María de Molina. La Guardiana de Castilla
En el primer capítulo habéis conocido a Don Pelayo y
el nacimiento de una esperanza entre las rocas de Covadonga. Pero el tiempo no
se detiene, y para llegar a mis días debemos saltar los siglos hasta situarnos
a finales del XIII y principios del XIV.
Imaginad una Castilla en expansión tras la
Reconquista, pero profundamente inestable, carcomida por dentro. Una tierra
donde la alta nobleza es levantisca, egoísta y no tiene reparos en aliarse con
nuestros peores enemigos —ya fuera Aragón, Portugal o los benimerines de
Marruecos— con tal de arrancar un puñado de tierras y poder. En este nido de
víboras me tocó reinar a mí, María Alfonso de Meneses, aunque la historia me
recordaría simplemente como María de Molina. Por mi matrimonio con Sancho IV,
fui reina consorte entre los años 1284 y 1295.
Aquí comenzó mi primera encrucijada. Otros personajes
que ya irás conociendo en este libro te mostrarán las suyas, pero yo no viví
una, sino tres encrucijadas que resultaron cruciales para la existencia misma
de Castilla.
La primera fue un golpe silencioso, de esos que no
dejan sangre pero destruyen vidas. Mi matrimonio no era válido a ojos de la
Iglesia. Éramos primos terceros y el Papa se negaba obstinadamente a darnos la
bula de consanguinidad. Para el mundo, mis hijos eran bastardos; para la ley,
ilegítimos sin derecho al trono. Bajo esa sombra de deshonra tuve que gobernar
cuando, en 1295, mi esposo Sancho murió joven. El heredero, mi hijo Fernando
IV, era solo un niño de nueve años.
Al instante, el reino se desmoronó como un castillo de
naipes. Los nobles declararon la guerra a la corona para repartirse el
territorio; el infante don Juan, tío del niño, se proclamó rey en León; mi
primo, Alfonso de la Cerda, se coronó en Sahagún con el apoyo de Aragón;
Portugal nos invadió por el oeste y los musulmanes golpearon por el sur. ¿Qué
podía hacer una mujer sola, sin ejército y con las arcas vacías?
Supe entonces que la diplomacia era mi única espada y
que el honor del reino no residía en los palacios traidores. Bajé la mirada
hacia el pueblo llano. Convoqué las Cortes en Valladolid; me presenté de
riguroso luto ante los alcaldes, mercaderes y burgueses de las Hermandades,
sosteniendo la mano de mi hijo asustado, y les entregué nuestra suerte. El
pueblo respondió con un rugido; carniceros, herreros y artesanos cerraron las
murallas y alzaron las armas para defendernos. Empeñé hasta la última de mis
joyas personales, despojándome de anillos, ricos mantos y tesoros familiares para
pagar a las tropas en las fronteras, prefiriendo ser una reina mendiga en un
reino vivo que una soberana enjoyada sobre un mapa troceado.
La historia recordará mis pactos, pero no la noche en
que las hachas de los nobles traidores golpearon las puertas de la iglesia de
San Miguel de Segovia. El infante don Juan exigía la entrega del niño rey bajo
amenaza de pasarnos a todos a cuchillo. Con Fernando escondido tras mis faldas,
me interpuse físicamente entre el acero desenvainado de sus caballeros y la vida
de mi hijo. Sin más armas que mi mirada de hielo y la dignidad de mi corona de
espinas, los desafié cara a cara en la penumbra del templo. Y retrocedieron.
Los hombres que no temían a la muerte temblaron ante la determinación de una
madre. Así, con paciencia infinita y una firmeza inquebrantable, fui desarmando
a los rebeldes uno a uno hasta salvar la corona de mi hijo.
La segunda encrucijada me dolió más que la guerra,
pues fue la de la ingratitud. En 1301, cuando Fernando IV alcanzó la mayoría de
edad, se dejó envenenar el oído por los nobles que me odiaban. Mi propio hijo
me apartó del poder. Qué ironía que el Papa concediera la bula de legitimidad
justo cuando él ya era rey y a mí ya no me necesitaba. En lugar de rebelarme o
despecharme, me retiré con dignidad. Sabía que mi orgullo de madre herida jamás
podía ponerse por encima de la estabilidad de Castilla. Pero la paz duró poco.
Mi hijo Fernando murió repentinamente en 1312, y el suelo volvió a temblar bajo
nuestros pies.
Dejaba como heredero a un bebé de apenas un año: mi
nieto, el futuro Alfonso XI. De nuevo, los infantes don Juan y don Pedro se
disputaron la tutoría del niño, no para protegerlo, sino para saquear el reino.
El pánico se extendió por los campos. Las ciudades, consternadas, volvieron a
mirar hacia mí. Pero la súplica más desgarradora no vino de los muros de una
fortaleza, sino de los ojos de mi propia nuera, la reina viuda Constanza. Ella,
que me había visto apartada y en silencio, venció su orgullo de madre
desamparada, se postró ante mí y me suplicó que tomase las riendas, que salvara
la vida de su pequeño.
Yo ya era una anciana cansada, enferma, que solo
anhelaba el silencio de los claustros. Pero acepté. Por amor, por deber, por
responder al llanto de aquella madre y por salvar a ese niño. Le refugié tras
las ásperas murallas de Ávila, cerrando sus puertas a cal y canto. No confié su
vida a los cortesanos, sino al pueblo llano de la ciudad, a sus monteros y
ballesteros, que juraron ser su escudo humano. Jamás olvidaré el día en que su
tío, el infante don Juan, se presentó con sus huestes exigiendo que le
entregáramos al infante. Con el corazón en un puño, contemplé cómo los
regidores subían a mi nieto a lo alto del adarve y lo alzaban en vilo sobre el
abismo de la piedra, mostrándolo a los traidores mientras mil ballestas
apuntaban desde las almenas. «¡Aquí está vuestro rey!», gritaron los hombres de
Ávila. Y el acero enemigo tuvo que retroceder ante la roca. Así, esquivando los
intentos de secuestro de sus propios tíos, mantuve la paz civil a duras penas
hasta que, en 1321, dejé este mundo.
La historia me apodó "la Prudente", haciendo
honor a la paciencia con la que contuve los vientos de la traición. Las
crónicas me llamaron "la gran señora" o "tres veces reina",
por haber sostenido el cetro como consorte, como madre y como abuela. El
tiempo, en su justicia literaria, me ha otorgado un lugar eterno: el de La
Guardiana de Castilla.
A veces, en la penumbra de mis aposentos en Valladolid, me pregunto qué habría sido de esta tierra si yo hubiera cedido al cansancio, si hubiera bajado los brazos en cualquiera de aquellas tres encrucijadas. Sin una mano firme que contuviera la codicia de los nobles, Castilla no habría sido más que un vago recuerdo; se habría fragmentado, diluida y repartida entre las garras de Aragón y Portugal. No habría existido el reino que mis descendientes unificarían, ni las gestas que estaban por escribirse. Yo no empuñé una espada como Pelayo, pero fui el hilo invisible que cosió los pedazos de un reino roto para que no desapareciera en las tinieblas de la historia.

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