La República Fallida - La República partida
PRÓLOGO
La historia de
España suele contarse a través de grandes nombres, fechas de batallas y
decretos firmados en despachos solemnes. Sin embargo, este libro nace de una
historia distinta: la de un desván polvoriento cerca de Lille, bajo un cielo
plomizo francés. Allí, entre muebles carcomidos, un hombre llamado Paco —de
manos nudosas y alma curtida— rescató del fuego una caja de madera que el
destino le había reservado.
Este no es solo
un compendio de crónicas periodísticas; es el eco de dos voces, abuelo y nieto,
ambos llamados Arturo, que vivieron y sufrieron los dos grandes intentos
republicanos de nuestra tierra. A través de sus cuadernos, asistimos al
nacimiento de una esperanza en 1873 que pronto se convirtió en un "guirigay"
de voces incapaces de escucharse. Vemos a cuatro presidentes honestos ser
devorados por un caos que ellos mismos no supieron gestionar, dejando al país
"en camisa" mientras se cambiaban de chaqueta.
Pero la
tragedia se profundiza cuando Arturo (nieto) retoma la pluma en 1931. Su
testimonio es una advertencia dolorosa sobre cómo la memoria selectiva y el
dogmatismo pueden convertir una fiesta de flores en la Puerta del Sol en una
frontera de odio. Desde la quema de conventos hasta el horror de Casas Viejas y
el estallido final de 1936, estos diarios nos narran cómo la "República
fallida" de un siglo se transformó en la "República partida" del
siguiente.
El valor de
estas páginas no reside solo en lo que cuentan los que gobernaron, sino en lo
que susurraron los que sufrieron: el tendero, el soldado y la lavandera. Es un
relato sobre la incapacidad de aceptar al vecino y sobre la soberbia de creer
que la patria es una bandera y no el respeto al que tienes al lado.
Al final, este
libro es un homenaje a la piedad. Como bien comprendió Adrián al leer los
cuadernos bajo la luz de su flexo en Madrid, el verdadero heroísmo no estuvo
solo en la pluma de los cronistas, sino en las manos de su padre. Unas manos
que, sin saber leer, supieron reconocer que hay verdades que no deben arder.
Pasen y lean.
No para juzgar el pasado, sino para asegurar que el traje de la concordia, ese
que tanto costó tejer, nos siga quedando a la medida.
CAPÍTULO I
Alrededores de Lille, Francia
Noviembre de
2004.
El cielo está
plomizo, como siempre que llega la campaña de la endivia. Paco, hombre de manos
nudosas y piel curtida por décadas de inviernos franceses, sube las escaleras
crujientes de la vieja casona de su patrón, Monsieur Girard. Es domingo —su
único día de descanso, pero necesita el dinero extra que el francés le ha
prometido por vaciar el desván de la casa recién comprada.
Entre muebles
carcomidos y telas cubiertas de polvo, Paco arrastra una caja de madera
reforzada con metal. El patrón la mira con indiferencia.
—Son papiers,
Paco —dice encogiéndose de hombros—. Parece que el antiguo dueño era un
refugiado español que murió hace décadas. Mira esos legajos, están en tu
idioma. Si te sirven para encender la chimenea, llévatelos. Si no, al
contenedor.
Paco apenas
sabe leer; la escuela fue un lujo que el hambre le arrebató demasiado pronto.
Pero cuando toca los cuadernos de cuero que hay dentro, siente un escalofrío.
Reconoce el olor rancio de la tinta vieja, el tacto del papel que ha sobrevivo
a un siglo. No sabe qué dicen esas letras apretadas, pero intuye que no deben
arder. Piensa en su hijo Adrián, que estudia Historia en Madrid gracias a que
él se dobla el lomo bajo el invierno francés.
—Me los quedo,
Monsieur. Mi hijo sabrá qué hacer con ellos.
Madrid, Navidad de 2004
Paco llega a
casa por Navidad. En la pequeña cocina, deja la caja sobre la mesa ante la
mirada curiosa de Adrián.
—Toma, hijo. Lo
encontré en un desván cerca de Lille. La casa había pertenecido a un refugiado
español. Me acordé de tus libros… y de tus exámenes.
Adrián abre el
primer cuaderno con una reverencia casi instintiva. La caligrafía es elegante,
aunque apresurada. En la primera página, una fecha: Madrid, febrero de 1873.
Debajo, una firma: Arturo.
En el fondo de
la caja, otro cuaderno con la misma letra, pero más firme, fechado en 1931: Arturo
(nieto).
Paco observa a
su hijo. El chico lleva horas en silencio bajo la luz del flexo, las páginas
amarillentas extendidas ante él como si fueran un mapa secreto. Tiene los ojos húmedos.
Las manos le tiemblan.
—¿Qué pasa,
hijo? —pregunta Paco mientras sirve un poco de vino—. ¿Tan malo es lo que dice
ese hombre?
Adrián levanta
la vista. Mira a su padre: las articulaciones hinchadas, la espalda vencida por
años de arrancar raíces en tierra ajena para que él pudiera estudiar en la
suya.
—No es malo,
papá. Es… la verdad. Escucha lo que escribió antes de morir, allí cerca de
donde tú trabajas.
Aclara la voz y
lee la última entrada, fechada en 1945:
«He pasado mis
últimos años preguntando a quienes llegaron aquí conmigo, a los que gritaban
que la República era suya y de nadie más. Les pregunté qué ganaron con la
guerra. Algunos callan; otros lloran. La República fallida de mi abuelo fue un
sueño que no supimos gestionar. La República partida de mi tiempo fue un odio
que no quisimos frenar. Me voy sin nada, pero dejo estos cuadernos con la
esperanza de que un día un español sin las manos manchadas de pólvora, sino
limpias de trabajo, los encuentre y comprenda que la patria no es una bandera,
sino el respeto al que tienes al lado».
Paco se queda
en silencio. No entiende de fechas ni de debates, pero entiende de respeto.
Mira sus manos, manchadas de resina y polvo.
—Entonces…
—dice con voz ronca— ese señor me estaba esperando a mí.
Adrián asiente.
—Te estaba
esperando a ti, papá. Porque tú no fuiste a Francia a preguntar quién ganó o
quién perdió. Fuiste a trabajar para que yo no tuviera que preguntarlo nunca
más.
Adrián cierra
el cuaderno con cuidado. Sabe que tiene entre manos el libro que cambiará su
vida y, quizá, la forma en que su país entiende su pasado. Pero también sabe
algo más: los verdaderos héroes no fueron Arturo ni Arturo (nieto), ni los
presidentes de la Primera o Segunda República. El héroe fue el hombre que, sin
saber leer, supo reconocer el valor de una voz que pedía auxilio desde el
olvido.
Adrián cierra
el último cuaderno despacio. No lo hace con alivio, sino con respeto, como si
temiera que el papel pudiera resentirse del gesto. Ha leído durante horas. Ha
escuchado a hombres que gobernaron sin saber si el suelo resistiría bajo sus
pies. Ha leído dudas, silencios, excusas… y alguna verdad dicha demasiado
tarde.
No puede
limitarse a ordenar aquellos testimonios como quien archiva un pasado muerto.
Entiende que lo que tiene entre manos no es un legado para conservar, sino una
responsabilidad para contar. Abre su ordenador y teclea un título que no es un
juicio, sino una constatación:
LA REPÚBLICA
FALLIDA Y LA REPÚBLICA PARTIDA
Debajo, una
nota breve, casi una promesa:
Este manuscrito
se escribe a partir de los cuadernos de Arturo y Arturo (nieto), periodistas
que escucharon a quienes gobernaron España en sus dos intentos de República.
Aquí no habla la Historia. Hablan los hombres que la condujeron… y a veces la
perdieron.
