La Vara y el Fuego
Índice:
Prólogo
1. El cuaderno del desván
Crónica de una traición: Iznájar, abril de 1873
2. De la Sierra a la Campiña
El rastro de la opresión
Sucecos de Montilla: El estallido de la indignación
3. Aguilar de la Frontera
El espejismo de la libertad
4. Bujalance: El fuego del Alto Guadalquivir
Donde el papel se vuelve ceniza
Epílogo
La mirada transformada
PRÓLOGO
Hay historias
que no aparecen en los manuales, pero siguen respirando bajo la tierra. No
figuran en las fechas solemnes ni en los retratos oficiales, y sin embargo
forman la trama íntima de un territorio. Este libro nace precisamente de una de
esas historias: de un cuaderno oculto bajo una tabla suelta, de una memoria que
se negó a desaparecer.
La vara y el
fuego no es solo un recorrido por los
sucesos de 1873 en la Campiña cordobesa. Es, ante todo, una mirada que se
transforma. Lo que comienza como una curiosidad personal termina revelándose
como un viaje hacia la raíz misma de la dignidad y del poder. En Iznájar,
Montilla, Aguilar de la Frontera y Bujalance, la proclamación de la Primera
República despertó algo más profundo que un cambio político: encendió la esperanza
de quienes llevaban generaciones esperando justicia.
Antonio
Fernández Álvarez reconstruye esos días convulsos con equilibrio y
sensibilidad. Su escritura evita el juicio apresurado y prefiere escuchar: la
voz del cuaderno, la del maestro jubilado, la de la anciana que recuerda cómo
el fuego devoró los papeles que simbolizaban la opresión. En esas voces se
encuentra la verdad más humana del relato.
El fuego que
atraviesa estas páginas no es solo destrucción. Es también símbolo de
purificación, de rebeldía y de un deseo colectivo de comenzar de nuevo. Pero,
como tantas veces en la historia, la llama fue seguida por la sombra. El poder
apenas cambió de manos, y la justicia soñada se convirtió en una larga espera.
Este libro nos
recuerda que el paisaje nunca es inocente. Bajo cada olivo, bajo cada plaza
encalada, hay una memoria que merece ser escuchada. Y quizá ese sea el mayor
mérito de esta obra: devolver dignidad narrativa a quienes fueron reducidos a
una nota al pie.
Leer estas
páginas es aceptar que el pasado no está cerrado. Sigue ahí, latiendo,
esperando a que alguien levante la tabla adecuada.
El cuaderno del desván
El fin de semana iba a ser para mí impensablemente fructífero. En realidad,
no me apetecía despegarme de mi ordenador para escribir, pero mi hijo se había
empeñado en que pasásemos unos días en una casa rural con piscina en Iznájar.
Allí podríamos tomar el sol de estos últimos días de febrero y, por la noche,
encender la chimenea para charlar hasta la madrugada mientras degustábamos unas
copitas de rosolí.
Mi curiosidad me llevó a subir al desván de la casa. Aunque tenía la puerta
cerrada, curiosamente se abrió con una de las llaves del manojo que nos entregó
el agente inmobiliario. El desván contenía algunos muebles viejos e incluso
podría habilitarse como dormitorio supletorio; me resultó un lugar agradable,
ideal para aislarse y escribir.
En mi recorrido por la estancia, una tabla del suelo se levantó un poco al
pisarla. Presioné con la mano y, al levantarla, encontré un cuaderno con tapas
de piel. Como si temiese que alguien me viera, lo cogí, coloqué la tabla en su
sitio y bajé. En el exterior, junto a la piscina, mi mujer, mi hijo y su pareja
tomaban el sol. Metí el cuaderno en la funda de mi tablet y salí.
—Vamos a acercarnos a la playa del pantano y ver el pueblo. De camino compramos
algo de comida. ¿Vienes? —dijo mi hijo.
