Los Burgundios, el Cabo y el 23 F: «Recuerdos del ayer»
Cuarenta y cuatro años después de haber hecho el servicio
militar,
ahora peino canas; tengo todo el tiempo del mundo para evocar mi vida pasada, y
busco aquellas fotos que me hacen recordar de una manera gráfica un pasado que
se me escapa en el tiempo y que señala un final ya próximo.
Me ha impresionado verme en una foto con mucho más pelo que
ahora, totalmente negro, y una barba también negra, espesa y poblada,
perfectamente recortada.
El color negro de la barba es tan oscuro como el pelo; crea un contraste llamativo con el tono de la piel, dando
una apariencia de fuerza y carácter, quizás propia de mi juventud.
Vestido con un uniforme de militar de gala, llamaba la
atención que, para ser soldado de reemplazo, utilizara corbata de nudo, no la
típica de gomilla que era la habitual de los soldados de reemplazo. Aunque la
foto es en blanco y negro, se aprecian mis distintivos de cabo en la bocamanga
de la chaqueta y, colgado del bolsillo derecho de la misma, el emblema del
Ejército de Tierra, así como un documento acreditativo de identificación en el
que, además de mi nombre y apellidos, se leía mi rango militar: cabo, y lugar
de destino: Primera Sección de Estado Mayor.
La Valencia de entonces no se parece, o al menos no la he
podido recordar, en mi reciente visita. El edificio de Capitanía
General, cerrado a cal y canto, no presenta el aspecto de vida que tenía, no
solo por los mandos que allí trabajaban, sino por los soldados que, reemplazo a
reemplazo, pasábamos allí los meses que aún nos restaban tras la jura de
bandera hasta cubrir los quince del periodo militar. Las estrechas calles, donde abundaban los bares que todas
las tardes, cuando salíamos a pasear, nos tomábamos unas cervezas, no he
sido capaz de identificarlas.
Recuerdo que apenas bebía, por lo que degustaba —a mí me lo
parecía— la cerveza Wol-Damm, una cerveza en la que su doble cantidad de malta
le confiere el doble de fuerza, el doble de sabor y doble de cuerpo. Ahí también
degusté por primera vez el pacharán. Recuerdo
que un día debí pasarme en demasía, yo que estaba poco acostumbrado a beber, y
su alto volumen alcohólico y lo bien que entraba. Lo cierto es que de esa tarde-noche solo recuerdo el caerme
de la tercera litera, que era donde yo dormía, ya que la primera siempre era en
la que todos se sentaban o incluso se tumbaban. La segunda era pisoteada por el de arriba si se subía a
tumbarse un rato hasta con las botas, por lo que elegí esa que supuestamente no
sería utilizada nada más que por mí. El miedo
de mis compañeros quedó reflejado durante días en sus caras, y su preocupación
por mi estado era más que evidente. Ciertamente,
algo tendría que ver que mi comportamiento para con ellos nunca fue de
superior, sino de camaradería. He de decir que
me sentía querido y respetado.
Como decía el artículo quinto del cabo: «El cabo, como jefe
más inmediato del soldado, debe ser querido y respetado por él. Debe no
disimular jamás las faltas de subordinación, infundir amor al oficio y
exactitud en el cumplimiento de sus obligaciones, ser firme en el mando, y ser
comedido en sus palabras, incluso cuando reprenda».
En la foto se aprecia el claustro del antiguo Convento de
Santo Domingo de los Dominicos, donde se hallaba ubicada en esa época Capitanía
General de Valencia.
El edificio es de estilo gótico valenciano y barroco,
fundado en 1239. En él se halla la Capilla de
San Vicente Ferrer, patrón de Valencia, y que un día tuve la oportunidad de ver
ya que me ordenaron que llevase a los arrestados que había ese día a ese
sagrado lugar para que estos la limpiasen, pues al día siguiente se celebraría
allí una misa con motivo del día del Santo Patrón. El claustro era un lugar de paso a donde estaban las
oficinas de la Primera Sección de Estado Mayor, donde me pasé la milicia como
administrativo.
