojo crítico de su abuelo. Se lo diré en confianza: yo hubiera preferido la bandera de siempre. La República es una forma de gobierno, no una guerra de colores. Pero los jóvenes, los socialistas... han impuesto ese morado como símbolo de ruptura. He tenido que aceptarlo para que la multitud no quemara el palacio. Es un peaje, muchacho. Espero que el país sea más fuerte que un trozo de tela, pero le confieso que me preocupa que hayamos empezado definiendo quién sobra en esta fiesta.

Con Manuel Azaña (Ministro de la Guerra)

Azaña me recibe con su habitual aire de superioridad intelectual, limpiando sus gafas mientras mira con desdén mis apuntes.

—Don Manuel, ¿por qué cambiar la bandera? ¿Por qué ese capricho del morado que hiere los sentimientos de tantos que no son republicanos «de carné»?

—¿Capricho? —responde con voz cortante—. No sea usted sentimental, joven periodista. Es una necesidad quirúrgica. España es un cuerpo lleno de gangrena monárquica y hay que extirparla hasta en los colores. Ese morado es el color de Castilla, de la libertad de los comuneros frente a los tiranos. Si a media España le duele, es porque media España aún vive en el siglo XVI. No hemos venido a decorar la casa del rey, hemos venido a demolerla y construir una nueva. La bandera no es una grieta, es la frontera entre el pasado oscuro y el futuro luminoso que yo represento.

Al salir del Ministerio, me detengo a escuchar a un grupo de guardias civiles que observan la bandera. Uno de ellos susurra a su compañero:

—Mira eso, Pedro. Nos han cambiado el color del paño. Dicen que ahora servimos a esa nueva. Mañana nos pedirán que olvidemos todo lo que juramos defender. Si cambian la bandera por un capricho de los de Madrid, ¿cuánto tardarán en decirnos que nosotros también sobramos?

Vuelvo a la redacción. El director me espera para cerrar la edición.

—¿Qué tienes, Arturo? ¿Te han dado razones de Estado?

—Me han dado miedo, jefe. He visto a un hombre que acepta el error por debilidad y a otro que lo impone por soberbia. El primero sabe que la bandera divide, pero se calla; el segundo quiere que divida para saber quiénes son sus enemigos.

Escribo mi columna final del día:

«Hoy, 14 de abril, la República ha ganado la calle pero ha perdido el símbolo. Al añadir el morado por "necesidad quirúrgica", como dice el ministro, hemos convertido la enseña nacional en un uniforme de partido. Mi abuelo me enseñó que en 1873 el "guirigay" era que nadie sabía quién mandaba. En 1931, el peligro es que los que mandan creen que pueden reinventar la psicología de un pueblo cambiando el tinte de sus banderas. Dios nos libre de los cirujanos que no saben que el corazón del paciente también tiene colores».

Madrid, 11 de mayo de 1931

Lo que empezó como una concentración derivó en enfrentamientos y, al caer la noche, algunos edificios religiosos fueron incendiados. A la mañana siguiente, columnas de humo se elevaban sobre distintos puntos de la ciudad. Recorrí varias calles del centro. Frente a un convento aún humeante, un grupo de vecinos observaba en silencio.

—Esto es consecuencia de años de privilegios. Ahora las cosas cambian —comenta un joven exaltado.

—Sea cual sea el gobierno, quemar no arregla nada —responde una mujer mayor con mantilla negra.

En el Ministerio, la preocupación es evidente. Pregunté a un miembro del Ejecutivo:

—¿Por qué no se actuó con mayor rapidez?

—La prioridad fue evitar enfrentamientos directos que pudieran provocar víctimas. La situación era confusa y temíamos que una intervención precipitada agravara el conflicto —fue la respuesta cautelosa.

En mis notas de ese día escribí:

«Los incendios no representan a toda la ciudad, pero sí revelan una tensión profunda. El nuevo régimen enfrenta su primera prueba seria: demostrar que puede garantizar la legalidad sin renunciar a las reformas prometidas».