Deja una página
en blanco y continúa. No empieza por el final ni por la guerra. Empieza por el
instante exacto en que todo comenzó sin estar preparado. Encabeza el primer
capítulo con una fecha:
11 de febrero
de 1873
Y un título que
ya estaba escrito hacía más de un siglo, pero que ahora cobra sentido pleno.
CAPÍTULO II
El estreno del caos
Narrador:
Estanislao Figueras y Moragas (Testimonio
recogido por Arturo)
11 de febrero
de 1873
El ambiente en
el Congreso no era de triunfo, era de pánico contenido. Amadeo de Saboya se
había ido diciendo que los españoles éramos «ingobernables», y allí estábamos
nosotros, en una sesión conjunta del Congreso y el Senado, proclamando una
República que nadie había planificado de verdad.
Debo ser
honesto: nacimos de un vacío, no de una convicción unánime. Yo subí al estrado
mirando las caras de los monárquicos reconvertidos a toda prisa y de mis
propios correligionarios federales, que ya estaban afilando los cuchillos entre
ellos antes siquiera de redactar el primer decreto.
Mi error fue
creer que la templanza serviría de algo en un manicomio. Intenté gobernar con
un pacto entre radicales y federales, una mezcla de aceite y agua que solo
sirvió para paralizar el país. ¿Saben lo que es presidir un Consejo de
Ministros donde todos gritan y nadie escucha? La situación era tan absurda que,
apenas unos meses después, en una reunión de gabinete, llegué a mi límite. Los
libros de historia dicen que fui educado, pero la verdad es que mi alma gritó
lo que mis labios acabaron soltando antes de marcharme a dar un paseo por el
Retiro... y no volver:
—Señores, ya no
aguanto más. Voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros.
Esa frase —que
la historia ha intentado suavizar— resume mi presidencia. Me fui a la estación
de Atocha, saqué un billete para París y dejé el país atrás. Me cambiaron como
quien se quita una chaqueta que aprieta, pero la realidad es que la chaqueta
estaba ardiendo.
Dejé el relevo
a Pi y Margall. Un hombre de una integridad intelectual asombrosa, un teórico
brillante, pero ¡ay!, la teoría se da de bruces con la realidad cuando los
pueblos deciden declararse independientes por su cuenta.
CAPÍTULO III
El filósofo frente al incendio
Narrador:
Francisco Pi y Margall (Testimonio
recogido por Arturo)
Junio de 1873
Entré en la
presidencia con un libro bajo el brazo y salí con el corazón roto. Yo creía en
una República Federal construida desde la ley, de arriba hacia abajo, con
orden. Pero España, en su impaciencia y su locura, decidió que la libertad era
que cada municipio hiciera lo que le viniera en gana.
Mi gran error
fue la rigidez. Me negué a usar la fuerza contra mis propios ideales. Cuando
las ciudades empezaron a declararse independientes (el famoso «cantonalismo»),
yo me quedé bloqueado. ¿Cómo iba a enviar al ejército a bombardear a ciudadanos
que pedían lo mismo que yo, pero más rápido?
Pequé de
ingenuo. Pensé que con discursos y pedagogía convencería a los intransigentes
de que detuvieran su locura. Mientras yo redactaba la Constitución Federal de
1873, el país se desintegraba: Cartagena se sublevaba, en Alcoy corría la
sangre y los carlistas avanzaban por el norte. Lo que vivimos fue un
esperpento. No era solo que cambiáramos de presidente «como de ropa», es que el
mapa de España parecía un traje de retales remendado por un ciego:
- Utrera se declaraba
independiente.
- Torrevieja quería ser nación.
- ¡Incluso Granada y Jaén se
declararon la guerra entre sí!
Mis ministros
me pedían mano dura, pero mi conciencia me dictaba paz. Al final, me di cuenta
de que mi pulso temblaba demasiado para sostener el timón de un barco que se
hundía. Dimití solo treinta y siete días después de empezar, dejando paso a
Salmerón.
«Mis
convicciones son de acero, pero la realidad de España es de fuego. Y el acero,
ante el fuego, acaba doblándose».
Le entregué el
mando a Nicolás Salmerón. Un hombre tan recto que preferiría perder el poder
antes que mancharse las manos de sangre. Pero, como verás, en este guirigay, la
ética era un lujo que la República no se podía permitir.
CAPÍTULO IV
El filósofo del Derecho frente al verdugo
Narrador:
Nicolás Salmerón (Testimonio recogido por Arturo)
Julio de 1873
Asumí el poder
el 18 de julio. Solo estuve un mes y medio en el sillón, pero sentí que
envejecí un siglo. Mi antecesor, Pi, era un romántico; yo, en cambio, entendía
que una República sin orden es solo una palabra vacía en un papel mojado.
Mi error —si es
que se puede llamar error a tener conciencia— fue creer que se podía salvar la
República manteniendo las manos limpias. Para sofocar el «guirigay» de los
cantones (aquella locura donde cada pueblo quería su propia bandera y su propia
moneda), tuve que recurrir a los generales.
Pavía y
Martínez Campos salieron a restablecer el orden a cañonazos. Y aquí llegó mi
perdición: los tribunales militares empezaron a dictar penas de muerte contra
los soldados que se habían sublevado. ¿Saben lo que es ser el presidente de una
nación y tener que firmar cada mañana una pila de sentencias de muerte? Mis
principios me lo impedían. Yo era —y soy— un hombre que cree en la vida por
encima del Estado.
Me decían: «Don
Nicolás, o firma usted estas ejecuciones para mantener la disciplina del
ejército, o la República cae mañana». Y yo miraba la pluma y miraba el papel, y
veía los rostros de esos hombres.
—Me voy —dije—.
No puedo gobernar sobre un cementerio. Prefiero dejar el poder antes que firmar
una sola sentencia de muerte.
Dimití el 6 de
septiembre. Me cambiaron, efectivamente, como quien tira una prenda que se ha
manchado de una mancha que no sale: la responsabilidad de matar para
sobrevivir. Mi salida dejó el camino libre al cuarto jinete, el último antes
del fin del sueño: Emilio Castelar. El mejor orador que ha dado España, pero
también el hombre que, para salvar la República, acabó enterrando sus principios
democráticos.
Castelar decía
que la República necesitaba «orden, autoridad y gobierno». Fue el último
intento desesperado antes de que las botas de los generales volvieran a resonar
en el Congreso.
CAPÍTULO V
El orador frente al abismo
Narrador:
Emilio Castelar (Testimonio recogido por Arturo)
Septiembre de
1873 - Enero de 1874
Heredé una casa
en llamas. Figueras huyó, Pi se perdió en nubes teóricas y Salmerón se ahogó en
sus escrúpulos. Cuando tomé el mallete de presidente, me di cuenta de una verdad
amarga: para salvar la República, tenía que dejar de ser republicano... al
menos, el tipo de republicano que yo mismo había predicado durante veinte años.
Mi error —o mi
tragedia— fue la traición a mis propios dogmas. Yo, que siempre defendí la descentralización
y las libertades individuales, tuve que suspender las garantías
constitucionales y gobernar por decreto. Me convertí en un dictador «benévolo».
Llamé a filas a
los generales más conservadores porque eran los únicos que sabían disparar un cañón
con puntería. Reinstauré la disciplina militar y la pena de muerte que Salmerón
no pudo soportar. ¿Saben cómo me llamaban mis propios compañeros de partido?
«Traidor». Pero yo les respondía: «¿Prefieren una República muerta o una
República con orden?».
El 2 de enero
de 1874, el Congreso se reunió para votarme una moción de confianza. Los
federales intransigentes, ciegos de dogmatismo, prefirieron derribarme antes
que dejarme seguir salvando el Estado. Me derrotaron por votos. Pero el
guirigay era ya ensordecedor. Mientras recogía mis papeles, el general Pavía
envió a sus soldados. No entró a caballo en el hemiciclo, como dice la leyenda,
pero los disparos en los pasillos y los culatazos de los fusiles en las puertas
fueron suficientes.
