EL TRONO DE LAS TRES REINAS

 Granada, invierno de 1491

Desde Santa Fe, a solo diez kilómetros, se alzaba la prueba definitiva de la voluntad cristiana. Lo que comenzó como un asedio de tiendas de lona se había transformado, por orden de Isabel I, en una ciudad de piedra y ángulos rectos nacida de las cenizas de un incendio. Desde allí, la reina de Castilla contemplaba Granada no como un sueño, sino como una pieza de ajedrez a punto de caer: una montaña de casas blancas que trepaban hacia el cielo, coronadas por el color rojizo de las murallas de la Alhambra.

Bajo ese cielo plomizo, el laberinto de calles estrechas del Albaicín bullía de rabia y hambre. En aquellos callejones donde dos caballos no podían cruzarse, donde el aire se estancaba y el olor a alcantarillado se mezclaba con el de las especias rancias, Aixa encontraba su último refugio. Era el lugar perfecto para sus conspiraciones; allí, entre las sombras de los muros desconchados, la sultana alimentaba el odio de un pueblo que prefería la muerte antes que la rendición que su hijo, Boabdil, ya empezaba a negociar en secreto.

Mientras tanto, en lo alto, la Alhambra se había convertido en la cárcel de cristal de Zoraida. En aquel mundo de penumbra dorada y techos de mocárabes que parecían llorar estalactitas, la reina cautiva sentía el peso del repudio de la aristocracia tradicional. Los Abencerrajes nunca le perdonaron que su belleza fuera el hacha que partió el reino en dos. En sus aposentos privados, ajena al lujo que la rodeaba, Zoraida escuchaba el eco de los cañones de Santa Fe y temía por la vida de sus hijos. Con el sultán Muley Hacén ya desaparecido de la escena y el poder desvaneciéndose, sabía que su linaje pendía de un hilo finísimo.

Las tres —Isabel, Aixa y Zoraida— estaban, de alguna manera, atrapadas por su destino. Pero mientras Isabel esperaba el fruto maduro de la victoria y Aixa se aferraba a las cenizas del orgullo, Zoraida solo buscaba una salida de aquel laberinto de seda antes de que el mundo que conocía terminara de arder.

En un sótano discreto de una casa del Albaicín, el aire estaba cargado de humedad y del humo de un solo candil de aceite. Boabdil, sentado frente a una mesa pequeña, tenía un pergamino desenrollado ante él. Al oír el crujir de la puerta, intentó ocultarlo, pero era tarde.

Aixa entró como una ráfaga de viento helado. No necesitó ver el sello de cera para saber de dónde provenía.

—¿Desde cuándo los hijos de la estirpe nazarí intercambian cartas con la mujer de Castilla a espaldas de su pueblo? —La voz de Aixa no era un grito; era un siseo que cortaba más que una daga.

Boabdil levantó la mirada. Sus ojos tenían las ojeras profundas de quien no ha dormido en años.

—No es una traición, madre. Es un trato. Granada tiene hambre. La gente se come los caballos y el cuero de las monturas. Si no firmamos estas capitulaciones, no quedará nadie vivo para recordar quiénes fuimos.

Aixa se acercó y golpeó la mesa con la palma de la mano.

—¡Comerán piedras si es necesario! —exclamó con un fervor casi místico—. Lo que tú llamas «trato», Isabel lo llama «rendición». Ella te ofrece una salida de oro para que le entregues las llaves de nuestra alma. ¿Crees que te respetará cuando seas un rey sin tierra? ¿Crees que respetará a esa… cautiva y a sus hijos cuando ya no te necesite para dividirnos?

Boabdil se puso en pie, su sombra proyectándose gigante y trémula contra la pared de piedra.

—¡Zoraida ya no importa! —gritó con desesperación—. Ella está atrapada en sus aposentos, rezando a un Dios que ya no la escucha. Isabel nos ha vencido, madre. Ha construido una ciudad de piedra frente a nosotros para decirnos que no se irá. ¿Quieres que vea cómo mis hijos mueren en un asalto final solo por tu orgullo?

Aixa se quedó inmóvil. Se acercó a su hijo y le tomó el rostro con las manos, pero no fue un gesto de ternura, sino de posesión.