CRÓNICA PUBLICADA EN «EL ECO DE LA MAÑANA»

(11 de mayo de 1931)

Ha bastado un mes. El barniz de civilización se ha agrietado. Mientras el Gobierno discute en las Cortes sobre leyes abstractas, Madrid ha empezado a oler a chamusquina. He visto iglesias arder y, lo que es peor, he visto a la fuerza pública mirar hacia otro lado.

La primera grieta: «Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano».

Esa es la frase que corre por los pasillos; se le atribuye a Azaña. Cuando le pregunté a mi abuelo por qué cayó la Primera, él decía que fue porque «nadie quería ser el malo». Aquí, el problema es que el Gobierno ha decidido que «el malo» es todo aquel que no piense como ellos.

He ido a visitar a Niceto Alcalá-Zamora a su despacho. Lo he encontrado hundido en su sillón, con el rostro de un hombre que ve cómo se desborda el dique que él mismo construyó.

—Don Niceto, están quemando bibliotecas y obras de arte. ¿Es esta la República del orden que nos prometió?

—Arturo, hijo... estoy solo —responde con voz trémula—. En el consejo de ministros pido sacar a la calle a la Guardia Civil para detener el fuego, y mis ministros me dicen que no se puede disparar contra «el pueblo». Pero eso no es el pueblo, es una turba. Si permitimos que se quemen iglesias hoy, mañana se quemará la Constitución. Estamos repitiendo el error de 1873: la debilidad ante el desorden.

Fdo.: Arturo Fernández

 

CAPÍTULO IX

El director enfrenta la amenaza

 

El director de El Eco de la Mañana me recibe. Sobre la mesa hay una nueva nota anónima.

—Mira esto, Arturo —dice el director—. Ya no son los monárquicos los que nos amenazan. Ahora son los «comités revolucionarios». Dicen que si seguimos informando sobre los desmanes de la quema de conventos, somos «enemigos de la República».

—Jefe, mi abuelo murió por contar la verdad del guirigay federal. Yo no voy a callar este guirigay sectario —respondí—. El país se está partiendo. Unos queman iglesias por «libertad» y otros, en sus casas, empiezan a limpiar sus fusiles por «miedo».

—Es la misma historia, muchacho. Cambiamos la bandera por capricho, y ahora cambiamos la ley por miedo a las masas. Si el Gobierno no tiene la autoridad de Castelar ni la ética de Salmerón, esto terminará en sangre.

He salido a la calle y me he detenido frente a las ruinas humeantes de la iglesia de la Flor, en la calle Princesa.

—Mire, periodista —me dice doña Carmen, una mujer de luto—. Yo no era monárquica, yo quería una España moderna. Pero si esta República permite que quemen el lugar donde enterré a mi madre, entonces esta República no es mía. Han puesto una franja morada en la bandera, pero el humo de estos incendios la está volviendo negra.

—¡Es la justicia del pueblo, periodista! —grita un joven exaltado con una antorcha apagada—O se es republicano o se es enemigo. No hay términos medios. El que no esté con nosotros, que se atenga a las consecuencias.

Esa noche escribí en mi cuaderno la frase que marcaría el inicio del fin:

«La Primera República murió porque todos querían mandar en su pueblo. Esta Segunda va a morir porque nadie quiere que el vecino tenga derecho a existir. Hemos pasado del caos de la libertad al caos del odio. El Gobierno cree que controla el fuego, pero el fuego no entiende de decretos. Aquella vez cambiaron de presidente como de ropa; esta vez parece que vamos a cambiar de hermanos como de enemigos».

 

Madrid, octubre de 1931

En las Cortes (Crónica de El Eco de la Mañana)

Observo desde mi asiento a Manuel Azaña. El ministro de la Guerra, convertido en el hombre fuerte del régimen, sube al estrado. Su voz no es un grito, es un escalpelo que corta el aire.

