Abatida

Lloraba desconsoladamente. Cuando hablaba, su voz era apenas audible e ininteligible; parecía como si su llanto consolara su ánimo. Necesitaba sentirse así: era su modo de superar sus fantasmas, que no eran otros que la soledad y el abandono. Ahora posiblemente no estaba lo que podríamos denominar lúcida; era evidente que, en otro estado, todo aquello que decía podría rebatírsele, e incluso hacerle ver dónde erraba en su apreciación. Pero, evidentemente, en ese estado, y con la contundencia del daño que le causaba todo lo que afirmaba sobre sí misma, cavaba cada vez un hoyo más profundo por el que caía, sintiéndose el ser más miserable de toda la tierra.

Quizás, sólo quizás, porque demasiadas veces en su vida le habían reprendido y la habían hecho sentirse así.

Viéndola, era obvio que necesitaba ayuda psicológica. Pero parecía muy difícil que, incluso en manos de un profesional, fuese a querer salir de ese estado en el que, de un tiempo a esta parte, parecía sumirse con cierta asiduidad.

Temían dejarla sola porque pensaban que pudiera hacerse daño; pero, al mismo tiempo, todos consideraban que ellos no eran quienes debían hacerse cargo de ella. ¡Volvían a darle la espalda!

Cuando consideraron que estaba más calmada, fueron saliendo de su casa. Había quien le pedía que lo llamara si volvía a sentirse mal; otros prometían regresar en una hora a ver cómo se encontraba; hubo quien pretendió que se levantara y le propuso dar un paseo, para sacarla del encierro de su piso, donde la soledad y el abandono la agobiaban, con la esperanza de que en otro entorno su estado de ánimo mejorase.

Dio las gracias a unos y otros, declinó salir, aseverando que se encontraba mejor y que en su casa estaría bien, así no comprometía a nadie.

Cuando cerró la puerta, cuando se hizo evidente que de nuevo su única compañía era la soledad, su abandono se burló de ella. Lo oyó claramente:
—Siempre fuiste la oveja negra de tu familia. Naciste tonta. Tus hermanos son más listos. Eres el patito feo y no tienes que culpar a nadie; es de nacimiento. Jajajajaja…

La risa que oía en su cabeza era contagiosa, tanto que, aun cuando sus lágrimas corrían por sus mejillas, rompió a reír a grito pelado. Abrió su balcón, se asomó, calculó la distancia hasta el suelo desde su cuarto piso —unos quince metros—. No paraba de reír. Se alejó del balcón hasta el final del salón, respiró profundamente, corrió a toda prisa por el salón hasta el balcón, tomó impulso apoyando sus manos en la baranda y saltó de espaldas. Segundos más tarde, su cuerpo impactaba con un vehículo aparcado en la calle. Inmediatamente saltó la alarma del coche, y mientras sus vecinos comprobaban, horrorizados, que lo que temían se había consumado, gritaban desesperados.

Ella yacía sobre el techo del vehículo y, en su cara, se dibujaba una sonrisa desconocida para todos, pues la llamaban “la amargada”.

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