La Flaca
Su larga
melena rubia la hacía destacar, un faro en la penumbra de la discoteca. Aunque
la oscuridad lo envolvía todo, el giro de la bola de espejos proyectaba un haz
de colores que reflejaba su cabello, haciéndolo brillar como trigo bajo el sol.
Envuelta en una capa azul celeste, parecía una diosa recién surgida de la
mitología griega. Al pasar a su lado, me detuvo. Charlamos.
Entonces,
abrió su capa, dejando al descubierto un vestido de tirantes color arena que evidenciaba
su delgadez, especialmente porque el vestido holgado parecía no ajustarse, sino
parecer colgado. Deseé besar su cuello y su boca. Como si lo adivinara, me ciñó
por la cintura y se aproximó, susurrando con voz muy queda: «Hueles bien». La
abracé, sintiendo que estrechaba a una diosa de fragilidad exquisita. Besé sus
hombros, su cuello y, por fin, su boca, fundiéndonos en un beso largo y
ardiente que la hizo estremecerse, mientras yo me sentía arder.
Ajenos a
quienes nos rodeaban, no nos percatamos de la presencia de aquel joven descarado
que se nos acercó casi hasta rozar nuestras mejillas y, groseramente, espetó:
«Déjame estar con mi chica». El olor de su aliento, producido por la ingesta
masiva de alcohol, me resultó vomitivo. Me quedé paralizado, en shock,
sin saber qué hacer, pero ella ciñó la cintura del tipo, quien inmediatamente
comenzó a manosearla.
El sujeto,
que apenas podía mantenerse en pie, se había derrumbado en un sillón de la
discoteca y comenzó a vomitar sobre su propio pecho. Giré su cuerpo para evitar
que se ahogara con su vómito.
—Salgamos de
aquí —dije.
El hedor del
vómito me producía náuseas. Sentía que, de seguir allí, las contracciones de
mis músculos abdominales estaban a un paso de expulsar el contenido gástrico.
—No puedo
dejarlo aquí, en estas condiciones. Lo llevaré a casa —respondió ella, al
tiempo que intentaba levantarlo del sillón y cargarlo sobre sus espaldas.
No quise
permitirle que cargara con aquel tipo; su robustez haría que fuera casi
imposible para su frágil cuerpo dar siquiera un paso. Lo levanté, pasé uno de
sus brazos por mi cuello y, sujetándolo por la cintura, conseguí mantenerlo en
posición vertical. Apenas podía caminar, arrastrando los pies, pero logré
sacarlo fuera de aquella discoteca que, en ese momento, me parecía más bien un
antro.
La chica me
miraba agradecida, quizá compadecida por mi gesto. Acercó su cara a la mía y me
susurró: «Hueles bien. Te compensaré». Busqué su boca y volvimos a besarnos
apasionadamente.
Estaba claro
que mi voluntad se veía mermada; «Hueles bien» era una contraseña que me
anulaba por completo, sometiéndome a unos deseos que me hacían perder la cabeza
por aquella chica. Por momentos, pasaba de ser una diosa a pertenecer a un
mundo caótico y comprometido. Esta ambigüedad me producía una desilusión que se
desvanecía rápidamente de mi pensamiento, obnubilado por la imagen de una chica
cuya delgadez no parecía fragilidad, sino distinción: sus huesos finos trazaban
líneas delicadas bajo una piel que recordaba el color de la porcelana; su
figura, ligeramente melancólica, estaba marcada por una finura que hacía que la
ropa pareciera colgar en lugar de vestirla. La Flaca, como decía la
canción de Jarabe de Palo, a mí me tiene loquito.
Ya en la
calle, el tipo se enderezó de golpe, se deshizo de mi agarre y, con un
fortísimo empujón, me acorraló contra la pared del edificio. Me sujetó con su
mano izquierda; la derecha la metió en el bolsillo de su americana y extrajo
una navaja automática que, sin dudar, hundió en mi pecho, atravesando el
corazón.
Mis rodillas cedieron en un movimiento torpe e inconexo. Cuando el tipo me soltó, caí de bruces al suelo. Un único pensamiento persistía en mi mente: la Flaca, envuelta en aquella capa azul celeste, que parecía una diosa. La busqué con mi última mirada. La luz de la farola se reflejaba en su pelo, haciéndolo brillar como trigo bajo el sol. Inmóvil, creí ver lágrimas corriendo por sus mejillas mientras el tipo me desvalijaba. Un ronquido ahogado apagó mi vida, sumiéndome en la oscuridad de la muerte.
