Brujas en la Noche de Difuntos

Era un lugar misterioso, mágico, temido también por aquellos que se acercaban hasta la verja que daba acceso al castillo. Decían que sus inquilinas eran mujeres de caras pálidas, ojeras profundas. Nadie las veía por el pueblo, situado a unos ocho kilómetros de distancia. Pero tampoco veían entrar o salir a nadie de aquel recinto. Se preguntaban: «¿Cómo sobrevivían? ¿De dónde obtenían los víveres necesarios para subsistir .

Se decía que solo se dejaban ver la Noche de Difuntos si eras lo suficientemente valiente como para subir a la colina donde estaba ese castillo. Sin embargo, fue Manuel, el viejo pastor que toda su vida había pastado con sus ovejas por los alrededores, quien había descrito con exactitud a las ocupantes de ese fortín. Jamás llegó a verlas en otro momento, salvo la Noche de Difuntos.

La primera vez, era solo un crío de no más de doce o trece años. Había caído la noche, ya que cada vez anochecía más temprano. Pasaba con su rebaño para recoger las ovejas. No le gustaba cruzar por allí; aquel lugar le daba repelús, por lo que nunca intentó explorarlo. Se sentía como observado cuando estaba cerca, pero nunca había visto a nadie. Por eso, aquella noche le sorprendió que hubiera una hoguera encendida cerca del alcázar.

Vio cómo desfilaban, como en una procesión, un grupo de figuras con túnicas largas y oscuras y con la capucha puesta, tapando la cabeza. Se quedó paralizado. Por eso, no podía explicarse cómo había llegado hasta la verja una figura que describiría como la de una mujer de cara muy pálida, ojeras muy profundas. Oyó claramente cómo le decía: «¡Aléjate de aquí!». Y desapareció de su vista.

Tal fue el pavor que el chiquillo echó a correr sin preocuparse del ganado. Llegó a casa llorando y temblando de miedo. —¿Qué ocurre? —le preguntó su madre. Pero él era incapaz de articular palabra alguna. De hecho, estuvo durante unos meses que no hablaba. Y cuando lo hizo, tartamudeaba con una lentitud desesperante.

No fue hasta pasados unos años, siendo ya un adolescente, cuando una Noche de Difuntos quiso retrasar la recogida de su ganado y volver a pasar para enfrentarse a sus temores y superar su trauma. El miedo paralizaba todos sus músculos. E, igual que la primera vez, vio una hoguera y cómo de la torre salía un cortejo en procesión de encapuchados de túnica larga y negra. Esta vez se mantuvo alerta, y por eso sí se percató de la presencia de la figura que llegó hasta la verja. No caminaba; se deslizaba velozmente sin tocar el suelo. Vio claramente de nuevo la cara pálida y las ojeras profundas de una mujer. Aguantó la mirada durante más de un minuto.

—¿Quiénes sois? —se atrevió a preguntar, tartamudeando. No tuvo respuesta. Solo oyó lo que le dijo, mientras le alargaba un cuenco humeante que atravesó la reja —algo metafísicamente imposible por el poco espacio entre los barrotes—: «Tómate este brebaje para curarte esa disfemia». Cogiéndolo entre sus manos, la mujer desapareció para unirse con las figuras que estaban en torno a la hoguera.

Manuel tomó el brebaje, que francamente no sabía mal. Y cuando apuró hasta la última gota, el cuenco desapareció de sus manos. Temió haber cometido un error por haberlo tomado. Pero, justo cuando se maldijo por haberlo hecho, se dio cuenta de que ya no tartamudeaba. No tenía miedo, pero tenía claro que jamás entraría en ese lugar donde sin duda se estaba celebrando un acto de brujería.

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