—Prefiero enterrarlos con mis propias manos bajo los cimientos de la Alhambra antes que verlos suplicar pan en las mesas de los cristianos. Granada es nuestra sangre. Si tú entregas las llaves, no solo entregas las puertas: entregas la historia.

—La historia la escriben los que sobreviven —respondió Boabdil, apartándose—. Y yo quiero que mi pueblo sobreviva.

Aixa lo miró con un desprecio que dolía más que cualquier herida de guerra. Se ajustó su manto oscuro y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo sin volverse.

—Si firmas ese papel, Boabdil, firmarás tu sentencia de sombra. Caminarás por el resto de tus días como un muerto que olvidó morir. Y cuando llores frente a las torres que perdiste, no busques mi hombro para consolarte. Ese día, mi hijo habrá muerto y solo quedará un siervo de la reina de Castilla.

La puerta se cerró con un golpe seco. Boabdil se quedó solo con el pergamino. Fuera, en la noche del Albaicín, el viento trajo el sonido de una campana lejana desde el campamento de Santa Fe. Isabel estaba esperando su respuesta.

En su gabinete de la ciudad de piedra, Isabel no dormía. La estancia era sobria, iluminada por grandes cirios de cera de abeja que no chisporroteaban. Sobre la mesa, el mapa de Granada no era más que un dibujo lleno de tachaduras.

Un caballero de la Orden de Santiago entró y le entregó un pequeño canuto de cuero. Isabel lo abrió con dedos firmes. Sus ojos claros recorrieron las líneas en árabe y su traducción al margen.

—Boabdil cede —dijo ella, con una voz tan tranquila que asustaba—. Pide garantías para su seguridad, para su hacienda y para el respeto a sus mezquitas.

Fernando, que observaba desde la sombra de la chimenea, dejó escapar un suspiro de alivio, pero Isabel permaneció seria.

—No te alegres aún, Fernando —advirtió—. Boabdil ha firmado, pero su madre, la sultana Aixa, todavía no ha entregado su odio. Ella es el verdadero muro de Granada. Boabdil nos da las llaves, pero Aixa nos da las cenizas si no tenemos cuidado. Debemos enviar un mensaje a los agentes que tenemos dentro: que vigilen a la sultana. No quiero que el día de la entrega la ciudad sea un incendio que nos impida entrar.

Isabel volvió a mirar el mapa. Para ella, Granada ya era suya; ahora solo era una cuestión de logística y de evitar que la furia de una mujer desesperada lo arruinara todo.

En la penumbra de sus estancias, Zoraida ya no tenía el brazo de Muley Hacén para sostenerse. Él era ahora solo un recuerdo frío en las cumbres del pico que llevaba su nombre. Ella era la viuda de un rey muerto, la madre de unos hijos que la aristocracia nazarí consideraba una mancha en el linaje.

—El sultán se fue y con él nuestra sombra —murmuró Zoraida, abrazando a sus hijos en el rincón más oscuro de la habitación.

Fuera, el eco de los pasos de los guardias era cada vez más escaso. Ya no servían a un hombre, sino a una causa desesperada liderada por Aixa. Zoraida sabía que, sin el sultán, ella no era más que una moneda de cambio o un objetivo para la venganza.

—Si vuestro padre estuviera aquí… —empezó a decir, pero calló.

Sabía que Muley Hacén murió viendo cómo su propio hijo, Boabdil, le arrebataba el trono instigado por Aixa. Ahora, ese mismo hijo estaba a punto de entregar el reino. Zoraida sintió que las paredes de la Alhambra, que antes la protegían con sus filigranas de yeso, ahora se cerraban sobre ella como las mandíbulas de una trampa.

Solo le quedaba una esperanza: que la mujer que esperaba en la ciudad de piedra, Isabel, tuviera más piedad con una madre desesperada que la que Aixa tendría jamás con la mujer que le robó el amor de su esposo.

2 de enero de 1492

El sol de invierno apenas lograba calentar los muros de la Alhambra cuando el estruendo de un cañonazo en blanco anunció lo impensable: la entrega.

En la llanura, frente a la ermita de San Sebastián, Isabel I de Castilla se mantenía erguida sobre su caballo. No vestía de gala, sino de victoria: una sobrevesta de terciopelo carmesí sobre una cota de malla que brillaba como la escarcha. Sus ojos no buscaban el oro de las llaves, sino el perfil de las torres.