—La República es para los republicanos —proclama Azaña desde el estrado—. No podemos ser tan ingenuos como aquellos hombres de 1873 que, por respetar la libertad de sus enemigos, acabaron cavando su propia fosa. Si para salvar la libertad de la República tenemos que suspender las libertades de los que la odian, se hará. La República es una fe, y quien no la profese, no puede disfrutar de sus derechos.

A la salida de las Cortes intercepté a un diputado de la conjunción republicano-socialista, un hombre joven y fogoso que celebra la aprobación de la ley.

—Señor diputado, ¿no ven que esta ley es una guillotina de papel? Si hoy la usan contra los monárquicos, mañana la usarán contra cualquiera que les lleve la contraria. Han creado una ley para amigos y otra para enemigos.

—Usted es un romántico, como su abuelo —responde con suficiencia—. En este país, o se tiene el garrote o se sufre el garrote. Preferimos tenerlo nosotros. ¿Qué importa la justicia si el orden republicano está en juego? La bandera tricolor necesita un puño que la sostenga, no manos que tiemblen como las de Pi y Margall.

La sombra de la censura

El director me esperaba con cara sombría.

—Arturo, ya ha empezado. El Gobierno ha usado la nueva ley. Han suspendido tres periódicos de la oposición esta tarde. Dicen que son «peligrosos para la seguridad del Estado».

—Es el mismo guirigay, jefe, pero con mejores modales. Mi abuelo contaba que en la Primera se cambiaban de ropa por desorden; en esta, se están poniendo un uniforme de hierro. Si no puedes opinar, si no puedes rezar, si no puedes llevar la bandera que sientes... ¿qué nos queda?

—Nos queda la resistencia. Pero mira esa nota en tu mesa.

Sobre mi mesa hay un sobre cerrado. Dentro, un recorte de mi último artículo sobre la «bandera del capricho» tachado con una cruz roja. Una nota dice: «La Ley de Defensa de la República también sirve para los periodistas insolentes».

De camino a casa, en el café de la calle Floridablanca, don Julián, un comerciante, me comenta:

—¿Lo ha oído, periodista? Ahora pueden cerrarme la tienda si digo que la República no me gusta. Nos dijeron que esto era la democracia y resulta que es el cortijo de unos señores de Madrid que han decidido que mi pensamiento es ilegal. Esto no va a durar. A un español puedes quitarle el dinero, pero como le quites la lengua y el orgullo...

He visto hoy cómo se enterraba la libertad en el mismo lugar donde nació. La Primera República cayó por ser un barco sin capitán. Esta Segunda va camino de hundirse porque el capitán ha decidido que solo pueden ir a bordo los que canten su misma canción. Aquella fue un guirigay de voces; esta es un guirigay de silencios impuestos. Al cambiar la bandera por capricho y la ley por sectarismo, hemos dejado de ser una nación para convertirnos en dos ejércitos esperando una señal.


CAPÍTULO X

Casas Viejas (Cádiz)

 

Enero de 1933

El viaje hacia el sur fue largo. En Madrid se hablaba de «insurrección anarquista»; en la prensa internacional, de «represión». En el pueblo, las palabras eran menos abstractas.

Casas Viejas era una localidad pequeña, con altos índices de pobreza y fuerte implantación de la CNT. La proclamación del llamado «comunismo libertario» por parte de un grupo de jornaleros había desencadenado la intervención de la Guardia Civil y, posteriormente, de la Guardia de Asalto. Cuando llegué, el silencio pesaba más que cualquier consigna. La choza conocida como la de «Seisdedos» estaba reducida a escombros. Allí se habían refugiado algunos de los sublevados tras los primeros enfrentamientos. El asalto terminó con muertos entre los ocupantes y miembros de las fuerzas del orden.

Hablé con los vecinos.

—Aquí se hablaba desde hacía tiempo de cambiarlo todo —me dijo un jornalero—. Muchos pensaban que la República traería tierra y trabajo. Cuando vieron que nada llegaba, algunos decidieron actuar por su cuenta.

—Se descontroló todo muy rápido —respondió con voz baja una mujer que había perdido a un familiar—. Primero los disparos, luego el fuego. Nadie sabía quién mandaba.