A cargo de esta sección estaba el capitán Chamorro, un
hombre que nunca vestía de militar, siempre iba de paisano, solo aquella mañana
del 25 de febrero tras el fallido golpe de Estado. En la
madrugada del 25, el capitán general Antonio Palmarés, procedente de la IV
Región Militar con sede en Zaragoza, se presentó en Capitanía General de
Valencia y haría su presentación oficial como Capitán General de la III Región
Militar, que era Valencia. Entonces le vimos
con su traje de gala de capitán, distintas condecoraciones que no sabría
enumerar y una banda cruzada con distintivo de diplomado de Estado Mayor.
El trato con nosotros, sus subordinados, soldados de
reemplazo, era cordial y afable, hasta el punto que algo tendría que ver que
siempre todos los que eran asignados a su oficina solían ser los que mejor
desarrollaban el trabajo. Eso suponía que él
cumplía su trabajo frente a sus superiores, y él a cambio nos regalaba siempre
una simpatía que le hacía parecer más cercano a pesar de su escalafón.
En la oficina éramos cuatro soldados los destinados a
nuestra sección, que era la encargada de asuntos de tropa hasta suboficiales. En cuanto a
tropa: destino de los nuevos reclutas, cambio de región por ser casados,
permisos al extranjero y otros. Para los
suboficiales: cambio de destino, bajas por accidentes y otros. Aunque como he citado, éramos cuatro, a veces por permisos,
solo coincidíamos tres que teníamos que sacar el trabajo adelante. También si a alguno le tocaba imaginaria por la noche, no
solía llegar a la oficina hasta bien entrada la mañana. Aun así, nunca teníamos trabajo atrasado. La oficina tenía tres mesas para nosotros con su
correspondiente máquina de escribir, una Olivetti 98, y una mesa de despacho
para el capitán Chamorro, donde todas las mañanas tenía preparado el trabajo a
realizar más el que entrase a lo largo del día.
En la rigidez militar que hallaba cuando bajaba al cerrar
la oficina sobre las cinco de la tarde, si habíamos acabado el trabajo, a la
Compañía de Destinos a la que pertenecía, el trato especial que recibíamos por
parte del capitán Chamorro era un oasis. En esta caja donde he hallado
esta foto, he encontrado una carta de un compañero de la oficina con el cual
durante una década estuvimos carteándonos principalmente para felicitarnos en
Navidad y, de despedida, me ha evocado una anécdota que sirvió para afianzar
cierto beneplácito del capitán, ya que en la despedida me decía mi compañero:
«Recuerdo a los Burgundios».
Y es que un día el capitán Chamorro me pide un favor
personal a cambio de que mi vida cambiase para mejor la estancia en el servicio
militar. Este me pide que haga un trabajo para el instituto sobre los
Burgundios que le han pedido a su hijo para subir nota. Para ello, a mí me da un pase de paisano para poder salir y
acudir a la biblioteca de Gobierno Militar, que es extensísima, y un pase a
deshoras por si volvía más tarde de la hora establecida por la compañía de
destinos. Ciertamente, hacer un trabajo por
parte de un soldado de reemplazo para fines interesados, en este caso del hijo
del capitán, hoy estaría mal visto. Pero no era
raro ver a los carpinteros, herreros, pintores, electricistas, mecánicos de
coches, etc., de la Compañía de Destinos acudir incluso a casa de los oficiales
a realizar algunos de estos trabajos.
Mientras yo faenaba en el estudio sobre los Burgundios,
aquí en Valencia, la capital del Turia, preparando un trabajo para el hijo del Capitán Chamorro, en Madrid, en la
capital de España, un grupo de guardias civiles entraban en el Congreso de los
Diputados con el fin de afanar la democracia, la tarde del 23 de febrero de
1981. Al frente, el teniente coronel Tejero de la Guardia Civil
irrumpe en el Congreso e incluso disparan ráfagas de disparos al aire para intimidar
a sus señorías.
