Mis Hijos de Papel
A menudo me preguntan por qué
guardo más de mil libros en casa. Yo siempre respondo lo mismo: no son libros,
son mis hijos. Y como todo padre, recuerdo con precisión el nacimiento de cada
uno en mi vida. No es una colección hecha con dinero, sino con tiempo; una
biografía escrita no con tinta, sino con los años de un hombre que se fue
haciendo a sí mismo.
La primera estirpe nació del
esfuerzo temprano. Tenía apenas trece años cuando mis manos ya movían muebles
en una tienda mientras mis ojos soñaban con mundos lejanos. Aquellos volúmenes
del Círculo de Lectores llegaban cada mes como una promesa. Los compraba con el
orgullo de quien trabaja y estudia al mismo tiempo. Cada libro abría una
ventana en una habitación que se quedaba pequeña para mis ganas de saber.
Luego llegaron los hijos del
afecto. Eran los que mis amigos de la pandilla me regalaban cada diciembre por
mi cumpleaños. Afuera hacía frío, pero dentro estaba el calor de la amistad y
el brillo de los grandes premios literarios del año. Aquellos libros no eran
solo historias: eran recuerdos compartidos, tardes de conversación, el eco de
una juventud que aún creía que el mundo era ancho y que el tiempo nos esperaba.
Los más entrañables, sin embargo,
son los hijos del sacrificio. Los recuerdo en las horas muertas del mediodía,
cuando el oficio de comercial me dejaba solo en ciudades desconocidas. En algún
centro comercial encontraba la sección de libros y allí se planteaba siempre el
mismo dilema: el estómago o el espíritu. Y casi siempre ganaba el espíritu.
Cambiaba un almuerzo caliente por un libro y un bote de yogur líquido. Aquel
era mi banquete: páginas nuevas en lugar de menú del día.
Con los años llegaron los hijos de
la madurez. Libros comprados en presentaciones, con la voz del autor resonando
todavía en la memoria y una firma que convertía el objeto en encuentro.
Recuerdo especialmente una charla de Luis Zueco, hablando de su novela El tablero de
la reina. Aquella mañana entendí que los libros no solo nos
alimentan: también nos empujan a escribir. De esa semilla nació un relato mío
sobre el ajedrez medieval que, para sorpresa mía, acabó premiado.
Y ahora, llegados a este punto,
quiero hacer una pequeña súplica doméstica, casi testamentaria.
Si algún día falto yo —querida
esposa, querido hijo— no dejéis que mis libros acaben en un contenedor. No los
miréis como kilos de papel viejo ni como estanterías que ocupan demasiado
espacio. Cada uno guarda un pedazo de vida: un sueldo de adolescente, un
cumpleaños entre amigos, una comida sacrificada en una ciudad desconocida, una
conversación con un escritor.
No son libros. Son años.
Si no podéis quedaros con todos,
regaladlos. Donadlos. Dejad que encuentren otras manos y otros ojos. Los
libros, como los hijos, están hechos para seguir viviendo lejos de nosotros.
Pero, por favor, no los condenéis
a la muerte anónima de un contenedor de papel.
Sería como tirar a la basura una vida entera de lecturas.

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