En el cuartel improvisado, un agente de la Guardia de Asalto me explicó:

—La orden era restablecer el orden. Hubo resistencia armada. En situaciones así, las decisiones se toman en segundos.

Pregunté por las versiones que hablaban de ejecuciones posteriores. El agente evitó afirmaciones tajantes:

—Se investigará. En momentos de tensión pueden producirse excesos. No es fácil distinguir la responsabilidad individual en medio del caos.

En Madrid, el suceso provocó un terremoto político. En las Cortes, diputados de distintas tendencias exigieron explicaciones. El Gobierno defendió la actuación de las fuerzas enviadas, pero la oposición cuestionó la proporcionalidad de la respuesta y la cadena de mando.

En mis notas escribí:

«Casas Viejas no es solo un enfrentamiento entre anarquistas y fuerzas del orden. Es el choque entre promesas amplias y realidades limitadas. La República enfrenta el dilema de mantener autoridad sin perder legitimidad ante quienes esperaban cambios inmediatos».

Al abandonar el pueblo, un campesino mayor me detuvo:

—Usted escriba lo que vea. Aquí nadie quería morir por teorías. Queríamos trabajo. Lo demás vino después.

El juicio de los pasillos

De vuelta en Madrid, he interceptado a Manuel Azaña en los pasillos. El presidente del Consejo de Ministros está pálido, pero mantiene su arrogancia de granito.

—Don Manuel, he vuelto de Casas Viejas. He visto los cadáveres. ¿Es este el «puño de hierro» que necesitaba la bandera tricolor? ¿Disparar a campesinos hambrientos que solo pedían lo que ustedes les prometieron en abril?

—Arturo, deje de ser un gacetillero de lágrima fácil —responde Azaña con la mirada gélida—. En Casas Viejas no ha pasado sino lo que tenía que pasar. La República no puede permitir que cuatro desarrapados proclamen el comunismo libertario en un pueblo de mala muerte. El Estado ha de hacerse respetar. Si el orden requiere severidad, la severidad es una virtud republicana.

—Virtud, dice usted... Mi abuelo me contó que Salmerón dimitió por no firmar una muerte legal. Usted ha permitido una matanza ilegal y lo llama «razón de Estado». ¿No ve que está cavando la fosa de su propio régimen?

El director de mi periódico me ha hecho llamar. Lo he hallado empaquetando libros.

—Se acabó, Arturo. El Gobierno nos ha enviado otra advertencia bajo la Ley de Defensa. Si publicamos tu crónica sobre lo que realmente pasó en Cádiz, cerrarán el periódico para siempre.

—¡Pero es la verdad, jefe! La gente tiene que saber que la República de los maestros se ha convertido en la República de los verdugos.

—El «guirigay» ha ganado, muchacho. En 1873 se cambiaban de presidente; hoy se cambian de máscara. Un día son libertadores y al otro son tiranos. Este país no aguanta más. La derecha se organiza para la revancha y los obreros ya solo creen en la dinamita.

De camino a casa, por la calle Alcalá, me crucé con un grupo de obreros con el mono manchado de grasa.

—¿Ves esa bandera, periodista? —dijo uno con rencor—. La franja morada ya no es de los comuneros; es de la sangre de nuestros hermanos en Casas Viejas. Nos dijeron que la República era nuestra, pero los fusiles siguen apuntando al mismo lado. El 14 de abril fue un engaño. Si quieren guerra, la tendrán.

  

CAPÍTULO XI

Oviedo

 

Octubre de 1934

La noticia llegó a Madrid como un parte militar: huelga general en varias provincias. En Asturias, la situación fue más allá de la huelga. La entrada de ministros de la CEDA en el Gobierno radical desencadenó protestas en sectores socialistas y obreros que interpretaban el hecho como una amenaza para las reformas iniciadas en 1931. En la cuenca minera asturiana, las organizaciones obreras se levantaron en armas.