La tarde del 23 de febrero no fue una tarde normal para los
que nos encontrábamos en la Primera Sección de Estado Mayor de Capitanía
General de Valencia.
El capitán Chamorro y el capitán Díaz, también
responsable de la oficina de la Primera Sección de Estado Mayor, pero este
último encargado de las peticiones de los oficiales y otros mandos, se
marcharon dejándome a cargo de las oficinas por mi condición de cabo, con la
orden expresa de que no se marchase nadie hasta que ellos volvieran.
Normalmente a las cinco pasaba un ordenanza, indicaba que
ya habían dado la hora y, si teníamos el trabajo acabado, nos marchábamos a la
Compañía. Aquella tarde no pasó. Por
lo tanto, aquella tarde no íbamos a salir a las cinco. En realidad, no salimos de la oficina salvo por turnos para
merendar y cenar, y solo volvimos a la compañía de destinos tras la
intervención de Su Majestad el Rey Juan Carlos I, ordenando que se mantuviera
el orden constitucional, parando así el golpe de Estado, al menos a la espera
de la respuesta que dieran los golpistas, no solo los que habían asaltado el
Congreso, sino como el caso de nuestra Región Militar Valencia al mando de don
Jaime Miláns del Bosch y Ussía que no solo apoyaba el golpe, sino que en
Valencia vimos, poco después de las imágenes del asalto en televisión, cómo los
carros de combate tomaban la ciudad. Y un
bando, redactado por el coronel Ibáñez, jefe de la Primera Sección de Estado
Mayor, es entregado al coronel Guerri Vaquer y este al capitán Chamorro, que me
lo entrega a mí para que lo pase a máquina y se distribuya para ser radiado y
se haga público. Dejé sobre la mesa del capitán
Chamorro mi trabajo sobre los Burgundios, que ya estaba a punto de acabar.
Los Burgundios
De una manera somera, he querido darles a conocer quiénes
fueron los Burgundios, porque se sabe que las primeras migraciones burgundias
los llevaron a establecerse en la margen izquierda del curso medio del Óder,
aunque algunas tribus llegaron hasta las costas del lejano mar Negro. Más tarde se
trasladaron a la cuenca del Vístula, según Jordanes, el historiador de los
godos de mediados del siglo VI. A mediados del
siglo III, los burgundios habían estado a punto de desaparecer, derrotados por
otro pueblo que habitaba la misma zona, los gépidos, que, encabezados por su
rey Fastida, casi los aniquilaron. Hacia la década
de 270, los Burgundios comenzaron nuevamente a emigrar y entraron por primera
vez en contacto con los romanos.
Hacia el final del siglo III, una población bastante
numerosa de Burgundios había ocupado las antiguas tierras abandonadas de los
alamanes a orillas del Rin y el Meno. El pueblo alamán había empezado
a desplazarse hacia el este, hasta la frontera del Imperio (Limes Germánico),
que atravesaban con cierta frecuencia para hacer incursiones en gran parte de
la Galia (hacia el 259-260), hasta que fueron derrotados y se retiraron al otro
lado de la frontera del Rin. Durante casi un
siglo, no ocasionaron más problemas a Roma, pero hacia el año 352 retomaron las
incursiones. Al final del año 367, cruzaron por
sorpresa el Rin y saquearon Moguntiacum (Maguncia). En el año 369, el emperador Valentiniano I solicitó la ayuda
de los burgundios en su guerra contra los alamanes (Amiano Marcelino, XXVIII,
5, 8-15) , pero al final la campaña no se llevó
a cabo, ya que los romanos empezaban a ver en la llegada masiva de los
guerreros burgundios una amenaza incluso mayor que la que suponían los alamanes.
Valentiniano contraatacó en Solicinium y, con
ayuda de otros pueblos, los derrotó pírricamente, pues las bajas del ejército
romano fueron tan numerosas que tuvo que abandonar la idea de continuar su
campaña contra ellos.