—Señores —pensé
al salir—, la República ha muerto a manos de sus propios hijos. Unos por
quererla demasiado pura y otros por no quererla en absoluto.
Salí del
Congreso con la cabeza alta, pero el corazón marchito. En menos de un año,
España había devorado a cuatro hijos que intentaron darle una forma moderna. La
ropa estaba tan gastada de tanto cambiar de dueño que terminó rompiéndose. Tras
Castelar vino el general Serrano, pero aquello ya no era una República, era un
«interregno» esperando a que volviera un rey. El experimento había terminado en
un charco de sangre, ruido y furia.
CAPÍTULO VI
Notas y cartas
Repasaba mis
notas en la Taberna del Cojo; me preparaba para publicar en mi periódico. En
principio, me centraría solo en la opinión que había conseguido obtener de cada
uno de los presidentes. Pero, sin duda, la voz de la calle era tan importante
como la de los políticos. Por eso me sorprendió cuando el tabernero, mientras
limpiaba el mostrador, me dijo:
—Mire, don
Arturo: sus cuatro presidentes eran hombres de mucha luz, pero nos dejaron a
oscuras. Se cambiaban de chaqueta tan rápido que al final nos dejaron a todos
en camisa. Queríamos pan y nos dieron constituciones; queríamos paz y nos
dieron discursos. Al final, el «guirigay» fue tan grande que hasta el silencio
del rey nos pareció música.
Bajé a las
tabernas, hablé con las lavanderas y escuché a los soldados. La calle no pedía
grandes teorías federales ni discursos de elocuencia infinita. La calle pedía
que el mañana fuera igual que el hoy, sin el miedo de despertarse con una nueva
guerra o un nuevo amo.
La República no
fracasó porque sus presidentes fueran malos hombres; al contrario, eran
demasiado honestos para el lodazal que les tocó pisar. Fracasó porque en España
preferimos tener razón a tener paz. Preferimos que el vecino pierda a que todos
ganemos algo.
Cerramos hoy
este capítulo. Los cuatro presidentes ya son historia. El «guirigay» ha sido
silenciado por las botas de los de siempre. Pero que quede escrito: hubo un año
en que cuatro hombres intentaron que España fuera mayor de edad. No pudimos, o
no supimos, estar a la altura de su sacrificio.
EL TRAJE QUE
NADIE SUPO LLEVAR
(Publicado el
18/06/1874 en el periódico El Eco de la Mañana)
Hemos cambiado
de presidente como quien cambia de camisa cada vez que se mancha de sangre o de
barro. Cuatro hombres, cuatro visiones y un solo resultado: el fracaso de la
palabra. España es hoy un niño que, tras romper todos sus juguetes en una
rabieta federal, regresa cabizbajo a los brazos de los militares. El «guirigay»
ha sido ensordecedor, pero el silencio que viene ahora da mucho más miedo.
He conseguido
recoger las impresiones de los cuatro hombres que intentaron, cada uno a su
modo, sostener el cielo con las manos este último año. He aquí su juicio final
sobre el desastre:
ESTANISLAO
FIGUERAS (Desde su retiro): «Se lo
advertí. Les dije que estábamos todos "hasta los cojones". Me
llamaron cobarde por marcharme a París, pero hoy veo que solo fui un profeta.
Abrí la puerta a la libertad y mis sucesores la usaron para tirarse los trastos
a la cabeza».
FRANCISCO PI Y
MARGALL (En su biblioteca): «Es el triunfo
de la fuerza sobre la idea. Mi República Federal era un templo de paz, pero los
cantones la convirtieron en una casa de locos y Castelar en un cuartel. El
guirigay ha terminado en silencio sepulcral».
NICOLÁS
SALMERÓN (Con la mirada perdida): «Dimití por no
firmar muertes, y hoy la República muere entera. No me arrepiento. Si para
mantener el orden republicano hacía falta la bota de un general, entonces es
que la República ya no existía».
EMILIO CASTELAR
(El último en salir): «He luchado
contra los carlistas, contra los cantonalistas y contra mis propios amigos... y
al final me han vencido los que decían ser más republicanos que yo. España no
quiere discursos; quiere orden, aunque sea el orden de los cementerios».
Opiniones
recogidas en una taberna de la calle de Alcalá
Si bajamos al
nivel del suelo, donde la política no se lee en los diarios sino que se sufre
en la barriga, el sentimiento es de un agotamiento absoluto.
El tendero (Don
Mariano): «Mire usted, joven, a mí me da
igual que el presidente se llame Estanislao o Francisco. Lo que yo sé es que en
un año me han cambiado el retrato de la pared cuatro veces y el precio del pan
ha subido ocho. Aquí en Madrid cada mañana nos
despertamos con un bando nuevo. ¡Es un mareo! Que si somos federales, que si
unitarios... ¡Yo lo que soy es pobre! Cambian de
presidente como de camisa, pero la mugre de la calle sigue siendo la misma».
El soldado de
reemplazo (Juan): «A mí me mandó
Salmerón a pegar tiros y luego Castelar me dijo que no podía volver a casa. Nos
dicen que la República es la libertad, pero yo solo veo que nos mandan a morir
al norte o al sur. Que venga el rey o que venga el diablo, pero que dejen de jugar
a los soldaditos con nosotros».
La lavandera
del Manzanares (Pepa): «¿Presidentes?
¡Si parecen sombras! Pasan por el balcón de la Puerta del Sol, saludan, dan un
discurso de tres horas y al mes siguiente ya no están. Dicen que el último, ese que habla tan bien
(Castelar), es el que tiene la mano dura. Pues menos mal, porque con el
anterior el vecino de enfrente ya quería declarar su casa 'nación
independiente' para no pagar el alquiler. ¡Esto ha sido una jaula de grillos!».
Fdo.: Arturo
Fernández
CARTA DEL DIRECTOR DEL DIARIO «EL ECO DE LA MAÑANA»
Estimados
redactores, jóvenes aprendices y valientes colaboradores:
Hoy la pluma me
pesa más que nunca. No solo por la tinta que en ella reside, sino por la sangre
que ha sido derramada por la verdad. Nuestro colega, nuestro amigo, don Arturo,
ya no está entre nosotros. Ha sido asesinado, y no me cabe duda de que ha sido
por su obstinada lealtad a los hechos, por su implacable crónica de la Primera
República.
Sé que muchos
me tildarán de temerario, pero la verdad es una antorcha que no se apaga. Hace
apenas unas horas, una nota anónima, manchada de un claro mensaje
intimidatorio, ha llegado a esta redacción. Nos exige que nos retractemos; nos
acusa de «desprestigiar» la memoria de la República.
¿Retractarnos? ¿De qué, si no de la pura y cruda
realidad que don Arturo nos trajo en sus cuadernos? Él no inventó el hastío de
Figueras ni los lamentos de Pi y Margall. No forjó
el dilema moral de Salmerón ante las penas de muerte, ni las amargas
confesiones de Castelar sobre el sacrificio de la libertad.
Don Arturo fue
testigo de cómo aquellos cuatro hombres, brillantes y bienintencionados, fueron
devorados por un «guirigay» que los superaba. Vio cómo cambiaban de silla, de
ministros, de principios... de «ropa», como él decía con su ironía mordaz,
hasta que la nación se quedó en harapos.
Él no juzgó; solo transcribió. Bajó a la calle y nos trajo la voz del tendero, del
soldado y de la lavandera, voces que no entendían de idealismos, sino de pan y
de miedo. Esa es la verdad: que la República fue un sueño hermoso que, en la
práctica, se convirtió en una pesadilla de caos y frustración para el pueblo.
Por Arturo, por
la libertad de esta prensa y por la memoria de lo que realmente ocurrió: no
nos retractaremos. Que el pueblo juzgue si la verdad merece ser silenciada
con amenazas o con sangre.
