Soy un pecador

Antes de comenzar este escrito haré un examen de conciencia, un acto de contrición y, ¿por qué no?, un propósito de enmienda; pero es que no lo puedo remediar: cuando veo algo que me choca, suelo tender a la crítica más que a la comprensión. No lo puedo evitar, soy un pecador.

Ayer fui a Misa, yo que me digo que soy católico pero que no cumplo con los más mínimos deberes de un católico; bueno, lo intento. Sí conozco los Diez Mandamientos y los cinco de la Iglesia, pero eso de asistir a misa los domingos y días de precepto, confesarme al menos una vez al año, comulgar en Pascua, ayunar y abstenerme de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia... pues la verdad, lo reconozco. No lo puedo evitar, soy un pecador.

Vayamos a lo que quería comentar sin más rodeos: ayer fui a la Iglesia a una Misa de Difuntos por un familiar. La verdad, tampoco hace tanto tiempo que no había ido, quizás dos años o tres, no más.

Lo cierto es que salí desencantado. No es que fuera con la alegría con la que acuden los niños que van a hacer su Primera Comunión, pero llevaba esa esperanza de quien espera ser perdonado por la ausencia y ser recibido de nuevo a la Casa del Señor. Soy católico, quizás a mi manera, pero una vez dentro de la Iglesia golpeo mi pecho y pido perdón por mis pecados “por mi culpa o mi grandísima culpa”, y he de reconocer que no puedo evitarlo: soy un pecador.

Destacaré solo aquello que me desconectó totalmente de la celebración de la Misa. Lo primero, la excesiva teatralidad del oficiante; parecían impostadas sus formas, no vi naturalidad. Pensé, sabiendo que una Misa de Difuntos tiene un precio: —normal, se está ganando el sobre que uno de los familiares le había dado—. Sí, lo reconozco. No lo puedo evitar, soy un pecador.

Así que, intentando recomponerme y seguir la liturgia, la voz del Padre en algunos momentos era inaudible (cierto es que yo ya tengo cierta pérdida de audición), pero en mi mente brotó la frase: "le sobra teatralidad y le falta voz", y a partir de este momento dejé de estar ahí. Sí, estaba físicamente, pero yo ya me había ido.

Aun así, tenía el deber de respetar el lugar sagrado en el que me encontraba y en mi interior rezaba oraciones por el alma del familiar al que se le ofrecía la Misa; y en esas estaba cuando llegó la Comunión. Y me sentí ya totalmente fuera de lugar. Tanto tiempo no había pasado desde que asistí a mi última Misa; tanta gente no se acercó a tomar la Comunión para que el Padre (un chico joven) necesitara la ayuda de un diácono, pero ahí estaba una señora ayudando a distribuir la Comunión y, perdónenme, lejos de sentir la apertura de la Iglesia a la sociedad y la igualdad, yo lo vi como el colofón final del teatro que se estaba representando. Lo reconozco, la verdad. No lo puedo evitar, soy un pecador.

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