En 374, los romanos firmaron la paz con Macriano, rey de
los alamanes, que desde entonces fue un fiel aliado suyo. Los
siguientes tres años, Valentiniano reorganizó las defensas de la frontera del
Rin, supervisando personalmente la construcción de numerosos fuertes. Al final del siglo IV, los burgundios expulsaron a los
alamanes de la región entre el Taunus y el Neckar y alcanzaron el Rin. Aproximadamente cuatro décadas más tarde, los burgundios
aparecen de nuevo en las fuentes. Tras la caída
en desgracia y posterior cautiverio y ejecución en Rávena del general y magister
militum romano Estilicón, las tropas visigodas de Alarico I volvieron a
luchar (406-408) contra Roma, acompañadas esta vez por las tribus del norte,
que cruzaron el Rin y penetraron en el Imperio. Entre estas tribus se encontraban los alanos, los vándalos,
los suevos y, posiblemente, los burgundios, que se supone habían emigrado hacia
el oeste y se habían establecido en el valle del Rin, en la zona próxima a Borbetomagus
(Worms). En 436, fueron derrotados por los
hunos, perdiendo a 20.000 guerreros y su rey Gundahario.
Cuando el Imperio romano se debilitó, autorizó a los
pueblos germánicos a asentarse en su territorio como «federados» (fœderati). Estos pueblos
recibían tierras y una parte del impuesto sobre la renta a cambio de garantizar
la seguridad del territorio. Entre ellos
estaban los Burgundios que, a pesar de su condición de fœderati, parecen
haber tenido una relación tormentosa con los romanos, pues irrumpieron en las
regiones fronterizas y extendieron su influencia todo lo posible. Al parecer hubo a veces una relación amigable entre los
hunos y los Burgundios. Una costumbre huna para
las mujeres les llevaba a alargar artificialmente el cráneo de las niñas
mediante fuertes vendajes cuando eran tan solo bebés. En algunas tumbas germánicas, se han encontrado adornos
hunos y también cráneos femeninos tratados de esa manera. Al oeste del Rin, solo las tumbas burgundias contienen un
gran número de esos cráneos.
Los siguientes años vieron el nacimiento del primero de los reinos Burgundios en torno a Worms y su posterior destrucción en el año 436. Luego, ya dentro de los límites del Imperio, en el año 443 recibieron una región llamada Sapaudia (la Saboya actual y gran parte de la meseta de Suiza) y se expandieron luego a la Borgoña, donde lograron crear un segundo reino que fue el más duradero y el que abarcó más territorio. Este desapareció en el año 534 tras su definitiva conquista por los francos.
Estos apuntes me habían abierto paso al conocimiento de esta
población. Prácticamente ya tenía enfocado el
trabajo,
El bando
Bando que la III Región Militar ordenó se emitiera por
todas las radios, tras el asalto al Congreso el 23 de febrero:
«Excelentísimo don Jaime Miláns del Bosch y Ussía, Teniente
General del Ejército y Capitán General de la III Región Militar, hago saber:
ante los acontecimientos que se están desarrollando en estos momentos en la
capital de España y el consiguiente vacío de poder, es mi deber garantizar el
orden en la región militar de mi mando hasta que se reciban las correspondientes
instrucciones de Su Majestad el Rey.
En consecuencia, dispongo:
Artículo
primero. Todo el personal afecto a los servicios públicos de interés
civil queda militarizado, con los deberes y atribuciones que marca la ley.
Artículo
segundo. Se prohíbe el contacto con las unidades armadas por parte de
la población civil. Dichas unidades repelerán
sin intimidación ni aviso todas las agresiones que puedan sufrir con la máxima
energía. Igualmente repelerán agresiones contra
edificios, establecimientos, vías de comunicación y transporte, servicios de
agua, luz y electricidad, así como dependencias y almacenes de primera
necesidad.
