El derecho a estar herido

Decidí ser su abogado defensor. Algunos de mis colegas me tacharon de oportunista e interesado; decían que, solo por el interés mediático que el caso había despertado en la sociedad, estaba dispuesto a defender a ese joven que había sido denunciado por la asociación del colectivo de mujeres trans, incluso sin ánimo de lucro. Cuando leí el artículo en prensa no me podía creer que fuese cierto; más tarde, cuando la denuncia se materializó, pensé que estamos perdiendo el norte.

¿Qué cómo se desarrollaron los hechos? Una chica trans pone una denuncia a un joven con el que ha estado saliendo en tres ocasiones porque cuando, casi tres meses más tarde, ella le ha confesado que es trans, él ha cortado con ella. Según la Ley Trans, ella se siente discriminada por razón de su género y sostiene que eso es punible.

Cuando conocí a mi cliente, no encontré al monstruo intolerante que la prensa describía. Encontré a un hombre destrozado. No por la denuncia y lo que se le venía encima, expuesto a la crítica de una parte de la opinión pública, sino porque su dolor era mucho más primitivo: seguía enamorado.

El día del juicio, el aire en la sala se podía cortar con un bisturí. Me puse en pie y, mirándolo fijamente, le hice la pregunta que todos esperaban, pero cuya respuesta nadie quería escuchar de verdad:

—¿Por qué rompiste con Eva María? —pregunté con voz firme.

Él levantó la vista, con los ojos empañados por una mezcla de nostalgia y traición.

—Porque me ha engañado —respondió, y su voz resonó en el silencio sepulcral de la sala—. Mi amor por ella se asentaba en una mentira. Ella no es quien aparenta ser, por mucho que se empeñe en decir que lo es. Sé que el amor no entiende de géneros, ni de razas, ni de estatus social; el amor es un sentimiento puro y libre. Y así podría mi amor por ella haber sido si la verdad hubiera prevalecido desde el primer día... o quizá no, no lo sé.

Hizo una pausa, tragando saliva, antes de lanzar la verdad que la ideología no puede silenciar:

—Pero tengo clara una cosa: no he roto por su género. Ni siquiera por la mentira que sostuvo durante estos meses. He roto porque jamás podré ser padre con ella. Me ha roto el corazón y estoy sufriendo esta ruptura tanto o más que si hubiera sido ella quien me dejara. Me enamoré de una ilusión, ella me mintió y ahora me ningunea con esta farsa judicial.

Sus manos temblaban sobre el estrado.

—Dice que quiere “sentar precedente”... ¿Qué precedente? ¿Acaso la justicia puede condenarme por no seguir en una relación en la que también la víctima soy yo al sentirme engañado? ¿Puede la ley obligarme a amar una mentira?

No pudo continuar. El armazón de dignidad que había mantenido se quebró por completo. Se derrumbó en el sillón de los acusados y, ocultando el rostro entre las manos, rompió a llorar con un llanto amargo y desolado que dejó a la sala en un silencio avergonzado.

Ahí terminó todo. No hacían falta más leyes; solo quedaba el rastro de un hombre al que intentaban juzgar por tener el corazón roto.

Fin.

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