Vicios Ocultos

Junto a la chimenea saboreo una copa de vino que me resulta muy agradable al paladar.

Desde el salón vocifero a mi anfitrión:

—¡Joder, qué vino más bueno! Qué buen criterio has tenido para elegirlo. Es agradable al olfato y, dentro de la boca, es un placer para los sentidos del gusto, tanto en la lengua como en la superficie interna de la boca. Genial.

—Es un Rioja, Barón del Rey, reserva —me respondió María, la esposa de mi amigo Rafael.

—Buena elección. La verdad, me encanta. ¿Quién de los dos lo ha elegido para la ocasión?

—Ja, ja, ja, ¿acaso no lo reconoces? Es el que nos regalaste en Navidad.

—Sí, es que cuido muy bien a mis amigos, ¿o no?

—Bueno, tampoco te pases. El jamón este año no venía en la cesta de Navidad.

—Joder, es que me gasté todo el presupuesto en vino.

—Anda, no seas tan presuntuoso. Tampoco creo que te hubiera costado una fortuna.

—¿Qué hace Rafael?, ¿dónde ha ido?

—Nos han deparado una sorpresa de mal gusto.

—¿Quiénes? —pregunté.

—Tu mujer y mi marido —dijo, alargándome el móvil—. Dale al play.

Rafael y Carolina estaban en la cocina. Seguramente pensaban que nadie les veía. En el instante en que María fue a por unos posavasos capturó las imágenes sin que los protagonistas se percataran.

—No te alteres, Santiago. Somos amigos desde la universidad, somos socios en el negocio de arquitectura que compartimos y, sobre todo, somos civilizados.

Lo que iba a ser una comida de amigos para celebrar la consecución de un proyecto por el que habíamos apostado fuertemente me temía que iba a acabar como el Rosario de la Aurora. La traición, no solo de Carolina, sino de Rafael, a quien conocía desde la infancia, dolía en lo más profundo de mi alma.

Me quedé mirando la pantalla del móvil, que ahora descansaba sobre el tapete de la mesa, con la imagen congelada en un gesto de Rafael que yo había visto mil veces en el estudio: esa media sonrisa de suficiencia cuando creía que tenía el control de la situación. Solo que esta vez el control lo tenía sobre mi vida entera.

—Bebe, Santiago —dijo María con una calma que me erizó el vello de la nuca—. No dejes que se oxide. Un reserva no merece ese final.

El sonido de una carcajada de Carolina llegó desde la cocina, nítido y cruel, rompiendo el silencio del salón. Era la risa de quien cree que nada puede salirle mal. Me llevé la copa a los labios, pero el vino ya no sabía a fruta madura ni a madera de roble; sabía a ceniza.

—Dices que somos civilizados, María —susurré, sin apartar la vista de la puerta de la cocina—, pero los arquitectos sabemos que, cuando los cimientos están podridos, lo más civilizado no es apuntalar la casa, sino derribarla antes de que nos caiga encima.

Ella asintió lentamente, entrelazando sus dedos largos y finos. No vi tristeza en su ojos, solo decisión, la misma que usábamos para calcular estructuras de acero.

—Exacto. Pero un derribo controlado requiere planos, permisos y, sobre todo, tiempo. Si entras ahí ahora perderás el estudio, perderás tu parte del proyecto y ellos se quedarán con el relato de la historia.

Me fijé en su mano. Sostenía su propia copa con una firmeza aterradora. Me di cuenta de que ella no me estaba consolando; me estaba reclutando.

—¿Qué sugieres? —pregunté, sintiendo cómo el calor de la chimenea empezaba a serme insoportable.

—Sugiero que terminemos de cenar. Que brindemos por ese proyecto que acabamos de ganar. Y que, mientras ellos creen que nos están engañando, nosotros empecemos a diseñar su demolición.

En ese momento, los pasos de Rafael se oyeron en el pasillo. Venía silbando.

La puerta de la cocina se abrió de par en par. Rafael entró primero, secándose las manos en un trapo de cocina con una desenvoltura que me revolvió el estómago. Detrás de él, Carolina se retocaba un mechón de pelo, con las mejillas ligeramente encendidas, quizás por el calor de los fogones, quizás por el rastro de la adrenalina.

