Motes
Los motes eran sobrenombres que sustituían el nombre propio de las personas,
en su afán por distinguirlas unas de otras, ya fuera por su apellido, sus
características físicas, un acontecimiento determinado de su vida, su origen o
su oficio. No crean que los motes entienden de clases sociales ni de épocas,
aunque donde más se popularizaron tiempo atrás fue en los pueblos, como señal
de identidad. Su objetivo era señalar alguna cualidad de la persona a la que se
le ponían, y hacían gala tanto del ingenio de quien los creaba como del buen
humor de quienes los aceptaban. En cierto sentido, el mote tenía un punto
noble, aunque con el tiempo se haya desvirtuado y, en nuestros días, algunas
mentes retorcidas lo consideren poco menos que un insulto, utilizándolo en un
sentido peyorativo hacia quien lo recibe.
Algunos motes tenían la cualidad de poder heredarse. Así ocurrió en el caso
de mi madre: su mote venía desde mi bisabuela.
Yo me voy a referir al mote, o mejor dicho, a los motes que escuché de mi
padre y que, como diría “aquel”, me llenan de orgullo y satisfacción, porque
señalaban la calidad de su persona y de su profesión.
Cuando trabajó al cuidado del ganado vacuno que tenía el padre de don José
Calvo Poyato, a mi padre le pusieron “El Vaquero”. Éste era el apodo que yo
conocía, hasta que hace unos días, al preguntar a un señor mayor cierta
información sobre la Sociedad de los Caballeros Agustinos, nada más
verme me dijo:
—¿Tú eres hijo de “Rafalillo Rapidez”?
Y ciertamente, al mismo tiempo que pronunciaba el apodo, su cara reflejaba
cariño, respeto y admiración por mi padre, un hombre para el que había
trabajado en sus campos. Habiendo pasado ya nueve años desde el fallecimiento
de mi padre, que aquel hombre lo recordase de ese modo me hizo deducir la consideración
que le tenía. Como me comentó durante nuestra conversación, llegó a apreciarlo
mucho.
Dicho esto, y volviendo a los motes, nunca pensé que escuchar uno pudiera
causarme felicidad, al comprender que la intención de los mismos casi nunca es
malsana o dañina, sino amigable. Todos los motes deberían llevarse con orgullo,
porque ninguno estorba y, como en este caso, el tiempo además nos trae a la
memoria la condición de la persona que, de un modo u otro, dejó alguna huella
en nosotros.
Ahora ya apenas se ponen motes en los pueblos. ¿Será que ya no hay ingenio? ¿Será que las costumbres tradicionales se van perdiendo? ¿O será simplemente que vivimos en una sociedad cada vez más individualista, a la que no le importan quienes la rodean?