¡CONDENADO!

Jorge, joven empresario y propietario de una próspera fábrica, se encontraba de viaje cuando ocurrió el accidente. Fue devastador. Cuarenta trabajadores murieron.

Todo estaba en regla: inspecciones superadas, maquinaria asegurada, pólizas vigentes. Legalmente no había responsabilidad alguna. Pero las indemnizaciones, los procesos judiciales y el cierre definitivo lo arruinaron. Solo quedó el edificio semidestruido, como un esqueleto de ladrillo y hierro oxidado.

Jorge abandonó la ciudad. Huyó más de los recuerdos que de las deudas. Durante cuarenta años trabajó para pagar lo que faltaba; apenas sobrevivió, condenado a una existencia gris. No se permitió reconstruir su vida: sentía que no tenía derecho.

Al cumplir setenta años regresó.

La ciudad parecía más pequeña. O quizá era él quien se había encogido por dentro. Muchos le habían aconsejado vender el terreno: la ubicación era excelente y podría haber vivido con dignidad sus últimos años. Pero no quiso. Aquel lugar era su cruz.

Entró en el edificio. Los techos estaban hundidos, las ventanas rotas; el viento silbaba entre los hierros retorcidos. No quedaba nada en el interior. Lo poco que se salvó se vendió para afrontar los pagos.

Subió con dificultad por las escaleras que aún resistían. Llegó a lo que fue su despacho. En la pared permanecían colgados algunos cuadros de méritos y reconocimientos. Su título de Dirección de Empresas seguía allí, torcido y cubierto de polvo. Y un reloj detenido en la hora del accidente: 8:40

—¿De qué me ha servido? —susurró.

Sintió el peso de los años caer sobre sus hombros.

—¿Por qué este sentimiento de culpa? Sé que no tuve responsabilidad… pero murieron cuarenta personas. Cuarenta familias destrozadas. Cuarenta amigos. Si yo hubiese estado aquí, en lugar de asistir a aquel congreso…

La frase quedó suspendida.

Entonces escuchó voces. No venían de fuera. Nacían dentro de él.

—¿Por qué te martirizas?

—No eres culpable de nada.

Al principio, tras el accidente, se dijeron muchas cosas. Hubo rumores, reproches. Mucho dolor. Pero el tiempo lo fue apagando todo.

—El tiempo y Dios ponen a cada uno en su sitio —oyó con claridad—. Nuestras familias cobraron las indemnizaciones. El dinero borró hasta nuestro recuerdo.

La voz era nítida. La reconoció al instante.

Gabriel.

Había sido su responsable de fábrica. Un hombre mayor que un día llegó a pedir trabajo tras el cierre de la empresa que dirigía. Por su edad nadie lo contrataba. Jorge pensó que sería un acierto contar con alguien con experiencia. Y lo fue. Hasta aquel día.

—Tú no moriste físicamente —continuó la voz—, pero de algún modo eres un muerto viviente.

Jorge cerró los ojos. Las palabras no lo acusaban. Tampoco lo absolvieron. Solo constataban una verdad que llevaba cuarenta años evitando mirar de frente.

No fue culpable.

Pero se condenó a sí mismo.

No fue solo el accidente —pensaba—. Su mujer lo abandonó. Nunca volvió a saber de su hijo, aunque lo buscó durante años. Malvivió como si la vida fuese una deuda que debía saldar poco a poco. Ahora era tarde.

He venido aquí. Aquí debí estar. Quiero morir aquí.

Los nombres comenzaron a brotar en su memoria.

Marta, la chica de la oficina, que el día anterior le contó que estaba embarazada.
Jaime, que acababa de aprobar su plaza de profesor.

David. Carlos. Isabel. Carmen. Eusebio…

Y tú, Gabriel, cuando por fin la felicidad había vuelto a tu hogar.

Tantas vidas. Tantos sueños rotos.

—¿Acaso yo tenía derecho a seguir soñando?

Sintió frío.

No había venido a que lo perdonaran. Sabía que lo habían hecho. En sus noches solitarias no tenía miedo. Dormía poco, pero sus sueños no eran pesadillas. Sentía paz.

Y, sin embargo, aquella misma paz le susurraba:

Culpable.
Culpable.
Culpable.

Se acercó al ventanal de lo que había sido su despacho. Afuera, la ciudad seguía viva, ajena a su memoria. Todo parecía igual que el último día.

Se llevó la mano al pecho.

El reloj seguía detenido.

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