El Eco de la
Mañana seguirá informando, aunque nos cueste el pellejo. Que en paz descanse,
don Arturo. Su pluma ha sido silenciada, pero su verdad resonará en estas
páginas.
Atentamente, El Director de «El Eco de la Mañana»
EPÍLOGO
Adrián cerró el
primer cuaderno con la sensación de haber asistido a un ensayo general que
terminó en incendio.
Cuatro
presidentes. Cuatro hombres honestos. Cuatro derrotas.
La Primera República
no murió solo por los fusiles de Pavía; murió por la incapacidad de sus propios
hijos para convivir con sus diferencias. Demasiada teoría. Demasiado orgullo.
Demasiado «tener razón».
Pero lo que más
le inquietaba no era el pasado. Era la fecha del segundo cuaderno: 1931.
No era una
continuación. Era una repetición.
Abrió el nuevo
volumen con un respeto distinto. La caligrafía era la misma, pero más firme.
Más amarga. En la primera página, una frase subrayada:
«Mi abuelo
creyó que el error fue la improvisación. Yo temo que el nuestro será la memoria
selectiva».
Adrián sintió
un escalofrío. La Segunda República no nacía de la nada; nacía de una herida
mal cerrada. Y esta vez —lo sabía incluso antes de empezar a leer— el
«guirigay» no acabaría en un golpe de Estado parlamentario. Acabaría en guerra.
Pasó la página.
Madrid, 14 de abril de 1931.
CAPÍTULO VII
El despertar de la tricolor
Cuaderno de
notas de Arturo (nieto)
Madrid, 14 de
abril de 1931
La Puerta del
Sol estaba llena desde media mañana. No había tropas ni disparos; solo una
multitud expectante y un murmullo que crecía por momentos. Cuando la bandera
tricolor fue izada en el edificio de Correos, se produjo un silencio breve,
seguido de aplausos y vítores.
Para muchos,
aquel símbolo no era nuevo: evocaba la experiencia republicana de 1873 y una
tradición federal que algunos consideraban interrumpida. Para otros,
representaba simplemente el inicio de una etapa distinta tras la salida de
Alfonso XIII. En la redacción del periódico, el ambiente era menos eufórico que
en la plaza. El sucesor de aquel director que defendió a mi abuelo miraba por
la ventana hacia la Puerta del Sol.
—¿Qué opina del
cambio de bandera? —pregunté.
El director,
aún de pie junto a la ventana, respondió:
—Los símbolos
acompañan a los cambios políticos. La cuestión no es el color, sino si el nuevo
régimen sabrá integrar a quienes hoy celebran y a quienes hoy guardan silencio.
—Jefe, esto
empieza con mal pie —dije yo.
—¿Qué dices,
muchacho? ¡Es la bandera de la libertad! El pueblo la aclama.
—El pueblo de
hoy, jefe. Pero ¿y el de mañana? Al cambiar el oro y gualda por el morado de
forma unilateral, estamos diciendo a millones de españoles que esta República
no es su casa. Estamos creando «propios» y «extraños» desde el primer minuto.
Mi abuelo vio cómo el país se rompía por mil sitios; yo veo que hoy se está
rompiendo por la mitad.
—Arturo, no
seas pájaro de mal agüero —replicó serio—. Es solo un color.
—No es un
color, es un síntoma. Se empieza cambiando el color por capricho y se termina
cambiando la realidad por decreto. El 1873 era un caos de desorden; este de
1931 parece que va a ser un caos de dogmatismo. Si la bandera es solo de los
republicanos y no de los españoles, la República durará lo que tarde la otra
mitad en querer recuperar su color.
En la calle
recogí impresiones diversas. Un joven estudiante sostenía una bandera pequeña y
decía: «Esto significa que el país puede empezar de nuevo. No es solo una forma
de gobierno; es una esperanza». Un comerciante mayor, que observaba desde la
puerta de su tienda, se mostró más cauto: «He vivido suficientes cambios para
no entusiasmarme demasiado. Si hay estabilidad y trabajo, bienvenido sea el
nuevo régimen».
Un antiguo
militar retirado, al que conocía de visitas anteriores al café de la calle
Arenal, me comentó:
—Mire eso,
periodista. He servido cuarenta años bajo una bandera que era de todos, con
reyes y con repúblicas, pues la Primera no la cambió. Hoy nos dicen que somos
extranjeros en nuestra propia plaza. Ese morado no es una unión, es una herida.
Han empezado rompiendo el símbolo; terminarán rompiendo la convivencia.
18:00 horas
He pasado toda
la tarde observando la nueva bandera que ondea sobre el reloj de la plaza. La
gente la besa, la abraza, como si fuera un talismán. Pero yo no puedo evitar
recordar las notas de mi abuelo sobre el guirigay de 1873. Aquellos cuatro
presidentes se cambiaban de chaqueta, sí; pero esta República ha empezado
cambiándole la piel a la nación. He escrito en mi cuaderno una reflexión que sé
que no gustará en la redacción:
«La República
ha nacido con un capricho cromático. Han añadido el morado basándose en una
interpretación romántica —y quizá errónea— de los pendones de los Comuneros de
Castilla. Al hacerlo, han convertido la bandera, que debería ser el paraguas de
todos, en la túnica de una sola parte».
Siento que esta
bandera no es un pacto, sino un trofeo. Mi abuelo escribió que la Primera
República murió porque cada cual quería su propia bandera en su propio pueblo.
Esta Segunda República, antes de redactar su primera ley, ya ha decretado que
la mitad de España debe olvidar sus colores de siempre. Es una grieta. Si el
símbolo nacional se cambia por un capricho de partido, ¿qué no se cambiará
mañana?
Esa tarde
visité el Ministerio para recoger impresiones del Gobierno provisional. Un
miembro del gabinete explicó:
—La bandera
responde a una tradición republicana anterior. No es una invención, es una
recuperación simbólica.
Otro añadió:
—Lo esencial no
será el símbolo, sino la capacidad de redactar una Constitución que represente
a una mayoría amplia del país.
No encontré
unanimidad, pero tampoco dramatismo. Lo que predominaba era la sensación de
estar comenzando algo cuyo alcance nadie podía prever.
CAPÍTULO VIII
El careo en el Ministerio
Con Niceto
Alcalá-Zamora (Presidente del Gobierno provisional)
Le señalo la
bandera que ondea afuera, iluminada por los focos de la plaza.
—Don Niceto,
usted viene de la monarquía. Dígame, ¿no siente que ese morado es una grieta?
¿No es un capricho que excluye a media España antes de empezar a andar?
—Ay, Arturo...
—responde Alcalá-Zamora con gesto de preocupación contenida—. Usted tiene el
ojo crítico de su abuelo. Se lo diré en confianza: yo hubiera preferido la bandera
de siempre. La República es una forma de gobierno, no una guerra de colores.
Pero los jóvenes, los socialistas... han impuesto ese morado como símbolo de
ruptura. He tenido que aceptarlo para que la multitud no quemara el palacio. Es
un peaje, muchacho. Espero que el país sea más fuerte que un trozo de tela,
pero le confieso que me preocupa que hayamos empezado definiendo quién sobra en
esta fiesta.
Con Manuel
Azaña (Ministro de la Guerra)
Azaña me recibe
con su habitual aire de superioridad intelectual, limpiando sus gafas mientras
mira con desdén mis apuntes.
—Don Manuel,
¿por qué cambiar la bandera? ¿Por qué ese capricho del morado que hiere los
sentimientos de tantos que no son republicanos «de carné»?
—¿Capricho?
—responde con voz cortante—. No sea usted sentimental, joven periodista. Es una
necesidad quirúrgica. España es un cuerpo lleno de gangrena monárquica y hay
que extirparla hasta en los colores. Ese morado es el color de Castilla, de la
libertad de los comuneros frente a los tiranos. Si a media España le duele, es
porque media España aún vive en el siglo XVI. No hemos venido a decorar la casa
del rey, hemos venido a demolerla y construir una nueva. La bandera no es una
grieta, es la frontera entre el pasado oscuro y el futuro luminoso que yo
represento.