—¿Qué pasa aquí? —exclamó Rafael con esa voz vibrante que usaba para convencer a los clientes más difíciles—. ¿Os habéis quedado mudos? María, ¿dónde están esos posavasos? El jamón ya está cortado y el reserva pide paso.

María se levantó del sofá con una parsimonia ritual, dejando su copa a medio llenar sobre la mesa baja. Se acercó a Rafael con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, pero que él, en su embriaguez de triunfo, fue incapaz de descifrar.

Miré a María. Por un segundo eterno temí que sus ojos la traicionaran, pero su rostro no dejó de ver nada.

—Aquí tienes los posavasos, cariño —dijo ella, deslizándolos sobre la madera con una delicadeza quirúrgica—. Santiago y yo ya hemos empezado con el Barón del Rey. Estábamos comentando lo bien que ha envejecido. Como nuestra amistad, ¿verdad, Santiago?

El silencio que siguió a su pregunta fue una grieta en el muro. Me obligué a sostenerle la mirada a Rafael. Durante años, esa mirada había sido mi ancla en el estudio; ahora era un abismo.

—Indestructible —logré decir. Mi voz sonó extraña, como si viniera de otra habitación—. Es un vino con mucha estructura. Muy… equilibrado.

—¡Ese es mi socio! —Rafael me dio una palmada en el hombro. El contacto me quemó como el hierro fundido—. Carolina, trae las copas para nosotros. ¡Hay que brindar por el proyecto del Auditorio! Nos va a hacer de oro, amigos.

Carolina se acercó con dos copas vacías que tintinearon levemente en sus manos. Me rozó el brazo al pasar y percibí su perfume, ese aroma a jazmín que siempre me había parecido elegante y que ahora me resultaba asfixiante. Me dedicó una sonrisa rápida, una de esas que yo solía creer que eran solo para mí.

—¿Estás bien, Santiago? —preguntó ella, entornando los ojos—. Estás un poco pálido. ¿Te ha sentado mal el viaje?

—Es el hambre, supongo —mentí, apretando el tallo de mi copa con una fuerza que amenazaba con estallar el cristal—. Demasiadas emociones para un solo día.

María cogió la botella de la mesa y rellenó las copas de los recién llegados con una precisión de tiralíneas. Luego alzó la suya, que aún conservaba el vino que compartía conmigo antes del desastre.

—Por el éxito —propuso María, buscando mi mirada por encima del borde del cristal—. Y porque cada uno reciba, finalmente, exactamente lo que se merece.

El choque de las copas me sonó como una estructura a punto de romperse.

La cena transcurrió en el comedor de Rafael y María con una normalidad aterradora. El entrecot estaba en su punto, las risas de Rafael —siempre tan expansivo en su propia casa— llenaban la estancia y mi mujer, Carolina, manejaba la conversación con esa ligereza encantadora que siempre me había cautivado. Para un observador externo, éramos la imagen del éxito: dos matrimonios amigos, socios y brillantes, celebrando en casa de los anfitriones el contrato de nuestras vidas.

Pero bajo el mantel, el aire estaba viciado. Cada vez que Rafael levantaba su copa de Barón del Rey para brindar por nuestro futuro, yo buscaba la mirada de María. Ella mantenía su bolso sobre el regazo, donde sabía que guardaba el dispositivo que iba a dinamitarlo todo.

—He estado revisando los estatutos de nuestra sociedad esta tarde, antes de que llegarais —dijo María, dejando los cubiertos con una precisión milimétrica sobre su plato de porcelana—. Creo que tenemos un problema estructural grave en el estudio.

Rafael frunció el ceño, divertido, mientras le servía un poco más de vino a Carolina.

—¿Estructural? María, por favor, si acabamos de ganar el Auditorio. Estamos en el mejor momento.

—No hablo de los muros de carga, Rafa —contestó ella, fijando sus ojos en mi mujer con una intensidad gélida—. Hablo de la propiedad de las acciones. He recordado esa cláusula de salvaguarda que firmasteis en la universidad. Aquella que dice que, si un socio actúa de mala fe contra los intereses de la familia del otro, pierde su derecho a los beneficios del proyecto en curso.

