Una lección de amistad
Optó por salir a la calle en bicicleta, acompañado de su perro,
como venía haciéndolo desde que este era un cachorro. Juntos habían recorrido
las rutas de su ciudad, mañanas y tardes de innumerables paseos en los que
ambos disfrutaban no solo del ejercicio, sino también de la belleza natural de
los lugares que visitaban.
Decidió que irían al paraje de la Fuente de las Piedras, cinco
kilómetros de ida y cinco de vuelta desde su casa hasta dicho lugar.
Durante el trayecto vigilaba de cerca a su perro, sintiendo la
respiración constante de este a su lado. Procuraba mantener un ritmo en el que
el animal pudiera sentirse cómodo. Ron era un bodeguero andaluz de tamaño
mediano, ágil, delgado y atlético, de ojos muy oscuros, largo hocico y orejas
altas. Su pelaje, corto, denso y blanco, tenía marcas faciales de color fuego y
negro que le daban apariencia de máscara.
Ron corría al lado de su dueño, manteniendo un ritmo constante.
Realmente disfrutaba de la caminata, y era una excelente manera para él de
desahogarse y relajarse.
El dueño tuvo mucha suerte de poder disfrutar de estos momentos de
ejercicio, que eran geniales para ambos. Como había estado lloviendo a cántaros
durante toda la semana, ambos parecían disfrutar por haber salido de casa.
Cierto es que todos los días de lluvia habían salido —aunque brevemente— para
que Ron pudiera hacer sus necesidades, aunque solo fuera una caminata corta
desde la casa hasta el pipicán del parque cercano.
La carretera en la que se hallaban era lo suficientemente amplia
como para que dos vehículos grandes, como autobuses o camiones de gran tonelaje,
pudieran cruzarse sin problemas, ya que era una calzada de doble sentido.
Así pues, resultaba difícil entender cómo un automóvil pudo tomar
una curva tan abierta, invadiendo el carril contrario de una manera tan
imprudente como temeraria, cruzando la línea continua.
Ron se había adelantado a su dueño, no para desfogarse, sino —sin
saberlo— para trazar la línea que separaría la vida de la tragedia. Se situó
unos metros por delante, interponiéndose justo a tiempo para recibir el golpe
del vehículo, que inmediatamente corrigió su trayectoria y volvió al carril
derecho, evitando así alcanzar al ciclista que precedía al animal.
El conductor no solo no se detuvo, sino que aceleró y siguió su
camino, a pesar del daño causado y de la tragedia que habría provocado de no
haberse echado el ciclista a la cuneta al ver como su perro golpeado por el
vehículo volaba literalmente unos metros más allá del impacto.
Todo fue muy rápido. Ahora las imágenes de lo sucedido se
agolpaban en su cabeza, pero en el preciso instante en que ocurrió solo escuchó
un chirrido de frenos y un fuerte golpe al invadir el auto la vía contraria y
atropellar mortalmente a Ron.
Maldijo al conductor del coche, que ni siquiera se detuvo, quizás
por un acto de cobardía ante el daño causado. Vio la matrícula durante una
fracción de segundo —que no olvidaría— y oyó el ruido del motor del vehículo
desvaneciéndose, lo que le devolvió a la realidad.
Bajó inmediatamente de su bicicleta y corrió junto a Ron. El
silencio, después del estruendo, era ensordecedor. Solo se oía el sonido de su
propia respiración y el tic-tac de la bicicleta caída. El sol seguía brillando,
pero su luz ahora le parecía cruelmente fría.
Ron todavía tenía un hilo de vida, suficiente para ver y sentir las
suaves caricias de su dueño. Éste le acariciaba buscando el calor que se
desvanecía. Sus lágrimas caían sobre la cabeza del animal. El suave ladrido de
Ron fue su última comunicación, como respuesta a la promesa que su dueño le
había hecho: «Siempre pensaré en ti». Fue más un gesto de asentimiento que de
dolor.
Era consciente de que Ron le había salvado la vida. No solo había
sido su compañero, sino su guardián final. El dueño no había perdido solo a su
mascota: había recibido el regalo de su propia vida a cambio de la de Ron.
Se quedó allí, arrodillado sobre el asfalto, acunando el cuerpo
inerte de su amigo, sintiendo el peso de un dolor indescriptible y una ola de
gratitud abrumadora. La matrícula fugaz que su mente había capturado se grabó a
fuego, convirtiéndose en el único faro en la oscuridad de su pena. Era la
prueba de que el acto de Ron no sería vano y de que la cobardía del conductor
tendría consecuencias.
Pasaron varios minutos que sintió como si fueran una eternidad,
antes de que la dura realidad y la necesidad de actuar le hicieran levantarse.
Agarró la bicicleta y acunó a Ron en sus brazos.
El camino de regreso a casa, los mismos cinco kilómetros que antes
había recorrido lleno de vida, se transformó
ahora un vía crucis silencioso. En su mente resonaban dos frases: Una lección
de lealtad y una promesa de justicia.
.jpg)