Al salir del
Ministerio, me detengo a escuchar a un grupo de guardias civiles que observan
la bandera. Uno de ellos susurra a su compañero:
—Mira eso,
Pedro. Nos han cambiado el color del paño. Dicen que ahora servimos a esa
nueva. Mañana nos pedirán que olvidemos todo lo que juramos defender. Si
cambian la bandera por un capricho de los de Madrid, ¿cuánto tardarán en
decirnos que nosotros también sobramos?
Vuelvo a la
redacción. El director me espera para cerrar la edición.
—¿Qué tienes,
Arturo? ¿Te han dado razones de Estado?
—Me han dado
miedo, jefe. He visto a un hombre que acepta el error por debilidad y a otro
que lo impone por soberbia. El primero sabe que la bandera divide, pero se
calla; el segundo quiere que divida para saber quiénes son sus enemigos.
Escribo mi
columna final del día:
«Hoy, 14 de
abril, la República ha ganado la calle pero ha perdido el símbolo. Al añadir el
morado por "necesidad quirúrgica", como dice el ministro, hemos
convertido la enseña nacional en un uniforme de partido. Mi abuelo me enseñó
que en 1873 el "guirigay" era que nadie sabía quién mandaba. En 1931,
el peligro es que los que mandan creen que pueden reinventar la psicología de
un pueblo cambiando el tinte de sus banderas. Dios nos libre de los cirujanos
que no saben que el corazón del paciente también tiene colores».
Madrid, 11 de
mayo de 1931
Lo que empezó
como una concentración derivó en enfrentamientos y, al caer la noche, algunos
edificios religiosos fueron incendiados. A la mañana siguiente, columnas de
humo se elevaban sobre distintos puntos de la ciudad. Recorrí varias calles del
centro. Frente a un convento aún humeante, un grupo de vecinos observaba en
silencio.
—Esto es
consecuencia de años de privilegios. Ahora las cosas cambian —comenta un joven exaltado.
—Sea cual sea
el gobierno, quemar no arregla nada —responde una mujer mayor con mantilla
negra.
En el
Ministerio, la preocupación es evidente. Pregunté a un miembro del Ejecutivo:
—¿Por qué no se
actuó con mayor rapidez?
—La prioridad
fue evitar enfrentamientos directos que pudieran provocar víctimas. La
situación era confusa y temíamos que una intervención precipitada agravara el
conflicto —fue la respuesta cautelosa.
En mis notas de
ese día escribí:
«Los incendios
no representan a toda la ciudad, pero sí revelan una tensión profunda. El nuevo
régimen enfrenta su primera prueba seria: demostrar que puede garantizar la
legalidad sin renunciar a las reformas prometidas».
CRÓNICA
PUBLICADA EN «EL ECO DE LA MAÑANA»
(11 de mayo de
1931)
Ha bastado un mes.
El barniz de civilización se ha agrietado. Mientras el Gobierno discute en las
Cortes sobre leyes abstractas, Madrid ha empezado a oler a chamusquina. He
visto iglesias arder y, lo que es peor, he visto a la fuerza pública mirar
hacia otro lado.
La primera
grieta: «Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano».
Esa es la frase
que corre por los pasillos; se le atribuye a Azaña. Cuando le pregunté a mi
abuelo por qué cayó la Primera, él decía que fue porque «nadie quería ser el
malo». Aquí, el problema es que el Gobierno ha decidido que «el malo» es todo
aquel que no piense como ellos.
He ido a
visitar a Niceto Alcalá-Zamora a su despacho. Lo he encontrado hundido en su
sillón, con el rostro de un hombre que ve cómo se desborda el dique que él
mismo construyó.
—Don Niceto,
están quemando bibliotecas y obras de arte. ¿Es esta la República del orden que
nos prometió?
—Arturo,
hijo... estoy solo —responde con voz trémula—. En el consejo de ministros pido
sacar a la calle a la Guardia Civil para detener el fuego, y mis ministros me
dicen que no se puede disparar contra «el pueblo». Pero eso no es el pueblo, es
una turba. Si permitimos que se quemen iglesias hoy, mañana se quemará la
Constitución. Estamos repitiendo el error de 1873: la debilidad ante el
desorden.
Fdo.: Arturo Fernández
CAPÍTULO IX
El director enfrenta la amenaza
El director de El
Eco de la Mañana me recibe. Sobre la mesa hay una nueva nota anónima.
—Mira esto,
Arturo —dice el director—. Ya no son los monárquicos los que nos amenazan.
Ahora son los «comités revolucionarios». Dicen que si seguimos informando sobre
los desmanes de la quema de conventos, somos «enemigos de la República».
—Jefe, mi
abuelo murió por contar la verdad del guirigay federal. Yo no voy a callar este
guirigay sectario —respondí—. El país se está partiendo. Unos queman iglesias
por «libertad» y otros, en sus casas, empiezan a limpiar sus fusiles por
«miedo».
—Es la misma
historia, muchacho. Cambiamos la bandera por capricho, y ahora cambiamos la ley
por miedo a las masas. Si el Gobierno no tiene la autoridad de Castelar ni la
ética de Salmerón, esto terminará en sangre.
He salido a la
calle y me he detenido frente a las ruinas humeantes de la iglesia de la Flor,
en la calle Princesa.
—Mire, periodista
—me dice doña Carmen, una mujer de luto—. Yo no era monárquica, yo quería una
España moderna. Pero si esta República permite que quemen el lugar donde
enterré a mi madre, entonces esta República no es mía. Han puesto una franja
morada en la bandera, pero el humo de estos incendios la está volviendo negra.
—¡Es la
justicia del pueblo, periodista! —grita un joven exaltado con una antorcha
apagada—O se es republicano o se es enemigo. No hay términos medios. El que no
esté con nosotros, que se atenga a las consecuencias.
Esa noche
escribí en mi cuaderno la frase que marcaría el inicio del fin:
«La Primera
República murió porque todos querían mandar en su pueblo. Esta Segunda va a
morir porque nadie quiere que el vecino tenga derecho a existir. Hemos pasado del
caos de la libertad al caos del odio. El Gobierno cree que controla el fuego,
pero el fuego no entiende de decretos. Aquella vez cambiaron de presidente como
de ropa; esta vez parece que vamos a cambiar de hermanos como de enemigos».
Madrid, octubre de 1931
En las Cortes (Crónica de El Eco de la Mañana)
Observo desde
mi asiento a Manuel Azaña. El ministro de la Guerra, convertido en el hombre
fuerte del régimen, sube al estrado. Su voz no es un grito, es un escalpelo que
corta el aire.
—La República
es para los republicanos —proclama Azaña desde el estrado—. No podemos ser tan
ingenuos como aquellos hombres de 1873 que, por respetar la libertad de sus
enemigos, acabaron cavando su propia fosa. Si para salvar la libertad de la
República tenemos que suspender las libertades de los que la odian, se hará. La
República es una fe, y quien no la profese, no puede disfrutar de sus derechos.
A la salida de
las Cortes intercepté a un diputado de la conjunción republicano-socialista, un
hombre joven y fogoso que celebra la aprobación de la ley.
—Señor
diputado, ¿no ven que esta ley es una guillotina de papel? Si hoy la usan
contra los monárquicos, mañana la usarán contra cualquiera que les lleve la
contraria. Han creado una ley para amigos y otra para enemigos.
—Usted es un
romántico, como su abuelo —responde con suficiencia—. En este país, o se tiene
el garrote o se sufre el garrote. Preferimos tenerlo nosotros. ¿Qué importa la
justicia si el orden republicano está en juego? La bandera tricolor necesita un
puño que la sostenga, no manos que tiemblen como las de Pi y Margall.