Aunque me apetecía, tenía más ganas de leer el hallazgo. Sin embargo, si me
quedaba, mi mujer saltaría diciendo: «Con él no se puede contar para nada;
siempre con el ordenador o leyendo». Volvimos sobre las cinco de la tarde tras
comer en una terraza de la plaza «Corral de la Pacheca». No fue hasta la noche,
cuando nos retiramos a dormir, que encontré el momento. Aduje que no tenía
sueño y que me quedaría junto a la chimenea. Abrí la primera página y comencé a
leer:
Crónica de una
traición: Iznájar, abril de 1873
El eco de las palabras de Castelar en Madrid nos llegó como un soplo de
aire fresco, pero en Iznájar el aire pronto se volvió irrespirable. Yo, que
siempre me supe federal y creí en la justicia de la República, vi con asombro
cómo quienes ayer nos despreciaban por monárquicos hoy se ponían la escarapela
de «radicales». Don Ángel Cuellas y Montes, el alcalde, no cambió de corazón;
solo cambió de chaqueta para no soltar la vara de mando.
Aquel 24 de abril amaneció con una claridad insultante. El silencio en el
pueblo era antinatural; no se oía el trajín de las mulas, solo el eco de las
botas de los voluntarios de Cuellas patrullando. Todo empezó con el golpe de
una culata en mi puerta. Eran los hombres de Cuellas; me pusieron una carabina
en las manos y me dijeron que ahora era un soldado de la «causa radical».
—O tomas el fusil o pruebas la madera —me soltaron sin mirarme a los ojos.
El miedo se podía cortar con navaja. En la plaza se comentaba el destino de
Francisco Valverde y José Cañas: hombres honrados que, por dudar, fueron
apaleados hasta que sus gritos se oyeron en toda la calle Real. En la nueva
«república» de Iznájar, la libertad se escribía con sangre y moratones.
Para mantener a su guardia pretoriana, los radicales vaciaron las casas de
los sospechosos. Vi cómo salían de los hogares de Rafael Garrido, Juan Muñoz y
Antonio Torrubia cargados con el botín del hambre: jamones, pan y hasta el
chocolate de los niños. Dejaron a las familias en la miseria.
La locura alcanzó su cima una noche en la que el estruendo de los disparos
rompió el silencio del valle. Apuntaban a matar: las ventanas de los
dormitorios del presbítero don Mariano Doncel y de don Juan Rodríguez saltaron
en mil pedazos mientras ellos descansaban. Aquello era terrorismo puro.
Muchos hombres empezaron a emigrar en secreto por los olivares bajo la
luna. Pero esa huida dejó a las mujeres desamparadas. La ira de los radicales
se volvió contra ellas. Jamás olvidaré el llanto de la mujer de Francisco
Porras: la arrastraron y le cortaron el pelo al rape, marcándola como si fuera
ganado. El pánico fue total cuando se supo que muchas otras estaban
«sentenciadas» a la misma pena.
Iznájar se quedó sola, con las puertas atrancadas contra el mundo. Sin
embargo, la noticia de nuestra agonía llegó al gobernador de Córdoba. El 30 de
abril de 1873, el panorama cambió. El gobernador envió a don Alfonso García
Cordón con 300 soldados y 100 guardias civiles para destituir a los impostores.
Desde Rute, el delegado mandó un ultimátum. Los amotinados se atrincheraron
en el Ayuntamiento y, cuando los soldados estaban dispuestos a tomar el
edificio por la fuerza, ocurrió un gesto desesperado: los rebeldes arrojaron
las varas de mando por los balcones hacia la calle. La tragedia se evitó
gracias a la mediación de don Carlos Burell.
El 3 de mayo de 1873, Iznájar dejó de ser una fortaleza de opresión. El
nuevo Ayuntamiento desarmó a los «voluntarios a palos» y entregó las carabinas
a los vecinos honrados. Fue el fin de un calvario que duraba más de un año. El
5 de mayo publicamos nuestro sentir en el diario La República Federal
bajo un título elocuente: «¡YA SE RESPIRA!».
Cerré el cuaderno y me quedé meditando.