—No es una ciudad lo que recibimos hoy, Fernando —susurró, sin mover un músculo del rostro—. Es el fin de una era. Pero cuidado: el animal que muere siempre lanza el último zarpazo.

Su mirada se clavó en la puerta de la ciudad. Sabía que allí dentro una mujer llamada Aixa la odiaba con una intensidad que ninguna capitulación podría calmar.

Desde lo alto de la Torre de la Vela, Aixa observaba la comitiva de su hijo descender por la cuesta de los Gomérez. El viento le azotaba el rostro, pero ella no parpadeaba. Sus manos apretaban un pequeño amuleto de hueso, el último resto de un linaje que veía desvanecerse.

—Mira cómo camina —siseó hacia las sombras de la torre—. No parece un rey que protege a su pueblo, sino un mercader que ha malvendido su alma.

Aixa no miraba a Isabel con admiración, sino con un reconocimiento amargo: dos mujeres de poder, una subiendo al trono del mundo y la otra descendiendo al olvido. Pero, antes de irse, Aixa dejó una orden susurrada a sus últimos leales: «Que la cautiva no vea el sol de mañana bajo el mando de la Cristiana».

En el interior del palacio, el silencio era aterrador. Zoraida había amontonado muebles pesados tras la puerta de sus aposentos. Sus hijos lloraban bajito, contagiados por su temblor. A través de la celosía vio ondear, por primera vez, la bandera de los Reyes Católicos en la torre más alta.

—Ya están aquí —gimió, apretando una cruz que escondía bajo su túnica musulmana—. Por favor, que lleguen antes que ellos.

Escuchó pasos pesados en el corredor. No eran botas militares de Castilla, sino el deslizar de babuchas de los hombres de Aixa. Alguien golpeó la madera de la puerta con el pomo de una daga. El destino de Zoraida se jugaba en una carrera de segundos: si los hombres de la sultana lograban entrar antes de que los soldados de Isabel aseguraran el harén, su sangre se mezclaría con el agua de las fuentes.

El Patio de los Leones estaba sumido en una luz grisácea. Isabel I avanzaba rodeada por sus caballeros; el sonido de sus espuelas de oro resonaba en el mármol como un martillo. Se detuvo ante la entrada del harén. Allí, el destino había preparado su última jugada.

La puerta de los aposentos se abrió de golpe, pero no fueron los asesinos de Aixa quienes entraron, sino la guardia personal de la reina de Castilla. Zoraida salió a la luz del patio, protegiendo con sus manos a sus dos hijos. Saad, de doce años, intentaba mantenerse erguido, pero Nasr, de apenas nueve, se aferraba a la túnica de su madre. Al ver a Isabel, Zoraida se detuvo en seco. Sus ojos se encontraron: la cautiva y la conquistadora.

Zoraida no vio en Isabel a una enemiga, sino a una tabla de salvación. Se arrodilló, no por protocolo, sino por puro instinto materno.

—Señora —susurró Zoraida en el castellano que casi había olvidado—. No pido por mi vida, sino por la sangre de estos inocentes, que también es vuestra sangre.

En ese instante, desde la galería superior, apareció la sombra de Aixa. Se disponía a abandonar el palacio hacia el exilio, pero no pudo evitar detenerse al ver la escena. Su figura, envuelta en un luto riguroso que parecía absorber la luz, era la viva imagen de la derrota orgullosa. Bajó las escaleras con una lentitud glacial. Al llegar al nivel del patio, miró a Zoraida arrodillada y soltó una carcajada amarga que heló la sangre de los presentes.

—Mira, Isabel de Castilla —dijo Aixa, señalando a su rival—. Aquí tienes el trofeo de tu victoria: una mujer que se arrodilla ante quien le quita el hogar.

Luego clavó los ojos en la reina Católica. No había miedo en ellos, solo una furia ancestral.

—Has tomado las piedras, Cristiana. Disfrútalas. Pero, mientras esta mujer se humilla para salvar su piel, yo me llevo conmigo la única cosa que no podrás encadenar: el odio de un pueblo que nunca te llamará madre.

