No soy un juguete

La primera vez que vi a mi futura familia yo era apenas un cachorro, con poco más de un mes de vida. Jugaba con mis hermanos en una jaula de cristal, sobre un suelo cubierto de recortes de papel. Desde allí veía pasar a muchos humanos. Los adultos apenas nos miraban, pero los niños se detenían a contemplarnos con ojos brillantes, rogando a sus padres que nos llevaran con ellos.

Durante dos semanas, dos pequeñas humanas aparecieron siempre de la mano de un adulto. Se quedaban frente a nuestra jaula observándonos, mientras yo me preguntaba por qué las demás iban quedando vacías y nosotros cuatro seguíamos allí.

Hasta que, por fin, todo cambió. Aquella vez las niñas me señalaron con entusiasmo. Decían que les gustaba mi pelaje blanco y negro, que fuera hembra y que mi larga cola me hacía especial. Habían leído que pertenecía a una de las razas más inteligentes del mundo, que no crecería demasiado —apenas unos cincuenta centímetros— y que mi pelo medio-largo me daba un aire muy bonito. Imaginaban que, en el enorme jardín de su casa, podría correr y gastar toda mi energía. Incluso prometieron sacarme a pasear dos veces al día.

El adulto que las acompañaba se rascó la cabeza, como solemos hacer los perros con nuestras patas, y les dijo que durante un mes no recibirían su paga. Yo no entendí de qué hablaba, pero ellas asintieron con seriedad. Acto seguido, entraron en la tienda.

En cuestión de minutos me vi en brazos de una de ellas, mientras la otra acariciaba mi cabeza. El adulto sacó dinero de la cartera y el vendedor lo contó en voz alta:
—Está bien, lo dejamos en seiscientos cincuenta euros.

Al principio temblaba de miedo, pero poco a poco comprendí que no me harían daño. Cuando decidieron llamarme Nela, sentí que ya pertenecía a ellas. Me gustó tanto el nombre que ladré alegremente, como respondiendo a su pregunta de si me agradaba.

Pero pronto descubrí la verdad. Para ellas yo era solo un juguete más, aunque uno que corría, saltaba y ladraba. Al principio me hacían preguntas como si pudieran entenderme: “¿Qué quieres?”. Pero poco a poco se cansaron de mí. Dejaron de sacarme a pasear y me relegaron al patio. No me habían enseñado dónde hacer mis necesidades y, como todo cachorro, necesitaba jugar y aprender. Yo trataba de darles cariño, pero ellas se aburrían.

Así, sin compañía ni actividad, me volví infeliz. Empecé a morder cables, a volcar el bebedero, a destrozar zapatillas. Eso fue lo que colmó la paciencia de la madre, que estalló un día gritando:

—¡Os lo advertí! Teníais que ser responsables con Nela y la habéis tratado como a un juguete. Mañana mismo le digo a papá que se la lleve a una residencia canina. ¡No os podéis imaginar el frío que hace en invierno!

Yo temblaba de miedo, aunque en el fondo sabía que lo decía para asustar a las niñas. Ellas, desesperadas, suplicaron:

—No, mamá, por favor, danos otra oportunidad.

Entonces María, la más responsable, levantó la voz con decisión:
—Yo me encargaré de cuidarla. Le daré cariño y la educaré, te lo prometo.

La madre la miró con severidad, pero terminó cediendo:

—Está bien, María. Y tú, Rosi, procura ayudar a tu hermana. Si lo hacéis como es debido, descubriréis lo feliz que puede haceros Nela. Es una Border Collie, una de las razas más bellas e inteligentes que existen, originaria de Escocia, Irlanda, Inglaterra y Gales.

Yo, al escuchar esas palabras, no entendía de países ni de razas. Lo único que sabía era que, por fin, me daban otra oportunidad.

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