La Feria Invisible: Crónica de un sueño en el Lekanakub
He soñado que estaba reunido en el Lekanaklub. Allí
llegué encendido, con el alma herida por la desidia. En el centro de la mesa,
tres pequeñas efigies: de Muqddam Ibn Muafá Al-Qabrí (El vidente), de Muhammad
Ibn Hammud Al-Qabrí Al-Makfuf (El ciego de Cabra) y de Abu Bakr Muhammad Ibn
Isa Ibn Abd Al-Malid Ibn Quzmán (El alegre).
En las paredes, fotos colgadas de los poetas
egabrenses del Siglo de Oro: Ana de Córdoba (1581–1596) y Jerónimo de Herrera
(1588–1650?).
Don Luis Herrera Robles presidía la larga mesa. Junto
a él, en el lado derecho, don Miguel Gutiérrez Jiménez; a continuación, don
Trinidad de Rojas, don Vicente Toscano y Quesada, don Manuel Flores Leña y don
Joaquín Cañero Espinar.
En el lado izquierdo, junto a don Luis, estaba Juan
Valera; a continuación, Marcelino Menéndez Pelayo, y junto a ellos, los poetas
egabrenses que rubricaron el Ultraísmo: Pedro Iglesias Caballero, Pedro Garfias
Zurita y Tomás Luque Moyano.
Indistintamente, a un lado y otro —sin recordar ya
bien su lugar exacto—, se repartían otros muchos poetas egabrenses: José Ruiz
Moreno (Thales), Manuel F. Lass de la Vega, Trinidad de la Iglesia y Varo,
Alfonso Santiago Contreras, Lucas Zamarriego, Juan Soca Cordón, Manuel Ruiz
Madueño, Adolfo Velasco Hernández, Rafael Paniego Vélez, Nieves López Pastor,
Antonio Luna Pérez, Ángel Murillo Guerrero, Juan Aranda Roldán, Pedro Martínez
Molina, Manuel Chacón C., Manuel Serrano Porras… y tantos otros, como aquellos
que formaron el grupo poético egabrense Manantial.
—¿Qué le ocurre, joven? ¿Por qué está tan indignado?
—me preguntó don Luis Herrera Robles, con una voz que sonaba a papel antiguo.
No pude evitarlo. Me explayé narrando la soledad de
nuestras plazas:
—Cabra tiene los versos, tiene las manos y tiene la
historia. Solo nos falta el lugar donde encontrarnos —contesté—. Resulta
paradójico que en la ciudad de las palabras, el silencio sea el único
protagonista de nuestras plazas este Día del Libro. Pasear hoy por Cabra es
asistir a una ausencia programada. Mientras otras ciudades se visten de papel y
tinta, aquí nos conformamos con el eco de lo que pudo ser.
No pedimos grandes despliegues de artificio. Pedimos
lo básico: el encuentro.
Una feria del libro es, por definición, un mercado de
ideas al aire libre. Es el lugar donde el lector despistado se tropieza con la
moaxaja, donde el joven descubre que Valera no es solo el nombre de un colegio,
sino un vecino que sigue vivo en sus páginas. Al no haber feria, se corta el hilo
invisible que une al autor local con su pueblo. Se nos confina a las
estanterías de las bibliotecas, como si la cultura fuera algo que hay que
proteger del aire libre, cuando es precisamente el aire lo que necesita para no
morir de asfixia institucional.
No hay feria, pero hay escritores. No hay casetas,
pero hay una revista que late cada mes. No hay infraestructura, pero hay una
memoria que se resiste a ser borrada. La pregunta es obligatoria: ¿cuánto
tiempo más vamos a permitir que el talento de Cabra sea un secreto a voces
encerrado en despachos?
La cultura no se gestiona solo con firmas y protocolos
—concluí ante la asamblea de espectros ilustres—; se gestiona con valentía y
calle. Seguiremos escribiendo, seguiremos editando y seguiremos soñando con
que, el próximo año, el aroma a libro viejo y papel recién cortado inunde, por
fin, nuestras plazas. Porque Cabra, a pesar de su feria invisible, sigue siendo
una palabra que se niega a ser borrada.
Cuando terminé de hablar, el silencio en el Lekanaklub
se volvió denso, cargado de siglos de tinta. Don Juan Valera me miró fijamente,
ajustó sus gafas y asintió levemente, como quien reconoce una verdad incómoda.
Desperté con el sabor del papel antiguo en los labios y una certeza en el alma: aunque mañana, como hoy, las plazas de Cabra amanezcan desnudas, nuestra voz ya ha sido escuchada por quienes realmente importan. La feria invisible ha comenzado, y nosotros —nos guste o no— somos sus guardianes.

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