El Cónclave de las Sombras
Me he levantado sintiéndome incómodo; mi vieja locura vuelve a
ganar terreno, mis sueños me proporcionan en la misma medida felicidad que
desasosiego. He soñado el cónclave de las letras: Cervantes, Shakespeare y
el Inca Garcilaso observando, desde allá donde estén, nuestro siglo XXI con
una mezcla de asombro y escepticismo la celebración del Día del Libro que, en
su honor, se celebra en conmemoración por la muerte de ellos un 23 de abril.
Los vi nítidos, sentados en un limbo de papel pergamino y luz
fría. Cervantes mantenía su mano izquierda apoyada en el regazo, esa
extremidad que "para gloria de la diestra" quedó inmóvil tras
Lepanto; la miraba como quien contempla un mapa de lo que fue el honor.
Observaba las ferias del libro con una sonrisa melancólica. "¿Buscan el
espíritu de la aventura o solo el fetiche del papel?", parecía
preguntarse. Para don Miguel, nuestras redes sociales son los nuevos libros de
caballerías: un desfile de influencers construyendo identidades
ficticias que el mundo toma por verdaderas. Él, que escribió mil páginas sobre
un loco, dudaba en mi sueño si en la brevedad de 280 caracteres cabe todavía la
profundidad del alma humana.
A su lado, Shakespeare no miraba a la multitud, sino a
quienes sostenían sus dispositivos digitales. Su escepticismo era punzante. Él,
que desnudó la ambición, veía en nuestras pantallas un teatro de sombras mucho
más artificioso que cualquier escenario de madera. "Todos creen ser
autores de su historia —murmuraba—, pero obedecen a una máquina invisible que
les dicta el deseo". Le inquietaba que el drama humano ya no buscara
explorar las contradicciones del espíritu, sino satisfacer una métrica de
consumo, aunque reconocía, con un brillo de complicidad, que la novela gráfica
y el guion moderno son los herederos legítimos de sus escenas, donde imagen y
palabra se alían para conmover a las masas.
Entre ellos, el Inca Garcilaso, el gran traductor de
mundos, observaba con perplejidad cómo el lenguaje se simplifica hasta el silencio.
Él, que cosió con su pluma la herida entre dos continentes, veía con asombro
cómo hoy, teniendo todas las palabras al alcance de un clic, nos entendemos
cada vez menos. Sin embargo, se sentía el más reivindicado: observaba con
orgullo la literatura migrante y global. Para el cronista del mestizaje, que
las voces de la periferia ya no pidan permiso para protagonizar la historia no
es una novedad, sino el orden natural del mundo que él mismo profetizó en sus Comentarios
Reales.
De pronto, oí la voz tronadora de don Miguel: —Estarán conmigo
vuestras mercedes en que nunca ha sido tan fácil publicar, pero nunca ha sido
tan difícil ser leído. El exceso de oferta crea un ruido que asfixia la
excelencia. Añadía, con gravedad, que en este mundo de engaños digitales, la
literatura ha tomado un nuevo derrotero: ser el único espacio donde la ficción
se usa para decir la verdad, y no para manipular.
Esa es la fuente de mi desasosiego: la sospecha de que nos miran
como testigos de un simulacro. Pero en mi sueño, la felicidad regresaba al ver
a un lector perderse de verdad en una página, olvidando el tiempo. En ese
instante, Cervantes movía apenas los dedos de su mano herida, Shakespeare
guardaba un respetuoso silencio y Garcilaso asentía. La locura, entonces, dejaba
de ser angustia para volverse, de nuevo, refugio.
Me despierto del todo y las ideas siguen ahí, bullendo en un desorden que no siempre consigo dominar. Si ellos, los maestros, escribieron para sobrevivir a sus fantasmas, yo escribo para sobrevivir a míos.

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