Como yo me voy apagando

 


Hoy la tristeza me ha inundado de una forma inesperada. He vuelto a mi barrio, buscando el escenario de mi juventud, pero me he encontrado frente a un extraño. Dicen algunos que el barrio ha cambiado para mejor, que ahora es más próspero y moderno, pero yo no lo he reconocido. Me he esforzado por imaginarme allí, por intentar integrarme de nuevo en sus calles, pero me he sentido como las pocas casas viejas que aún se conservan: completamente fuera de lugar.

En mi memoria, las calles eran un organismo vivo. Allí jugábamos a las canicas, al burro, a la «machiva» o al fútbol, mientras las niñas daban vida a la rule y a la comba. Éramos una comunidad de amigos y de imaginación, vigilados de cerca por nuestras madres, que formaban ese corro eterno en la puerta de alguna vecina para ponerse al día de los chismes mientras nos cuidaban con la mirada.

Me ha sorprendido también el vacío sensorial. Me he esforzado por aspirar el aire, buscando algún rastro familiar, pero no he sentido olores. Antes, el barrio te alimentaba sin probar bocado: el aroma de la comida hecha en la lumbre, el vaho de las tabernas como La Mochuela. El Lata o el Quemaillo, donde el olor a vino te embriagaba al pasar por la puerta, y aquellas pequeñas tiendas como la de Ezequiel, la del Petróleo o la Panaera, que eran un festival para el olfato. El perfume del pan recién hecho, las magdalenas recién salidas del horno y el aroma intenso de los embutidos colgados hacían que tu estómago se sintiera satisfecho solo con pasear. Hoy, el barrio es aséptico, un lugar sin rastro de vida doméstica, donde los olores mueren dentro de las casas.

Aquellas casas de una sola planta, con sus patios grandes, sus cerdos, gallinas y huertos, eran el sustento de la familia y el alma del vecindario. Hoy, en su lugar, se levantan viviendas que parecen hechas para aislar, no para convivir, residencias imponentes de dos plantas, cerradas y silenciosas, que parecen dar la espalda a la calle. Ese vacío se llena ahora con el brillo de coches llamativos, aparcados como trofeos que intentan demostrar un estatus económico que nos obsesiona aparentar.

¡Qué lejos queda la imagen de mi padre y los vecinos con aquellas bicicletas de hierro! Eran máquinas robustas, de cuadro negro y barra alta, con sillines de muelles que chirriaban al ritmo del esfuerzo. Y cómo olvidar aquel día de orgullo en que mi padre, como tantos otros, pudo comprarse una Mobylette. Aquel motorcillo era un símbolo de progreso real, de un sacrificio que tenía rostro y nombre.

Pero lo más doloroso no es la transformación del ladrillo ni la invasión del metal. Lo más triste es este nuevo aislamiento. Los vecinos apenas se saludan; parece que hemos cambiado el trato humano por una independencia que nos encarcela.

Al final de mi paseo, he comprendido que yo, como esas humildes casas que aún resisten entre las nuevas construcciones, soy un vestigio de otra época. El barrio ha ganado en altura y en fachadas imponentes, pero ha perdido su música y su alma. Siento una lucidez amarga al darme cuenta de que el barrio que yo amé solo sobrevive en mi memoria. Por eso, al ver cómo se desvanece su esencia bajo el cemento moderno, no puedo evitar sentir que, como yo me voy apagando, mi barrio va desapareciendo.

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