Conocía el cantonismo en las grandes capitales, pero no tenía idea de este
suceso en Iznájar, a tan solo 45 km de mi ciudad, Cabra. Dudé de si era un
relato de ficción, pero al buscar en mi tablet «Iznájar cantón independiente»,
comprobé que todo lo que había leído fue real.
Y además corroboré que no fue un hecho aislado, sino el síntoma de un mal mayor que recorría las venas de Córdoba tras la proclamación de la Primera República. Montilla, Aguilar y Bujalance fueron lugares de la Campiña donde el rastro de la opresión dibujó el mapa de la Córdoba insurgente.
De la Sierra a la
Campiña
El rastro de la
opresión
Mi curiosidad, acuciada por este descubrimiento, me empujó a mirar hacia
Montilla y otros pueblos de la Campiña, como Aguilar de la Frontera. Allí, el
eco de la República no solo trajo disputas de poder municipal, sino que
despertó el grito contenido de una población empobrecida y maltratada. Si en
Iznájar la lucha era por la vara de mando, en la Campiña era una lucha por la
dignidad humana frente a una oligarquía terrateniente que trataba al pueblo
como esclavos sin derechos.
Con esta nueva perspectiva, mi viaje cobraba un sentido más urgente. Tenía
una cita pendiente en Montilla para localizar el antiguo estanco de Ana María
de Soto, la valiente mujer a la que Carlos IV reconoció sus servicios en la
Marina. Era la excusa perfecta: unir la búsqueda de una heroína histórica con
el rastreo de aquellas revueltas sociales nacidas de la desesperación.
Llegué a Montilla con una idea fija en la mente y un título resonando en mi
memoria: La hija del mar de Alicia Vallina. Conocía la historia de Ana
María de Soto por ese libro que me habían prestado, pero necesitaba poseerlo,
tenerlo entre mis manos para que sus páginas me guiaran con precisión por las
calles de la ciudad.
Lo primero que hice fue buscar una librería. Al entrar, el olor a papel y
la tranquilidad del local me dieron la bienvenida, pero fue su dueña quien se
convirtió en la verdadera brújula de mi jornada. Al explicarle mi interés por
Ana María —aquella mujer que, bajo el nombre de Antonio María de Soto, burló
las normas de su tiempo para servir en la Infantería de Marina—, sus ojos se
encendieron con el brillo de quien ama la historia de su tierra.
La conversación fluyó con la naturalidad de los hallazgos afortunados. No
solo me ayudó a localizar el libro, sino que, entre anaqueles y recuerdos,
surgió una hipótesis que me dejó helado: la posibilidad de que su propia
librería ocupe hoy el mismo espacio donde, por merced del rey Carlos IV, estuvo
ubicado el estanco que permitió a Ana María vivir sus últimos días con la
dignidad de un soldado veterano.
Aún me queda por confirmar este dato, pero la idea de estar pisando el
mismo suelo donde la «Hija del Mar» despachaba tabaco y sellos tras años de
batallas navales le otorga a mi búsqueda una dimensión casi mística. Iznájar me
dio el pasado convulso de la República; Montilla me regala ahora el rastro de
una mujer que, mucho antes de que se hablara de libertad en los diarios, ya la
había conquistado por su cuenta.
La dueña de la librería, en un gesto de generosidad propio de quienes
comparten una pasión, decidió abrirme más puertas. Me remitió a un señor mayor,
antiguo fotógrafo de la ciudad, un hombre cuya mirada ha capturado durante
décadas la esencia de Montilla. Él, amante de la historia local y autor de su
propio libro, es quien posee la llave para confirmar si la librería es,
efectivamente, el solar donde Ana María de Soto cerró sus días tras servir a la
Corona.
Pero mi interés no se agotaba en la heroína de Carlos IV. Al mencionarle mi
inquietud por los convulsos días de 1873, la librera me hizo un regalo inesperado
y valiosísimo: un ejemplar de Juan Díaz del Moral. Me entregó Historia de
las agitaciones campesinas andaluzas, una obra fundamental donde se recogen
con detalle los llamados «Sucesos de Montilla».