La sombra de la censura
El director me
esperaba con cara sombría.
—Arturo, ya ha
empezado. El Gobierno ha usado la nueva ley. Han suspendido tres periódicos de
la oposición esta tarde. Dicen que son «peligrosos para la seguridad del
Estado».
—Es el mismo
guirigay, jefe, pero con mejores modales. Mi abuelo contaba que en la Primera
se cambiaban de ropa por desorden; en esta, se están poniendo un uniforme de
hierro. Si no puedes opinar, si no puedes rezar, si no puedes llevar la bandera
que sientes... ¿qué nos queda?
—Nos queda la
resistencia. Pero mira esa nota en tu mesa.
Sobre mi mesa
hay un sobre cerrado. Dentro, un recorte de mi último artículo sobre la
«bandera del capricho» tachado con una cruz roja. Una nota dice: «La Ley de
Defensa de la República también sirve para los periodistas insolentes».
De camino a
casa, en el café de la calle Floridablanca, don Julián, un comerciante, me
comenta:
—¿Lo ha oído,
periodista? Ahora pueden cerrarme la tienda si digo que la República no me
gusta. Nos dijeron que esto era la democracia y resulta que es el cortijo de
unos señores de Madrid que han decidido que mi pensamiento es ilegal. Esto no
va a durar. A un español puedes quitarle el dinero, pero como le quites la
lengua y el orgullo...
He visto hoy
cómo se enterraba la libertad en el mismo lugar donde nació. La Primera
República cayó por ser un barco sin capitán. Esta Segunda va camino de hundirse
porque el capitán ha decidido que solo pueden ir a bordo los que canten su
misma canción. Aquella fue un guirigay de voces; esta es un guirigay de
silencios impuestos. Al cambiar la bandera por capricho y la ley por
sectarismo, hemos dejado de ser una nación para convertirnos en dos ejércitos
esperando una señal.
CAPÍTULO X
Casas Viejas (Cádiz)
Enero de 1933
El viaje hacia
el sur fue largo. En Madrid se hablaba de «insurrección anarquista»; en la
prensa internacional, de «represión». En el pueblo, las palabras eran menos
abstractas.
Casas Viejas
era una localidad pequeña, con altos índices de pobreza y fuerte implantación
de la CNT. La proclamación del llamado «comunismo libertario» por parte de un
grupo de jornaleros había desencadenado la intervención de la Guardia Civil y,
posteriormente, de la Guardia de Asalto. Cuando llegué, el silencio pesaba más
que cualquier consigna. La choza conocida como la de «Seisdedos» estaba
reducida a escombros. Allí se habían refugiado algunos de los sublevados tras
los primeros enfrentamientos. El asalto terminó con muertos entre los ocupantes
y miembros de las fuerzas del orden.
Hablé con los
vecinos.
—Aquí se
hablaba desde hacía tiempo de cambiarlo todo —me dijo un jornalero—. Muchos
pensaban que la República traería tierra y trabajo. Cuando vieron que nada
llegaba, algunos decidieron actuar por su cuenta.
—Se descontroló
todo muy rápido —respondió con voz baja una mujer que había perdido a un
familiar—. Primero los disparos, luego el fuego. Nadie sabía quién mandaba.
En el cuartel
improvisado, un agente de la Guardia de Asalto me explicó:
—La orden era
restablecer el orden. Hubo resistencia armada. En situaciones así, las
decisiones se toman en segundos.
Pregunté por
las versiones que hablaban de ejecuciones posteriores. El agente evitó
afirmaciones tajantes:
—Se
investigará. En momentos de tensión pueden producirse excesos. No es fácil
distinguir la responsabilidad individual en medio del caos.
En Madrid, el
suceso provocó un terremoto político. En las Cortes, diputados de distintas
tendencias exigieron explicaciones. El Gobierno defendió la actuación de las
fuerzas enviadas, pero la oposición cuestionó la proporcionalidad de la
respuesta y la cadena de mando.
En mis notas
escribí:
«Casas Viejas
no es solo un enfrentamiento entre anarquistas y fuerzas del orden. Es el
choque entre promesas amplias y realidades limitadas. La República enfrenta el
dilema de mantener autoridad sin perder legitimidad ante quienes esperaban
cambios inmediatos».
Al abandonar el
pueblo, un campesino mayor me detuvo:
—Usted escriba
lo que vea. Aquí nadie quería morir por teorías. Queríamos trabajo. Lo demás
vino después.
El juicio de
los pasillos
De vuelta en
Madrid, he interceptado a Manuel Azaña en los pasillos. El presidente del
Consejo de Ministros está pálido, pero mantiene su arrogancia de granito.
—Don Manuel, he
vuelto de Casas Viejas. He visto los cadáveres. ¿Es este el «puño de hierro»
que necesitaba la bandera tricolor? ¿Disparar a campesinos hambrientos que solo
pedían lo que ustedes les prometieron en abril?
—Arturo, deje
de ser un gacetillero de lágrima fácil —responde Azaña con la mirada gélida—.
En Casas Viejas no ha pasado sino lo que tenía que pasar. La República no puede
permitir que cuatro desarrapados proclamen el comunismo libertario en un pueblo
de mala muerte. El Estado ha de hacerse respetar. Si el orden requiere
severidad, la severidad es una virtud republicana.
—Virtud, dice
usted... Mi abuelo me contó que Salmerón dimitió por no firmar una muerte
legal. Usted ha permitido una matanza ilegal y lo llama «razón de Estado». ¿No
ve que está cavando la fosa de su propio régimen?
El director de
mi periódico me ha hecho llamar. Lo he hallado empaquetando libros.
—Se acabó,
Arturo. El Gobierno nos ha enviado otra advertencia bajo la Ley de Defensa. Si
publicamos tu crónica sobre lo que realmente pasó en Cádiz, cerrarán el
periódico para siempre.
—¡Pero es la
verdad, jefe! La gente tiene que saber que la República de los maestros se ha
convertido en la República de los verdugos.
—El «guirigay»
ha ganado, muchacho. En 1873 se cambiaban de presidente; hoy se cambian de
máscara. Un día son libertadores y al otro son tiranos. Este país no aguanta
más. La derecha se organiza para la revancha y los obreros ya solo creen en la
dinamita.
De camino a
casa, por la calle Alcalá, me crucé con un grupo de obreros con el mono
manchado de grasa.
—¿Ves esa
bandera, periodista? —dijo uno con rencor—. La franja morada ya no es de los
comuneros; es de la sangre de nuestros hermanos en Casas Viejas. Nos dijeron
que la República era nuestra, pero los fusiles siguen apuntando al mismo lado.
El 14 de abril fue un engaño. Si quieren guerra, la tendrán.
CAPÍTULO XI
Oviedo
Octubre de 1934
La noticia
llegó a Madrid como un parte militar: huelga general en varias provincias. En
Asturias, la situación fue más allá de la huelga. La entrada de ministros de la
CEDA en el Gobierno radical desencadenó protestas en sectores socialistas y
obreros que interpretaban el hecho como una amenaza para las reformas iniciadas
en 1931. En la cuenca minera asturiana, las organizaciones obreras se
levantaron en armas.
Cuando llegué a
Oviedo, parte de la ciudad mostraba señales de combate: edificios dañados,
líneas ferroviarias interrumpidas y el rastro de la dinamita utilizada tanto en
la ofensiva como en la defensa.
Hablé con un
minero que participó en la insurrección.
—No era solo
una huelga —me dijo—. Creíamos que si no actuábamos ahora, perderíamos todo lo
conseguido. Pensábamos que el Gobierno giraba hacia posiciones que nos dejarían
fuera.
En otra calle,
un comerciante describía el miedo de aquellos días:
—Cerramos las
tiendas y no sabíamos quién mandaba. Un día eran los comités revolucionarios;
al siguiente, el ejército avanzando.