Artículo
tercero. Quedarán sometidos a la jurisdicción militar y tramitados
por procedimiento sumarísimo todos los hechos comprendidos en el artículo
anterior, así como los delitos de rebelión, sedición y atentado o resistencia a
agentes de la autoridad, los de desacato, injuria, amenaza o menosprecio a todo
el personal militar o militarizado que lleve distintivo de tal, cualquiera que
lo realice, propague, incite o induzca. Igualmente,
los de tenencia ilícita de armas o cualquier otro objeto de agresión.
Artículo
cuarto. Quedan prohibidos los lock-out, huelgas... Se
considera como sedición el abandono del trabajo, siendo principales responsables
los dirigentes de sindicatos y asociaciones laborales.
Artículo
quinto. Quedan prohibidas todas las actividades públicas y privadas
de todos los partidos políticos, prohibiéndose igualmente las reuniones
superiores a cuatro personas, así como la utilización por los mismos de
cualquier medio de comunicación social.
Artículo
sexto. Se establece el toque de queda desde las nueve de la noche a
las siete de la mañana, pudiendo circular únicamente dos personas, como máximo,
durante el citado plazo de tiempo por la vía pública y pernoctando todos los
grupos familiares en sus respectivos domicilios.
Artículo
séptimo. Solo podrán circular los vehículos y transportes públicos,
así como los particulares debidamente autorizados. Permanecerán abiertas únicamente las estaciones de servicio
y suministro de carburante que diariamente se señalen.
Artículo
octavo. Quedan suprimidas la totalidad de las actividades públicas y
privadas de todos los partidos políticos.
Artículo
noveno. Todos los cuerpos de seguridad del Estado se mantendrán bajo
mi autoridad.
Artículo
décimo. Igualmente, asumo el poder judicial, administrativo, tanto
del ente autonómico o los provinciales y municipales.
Artículo
undécimo. Estas normas estarán en vigor el tiempo estrictamente necesario
para recibir instrucciones de Su Majestad el Rey o de la superioridad.
Este bando surtirá efectos desde el momento de su
publicación. Por último, se espera la colaboración activa de todas las
personas, patriotas, amantes del orden y de la paz, respecto de las
instrucciones anteriormente expuestas. Por todo ello, termino con un
fuerte ¡Viva el Rey! ¡Viva por siempre España!».
En el despacho del Teniente Coronel D. Jaime Guerri Vaquer,
situado en el mismo pasillo donde se encontraba nuestra oficina, se reunieron
sobre las 4 de la tarde el capitán Díaz y el capitán Chamorro. El Teniente
Coronel desconocía lo que iba a ocurrir, solo había sido informado por la
mañana en el despacho del Capitán General D. Jaime Milán del Bosch y Ussía,
junto con el coronel Ibáñez Inglés y otros tenientes generales, que iba a
producirse en Madrid un hecho importante. Aseverándoles
Miláns del Bosch: «De este hecho S. M. el Rey está al corriente. Lo aprueba y lo apoya, como me lo ha hecho saber el general
Armada, de cuya fidelidad a la Corona no tengo ninguna duda». (Esta
última frase fue publicada en prensa, yo no desmiento y afirmo).
En el despacho, con un pequeño aparato, un «Teleraset»
—televisión, radio y casete, aparato muy típico de la época donde se podía ver
la televisión, escuchar la radio y poner cintas de casete—, seguían la emisión
de TVE del Congreso de los Diputados, la investidura de Calvo Sotelo. Cuando el
teniente coronel Tejero entra junto con los guardias civiles a su mando en el
Congreso y se produce el hecho más lamentable de nuestra joven democracia.
Mi capitán, el capitán Chamorro, vuelve a nuestra oficina y
me ordena marcar el número de su casa para llamar a su mujer. Le pongo en
comunicación y este la tranquiliza por los acontecimientos acaecidos en Madrid.