Al hojear el libro, comprendí que la elegancia de las bodegas y la
fisonomía señorial de Montilla esconden una cicatriz profunda. Mientras en
Iznájar el cuaderno hablaba de una traición política y de «radicales», Díaz del
Moral describe algo mucho más visceral en la Campiña: el estallido de un pueblo
que ya no podía más. Aquella proclamación de la República fue el interruptor
que encendió la rabia contra una oligarquía que abusaba de los humildes como si
no tuvieran derechos.
Ahora, con el libro bajo el brazo y la dirección del viejo fotógrafo en mi
agenda, Montilla se despliega ante mí no solo como una ciudad de buen vino,
sino como un escenario donde la justicia y el hambre libraron su propia
batalla.
Mientras degustaba un excelente guiso de rabo de toro, plato tradicional en
esta tierra, acompañado de un buen vino amontillado, me dispuse a leer:
Sucesos de Montilla:
El estallido de la indignación
Cuando Amadeo de Saboya abdicó el 11 de febrero de 1873 y se proclamó la
Primera República, la noticia llegó a Montilla apenas un día después,
provocando un revuelo inmediato. Los republicanos intentaron organizar una
Junta Local para administrar el municipio, pero el pueblo, herido tras años de
agresiones por parte de la «Partida de la Porra», —fuerza paramilitar que se
dedicaba a impartir su “particular justicia” que consistía en dar cuarenta
garrotazos al que infringiese alguna norma impuesta por las familias adineradas
de la localidad— no aceptó autoridad alguna. La justicia, esta vez, se tomaría
por su propia mano.
Se publicó un bando exigiendo que todas las armas de la ciudad se
depositasen en el Ayuntamiento y se cercaron las entradas y salidas del pueblo.
En pocas horas, la masa popular recorrió las casas de los pudientes y
representantes políticos. Tras abastecerse de petróleo en los comercios, el
tumulto se tornó violento: asaltaron la casa del alcalde y la del administrador
del Impuesto de Consumos.
El saldo fue trágico. Hubo varios muertos, entre ellos el terrateniente más
rico de la localidad, Francisco Solano Rioboó. Como acto simbólico de un
«borrón y cuenta nueva», prendieron fuego al Registro de la Propiedad, un gesto
que buscaba reducir a cenizas los títulos de una tierra que sentían robada.
Todos estos acontecimientos quedaron registrados por los ojos de Rafael Requena
Salas en su obra Diario de mi vida pública.
La Guardia Civil, temerosa de las represalias por no haber frenado antes
los abusos de la oligarquía y consciente de su inferioridad numérica, se
acuarteló a la espera de que el ejército llegase desde Córdoba para sofocar la
rebelión. Tras el motín, las detenciones no se hicieron esperar. Aunque se
buscó apoyo en la Primera Internacional, el desarrollo de los hechos sugiere
que no hubo una organización socialista previa, sino un estallido espontáneo de
rabia. Fue la respuesta desesperada de un pueblo maltratado por una oligarquía
que los consideraba poco más que esclavos.
El proceso judicial se dilató años; algunos no vieron el tribunal hasta
1888. Mientras el partido republicano les daba la espalda, muchos de los
acusados fueron finalmente proclamados inocentes, dejando tras de sí el eco de
un hartazgo que cambió para siempre la fisonomía social de la Campiña.
Cerré el libro
y tomé un sorbo de vino. La lectura me obligaba a mirar de otra forma las
fachadas de las casas señoriales que había cruzado minutos antes. Montilla no
era solo la cuna del Gran Capitán o el refugio de Ana María de Soto; era el
epicentro de una lucha de clases que Díaz del Moral narraba con una precisión
quirúrgica.
Salí de
Montilla con el sabor del amontillado aún en el paladar y el peso del libro de
Díaz del Moral en el asiento del copiloto. La carretera hacia Aguilar de la
Frontera es corta, pero el paisaje de olivos parece susurrar las mismas
historias de hartazgo y esclavitud que acababa de leer.