La respuesta
del Gobierno fue enviar unidades militares para restablecer el control. Entre
los mandos desplazados se encontraba el general Francisco Franco, entonces
destinado en Marruecos, que coordinó parte de la operación desde el Estado
Mayor. Logré acercarme a él durante un breve respiro de las operaciones.
—General, ¿es
necesario este despliegue? —pregunté—. Son españoles contra españoles. ¿No hay
otra forma de restablecer el orden que no sea esta carnicería?
—Periodista,
esto no es una protesta, es una guerra contra la civilización —respondió Franco
con su voz atiplada y fría—. Esos hombres han alzado la mano contra el Estado.
La República debe defenderse con toda su fuerza o perecerá. En 1873 faltó mano
dura; yo no voy a permitir que falte hoy.
Un oficial que
lo acompañaba me explicó más tarde:
—No es una
protesta aislada. Hay armas, explosivos y ocupación de edificios públicos. El
Estado no puede permitir que una región quede fuera de su autoridad.
Las operaciones
militares fueron intensas y el levantamiento fue sofocado tras varios días de
enfrentamientos. El balance incluyó víctimas entre insurrectos, fuerzas del
orden y civiles.
En mis notas
escribí:
«Asturias ha
sido algo más que una huelga y algo menos que una guerra civil. Ha mostrado que
una parte del país está dispuesta a tomar las armas por temor a perder
influencia política. El Gobierno, por su parte, ha optado por una respuesta
militar contundente para reafirmar su autoridad. Las heridas no se cerrarán con
rapidez».
Cuando abandoné
Asturias, un hombre mayor me dijo en la estación:
—Hemos visto
demasiados funerales por ideas. O aprendemos a perder en las urnas, o
seguiremos perdiendo en las calles.
El guirigay del
odio
De vuelta en
Madrid, la redacción de El Eco de la Mañana está bajo censura previa. El
director me recibe con un fajo de papeles tachados con tinta roja.
—Arturo, el
Gobierno de la derecha ha suspendido las garantías —dice el director—. Tu
crónica sobre Asturias ha sido tachada de arriba abajo por el censor. Dicen que
«atenta contra el honor del ejército».
—¡Es que el
ejército está bombardeando ciudades españolas, jefe! —exclamé indignado—. El
guirigay ha muerto. Ahora solo queda el odio. Los de un lado quieren la
revolución total; los del otro, la represión total. La bandera tricolor ya no
significa nada; para unos es un trapo burgués, para otros un símbolo de
traición.
Escribo en mi
cuaderno la última reflexión de este viaje al norte:
«Mi abuelo vio
cómo el país se deshacía por la impaciencia de los pueblos. Yo estoy viendo
cómo se deshace por la intransigencia de las clases. En 1873, el peligro era el
caos; en 1934, el peligro es el exterminio del que piensa distinto. Ya no se
trata de cambiar de chaqueta; se trata de preparar el sudario».
CAPÍTULO XII
El principio del fin
Madrid, marzo
de 1936 (Puerta del Sol)
Las elecciones de
febrero habían dado la victoria al Frente Popular. El cambio de mayoría
parlamentaria generó celebraciones en unos barrios y preocupación en otros. En
las semanas siguientes, el ambiente político se volvió más áspero: huelgas,
agresiones entre militantes y una creciente circulación de armas.
En los cafés
cercanos a la Puerta del Sol, la conversación ya no era la de 1931. Ya no
predominaba la expectativa, sino la sospecha.
—Tengo la
sensación de que cualquier incidente puede convertirse en algo mayor —me dijo
un pequeño empresario.
—Durante años
se nos pidió paciencia —replicó un trabajador afiliado a un sindicato—. Ahora
que tenemos mayoría, se nos pide moderación. ¿Cuándo toca cumplir?
El deterioro del orden público
Entre marzo y
julio se sucedieron choques violentos: atentados, incendios de sedes políticas
y agresiones personales. En el Ministerio de la Gobernación insistían en que el
Estado mantenía el control, pero la percepción en la calle era distinta. Un
funcionario judicial me confesó:
—No es que el
Estado haya desaparecido. Es que cada parte sospecha que el Estado ya no es
neutral.
Julio de 1936
El asesinato
del teniente Castillo y, días después, el del diputado José Calvo Sotelo,
provocaron una conmoción inmediata. En el Congreso, el silencio era denso.
Logré hablar brevemente con un capitán destinado en Madrid.
—No todos
pensamos igual —me dijo—. Algunos creen que la situación es insostenible; otros
opinan que el ejército no debe intervenir en política. La decisión que se tome
marcará generaciones.
17 de julio de 1936
Las primeras
noticias llegaron desde Marruecos: sublevación militar en varias guarniciones.
Lo que había sido crisis política se transformó en conflicto armado. Escuché a
dos hombres que observaban el paso de un camión militar cerca de la redacción.
—¿Ves eso?
—dijo un joven falangista de camisa azul—. La República es el caos. Solo la
fuerza y una nueva fe nos salvarán de este guirigay de parlamentarios y
dinamiteros. La bandera de tres colores debe morir para que nazca una España de
un solo color.
—Nos han
traicionado —susurró un viejo socialista escondiendo un panfleto—. Ganamos en
la calle y nos masacraron en el campo. Si la República es lo que se hizo en
Asturias, entonces ya no hay República. Solo queda la lucha.
En mi cuaderno
anoté lo que sentía como un epitafio:
«El guirigay ha
completado su ciclo. En la Primera, la República murió por falta de autoridad.
En esta Segunda, va a morir por exceso de soberbia y por la incapacidad de
aceptar al contrario. Al cambiar la bandera por capricho, nos dividieron. Al
cambiar la ley por sectarismo, nos enfrentaron. Al usar el ejército contra el
hambre, nos ensangrentaron. La República es un cadáver que camina».
El último eco
Mi último
encuentro con el director fue desolador. Yo venía de ver a Azaña; ahora es
presidente de la República, pero parece un fantasma atrapado en un palacio de
cristal. Se cree el capitán del barco, pero el barco ya no tiene timón. El
director estaba sentado a oscuras en su despacho, con las máquinas de imprenta
paradas.
—Jefe, han
asesinado a Castillo. Han asesinado a Calvo Sotelo. Ya no hay vuelta atrás —le
dije—. La calle es de las milicias y de los pistoleros.
—Arturo, guarda
tus cuadernos —respondió el director sin levantar la vista—. Mañana este
periódico no saldrá. Ya no hay sitio para «El Eco de la mañana» cuando solo se
escucha el eco de las pistolas. Mi padre murió defendiendo la verdad de tu
abuelo; yo no quiero que tú mueras intentando explicar un país que ha decidido
suicidarse.
—Es el mismo
error de 1873, jefe, pero multiplicado por mil. Aquellos cuatro presidentes se
rindieron por decencia. Estos de ahora no se rinden porque creen que Dios o la
Historia les ha dado permiso para matar al vecino.
Antes de salir,
escuché a dos hombres en un bar cercano, evitando mirarse a los ojos:
—Esta noche
cruzan el Estrecho —decía el joven, nervioso—. Se acabó la broma de la
República. Vamos a limpiar España de una vez por todas. La bandera volverá a
ser la de siempre, la de la sangre y el oro.
—Que vengan
—respondió un miliciano apretando un sobre—. Les estamos esperando con las
armas que el Gobierno nos va a dar. Esta vez no habrá Casas Viejas; esta vez la
justicia la vamos a hacer nosotros casa por casa.
El director se
puso en pie y me puso una mano en el hombro.
—Adiós, amigo.
Adiós, compañero. Sálvate.
—Adiós, jefe.