Isabel I no se inmutó. Miró a Aixa con la frialdad de quien ya ha dictado sentencia y luego bajó la vista hacia los niños de Zoraida. Se acercó a ellos y, en un gesto que desarmó a todos, puso su mano enguantada sobre la cabeza del pequeño Nasr.

—La sultana Aixa habla de odio porque es lo único que le queda —dijo Isabel, con voz clara y firme—. Yo hablo de futuro.

Isabel miró fijamente a Aixa antes de que esta se diera la vuelta para marchar hacia el destierro.

—Tú te llevas el pasado, Aixa. Yo me quedo con estos niños. Serán bautizados, serán nobles de mi corte y llevarán mi fe. Lo que tú consideras una derrota, yo lo llamo salvación. Granada ya no es un campo de batalla entre mujeres; ahora es mi reino.

Aixa cruzó el arco del patio con la espalda tan recta que parecía que el peso de la derrota no la tocaba. No hubo frases grandilocuentes ni reproches de leyenda; su silencio fue mucho más atronador. Se marchaba hacia el exilio con el rostro cubierto, llevándose consigo la dignidad de quien se sabe vencida, pero no doblegada. Para ella, el mundo que quedaba atrás —con Zoraida arrodillada y una reina extranjera tocando a sus nietos— ya era un territorio de muertos.

Zoraida abrazó con fuerza a Saad y Nasr. Para ella no eran piezas de una partida política, sino sus hijos, los últimos frutos del amor prohibido de un sultán que ya descansaba en las cumbres de la Sierra. Al ver a Isabel I, Zoraida supo que, para salvar a Saad, de doce años, y a Nasr, de nueve, debía entregárselos a la mujer que representaba todo lo que ellos no eran.

Isabel I, con la mirada puesta en los niños, ya estaba trazando sus nombres futuros en su mente. Para ella, esos pequeños no eran ya los hijos de la «concubina», sino las futuras pruebas vivientes de su triunfo religioso. En su pensamiento, Saad empezaba a ser Fernando y Nasr se perfilaba como Juan. El bautismo sería la frontera final de su conquista.

Aixa, desde la distancia, escuchó por última vez los nombres árabes de los niños en labios de Zoraida y apretó los dientes. Sabía que, una vez cruzado el umbral de la Alhambra, esos nombres se perderían en el aire de Granada como el humo de una hoguera que se apaga. Se marchó sin mirar atrás, dejando que el silencio de la historia devorara el pasado de su estirpe.

Boabdil, mientras cruzaba el umbral de la ciudad, sintió en la espalda el peso de tres miradas: el desprecio de Aixa, la súplica de Zoraida y el cálculo gélido de Isabel.

Al llegar a la colina del Padul se detuvo. Desde allí, la Alhambra ya no parecía una fortaleza, sino una joya de ámbar flotando en la bruma. Boabdil bajó del caballo. En ese instante no era el sultán de una dinastía de ocho siglos; era un hijo que había decepcionado a su madre y un padre que había tenido que entregar a sus medio hermanos, Saad y Nasr, a la mujer que los convertiría en extranjeros para su propia sangre.

No hubo llanto de leyenda. Hubo algo más profundo: el silencio del vacío. Boabdil comprendió que Isabel no solo le había quitado las llaves de la ciudad, sino también su lugar en el mundo. Él era el puente roto entre el esplendor nazarí que Aixa quería enterrar con sangre y el orden castellano que Isabel estaba construyendo.

Años después, en las áridas tierras de Fez, Boabdil seguía despertando con el sonido del agua de los jardines de la Alhambra. Murió lejos, pobre y olvidado por casi todos, pero llevando consigo un secreto que solo él compartía con las tres reinas: que, para que la Historia naciera, él tuvo que ser el primero en morir en vida.

Su final no fue una derrota militar: fue el sacrificio de un hombre que prefirió ser el último rey de Granada para que Granada, al menos en sus piedras, siguiera existiendo.

En el tablero de Granada, Boabdil fue la pieza que se movió para que Isabel ganara el mundo, Aixa conservara su odio y Zoraida salvara a sus hijos. Al final, el trono de las tres reinas solo pudo sostenerse sobre el corazón roto del último sultán.

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