Cuando llegué a Oviedo, parte de la ciudad mostraba señales de combate: edificios dañados, líneas ferroviarias interrumpidas y el rastro de la dinamita utilizada tanto en la ofensiva como en la defensa.

Hablé con un minero que participó en la insurrección.

—No era solo una huelga —me dijo—. Creíamos que si no actuábamos ahora, perderíamos todo lo conseguido. Pensábamos que el Gobierno giraba hacia posiciones que nos dejarían fuera.

En otra calle, un comerciante describía el miedo de aquellos días:

—Cerramos las tiendas y no sabíamos quién mandaba. Un día eran los comités revolucionarios; al siguiente, el ejército avanzando.

La respuesta del Gobierno fue enviar unidades militares para restablecer el control. Entre los mandos desplazados se encontraba el general Francisco Franco, entonces destinado en Marruecos, que coordinó parte de la operación desde el Estado Mayor. Logré acercarme a él durante un breve respiro de las operaciones.

—General, ¿es necesario este despliegue? —pregunté—. Son españoles contra españoles. ¿No hay otra forma de restablecer el orden que no sea esta carnicería?

—Periodista, esto no es una protesta, es una guerra contra la civilización —respondió Franco con su voz atiplada y fría—. Esos hombres han alzado la mano contra el Estado. La República debe defenderse con toda su fuerza o perecerá. En 1873 faltó mano dura; yo no voy a permitir que falte hoy.

Un oficial que lo acompañaba me explicó más tarde:

—No es una protesta aislada. Hay armas, explosivos y ocupación de edificios públicos. El Estado no puede permitir que una región quede fuera de su autoridad.

Las operaciones militares fueron intensas y el levantamiento fue sofocado tras varios días de enfrentamientos. El balance incluyó víctimas entre insurrectos, fuerzas del orden y civiles.

En mis notas escribí:

«Asturias ha sido algo más que una huelga y algo menos que una guerra civil. Ha mostrado que una parte del país está dispuesta a tomar las armas por temor a perder influencia política. El Gobierno, por su parte, ha optado por una respuesta militar contundente para reafirmar su autoridad. Las heridas no se cerrarán con rapidez».

Cuando abandoné Asturias, un hombre mayor me dijo en la estación:

—Hemos visto demasiados funerales por ideas. O aprendemos a perder en las urnas, o seguiremos perdiendo en las calles.

El guirigay del odio

De vuelta en Madrid, la redacción de El Eco de la Mañana está bajo censura previa. El director me recibe con un fajo de papeles tachados con tinta roja.

—Arturo, el Gobierno de la derecha ha suspendido las garantías —dice el director—. Tu crónica sobre Asturias ha sido tachada de arriba abajo por el censor. Dicen que «atenta contra el honor del ejército».

—¡Es que el ejército está bombardeando ciudades españolas, jefe! —exclamé indignado—. El guirigay ha muerto. Ahora solo queda el odio. Los de un lado quieren la revolución total; los del otro, la represión total. La bandera tricolor ya no significa nada; para unos es un trapo burgués, para otros un símbolo de traición.

Escribo en mi cuaderno la última reflexión de este viaje al norte:

«Mi abuelo vio cómo el país se deshacía por la impaciencia de los pueblos. Yo estoy viendo cómo se deshace por la intransigencia de las clases. En 1873, el peligro era el caos; en 1934, el peligro es el exterminio del que piensa distinto. Ya no se trata de cambiar de chaqueta; se trata de preparar el sudario».

 

CAPÍTULO XII

El principio del fin

 

Madrid, marzo de 1936 (Puerta del Sol)

Las elecciones de febrero habían dado la victoria al Frente Popular. El cambio de mayoría parlamentaria generó celebraciones en unos barrios y preocupación en otros. En las semanas siguientes, el ambiente político se volvió más áspero: huelgas, agresiones entre militantes y una creciente circulación de armas.

En los cafés cercanos a la Puerta del Sol, la conversación ya no era la de 1931. Ya no predominaba la expectativa, sino la sospecha.

