Lo que vi en el espejo
Me detengo frente al espejo y lo que veo me sacude. No es solo el paso de los años lo que me inquieta, sino la manera en que el tiempo ha ido esculpiendo en mi rostro el rastro de todo lo que dolió. Miro mis fotos antiguas y siento que hablo de un desconocido.
Y ahora estoy aquí, intentando poner en orden un
interior que empieza a intuir su propio ocaso. Duele comprobar que el espejo no
miente: ahí están las marcas de las batallas perdidas, los gestos que delatan
el cansancio de haber sentido demasiado. Asusta pensar que el tiempo no se
detiene, que no concede treguas para que el dolor termine de disolverse.
Lo que sí sé es que los sueños se fueron
desmoronando, uno a uno, como un castillo de naipes. Bastó un soplo —una
decisión, un error, un giro inesperado— para que todo lo que imaginé se viniera
abajo. Y lo más duro no fue solo verlos caer, sino quedarme después entre los
restos, intentando entender en qué momento dejé de creer que podían sostenerse.
A veces pienso que no fue un derrumbe repentino,
sino un desgaste lento, casi invisible. Como si cada renuncia, cada miedo, cada
silencio hubieran ido debilitando la estructura hasta hacerla inevitablemente
frágil.
Miro hacia atrás y encuentro una lista de sueños
sin cumplir, promesas que me hice y que la vida fue borrando sin pedir permiso.
Y, aun así, entre toda esta niebla, hay algo que
no desaparece: sigo aquí.
Este rostro cansado es, en realidad, el mapa de
alguien que no se detuvo. Alguien que, pese a los complejos y a los naufragios,
siguió avanzando. Quizás el verdadero desafío ahora no sea recuperar lo
pendiente, sino aprender a sostener esta mirada con un poco más de calma.
Aceptar que cada surco en la piel no es solo desgaste, sino también una prueba
—irrefutable— de haber sobrevivido.
Solo queda esta mirada limpia —y terrible— de
quien ya no puede esconderse de sí mismo… y que, quizás por primera vez,
empieza a entenderse.





