Silencio
Las voces que oía en mi cabeza me provocaban más miedo que el que sentí al
salir a la calle y descubrir que el mundo parecía haberse detenido.
Serían alrededor de las doce de la mañana de un día laborable. Sin embargo,
aunque me encontraba en la arteria principal de la ciudad, no pasaba ningún
coche. Tampoco había visto ninguno mientras caminaba hasta allí.
Decidí tomar un café en la cafetería del centro comercial.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al entrar: estaba completamente
vacía. Ni siquiera había un guardia de seguridad. Me pellizqué para comprobar
si estaba soñando.
No lo estaba.
De repente dejé de oír las voces de mi cabeza.
El silencio pesaba. Dolía. Y, sobre todo, me llenaba de miedo.
Entonces, de pronto, el sonido de una cafetera exprés rompió aquella
quietud. La máquina había comenzado a funcionar sola. La barra seguía vacía,
aunque yo, unos segundos antes, había deseado tomar un café.
Las voces regresaron, ahora más nítidas.
«No estás solo… ¿ves cómo te cuido? Siempre te cuido».
Sobre la barra apareció, como si hubiera surgido de la nada, una blanca
taza de café humeante. El aroma era intenso, casi hipnótico.
Sin embargo, algo no encajaba: la cafetera no estaba conectada. El cable
colgaba suelto.
Sentí cómo se me aceleraba el pulso.
El silencio volvió a manifestarse. Un escalofrío recorrió mi espalda.
No entendía qué me estaba sucediendo. Quizás estaba en otro plano o tal vez
solo era yo, un ente perdido en aquel lugar. Intenté recordar el día anterior,
pero no tenía recuerdos.
Solo silencio.
«No te esfuerces», susurró la voz. «Tú me creaste para no estar solo».
Acerqué la mano a la taza de café humeante.
El calor que desprendía era tan intenso que me quemaba. Pero al tocar la
porcelana no sentí el tacto frío y liso del material.
Sentí algo latiendo.
La taza tenía pulso.
—Bebe —susurró la voz, ahora fundida con el mismo silencio que tanto me
dolía—. Es tu propia energía la que la mantiene caliente. Si se enfría… te
apagas tú.
Arrojé la taza al suelo.
Se rompió en mil pedazos.
Durante un segundo todo quedó suspendido, como si el mundo contuviera la
respiración.
El estallido de la porcelana no sonó a cerámica, sino a un cristal
rompiéndose dentro de mis propios oídos. Un crujido seco que me devolvió el
golpe de la realidad.
Los fragmentos en el suelo comenzaron a mancharse de un líquido oscuro y
espeso. Con cada centímetro que avanzaba la mancha sobre las baldosas blancas,
mi memoria recuperaba un fotograma perdido.
Vi el coche. Vi la lluvia. Vi el volantazo brusco para esquivar algo que no
estaba allí… algo que yo mismo había imaginado un segundo antes del impacto.
El frío del centro comercial desapareció. En su lugar sentí el frío del
metal contra mi pecho.
El silencio ya no era una sensación extraña: era el silencio de una unidad
de cuidados intensivos a las tres de la mañana.
La voz no era una entidad
mágica: era el pitido constante del monitor cardíaco.
El café humeante era el calor de la
fiebre que consumía mi cuerpo.
La taza con pulso no era otra cosa que
mi propio corazón luchando por no detenerse en la mesa de operaciones.
Abrí los ojos. La luz blanca del hospital me hirió la retina. A mi lado,
una enfermera manipulaba el cable suelto de una máquina. El mismo cable que, en
mi delirio, colgaba de la cafetera.
—Ha vuelto —susurró ella. Pero no me miraba a mí. Miraba la sombra que se
proyectaba en la pared junto a mi cama.
Entonces la oí de nuevo.Más clara que nunca. No en mis oídos. Bajo mi piel.
«Te dije que no la rompieras…»
Una pausa.
«Ahora estamos fuera.» La sombra en la pared pareció moverse. «Y ya no hay
paredes que nos separen».