—Tengo la sensación de que cualquier incidente puede convertirse en algo mayor —me dijo un pequeño empresario.

—Durante años se nos pidió paciencia —replicó un trabajador afiliado a un sindicato—. Ahora que tenemos mayoría, se nos pide moderación. ¿Cuándo toca cumplir?

El deterioro del orden público

Entre marzo y julio se sucedieron choques violentos: atentados, incendios de sedes políticas y agresiones personales. En el Ministerio de la Gobernación insistían en que el Estado mantenía el control, pero la percepción en la calle era distinta. Un funcionario judicial me confesó:

—No es que el Estado haya desaparecido. Es que cada parte sospecha que el Estado ya no es neutral.

Julio de 1936

El asesinato del teniente Castillo y, días después, el del diputado José Calvo Sotelo, provocaron una conmoción inmediata. En el Congreso, el silencio era denso. Logré hablar brevemente con un capitán destinado en Madrid.

—No todos pensamos igual —me dijo—. Algunos creen que la situación es insostenible; otros opinan que el ejército no debe intervenir en política. La decisión que se tome marcará generaciones.

 

17 de julio de 1936

Las primeras noticias llegaron desde Marruecos: sublevación militar en varias guarniciones. Lo que había sido crisis política se transformó en conflicto armado. Escuché a dos hombres que observaban el paso de un camión militar cerca de la redacción.

—¿Ves eso? —dijo un joven falangista de camisa azul—. La República es el caos. Solo la fuerza y una nueva fe nos salvarán de este guirigay de parlamentarios y dinamiteros. La bandera de tres colores debe morir para que nazca una España de un solo color.

—Nos han traicionado —susurró un viejo socialista escondiendo un panfleto—. Ganamos en la calle y nos masacraron en el campo. Si la República es lo que se hizo en Asturias, entonces ya no hay República. Solo queda la lucha.

En mi cuaderno anoté lo que sentía como un epitafio:

«El guirigay ha completado su ciclo. En la Primera, la República murió por falta de autoridad. En esta Segunda, va a morir por exceso de soberbia y por la incapacidad de aceptar al contrario. Al cambiar la bandera por capricho, nos dividieron. Al cambiar la ley por sectarismo, nos enfrentaron. Al usar el ejército contra el hambre, nos ensangrentaron. La República es un cadáver que camina».

El último eco

Mi último encuentro con el director fue desolador. Yo venía de ver a Azaña; ahora es presidente de la República, pero parece un fantasma atrapado en un palacio de cristal. Se cree el capitán del barco, pero el barco ya no tiene timón. El director estaba sentado a oscuras en su despacho, con las máquinas de imprenta paradas.

—Jefe, han asesinado a Castillo. Han asesinado a Calvo Sotelo. Ya no hay vuelta atrás —le dije—. La calle es de las milicias y de los pistoleros.

—Arturo, guarda tus cuadernos —respondió el director sin levantar la vista—. Mañana este periódico no saldrá. Ya no hay sitio para «El Eco de la mañana» cuando solo se escucha el eco de las pistolas. Mi padre murió defendiendo la verdad de tu abuelo; yo no quiero que tú mueras intentando explicar un país que ha decidido suicidarse.

—Es el mismo error de 1873, jefe, pero multiplicado por mil. Aquellos cuatro presidentes se rindieron por decencia. Estos de ahora no se rinden porque creen que Dios o la Historia les ha dado permiso para matar al vecino.

Antes de salir, escuché a dos hombres en un bar cercano, evitando mirarse a los ojos:

—Esta noche cruzan el Estrecho —decía el joven, nervioso—. Se acabó la broma de la República. Vamos a limpiar España de una vez por todas. La bandera volverá a ser la de siempre, la de la sangre y el oro.

—Que vengan —respondió un miliciano apretando un sobre—. Les estamos esperando con las armas que el Gobierno nos va a dar. Esta vez no habrá Casas Viejas; esta vez la justicia la vamos a hacer nosotros casa por casa.

El director se puso en pie y me puso una mano en el hombro.