Si en aquel
desván de la casa rural encontré el testimonio directo de la traición radical
en Iznájar , y en la librería montillana hallé el análisis técnico de las
agitaciones campesinas, en Aguilar buscaba algo más: la huella física en el
pueblo.
Aguilar de la Frontera
El espejismo de la
libertad
Aparqué en las inmediaciones de la Plaza de San José, esa joya octogonal
que parece diseñada para que todo el pueblo se mire a la cara. Me senté en un
banco bajo la sombra, con el libro de Díaz del Moral sobre las rodillas, aún
con la mente puesta en los incendios de Montilla. Fue entonces cuando un hombre
de edad avanzada, que descansaba apoyado en un bastón de madera de olivo,
rompió mi silencio.
—Veo que busca usted las raíces de nuestro dolor —dijo, señalando con un
gesto pausado el ejemplar de Historia de las agitaciones campesinas
andaluzas.
Le expliqué mi viaje: el cuaderno de Iznájar, el estanco de Ana María de
Soto y el rastro de aquel febrero de 1873. El hombre asintió con una gravedad
antigua. Resultó ser un antiguo maestro, jubilado pero con la memoria más
despierta que nunca, que guardaba en su casa algo que podía serme útil.
—En Aguilar —continuó—, el hambre no esperaba a que los señores de Madrid
se pusieran de acuerdo. Aquí, la República no fue un debate, fue un grito de
supervivencia.
Me invitó a acompañarlo a una pequeña casa cercana, donde extrajo de una
carpeta amarillenta una copia de un antiguo manifiesto de los jornaleros de
Aguilar. Según me contó, su abuelo lo había guardado como un tesoro prohibido.
Mientras lo leía, comprendí que Aguilar fue el espejo de Montilla:
Al igual que en Montilla, la noticia de la República el 12 de febrero
provocó que el pueblo se lanzara a las calles para deponer a las autoridades
vinculadas a la oligarquía terrateniente.
Se quemaron los fielatos, que eran los puntos de cobro del odiado Impuesto
de Consumos, que gravaba los alimentos básicos de los más pobres; fueron los
primeros en arder.
A diferencia de otras revueltas puramente políticas, en Aguilar los
campesinos se dirigieron a los cortijos no solo para protestar, sino para
exigir que la tierra volviera a manos de quienes la trabajaban de sol a sol.
El viejo maestro se reajustó las gafas y, con un suspiro que parecía cargar
con el peso de un siglo, continuó su relato mientras el sol de la tarde
empezaba a teñir de ocre las paredes de Aguilar de la Frontera.
—Lo de aquí fue un espejismo de libertad que duró apenas unos días —comenzó
a decir—. Mientras el pueblo creía que la República era el fin de su esclavitud
frente a los terratenientes, en Córdoba ya se estaban afilando las bayonetas.
Aquí tienes los hechos que el anciano te narró sobre el final de la
revuelta:
Tras el caos inicial y la quema de los fielatos, el Gobierno no tardó en
reaccionar. Desde Córdoba partió una columna militar al mando del brigadier
Pavía (quien más tarde se haría famoso por su golpe de Estado). Su misión era
clara: restaurar el «orden» a cualquier precio.
Al ver que el ejército se acercaba, muchos campesinos, que esperaban que la
República los protegiera, comprendieron con amargura que el nuevo régimen no
iba a permitir el reparto de tierras ni el desorden social. En Aguilar, a
diferencia de otros lugares, la resistencia fue breve pero intensa antes de que
la superioridad militar se impusiera.
Una vez que las tropas tomaron la plaza, empezaron las detenciones. No solo
fueron tras los que prendieron fuego a los fielatos, sino tras los líderes
naturales del campesinado. Muchos huyeron a la sierra, repitiendo el ciclo de
los huidos que habrás leído en el cuaderno de Iznájar.
El ejército restableció en sus puestos a la misma oligarquía terrateniente
que había provocado el hartazgo. Las varas de mando, que en otros pueblos
volaron por los balcones, aquí fueron devueltas a las manos de quienes seguían
viendo al jornalero como a un esclavo.