El temor ante los acontecimientos que se estaban
produciendo en nuestro país, y nosotros, reclutas por un servicio militar que
era obligatorio, nos tenía «acojonados». Además, empezamos a recibir
llamadas al teléfono de la oficina de nuestros padres, que, habiendo conocido y
de cerca los estragos de la Guerra Civil Española, el miedo que tenían ellos en
el cuerpo, aunque sin quererlo, nos lo transmitían. Lo que hacía que fuéramos nosotros los que les animábamos a
que no tuvieran miedo. Estábamos en la oficina
y difícilmente aquello podría triunfar, y mucho habría de pasar para que
nuestra compañía fuese llamada al frente. Pero
cuando bajamos a la Compañía de Destinos a merendar o cenar, la actividad
frenética, la tensión, la incertidumbre en los pasillos, los Cabos hasta con la
pistola reglamentaria en el cinturón, no hacía presagiar un final feliz.
Cierto es que yo, aunque era Cabo, al estar en la
oficina de Estado Mayor, no tenía obligación de llevarla. Un plus de tranquilidad en una larga noche en la que pasadas
las 1:30 de la madrugada pudimos irnos a dormir o hacer como que dormíamos.
Poco pudimos dormir la noche del 23, pues en el Congreso
los asaltantes ahí seguían. La noche del 24 cuando en Madrid todo había acabado. Habían
abandonado el Congreso y detenido al teniente coronel Tejero y otros mandos,
así como a don Jaime Milán del Bosch y Ussía que había viajado en helicóptero
hasta Madrid. En los corrillos que se formaban
en Capitanía hablaban de una compañía del Mando de Operación Especiales dispuesta
a asaltar Capitanía si seguía enquistada en continuar el golpe. La llegada de madrugada a Capitanía del nuevo capitán
general hace que aparentemente todo vuelva a la calma, aunque durante unas
semanas se habló de llamar al reemplazo que se había licenciado unos días antes
de este lamentable acontecimiento en nuestra historia reciente. Por fortuna, la situación política se encauzó y seguimos con
nuestra democracia.
Recuerdo al capitán Chamorro con su traje de gala, su
enorme barriga que a veces dejaba caer en nuestra espalda mientras nos dictaba
algún escrito que nos había pedido que pasáramos a máquina y, desde esa
posición, podía leer lo que escribíamos y seguir con su redacción. Al menos a mí
me pareció imponente, imponía respeto, majestuosidad, pero aun así seguía
derrochando bondad.
—Cabo, marcho a la presentación del nuevo Capitán General. Hágase cargo
de la oficina, ordene para salir a la hora de almorzar por turnos pero que
siempre quede alguien en la misma.
—A la orden, mi capitán.
—¿Cómo lleva el trabajo sobre los Burgundios?
—Mi capitán, solo me queda repasarlo y pasarlo a máquina,
mañana lo tendrá acabado.
—Genial, aún falta una semana para que mi hijo lo tenga que
entregar. Todo sigue igual, acabada la inestabilidad política, hoy es
jueves 25 de febrero, el próximo lunes vuelve a clase. Si lo tiene acabado mañana, este fin de semana puede mi hijo
repasarlo y aún quedaría tiempo por si hubiera que retocar algo.
—Gracias, cabo.
—No hay de qué, mi capitán.
Salió, pero su presencia seguía allí. Para todos
los presentes era una buena persona, y lo más importante: nos trataba como
personas. Para otros oficiales de igual o menor
rango, solo éramos «pringaos» que podían someter a su antojo.
Recuerdo a los Burgundios. Lamentablemente
para mí, no tengo copia de este trabajo que realicé, solo me queda el breve
resumen que les he puesto. Sé que obtuve
notables «beneficios» por el mismo. La buena
nota que debieron darle al hijo del capitán Chamorro hizo que este consintiera
en mimarme, concediéndome todos los permisos que le eran posibles e incluso
echándome un «capote» importante un día que me vine sin permiso y le hice pasar
a mi madre un enorme mal rato. Pero yo sabía
que el capitán Chamorro, mi capitán de la oficina de la Primera Sección de
Estado Mayor, y los Burgundios eran los que me salvarían de aquella chiquillada
por venir a mi tierra a pasar un fin de semana.
FIN