—Adiós, amigo. Adiós, compañero. Sálvate.

—Adiós, jefe.

 

CAPÍTULO XIII

La guerra (1937-1939)

 

Yo no podía quedarme al margen y no contar lo que estaba sucediendo. De 1937 a 1939 fui corresponsal de guerra para un periódico londinense. Un día me preguntaron: «¿Por qué no paran? ¿Por qué tres años?». Desde el hotel Florida en Madrid o desde las ruinas de las ciudades, la respuesta es aterradora: porque esta no es una guerra por un territorio, es una guerra por la existencia. En España, el vecino no quiere vencer al vecino; quiere que el vecino deje de haber nacido.

Guernica, abril de 1937

He llegado a Vizcaya poco después de que los aviones de la Legión Cóndor se marcharan. El humo aún huele a madera quemada y a carne. «He visto a madres buscando a sus hijos entre piedras que aún queman», escribo en mi crónica.

Cabra, noviembre de 1938

Meses después, logro cruzar al bando nacional y llego a Cabra, en Córdoba. La aviación republicana ha bombardeado la plaza del mercado. Es el espejo de Guernica. Campesinos andaluces, mujeres con cestas de hortalizas, despedazados por bombas que caen en nombre de la «libertad».

«He visto lo mismo que en el norte, pero con otra bandera», anoto. «Unos y otros usan el aire para sembrar el pánico. ¿Por qué tres años? Porque cada bomba en un mercado alimenta el odio necesario para combatir otros seis meses».

El lenguaje de las trincheras

En las trincheras del Ebro hablé con un comisario político y, semanas después, con un oficial requeté capturado. La respuesta es la misma.

—¿Paz? ¿Para qué? ¿Para qué nos fusilen en las tapias de los cementerios? —dice el comisario—. Si perdemos, desaparecemos. Negrín dice «resistir es vencer», porque rendirse es morir.

—¿Paz con los que quemaron mi iglesia y mataron a mi hermano? —responde el requeté—. Esto es una Cruzada. España debe ser limpia o no será. Tres años son pocos si al final no queda ni un solo rastro de su bandera.

En mi crónica escribí:

«Los líderes de ambos bandos saben que la paz significa juicio. Negrín no puede parar; Franco no quiere parar hasta la rendición incondicional. Aquel capricho de la bandera y aquel sectarismo de las leyes de 1931 se han convertido en una costra de sangre. Nadie quiere ser el primero en bajar el fusil porque teme que el otro no lo haga».

De camino a la frontera, un viejo campesino me dice con voz cansada:

—Mire, señor periodista. Mi hijo murió en el Jarama con los rojos. Mi otro hijo murió en Teruel con los nacionales. ¿Sabe por qué ha durado tres años? Porque los señores de Madrid y los generales de Burgos no han pasado hambre ni frío. Ellos ponían los discursos, y nosotros poníamos los muertos. El «guirigay» empezó con palabras y ha terminado dejándonos sin hijos.

Marzo de 1939: El exilio

Crucé la frontera hacia Francia. Un oficial me preguntó por qué me voy si no tengo las manos manchadas de sangre.

—Me voy —le digo—, pero no huyo de un bando. Huyo de un paisaje. Me voy porque ya no reconozco a mi gente. He visto a hermanos denunciar a hermanos; he visto a amigos de la infancia brindar mientras el vecino era llevado a la tapia del cementerio.

Mi abuelo murió asesinado porque creía que la verdad podía salvar a España. Yo me exilio porque esta España es un manicomio que no quiero habitar. Me voy hastiado de una tierra donde el mayor enemigo de un español es, siempre, otro español. Me voy a Francia porque aquí la piedad ha muerto. Me voy para no terminar siendo como ellos, para no aprender a odiar, para que no se me endurezca el corazón viendo cómo nos matamos por un trozo de tela o una idea. Me voy para seguir sintiendo dolor por el sufrimiento ajeno, sea del bando que sea, algo que en esta tierra ya es un pecado. Me voy no para salvar mi cuello, sino para salvar lo último que me queda de humano.


