La Flaca

Su larga melena rubia la hacía destacar, un faro en la penumbra de la discoteca. Aunque la oscuridad lo envolvía todo, el giro de la bola de espejos proyectaba haces de colores que se enredaban en su cabello, haciéndolo brillar como trigo bajo el sol. Envuelta en una capa azul celeste, parecía una aparición recién descendida de algún lugar que no figuraba en los mapas.

Al pasar junto a ella, me detuvo con una mirada. Charlamos sin saber muy bien de qué. Su voz era suave, pero firme, como si no necesitara imponerse para ser escuchada.

Entonces abrió la capa. Bajo ella llevaba un vestido color arena que acentuaba su delgadez, una delgadez casi etérea, como si la tela no la vistiera sino que apenas la rozara. Me rodeó la cintura y se aproximó a mi oído.

—Hueles bien —susurró.

La frase me atravesó con una intensidad extraña, como si no fuera un halago, sino una constatación. La abracé. Besé sus hombros, su cuello y, finalmente, su boca. El mundo quedó reducido al roce de su piel y al latido desordenado de mi sangre.

No advertimos al joven que se acercó tambaleante. Se plantó frente a nosotros con torpeza, murmurando algo ininteligible. Olía a alcohol rancio. Ella no pareció sorprenderse; lo miró con una mezcla de paciencia y cansancio. Él intentó aferrarse a su brazo, pero apenas podía sostenerse en pie.

—Déjame estar con mi chica —balbuceó.

Ella no respondió. Me miró a mí.

—Salgamos —dije.

El tipo se desplomó en un sillón y comenzó a vomitar sobre sí mismo. La escena rompía la armonía irreal que había envuelto todo hasta entonces. Ella hizo ademán de ayudarlo, pero su fragilidad hacía evidente que no podría cargar con él.

Lo levanté como pude, pasando uno de sus brazos por mi cuello. Arrastrando los pies, conseguimos salir a la calle. El aire nocturno me golpeó el rostro con una claridad casi dolorosa. La música quedó amortiguada tras la puerta.

El joven se sostuvo por fin sobre sus propias piernas, apoyado en la pared, respirando con dificultad. Yo recuperaba el aliento cuando sentí su cercanía.

—Hueles bien —susurró de nuevo.

Busqué su boca, pero ella ya se había apartado.

Solo entonces me di cuenta.

La calle estaba casi desierta. La farola proyectaba una luz amarillenta sobre el asfalto húmedo. El joven seguía allí, encorvado, limpiándose la camisa con torpeza.

Pero ella no.

Miré hacia la puerta de la discoteca. Nadie entraba. Nadie salía. No había rastro de la capa azul celeste ni del brillo de su cabello.

No corrí. No pregunté. No grité su nombre.

Supe, con una certeza inexplicable, que no volvería.

El joven terminó por alejarse tambaleante, perdiéndose en la esquina. La música continuaba al otro lado de la puerta, indiferente.

Me quedé solo bajo la luz de la farola, sintiendo una ausencia difícil de nombrar, como si algo invisible hubiera sido tomado de mí sin violencia ni aviso.

Y, en el silencio de la noche, la frase volvió a resonar, intacta, inconfundible:

Hueles bien.

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