CAPÍTULO XIII
La guerra (1937-1939)
Yo no podía
quedarme al margen y no contar lo que estaba sucediendo. De 1937 a 1939 fui
corresponsal de guerra para un periódico londinense. Un día me preguntaron:
«¿Por qué no paran? ¿Por qué tres años?». Desde el hotel Florida en Madrid o
desde las ruinas de las ciudades, la respuesta es aterradora: porque esta no es
una guerra por un territorio, es una guerra por la existencia. En España, el
vecino no quiere vencer al vecino; quiere que el vecino deje de haber nacido.
Guernica, abril
de 1937
He llegado a
Vizcaya poco después de que los aviones de la Legión Cóndor se marcharan. El
humo aún huele a madera quemada y a carne. «He visto a madres buscando a sus
hijos entre piedras que aún queman», escribo en mi crónica.
Cabra,
noviembre de 1938
Meses después,
logro cruzar al bando nacional y llego a Cabra, en Córdoba. La aviación
republicana ha bombardeado la plaza del mercado. Es el espejo de Guernica.
Campesinos andaluces, mujeres con cestas de hortalizas, despedazados por bombas
que caen en nombre de la «libertad».
«He visto lo
mismo que en el norte, pero con otra bandera», anoto. «Unos y otros usan el
aire para sembrar el pánico. ¿Por qué tres años? Porque cada bomba en un
mercado alimenta el odio necesario para combatir otros seis meses».
El lenguaje de
las trincheras
En las
trincheras del Ebro hablé con un comisario político y, semanas después, con un
oficial requeté capturado. La respuesta es la misma.
—¿Paz? ¿Para
qué? ¿Para qué nos fusilen en las tapias de los cementerios? —dice el
comisario—. Si perdemos, desaparecemos. Negrín dice «resistir es vencer»,
porque rendirse es morir.
—¿Paz con los
que quemaron mi iglesia y mataron a mi hermano? —responde el requeté—. Esto es
una Cruzada. España debe ser limpia o no será. Tres años son pocos si al final
no queda ni un solo rastro de su bandera.
En mi crónica
escribí:
«Los líderes de
ambos bandos saben que la paz significa juicio. Negrín no puede parar; Franco
no quiere parar hasta la rendición incondicional. Aquel capricho de la bandera
y aquel sectarismo de las leyes de 1931 se han convertido en una costra de
sangre. Nadie quiere ser el primero en bajar el fusil porque teme que el otro
no lo haga».
De camino a la
frontera, un viejo campesino me dice con voz cansada:
—Mire, señor
periodista. Mi hijo murió en el Jarama con los rojos. Mi otro hijo murió en
Teruel con los nacionales. ¿Sabe por qué ha durado tres años? Porque los
señores de Madrid y los generales de Burgos no han pasado hambre ni frío. Ellos
ponían los discursos, y nosotros poníamos los muertos. El «guirigay» empezó con
palabras y ha terminado dejándonos sin hijos.
Marzo de 1939: El exilio
Crucé la
frontera hacia Francia. Un oficial me preguntó por qué me voy si no tengo las
manos manchadas de sangre.
—Me voy —le
digo—, pero no huyo de un bando. Huyo de un paisaje. Me voy porque ya no
reconozco a mi gente. He visto a hermanos denunciar a hermanos; he visto a
amigos de la infancia brindar mientras el vecino era llevado a la tapia del
cementerio.
Mi abuelo murió
asesinado porque creía que la verdad podía salvar a España. Yo me exilio porque
esta España es un manicomio que no quiero habitar. Me voy hastiado de una
tierra donde el mayor enemigo de un español es, siempre, otro español. Me voy a
Francia porque aquí la piedad ha muerto. Me voy para no terminar siendo como
ellos, para no aprender a odiar, para que no se me endurezca el corazón viendo
cómo nos matamos por un trozo de tela o una idea. Me voy para seguir sintiendo
dolor por el sufrimiento ajeno, sea del bando que sea, algo que en esta tierra
ya es un pecado. Me voy no para salvar mi cuello, sino para salvar lo último
que me queda de humano.
EPÍLOGO
Lille, Francia. 20 de enero de 1945
Durante seis
años guardé silencio, pero ahora siento que mis pulmones ya no aguantan un
invierno más. Sé que me estoy muriendo. Acabo de cumplir cuarenta y cinco años,
la misma edad que tenía mi abuelo cuando el «guirigay» de la Primera República
lo devoró. No tengo hijos; la guerra me robó el tiempo de amar y el exilio me
quitó las raíces. Mi única familia son estos cuadernos de cuero que descansan
sobre la mesilla de noche.
Con la
respiración entrecortada por el frío de Lille, escribo mi última reflexión
sobre la España que dejé atrás:
«A veces me
preguntan en el café los otros refugiados si odio a los que mandan. Y les digo
que no. Siento una tristeza que pesa más que el odio. Nos buscamos este
destino. La dictadura es el silencio que queda después de una bronca monumental
donde nadie quiso escuchar. Es el castigo de un pueblo que prefirió tener razón
a tener paz. Hemos dejado que nos pongan bozales porque nos mordíamos los unos
a los otros».
A veces imagino
la que será la España del futuro. No sé cuándo llegará, pero sé cómo debe ser.
No siento amargura por morir solo en Francia; siento que mi misión ha
terminado: he guardado la memoria de dos repúblicas fallidas. Sueño con la
«Tercera Oportunidad». No sé si será una república o una monarquía; no me
importa el traje. Pero ruego a Dios, o al Destino, que sea la definitiva.
Que sea esa ley
—esa Constitución— que no se escriba para ganar a nadie, sino para vivir con
todos. Un texto donde el hijo de quien me persiguió y el hijo de quien me ayudó
puedan sentarse a estudiar en la misma mesa, bajo una misma luz, sin que nadie
les pregunte de qué color era la sangre de sus abuelos.
Me voy en paz.
Me voy sabiendo que, aunque muera en este destierro, el amor por esa España que
aún no existe es lo único que me mantiene humano. A ti, que lees esto en el
futuro: no permitas que el ruido vuelva a acallar la piedad. Cuida esa paz que
yo solo pude soñar.
El presente
Adrián
comprendió entonces que él era el heredero de Arturo. No por sangre, sino por
destino. Comprendió que el sacrificio de su propio padre, trabajando de sol a
sol en Francia para que él pudiera estudiar, era la culminación de aquel sueño
de 1945. La «Tercera Oportunidad» que Arturo pedía a gritos desde su lecho de
muerte era la España en la que Adrián vivía hoy.
Adrián acarició
la vieja piel del cuaderno. Por fin, después de un siglo de «guirigáis» y
fracturas, el traje que el abuelo de Arturo soñó y que Arturo imaginó en el
exilio le quedaba a España a la medida. El hijo del obrero leía, al fin, el
alma del cronista; y en ese abrazo de papel, la guerra, por fin, había
terminado.
Sinopsis
En
un desván polvoriento cerca de Lille, un trabajador español emigrado rescata
del fuego una vieja caja con cuadernos escritos décadas atrás. Su hijo,
estudiante de Historia, descubre en esas páginas el testimonio de dos hombres
—abuelo y nieto, ambos llamados Arturo— que vivieron en primera línea los dos
grandes intentos republicanos de España: 1873 y 1931.
A
través de crónicas, entrevistas y reflexiones personales, los cuadernos
reconstruyen el vértigo de la Primera República, devorada por el caos político
y el cantonalismo, y la creciente fractura de la Segunda, marcada por la
polarización, la violencia y el camino hacia la Guerra Civil. Presidentes,
ministros, soldados y ciudadanos anónimos desfilan por estas páginas en un
relato que mezcla memoria, análisis y drama humano.
La República Fallida y La República Partida no es solo una novela histórica: es una reflexión sobre el sectarismo, la soberbia ideológica y el precio de convertir al adversario en enemigo. Un viaje al pasado que interpela al presente y plantea una pregunta incómoda: ¿puede sobrevivir una nación cuando olvida que la convivencia vale más que la victoria?