EPÍLOGO

 

Lille, Francia. 20 de enero de 1945

Durante seis años guardé silencio, pero ahora siento que mis pulmones ya no aguantan un invierno más. Sé que me estoy muriendo. Acabo de cumplir cuarenta y cinco años, la misma edad que tenía mi abuelo cuando el «guirigay» de la Primera República lo devoró. No tengo hijos; la guerra me robó el tiempo de amar y el exilio me quitó las raíces. Mi única familia son estos cuadernos de cuero que descansan sobre la mesilla de noche.

Con la respiración entrecortada por el frío de Lille, escribo mi última reflexión sobre la España que dejé atrás:

«A veces me preguntan en el café los otros refugiados si odio a los que mandan. Y les digo que no. Siento una tristeza que pesa más que el odio. Nos buscamos este destino. La dictadura es el silencio que queda después de una bronca monumental donde nadie quiso escuchar. Es el castigo de un pueblo que prefirió tener razón a tener paz. Hemos dejado que nos pongan bozales porque nos mordíamos los unos a los otros».

A veces imagino la que será la España del futuro. No sé cuándo llegará, pero sé cómo debe ser. No siento amargura por morir solo en Francia; siento que mi misión ha terminado: he guardado la memoria de dos repúblicas fallidas. Sueño con la «Tercera Oportunidad». No sé si será una república o una monarquía; no me importa el traje. Pero ruego a Dios, o al Destino, que sea la definitiva.

Que sea esa ley —esa Constitución— que no se escriba para ganar a nadie, sino para vivir con todos. Un texto donde el hijo de quien me persiguió y el hijo de quien me ayudó puedan sentarse a estudiar en la misma mesa, bajo una misma luz, sin que nadie les pregunte de qué color era la sangre de sus abuelos.

Me voy en paz. Me voy sabiendo que, aunque muera en este destierro, el amor por esa España que aún no existe es lo único que me mantiene humano. A ti, que lees esto en el futuro: no permitas que el ruido vuelva a acallar la piedad. Cuida esa paz que yo solo pude soñar.

El presente

Adrián comprendió entonces que él era el heredero de Arturo. No por sangre, sino por destino. Comprendió que el sacrificio de su propio padre, trabajando de sol a sol en Francia para que él pudiera estudiar, era la culminación de aquel sueño de 1945. La «Tercera Oportunidad» que Arturo pedía a gritos desde su lecho de muerte era la España en la que Adrián vivía hoy.

Adrián acarició la vieja piel del cuaderno. Por fin, después de un siglo de «guirigáis» y fracturas, el traje que el abuelo de Arturo soñó y que Arturo imaginó en el exilio le quedaba a España a la medida. El hijo del obrero leía, al fin, el alma del cronista; y en ese abrazo de papel, la guerra, por fin, había terminado.


Sinopsis 

En un desván polvoriento cerca de Lille, un trabajador español emigrado rescata del fuego una vieja caja con cuadernos escritos décadas atrás. Su hijo, estudiante de Historia, descubre en esas páginas el testimonio de dos hombres —abuelo y nieto, ambos llamados Arturo— que vivieron en primera línea los dos grandes intentos republicanos de España: 1873 y 1931.

A través de crónicas, entrevistas y reflexiones personales, los cuadernos reconstruyen el vértigo de la Primera República, devorada por el caos político y el cantonalismo, y la creciente fractura de la Segunda, marcada por la polarización, la violencia y el camino hacia la Guerra Civil. Presidentes, ministros, soldados y ciudadanos anónimos desfilan por estas páginas en un relato que mezcla memoria, análisis y drama humano.

La República Fallida y La República Partida no es solo una novela histórica: es una reflexión sobre el sectarismo, la soberbia ideológica y el precio de convertir al adversario en enemigo. Un viaje al pasado que interpela al presente y plantea una pregunta incómoda: ¿puede sobrevivir una nación cuando olvida que la convivencia vale más que la victoria?

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