Milagro en Navidad
Aunque procuraba ir aseada, quince años viviendo en la calle la habían envejecido
prematuramente, y la humedad de las lluvias recientes le calaba los huesos. Se
veía obligada a ponerse toda la poca ropa que tenía. La gente que pasaba por su
lado, unos cantaban villancicos, otros hacían planes para estos días de vacaciones, pero para
ella, hoy, 24 de diciembre, era un día igual de triste.
Buscaba desesperadamente un refugio; la vieja casa
abandonada donde había dormido los últimos meses había sido derruida esa
mañana. El parque era demasiado húmedo y la abandonada estación de RENFE era
peligrosa, llena de prostitutas y drogadictos, recordando el intento fallido de
una pandilla por quemarla.
La soledad y la tristeza de Elena eran invisibles,
eclipsadas por las luces multicolores del alumbrado navideño. Disimuladamente,
secaba las lágrimas que corrían por sus mejillas. Al pasar junto al Nacimiento
que el Ayuntamiento había instalado, se detuvo, se persignó y rezó. Hizo un
guiño a la Virgen, pensando: "Tú
también has padecido no tener dónde cobijarte, aunque tu estado era más grave,
pues tenías que dar a luz".
Reparó entonces que junto al pesebre habían construido
un cuartucho, con objeto de proteger una figura de pastor casi de tamaño
natural. Pensó que podría pasar la noche allí, oculta detrás de la figura. Solo
debía esperar a que la calle estuviera desierta y entrar sin ser vista. Se
sintió aliviada; podría pasar la
Nochebuena. Su tristeza se fue apagando. Tal era su alegría que intentó
tararear un villancico compuesto para la ocasión: "Nochebuena junto al portalico, la Virgen, San José y el Niño, Nochebuena
de amor, de esperanza e ilusión…".
Esperó hasta que ya no pasaba nadie. Arropándose con
su manta, se tumbó en el suelo cubierto de paja tras la figura del pastor,
donde apenas era visible. Rápidamente se quedó dormida.
Se despertó sobresaltada por unas voces: "¿Quién hay ahí? ¡Salga inmediatamente!".
Le costó levantarse, pero sintió sus huesos calientitos; no tenía frío. Eran
dos policías. Tímidamente, los saludó: "Buenas noches", dijo. Cuando intentó explicarse, uno de
ellos, Juan, la zarandeó y le dijo: "Hoy vas a dormir en el calabozo". El otro, David, lo
reprendió: "Juan, vale, deja que
se explique". Juan no cedió: "No hay nada que explicar, David, esta es una vagabunda que se ha creído
que esto es un hotel".
David se sintió conmovido por la señora desvalida, que
le recordaba a su madre, fallecida hacía dos meses. "¿Cómo se llama, señora?",
preguntó. Casi susurrando, contestó: "Me llamo Elena".
David le propuso: "Mire, en cinco minutos acabo el servicio. Acompáñeme a Comisaría y
después vendrá, si quiere, a mi casa con mi mujer y mi hija a pasar esta noche.
Dispongo de una habitación de invitados. Mañana ya veremos". Juan
lo miró estupefacto: "¿Estás loco,
David? Vas a meter a una desconocida en tu casa esta Nochebuena".
David miró a Juan con compasión y pensó que no valía la pena contestarle.
Las lágrimas de felicidad corrían por las mejillas de
Elena, se sentía feliz mientras en su cabeza el villancico se repetía: "Nochebuena de amor, de esperanza e ilusión…".
Cogió su carro y caminó entre David y Juan hacia la comisaría.
Una vez allí, David se cambió de ropa, se despidió de
sus compañeros y ofreció su brazo a Elena. Él tomó el carrito y salieron hacia
su casa, a tan solo 400 metros. David abrió la puerta y llamó a su esposa, Laura,
e hija, Alejandra. La pequeña corrió a abrazar a su padre, que agachado la esperaba con los brazos
abiertos. Incorporándose con su hija,
besó a su esposa, e inmediatamente presentó a Elena. "¿Qué te parece que cene con nosotros y pase
esta noche aquí? ¡No tiene dónde pasar la noche!". "Muy bien, nos gustará compartir nuestra cena
con usted", contestó Laura.
Durante la cena, Elena se sintió querida, respetada,
amada. Sus anfitriones y la pequeña Alejandra eran encantadores. Al desear
retirarse, la acompañaron a su habitación de invitados.
A la mañana siguiente, se despertó en una cama en una
habitación gustosamente decorada. Dio gracias a Dios por lo sucedido. Salió de
la habitación. En el pasillo, Alejandra la llevó de la mano al comedor y se
dispuso a tocar en el piano un villancico que había aprendido. Cuando la niña
comenzó, Elena llevó sus manos al teclado y tocó junto a ella el popular
villancico "Campanas de Belén".
Desde la cocina, los padres oían que el piano sonaba divinamente. Alejandra,
boquiabierta, había dejado de tocar al ver a Elena posar las manos de una
manera maravillosa.
Elena les contó que había sido una gran pianista, pero
la repentina muerte de su esposo, también músico, la había sumido en una gran
depresión, arrastrándola a la ruina y la miseria.
David le propuso: "Tú enseñas a mi hija a tocar el piano y aquí tienes un techo y comida.
Además, seguro que tendrás más alumnas y nosotros te querremos como a la madre
que echamos de menos. Para la pequeña serás como la abuela que recuerda".
De nuevo en el piano, Elena compuso para la ocasión un
villancico que sonó espléndido: "Nochebuena
junto al portalico, la Virgen, San José y el Niño, Nochebuena de amor, de
esperanza e ilusión…".
FIN