El maestro terminó la historia con una frase que me recordó mucho a lo que
había sentido durante todo el viaje:
—Al final, hijo, la República en la Campiña fue un estallido de luz que
terminó en una oscuridad más profunda para los pobres. Los que mandaban antes,
mandaron después. Como dijo aquel alcalde de Iznájar, muchos solo «cambiaron de
chaqueta» para no soltar el mando.
Me despedí del viejo maestro con un apretón de manos que sabía a historia
viva. Al salir de Aguilar de la Frontera, el sol comenzaba a esconderse tras
las lomas de olivos, proyectando sombras alargadas que parecían los fantasmas
de aquellos jornaleros de 1873.
Dejé atrás la Campiña Sur con el motor del coche ronroneando en dirección a
casa, pero con la mente todavía anclada en el «hartazgo» de las gentes que
había descubierto. En el asiento del acompañante, el libro de Díaz del Moral y
el cuaderno de Iznájar eran ahora mis tesoros más preciados.
Una vez en casa, en la quietud de mi despacho y lejos del bullicio de las
plazas, me dispuse a retomar la lectura. Al abrir de nuevo Historia de las
agitaciones campesinas andaluzas, mis ojos se detuvieron en un nombre que
ya había empezado a resonar en mis oídos: Bujalance.
Supe entonces que mi periplo no había terminado. Las páginas describían
sucesos en el Alto Guadalquivir que vibraban con la misma rabia y esperanza que
los de Montilla y Aguilar. El fuego de los fielatos y el asalto a los
ayuntamientos tenían allí un capítulo propio, uno que exigía ser visitado y
sentido sobre el terreno.
Cerré el libro lentamente. Ya no era solo curiosidad; era una necesidad de
completar este mapa de la rebeldía cordobesa. Mañana, con las notas bien
ordenadas y el espíritu descansado, comenzaría a preparar la ruta. Bujalance me
esperaba y, con ella, el siguiente relato de esta crónica que comenzó, quién lo
diría, bajo una tabla suelta en un desván.
Bujalance: El fuego
del Alto Guadalquivir
Donde el papel se
vuelve ceniza
Aparqué cerca de la Plaza Mayor. A pesar de estar a solo 75 kilómetros de
casa, Bujalance se me antojaba un escenario nuevo, una ciudad de torres
orgullosas que parecía esconder sus secretos tras el ladrillo de sus fachadas.
Me senté en un banco, bajo la sombra, y saqué el libro de Díaz del Moral. No
pasaron ni cinco minutos cuando una mujer de edad avanzada, que caminaba con
paso menudo, se detuvo un instante. Sus ojos, nublados por el tiempo pero
curiosos, se fijaron en la portada desgastada.
—No sé qué pondrá ese libro —dijo con una voz que sonaba a tierra seca—,
pero a veces el dolor no se cuenta bien. Lo escriben como si aquello fuera cosa
de buenos y malos, y la verdad es más amarga.
Le expliqué mi viaje, mi búsqueda del rastro de 1873. Ella asintió
lentamente y se sentó a mi lado, dejando que el peso de sus recuerdos se
acomodara en el banco.
—Mi abuelo sufrió esa justicia —continuó—, una justicia lenta que te va
comiendo por dentro. Él no tuvo nada que ver con la quema de los papeles, pero
en este pueblo, cuando el fuego empieza, el humo acaba manchando a todos.
Y allí, bajo el sol del Alto Guadalquivir, la anciana comenzó a narrar la
historia que no sale en los índices de los libros técnicos:
«Aquel febrero, Bujalance no era el pueblo tranquilo que usted ve ahora. El
hambre se mascaba en el aire. Cuando llegó la noticia de la República, la gente
no fue a celebrar; fue a cobrar lo que se le debía. Se dirigieron al
Ayuntamiento como una marea. Mi abuelo decía que el resplandor de la hoguera se
veía desde los olivares.