Carolina se quedó con la copa a medio camino de los labios. El silencio se espesó en el comedor. Rafael soltó una carcajada nerviosa, buscando mi complicidad como siempre hacía.

—Santiago, dile algo a María, que se ha puesto en modo auditoría —dijo Rafael, tratando de restarle importancia—. Esa cláusula es una formalidad. Nadie la aplica entre amigos de toda la vida.

Miré a María. Ella asintió levemente. Era el momento de soltar la carga.

—María tiene razón, Rafael —intervine, apoyando los codos en su mesa de roble—. No es una formalidad si hay pruebas de que la estructura está podrida por dentro. ¿Te acuerdas de los retrasos en las obras de octubre? Esos días que pasaste con Carolina "revisando materiales" mientras María y yo nos quedábamos en el estudio haciendo el trabajo sucio.

El color empezó a abandonar el rostro de mi mujer. Rafael dejó de reír. El reserva de Rioja parecía ahora un charco de sospechas bajo la luz de las velas.

—Santiago, no entiendo a qué viene esto ahora... —comenzó Carolina, intentando mantener su papel de invitada perfecta.

—Viene a que María y yo hemos tomado una decisión sobre nuestro futuro profesional —dije, sintiendo por primera vez que el vino volvía a saberme bien—. Vamos a redistribuir los espacios.

María sacó su propio teléfono y lo dejó boca abajo sobre el mantel, justo entre el plato de su marido y el de mi mujer.

—Mañana a primera hora, Rafael, los abogados tendrán el borrador de la disolución —añadió María con una calma que me dio escalofríos—. Te quedarás con las deudas y los juicios pendientes. Santiago y yo nos quedamos con la firma y el proyecto del Auditorio. Es lo más... civilizado, ¿no crees, Carolina?

No hizo falta ni voltear el móvil. El simple gesto de María de dejarlo sobre el mantel, justo entre el plato de su marido y el de mi mujer, fue suficiente. Rafael y Carolina entendieron al instante que María no hablaba por sospechas, sino por certezas. Las imágenes capturadas en la cocina eran el acta de defunción de sus mentiras.

Rafael dejó la copa sobre la mesa con un temblor que hizo que el cristal tintineara contra la madera. Ya no era el arquitecto brillante y seductor; era un hombre desnudo frente a su propia ruina en su propio comedor. Carolina, por su parte, evitó mi mirada con una fijeza hiriente, incapaz de sostener el peso de su traición.

—¿Desde cuándo? —preguntó Rafael con un hilo de voz, sin atreverse a tocar el teléfono de su esposa.

María se reclinó en su silla con una elegancia aterradora, cruzando las manos sobre el regazo. Ya no era la esposa abnegada que buscaba posavasos; era la arquitecta que decidía qué muros debían caer.

—El "cuándo" ya no importa, Rafael —sentenció ella, clavando sus ojos en mi mujer—. Lo que importa es el "después". Santiago y yo ya hemos diseñado el nuevo organigrama del estudio. Vosotros dos sois, desde este preciso momento, elementos prescindibles en la estructura.

Me levanté lentamente. El vino, aquel reserva que yo mismo había regalado para celebrar un éxito que ahora me parecía una burla, seguía brillando en las copas. Pero para mí, la cena ya era solo un montón de ruinas.

—Mañana no paséis por el estudio —dije, mirando por primera vez a Carolina a los ojos. Ella se encogió bajo mi voz—. Vuestras claves de acceso han sido revocadas. Los servidores ya no reconocen vuestras firmas.

Caminé hacia la salida, dejando atrás los restos de una amistad de infancia con Rafael y un matrimonio con Carolina que resultó ser de papel mojado. María se levantó tras de mi, observando a su marido con una mezcla de lástima y desprecio antes de seguirme hacia el vestíbulo.

—Gracias por la cena, Rafael —añadió María desde el umbral, con una calma que helaba la sangre—. Tenías razón, Santiago: el vino es excelente. Lástima que los anfitriones no estuviéramos a la altura de la cosecha... o quizá, simplemente, es que la cosecha estaba podrida desde el principio.

Salimos a la noche fría, dejando a Rafael y a Carolina a solas en su mesa perfecta, con el teléfono de María presidiendo la estancia como un juez mudo que ya había dictado sentencia.

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