El Alma de la Manada
Las persistentes lluvias caídas de los últimos veinte días habían inundado
el Valle de los Lobos, convirtiendo las cuencas en trampas de agua y lodo. La gran manada que allí habitaba huyendo de las crecidas, se vio obligada a bajar hasta la
llanura, al paraje Fuente del Río, próximo a la población. Aunque se habían asentado
allí y no representaban un peligro inmediato porque disponían de alimento, su
cercanía a las viviendas resultaba inquietante.
Las autoridades, en un esfuerzo titánico, vallaron el entorno. Fue costoso
mantener a raya a los ejemplares más atrevidos, que amenazaban a los
trabajadores enseñando los dientes mientras montaban el cercado. Por fortuna,
aunque hubo que disparar a algunos, solo se utilizaron dardos tranquilizantes.
Nadie se había percatado de que Ramón, un viejo pastor casi ciego, se
encontraba atrapado en el paraje cuando la manada llegó. Su única vía de escape
fue subir hasta la pequeña gruta donde se alza la imagen de la Virgen de la
Sierra. Allí, en la penumbra, permaneció escondido tras la talla, conteniendo
el aliento mientras escuchaba el jadeo de los lobos que buscaban refugio de la
lluvia en la entrada de la cueva.
El lobo que lideraba la manada trepaba ya hacia la entrada, pero la loba
madre le cortó el paso en seco. Ramón, oculto tras la piedra fría de la Virgen,
oía los aullidos y gruñidos de ambos. No era que los animales hablaran, pero en
su ceguera y en el silencio absoluto de la gruta, el viejo pastor parecía
descifrar aquel enfrentamiento como si fueran palabras claras:
—Ni se te ocurra atacarle —parecía sentenciar el gruñido de ella—. Ni tú ni
ninguno de la manada. Es el pastor que me curó y no me dejó morir cuando quedé
atrapada en aquel cepo.
Ramón no temía al lobo en sí; lo que le inquietaba era el miedo que los
propios animales sentían. Comprendía que la naturaleza, al expulsarlos de su
hábitat con las inundaciones, los había empujado a un estado de pura
supervivencia. Sabía que ese instinto primario los volvería implacables ante
cualquier obstáculo. No percibía agresividad en sus gruñidos, sino la urgencia
de quien no tiene nada que perder.
Cuando la loba madre frenó al líder, Ramón comprendió que era su momento.
No para huir, sino para guiar. Vio la oportunidad de conducir a los animales
hacia la salvación, lejos del conflicto con el pueblo. Salió de su escondite
tras la Virgen y descendió lentamente la pendiente. Pasó entre los lobos, que
lo siguieron con la mirada en un silencio sepulcral; no hubo gruñidos ni
amenazas. Al contrario, parecía que la manada entera, en un gesto instintivo,
reconocía el valor sereno de aquel hombre que no les temía.
Ramón caminó con paso firme hasta los obreros que daban los últimos
retoques al cercado. Al ver aparecer aquella figura anciana emergiendo de la
penumbra, escoltada por las sombras de los lobos, los hombres quedaron
paralizados; incluso sintieron un miedo irracional, ancestral. El viejo, aunque
no distinguía sus rostros, percibió el peso de aquel silencio y, como si leyera
sus pensamientos, dijo con voz ronca:
—¿Qué pasa? ¿Acaso creéis que soy un licántropo?
Tras una breve pausa, añadió con la calma de quien domina la montaña:
—Estaba aquí arriba cuando me vi rodeado por la manada. He pasado la vida
topándome con ellos en el campo y creo que me han aceptado como alguien que
puede guiarlos en este desastre que los ha desbordado. Me quedaré con ellos; mi
presencia es la garantía de que no bajarán al pueblo. Pero a cambio, os pido
que no les falte comida.
Las autoridades, superadas por la magnitud de lo ocurrido y por la extraña
serenidad que Ramón imponía, aceptaron el trato. Se estableció un suministro
regular de alimento tanto para los lobos como para el anciano pastor. Ramón
permaneció allí, en la linde entre lo salvaje y lo civilizado. No intentó
suplantar a la loba ni crear rivalidades innecesarias; simplemente se sentó en
su roca, con la Virgen de la Sierra a su espalda.
El Lobo Jefe no bajaba la cabeza ante Ramón por sumisión, sino por un
reconocimiento más profundo. En el silencio de las noches de la Fuente del Río,
el animal observaba al anciano y veía en él algo que no encontraba en los otros
hombres. No era el olor del miedo ni el rastro de la pólvora; era la serenidad
de quien sabe cuidar de los suyos por encima de su propia vida. El lobo
comprendió que el espíritu de Ramón no pertenecía al pueblo de cemento, sino a
la tierra y al hambre. En su pecho latía el corazón de un verdadero jefe de
manada. Por eso, aunque seguía mandando sobre los suyos, permitía que la sombra
del pastor caminara a su lado, unidos por un código de honor que los hombres
corrientes nunca lograrían entender.
Cuando la primera luna llena tras las inundaciones se alzó sobre la Fuente
del Río, los obreros del pueblo observaron desde la lejanía una imagen que
acabaría convirtiéndose en leyenda. Sentado en una piedra plana, Ramón tallaba
un trozo de madera con sus manos expertas, guiado más por el tacto que por sus
ojos cansados. A menos de dos pasos, el Lobo Jefe se echó sobre sus cuartos
traseros, dándole la espalda al anciano pero con las orejas erguidas, vigilando
el horizonte para ambos.
No había cercas que separaran sus mundos en ese instante. El lobo no
custodiaba a una presa: protegía a su igual. En la quietud de la noche, el
aliento del animal y el suspiro del viejo se acompasaron en un mismo ritmo. El
lobo sabía que, mientras aquel hombre permaneciera allí, su estirpe tendría voz
ante los humanos; y Ramón comprendió que, en el ocaso de su vida, finalmente
había encontrado una manada que entendía el lenguaje de su alma.
