El Círculo Cuadrado
El comedor olía a asado y a esa paz tensa que precede
a las grandes tormentas familiares. En la cabecera, don Manuel, 84 años recién cumplidos, presidía la mesa. Sus manos,
nudosas por el tiempo, descansaban sobre el mantel. Don Manuel era un hombre de
silencios profundos; pertenecía a esa generación que entendió que la libertad
no consistía en gritar más fuerte, sino en poder dormir tranquilo sabiendo que
tus hijos no heredarían tus odios.
A su mesa estaban Juan, su yerno, y Luisa,
su nuera, ambos de 45 años. Ninguno de los dos vivió la dictadura; ambos eran
hijos de la Democracia. Sus propios padres habían celebrado en 1978 aquel
"cuadrar el círculo" donde todos cedieron lo suficiente para que
España dejara de ser un campo de batalla. Pero hoy, el aire era distinto.
La chispa saltó de forma casual por un comentario
sobre el cambio de nombre de una calle cercana. Luisa, encendida por un
sentimiento de superioridad moral
alimentado por los discursos de políticos que se postulan como salvadores de la
memoria, decidió que era el momento de "hacer justicia". Para ella,
la Ley de Memoria Democrática no era un texto legal, sino una armadura que le
daba una razón de la que, hasta entonces, carecía.
—Es higiene democrática, Juan —sentenció Luisa,
dejando la cucharilla con un tintineo seco—. Hay que borrar el rastro de
quienes nos dividieron. Esa calle es una ofensa y la ley por fin nos da la
autoridad para actuar.
Juan, que siempre intentaba evitar la política en casa
de su suegro, suspiró. —Luisa, esa ley está escrita con renglones torcidos. No busca justicia, busca partidismo. Mis
padres entendieron que para avanzar había que perdonar, no juzgar con valores
de hoy lo que pasó hace un siglo.
La discusión subió de tono. Los más pequeños, sin
entender por qué los tíos se gritaban, se fueron retirando hacia el jardín. El
resto de la familia también se levantó poco a poco. María José, la esposa de Juan e hija de don Manuel, le recriminaba
a su marido por lo bajo que hubiera entrado al trapo. Por el contrario, Miguel, el hijo menor del anciano y
esposo de Luisa, la animaba a seguir "machacando" a Juan, convencido
de que la moderación de su padre había sido una debilidad.
De pronto, un golpe seco en la mesa detuvo la pelea.
Don Manuel se había puesto en pie. No buscaba dar la razón a nadie, sino
devolverles la verdad.
—Esa calle de la que habláis —dijo con voz firme— no
llevaba el nombre de ningún fascista, ni de ningún miembro de la dictadura.
Llevaba el nombre de mi abuelo, que luchó en la Guerra de Cuba. Volvió enfermo y pobre de una isla lejana mucho
antes de que nacieran los bandos que hoy os empeñáis en resucitar.
Luisa se quedó muda. Su armadura se agrietó al verse
retratada en su propia ignorancia. Había defendido un atropello histórico por
puro revanchismo, sin molestarse en leer la historia que pretendía limpiar.
—Habéis convertido la política en una religión
—continuó el anciano—. Os han vendido una ley para "reparar el
pasado", pero solo estáis logrando romper nuestro presente. En el 78,
nosotros no olvidamos a nuestros muertos; simplemente decidimos que vuestra paz
valía más que nuestra venganza.
Don Manuel salió al jardín, dejando un silencio
gélido. Juan podría haber hecho leña del árbol caído, pero eligió el camino que
sus padres le enseñaron: el de la mano
tendida. Se acercó a su cuñada y le habló con suavidad.
—Luisa, no te vayas así. Vuelve a la mesa.
Juan bajó el tono, buscando la reconciliación: —Tengo
información sobre las últimas fosas abiertas. En muchos lugares donde se
esperaba un relato único, han aparecido cuerpos de ambos bandos mezclados por
la misma tragedia. Te la enviaré, no para ganar una discusión, sino para que
veas que nadie debió padecer aquel infierno. Lo que se hizo en el 78 fue
enterrar el hacha de guerra, aunque supusiera sacrificar la dignidad de muchos,
para que nosotros no tuviéramos que desenterrar el odio.
Luisa, con los ojos empañados, aceptó el gesto. La
soberbia dejó paso a la humildad de quien se reconoce parte de una familia.
—¡Miguel, María José! ¡Volved todos! —exclamó Juan—.
Don Manuel todavía tiene que abrir sus regalos. No vamos a permitir que unos
políticos nos estropeen la tarde.
El Círculo
se Cierra
La familia volvió a reunirse. Miguel fue a buscar a su
padre al jardín y lo trajo del brazo. Los niños regresaron con sus risas,
ignorantes de las sombras que casi rompen su hogar.
Don Manuel volvió a ocupar su silla. Mientras abría su regalo, observó a Luisa y a Juan compartiendo un postre y hablando en voz baja. Comprendió que el milagro de la convivencia no reside en las leyes escritas en despachos, sino en la voluntad de quienes deciden, cada día, volver a sentarse a la mesa. El círculo que otros intentaron torcer volvía a estar cuadrado por la única fuerza capaz de hacerlo: el respeto mutuo.

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