No sé si fue así

 


Mi nombre ya no importa. Callé por tanto tiempo que las letras que lo forman se me han deshecho en la boca, igual que la cal con la lluvia. He sido durante décadas una sombra que caminaba por los bordes de la historia, un secreto guardado bajo siete llaves en el cofre de una etnia que sabe morir en silencio. Pero sé que ya me queda poco; quizá unos meses, días u horas. Siento que el aire me llega con el aroma de los olivares de agosto, y sé que pronto me reuniré con él.

Siento los pulmones cansados. Ochenta años es mucho tiempo para cargar con un secreto que pesa más que un saco de trigo. Ya no quedan muchos que recuerden la cara de Federico García Lorca sin verla antes en las fotos de los libros. Pero yo cierro los ojos y lo veo aquí mismo, a mi lado, con su traje de lana clara y esa tristeza que le goteaba de los ojos cuando hablaba de Salvador Dalí.

—Ellos no entienden, gitano… —me decía—. Buscan el orden en la geometría, pero la vida es otra cosa.

No sé si fueron exactamente esas palabras. Puede que el tiempo las haya cambiado. Pero era algo así.

Yo lo escuchaba en silencio, sabiendo —o creyendo— que yo era ese desorden.

Yo lo conocí cuando su alma ya venía tocada. Fue en 1933, o eso creo, cuando el camión de La Barraca entró en Puente Genil, levantando una polvareda que sabía a cal y a aceituna machacada.

Federico bajó del pescante con su mono azul de trabajo, sudoroso, más cansado que brillante. Con esa energía rara de quien parece traer algo dentro que no se le apaga.

Allí, apoyado en una tapia, estaba yo.

Él se detuvo. Me miró las manos callosas y después los ojos. No sé si me vio como un jornalero o como otra cosa. A veces pienso que fui yo quien puso el significado después.

—Tú tienes el duende en las cejas, muchacho —me dijo.

O algo muy parecido.

Aquella noche, tras la representación de La vida es sueño, mientras el pueblo dormía, nos encontramos en el hueco oscuro que quedaba entre el camión y la pared de la iglesia. No sabría decir quién buscó a quién.

Fue un amor de urgencia, de manos que se buscan para apagar un incendio que ya venía de lejos.

Mientras nuestras sombras se mezclaban, Federico me hablaba en voz baja. A ratos recitaba, como si no pudiera evitarlo. Yo no entendía todo, pero me quedaban dentro los sonidos.

“Verde… que te quiero verde…”

Eso sí lo recuerdo.

Me besaba con una desesperación que yo no entendía entonces. Era como si quisiera borrar algo. Me hablaba de París, de Nueva York y de aquel pintor de Figueras. Cuando lo nombraba, se le cambiaba la voz.

Éramos amantes, o algo parecido, pero de mundos distintos. Yo era quien lo escuchaba cuando se le caían las palabras. El que estaba allí cuando bajaba de lo que fuera que llevaba dentro.

Yo sabía —o creía saber— que aquello no podía durar. Que era una parada en su camino.

No pertenecía a su mundo. Ni él al mío.

Yo era el gitano de carne y hueso, no el de los libros. Y aun así, en mi cuerpo parecía buscar algo que no encontraba en otro sitio.

Nos veíamos donde se podía: pajares, rincones, sombras. Lugares que no dejan rastro.

Recuerdo una mosca en un pajar, dando vueltas sin parar. Es extraño lo que se queda en la memoria.

Él se reía a veces, pero no era una risa limpia. Tenía algo roto.

La última noche —si es que fue la última— el aire olía a jara.

Federico me puso una mano en la nuca, apretando más de lo normal.

—Escucha… —me dijo.

Recitó unos versos. No los recuerdo enteros. Solo fragmentos que se me han quedado como brasas:

“La noche se puso íntima…”

Y luego:

“Yo ya no soy yo…”

No sabría jurar que fueron exactamente así. Pero el sentido era ese.

Me habló de Granada. No con palabras claras, sino con miedo.

Yo le dije que no volviera. No sé por qué. No entendía de política ni de odios, pero algo en el ambiente estaba cambiando. La gente hablaba bajo.

Él no respondió.

Solo me miró.

Después vinieron las noticias, o los rumores. Nunca supe bien qué fue verdad.

Decían muchas cosas. Que lo habían matado. Que había sido por política. Que había otras razones.

Yo no lo vi. Yo no estuve allí.

Con los años, cada uno fue contando una historia distinta. Yo ya no sé cuál creer.

Solo sé que no volvió.

Hoy es 15 de agosto de 1995, o eso creo. He llegado a los ochenta años con este recuerdo guardado, viendo cómo otros buscaban sus huesos sin saber muy bien qué buscaban.

Yo no sé dónde está.

Nunca lo supe.

A diferencia de otros, yo me quedé aquí. Con lo poco que fue y con lo mucho que pesó.

Me voy con la duda de si aquello fue como lo recuerdo o como lo he necesitado recordar.

Ya voy, Federico.

Esta vez no habrá prisa, ni miedo, ni sombra.

O eso quiero creer.

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