Una lección de amistad

La tarde era perfecta para pasear: el sol brillaba y el fuerte viento, por fin se había calmado. No hacía tanto frío como por la mañana, y el sol de la tarde, colándose entre las hojas, dibujaba un escenario otoñal donde los tonos tierra —marrones, verde oliva, mostaza y burdeos— resaltaban con un colorido espectacular.

Optó por salir a la calle en bicicleta, acompañado de su perro, como venía haciéndolo desde que este era un cachorro. Juntos habían recorrido las rutas de su ciudad, mañanas y tardes de innumerables paseos en los que ambos disfrutaban no solo del ejercicio, sino también de la belleza natural de los lugares que visitaban.

Decidió que irían al paraje de la Fuente de las Piedras, cinco kilómetros de ida y cinco de vuelta desde su casa hasta dicho lugar.

Durante el trayecto vigilaba de cerca a su perro, sintiendo la respiración constante de este a su lado. Procuraba mantener un ritmo en el que el animal pudiera sentirse cómodo. Ron era un bodeguero andaluz de tamaño mediano, ágil, delgado y atlético, de ojos muy oscuros, largo hocico y orejas altas. Su pelaje, corto, denso y blanco, tenía marcas faciales de color fuego y negro que le daban apariencia de máscara.

Ron corría al lado de su dueño, manteniendo un ritmo constante. Realmente disfrutaba de la caminata, y era una excelente manera para él de desahogarse y relajarse.

El dueño tuvo mucha suerte de poder disfrutar de estos momentos de ejercicio, que eran geniales para ambos. Como había estado lloviendo a cántaros durante toda la semana, ambos parecían disfrutar por haber salido de casa. Cierto es que todos los días de lluvia habían salido —aunque brevemente— para que Ron pudiera hacer sus necesidades, aunque solo fuera una caminata corta desde la casa hasta el pipicán del parque cercano.

La carretera en la que se hallaban era lo suficientemente amplia como para que dos vehículos grandes, como autobuses o camiones de gran tonelaje, pudieran cruzarse sin problemas, ya que era una calzada de doble sentido.

Así pues, resultaba difícil entender cómo un automóvil pudo tomar una curva tan abierta, invadiendo el carril contrario de una manera tan imprudente como temeraria, cruzando la línea continua.

Ron se había adelantado a su dueño, no para desfogarse, sino —sin saberlo— para trazar la línea que separaría la vida de la tragedia. Se situó unos metros por delante, interponiéndose justo a tiempo para recibir el golpe del vehículo, que inmediatamente corrigió su trayectoria y volvió al carril derecho, evitando así alcanzar al ciclista que precedía al animal.

El conductor no solo no se detuvo, sino que aceleró y siguió su camino, a pesar del daño causado y de la tragedia que habría provocado de no haberse echado el ciclista a la cuneta al ver como su perro golpeado por el vehículo volaba literalmente unos metros más allá del impacto.

Todo fue muy rápido. Ahora las imágenes de lo sucedido se agolpaban en su cabeza, pero en el preciso instante en que ocurrió solo escuchó un chirrido de frenos y un fuerte golpe al invadir el auto la vía contraria y atropellar mortalmente a Ron.

Maldijo al conductor del coche, que ni siquiera se detuvo, quizás por un acto de cobardía ante el daño causado. Vio la matrícula durante una fracción de segundo —que no olvidaría— y oyó el ruido del motor del vehículo desvaneciéndose, lo que le devolvió a la realidad.

Bajó inmediatamente de su bicicleta y corrió junto a Ron. El silencio, después del estruendo, era ensordecedor. Solo se oía el sonido de su propia respiración y el tic-tac de la bicicleta caída. El sol seguía brillando, pero su luz ahora le parecía cruelmente fría.

Ron todavía tenía un hilo de vida, suficiente para ver y sentir las suaves caricias de su dueño. Éste le acariciaba buscando el calor que se desvanecía. Sus lágrimas caían sobre la cabeza del animal. El suave ladrido de Ron fue su última comunicación, como respuesta a la promesa que su dueño le había hecho: «Siempre pensaré en ti». Fue más un gesto de asentimiento que de dolor.

Era consciente de que Ron le había salvado la vida. No solo había sido su compañero, sino su guardián final. El dueño no había perdido solo a su mascota: había recibido el regalo de su propia vida a cambio de la de Ron.

Se quedó allí, arrodillado sobre el asfalto, acunando el cuerpo inerte de su amigo, sintiendo el peso de un dolor indescriptible y una ola de gratitud abrumadora. La matrícula fugaz que su mente había capturado se grabó a fuego, convirtiéndose en el único faro en la oscuridad de su pena. Era la prueba de que el acto de Ron no sería vano y de que la cobardía del conductor tendría consecuencias.

Pasaron varios minutos que sintió como si fueran una eternidad, antes de que la dura realidad y la necesidad de actuar le hicieran levantarse. Agarró la bicicleta y acunó a Ron en sus brazos.

El camino de regreso a casa, los mismos cinco kilómetros que antes había recorrido lleno de vida, se transformó  ahora un vía crucis silencioso. En su mente resonaban dos frases: Una lección de lealtad y una promesa de justicia.

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