La muerte de la libélula
Aunque amaneció nublado, decidió ir de pesca como
solía hacerlo algunos fines de semana. Hoy era el primer fin de semana desde su
jubilación. Para él, esta sería una actividad que realizaría a menudo, incluso
en días laborables.
Pero este primer día de pesca de su jubilación ocurrió
un hecho que le llamó mucho la atención y que le maravilló sobremanera: un
insecto volador se posó sobre su caña de pescar.
Nunca antes había visto un insecto de esas
características: su forma delicada, sus colores, sus alas transparentes y
alargadas. Se fijó en que tenía cuatro alas y que las movía de forma continua.
"Alas como las de un hada", pensó.
También por su diminuta envergadura, de unos cuatro o
cinco centímetros, el insecto le pareció muy bello y curioso. El insecto volaba
de la caña de pescar al agua del lago y lo hacía con una habilidad espectacular,
con maniobras aéreas increíbles. Aparentemente, parecía que lo hacía sin
esfuerzo, y además volaba en varias direcciones. Se fijó en que movía cada ala
de manera independiente entre sí, lo que le permitía cambiar rápidamente de
dirección o ajustar su velocidad en el aire.
Estaba absorto mirando el vuelo del insecto que le
parecía una bailarina ejecutando una danza. Dejó la caña de pescar en el
soporte y cogió una libreta de su mochila y su pluma, que siempre llevaba en el
bolsillo superior de su camisa, y se dispuso a dibujar el insecto. Hizo seis
dibujos distintos, y en cada uno de ellos se apreciaba cada uno de los detalles
que iba captando del insecto. El último dibujo le pareció un fiel retrato de
esa bailarina que iba de su caña al agua del lago.
Al posarse en su caña y acercarse al agua, parecía que
flotaba y rápidamente elevaba el vuelo, y volvía a bajar para volver a elevar
el vuelo. Todo ello con giros tan bruscos como inverosímiles, y así parecía la
imitación del movimiento de la batuta de un director de orquesta.
"Curioso… muy curioso".
Pasados unos minutos, el insecto desapareció, pero no
había acabado la sorpresa del pescador, pues inmediatamente comprobó que ese
día iba a ser un buen día de pesca. Era como si el vuelo de esa hada hubiese
atraído todos los peces del lago a ese lugar en concreto.
Llegó a casa temprano, aunque se había llevado el
almuerzo. Fue tal la cantidad de truchas que había pescado que le pareció que
incluso tendría que regalar algunas a sus vecinos para que no se echasen a
perder.
Tras el almuerzo, corrió rápidamente a su despacho. No
quería dormir la siesta, quería conocer a qué género pertenecía ese insecto
volador que no solo le había alegrado la mañana, sino que además creía el
causante de la buena pesca obtenida.
No le hizo falta cotejar su dibujo con los muchos que
aparecían en la página de internet que había abierto en su navegador web cuando
puso "insectos de cuatro alas": aparecieron abejas, avispas,
libélulas y moscas. Obviamente, su dibujo era la figura de una libélula.
Le llamó la atención saber que se encuentran en todas
las áreas habitables de la tierra, y que por ello cada cultura ha interpretado
de manera distinta a estos insectos. En muchos lugares se han visto
tradicionalmente como presagios positivos o mensajeros del mundo de los
espíritus. Le pareció increíble que lo que para él había imaginado como un
hada, en otros lugares pensaran que era una encarnación del mismo diablo.
Pero sin duda, todos coincidían en que es un insecto
que proporciona un excelente control de plagas. "Visto lo cual, para mí
este insecto es un presagio positivo, jamás había pescado tanto, y además he
asistido a un espectacular baile. Mi hada, una pequeña libélula ejecutando El Lago de los Cisnes, podría decirse
la danza de la libélula", pensó.
Domingo 29 de junio
Se levantó temprano, apenas había podido dormir, pero
el poco tiempo que lo había hecho, un sueño repetitivo lo había confortado: la
danza de la libélula, de su caña de pescar al lago, los vuelos que ejecutaba
sobre el agua. Y esos giros y movimientos rápidos que le hacían parecer que
estuviera dirigiendo una orquesta cual batuta movida por una mano invisible.
Sucedió igual que el día anterior, y a la misma hora,
vio a la libélula, pero esta vez, aunque pasó a su lado, elevó el vuelo. Cuando
el pescador miró hacia arriba y vio el cielo, supo que se avecinaba una fuerte
lluvia. Parecía que su hada le había avisado.
Así que recogió sus bártulos y rápidamente se fue
hasta su coche.
Camino a casa, la copiosa lluvia que caía, en vez de hacerlo
sentir abatido porque le había arruinado el día de pesca, le hizo pensar que su
aliada lo había salvado de haberse empapado y de coger un resfriado. A su edad,
cualquier achaque se convierte en un problema de salud.
Durante los dos meses siguientes, todos los fines de
semana salía a pescar, y siempre veía a su hada. Nunca antes, cuando salía los
fines de semana a pescar, había visto una libélula. Ahora era su compañía: le
atraía abundante pesca, y le avisaba de los días de tormenta.
Domingo 7 de septiembre
Como siempre, sentado en su pequeña silla plegable,
tenía su caña de pescar apoyada en el soporte. Ojeaba el horizonte, buscaba a
su hada. Había pasado más de una hora desde que él solía verla y empezó a
preocuparse y se sintió indispuesto.
Estaba a punto de irse cuando vio a la libélula
acercarse. Volaba muy próxima a él, no ejecutó ni la danza ni voló alto, solo a
su alrededor.
De pronto, la vio desplomarse al suelo, la vio
inmóvil. Intentó levantarse de la silla para recogerla, pero sintió que le
faltaba el aire y en su pecho un fortísimo dolor que se irradiaba a su brazo
izquierdo, el cual sentía adormecido y con hormigueo.
No pensó en él, sino en su hada que permanecía quieta
en el suelo. "La muerte de la libélula", susurró.
Y al volcarse de la
silla, cayó también él al suelo. Un infarto fulminante acabó con su vida.