No buscaban dinero, buscaban los papeles. Querían quemar las escrituras,
los registros de la propiedad, las deudas... Querían que, al amanecer, nadie
pudiera decir “esto es mío y tú eres mi esclavo”. El papel era la cadena y el
fuego era la llave.
—Mire usted —dijo la mujer, señalando con su mano temblorosa hacia las
afueras—, los fielatos eran los puestos de la humillación. Allí te registraban
el canasto, te pesaban la miseria y te quitaban los pocos reales que traías
antes de dejarte entrar al pueblo para vender cuatro garbanzos.
Por eso, cuando estalló aquello, no hubo piedad con esas casetas. Mi abuelo
contaba que la gente corría hacia ellas no con odio a las piedras, sino con
odio a lo que significaban. No fue un fuego desordenado... fue un fuego con
hambre.
“¡Que arda el fielato!”, gritaban y, mientras las llamas subían, la gente
lanzaba los libros de cuentas al fuego. Decían que cada papel que se quemaba
era un kilo de pan que volvía a la mesa de sus hijos. Pero después llegó el
silencio. Y con el silencio, las represalias —añadió bajando la voz—, como le
dije antes, el fuego limpió las deudas de esa noche, pero el humo acabó
manchando a todos, y a mi abuelo, que solo miraba desde lejos, esa mancha le
costó media vida de juicios y sombra.
Mi abuelo, que era un hombre de paz, se vio envuelto en los procesos
judiciales que duraron años. Los poderosos volvieron, pero esta vez con una
lista en la mano. No castigaron solo a los que llevaban la antorcha; castigaron
a cualquiera que hubiera levantado la cabeza. Fue una condena que no terminaba
nunca, una justicia que buscaba el castigo ejemplar para que nadie volviera a
soñar con el reparto de las tierras».
La anciana se levantó, me dedicó una última mirada cargada de una sabiduría
triste y se marchó, dejándome a solas con el libro de Díaz del Moral. Ahora,
las letras impresas tenían una temperatura distinta.
Epílogo: La mirada
transformada
El viaje de regreso a
Cabra fue un tiempo de silencio y reflexión. Mientras conducía, veía por el
retrovisor cómo las torres de Bujalance se hacían pequeñas, pero la sensación
de haber completado un puzle invisible me acompañaba en cada kilómetro.
No pude evitar pensar en aquella casa rural de Iznájar, en el desván donde
todo comenzó por pura casualidad. Es curioso cómo un simple hallazgo bajo una
tabla suelta, en un lugar donde solo buscaba descanso, pudo cambiar mi forma de
mirar el paisaje que me rodea. Si no hubiera tropezado con aquel cuaderno, la
historia de estos pueblos seguiría siendo para mí una página en blanco.
Ahora, al entrar en mi casa, el silencio tiene otro peso. He recorrido los
caminos de una Córdoba que a menudo olvidamos. He visto que, más allá de los
grandes nombres de la historia, existió una realidad durísima en nuestros
campos; una vida de esfuerzo extremo donde el jornalero regaba con su sudor una
tierra que no sentía como suya. No se trata de política, sino de la condición
humana: de un lado, el poder de los grandes propietarios; del otro, el grito
desesperado por una vida algo más digna.
Dejo el cuaderno y el libro de Díaz del Moral sobre mi escritorio. Mi
periplo ha terminado, pero me llevo conmigo algo valioso: la voz de la anciana
de Bujalance, la sabiduría del maestro de Aguilar y la memoria de aquellos que
sufrieron las consecuencias de unos tiempos convulsos.
Aquel desván de la casa rural fue solo la puerta. Lo que he encontrado
detrás es la historia de mi propia gente, un pasado de penurias hoy olvidado y
ahora, cada vez que mire a los campos de olivos de mi provincia, ya no veré
solo un paisaje hermoso, sino la huella de los que se atrevieron a soñar con la
dignidad, el rastro de la opresión y el fuego que, aunque intentaron apagarlo
con una justicia amarga, dejó una marca imborrable en las venas de Córdoba.
