Si yo fuera rico

 


Si yo fuera rico ¿Qué cambiaría?

Seguramente nada. Ni mi interés, ni mi curiosidad ni mi forma de hablar.

El tiempo, que quizás sea el único lujo verdadero, el poder decidir qué hacer hoy o mañana, eso, por mi edad, en parte ya lo tengo.

Tal vez tendría tranquilidad. La liquidez suficiente para dejar atrás algunas preocupaciones sobre el futuro. Quizás dejaría de temer una vejez desatendida o los imprevistos inevitables. Pero no dejaría de temer a la enfermedad. La vida no se puede comprar; quizás prolongarla un poco más allá de lo que el cuerpo puede —o debe— soportar.

A esta edad no tengo grandes pretensiones. Y hasta sospecho que saber que podría morir antes de gastar todo mi dinero acabaría produciéndome cierto desasosiego.

Porque, en el fondo, ¿en qué cambiaría mi vida?

Podría parecer más joven pero no ser joven.

Podría comprarme un título y aparentar ser más instruido, pero seguiría siendo el mismo zoquete, solo que ahora aderezado con un toque de estupidez elegante.
Tendría un yate en algún puerto deportivo, aunque dependería de una tripulación para moverlo. Un chalet impresionante que exigiría personal para mantenerlo. Un coche de lujo, quizás con chófer, que entonces ni yo mismo conduciría.

Tendría cosas. Tantas como lo asquerosamente rico que fuese.

Pero no veo la utilidad de ser rico, porque la riqueza solo parece una forma más cómoda de seguir siendo uno mismo.

Sin embargo, entiendo que mi paz es una anomalía. Mientras yo me conformo con ver pasar las horas el mundo sigue girando sobre el eje del “querer parecer”. Me observo a mí mismo y luego miro a los que todavía están en la orilla de enfrente, a los que suspiran por ese yate que yo ya he descartado mentalmente.

A ellos, a los que todavía creen que el éxito es un disfraz que se compra, les daría la llave del camerino. Porque si no puedes ser rico, al menos puedes aprender a interpretar el papel. Si el éxito es una representación, aquí tienes el guion para que, aunque no tengas la cuenta llena, nadie note el vacío.

Manual para aparentar el éxito

Quizás tú sueñes con ser rico y te preguntes cómo lo han conseguido otros. Pero tú, por más que te esfuerzas —o crees esforzarte—, apenas logras pagar tus deudas y sentirte satisfecho por haber podido escaparte diez días en verano a una casa rural o, con suerte, haber estado en París, Roma o Ámsterdam. Tal vez incluso recuerdes con orgullo aquellos cinco días en Washington que pagó la empresa por haber alcanzado los objetivos de ventas.

Pero no te preocupes. Quizás, si me permites darte algunos consejos, pueda ayudarte. Este será tu manual para aparentar éxito.

A mí no me sirvió de mucho, pero quizá tú sepas sacarle más provecho.

El tiempo es tu divisa: Nunca respondas una pregunta sin mirar antes el reloj. Da la impresión de que cada segundo tuyo tiene un valor de mercado que el interlocutor no puede pagar.

La delegación absoluta: Cuando te pregunten por tu economía financiera, tus negocios o tus cuentas, siempre debes decir: "Mi asesor me lo lleva, tengo plena confianza en él". Un hombre de éxito no cuenta monedas; las cuenta alguien por él.

La liturgia del café: Nunca te termines el café cuando estés con tus amigos. Ellos lo apurarán casi sorbiendo la taza, pero tú no bebes café; tú tomas un café, que es muy distinto. Déjalo a la mitad, como si tu atención fuera más necesaria en otro sitio que en el fondo de una taza.

La arquitectura del futuro: Cuando te pregunten por tus proyectos de futuro, no importa que no tengas pensado nada. Tú simplemente, sobre la marcha, habla de "proyectos" aunque no existan. Tienes que parecer un hombre exitoso, y el éxito siempre está "en construcción".

Con estos cuatro ya debieran bastarte, pero si no son suficientes, igual es que no es tu sino. O quizás, deberías conformarte con lo que has logrado; no digo que no te merezcas más solo que igual es suficiente para ti.

Oye si a ti te sirven ya habrás logrado mucho más que yo.

Pero no nos engañemos. Ese manual de gestos medidos y cafés a medio terminar es un traje que acaba pesando demasiado. Mantener la pose de hombre de éxito exige una energía que, tarde o temprano, la biología reclama para otras funciones más vitales. Porque llega un día en que el personaje se agota y el actor, simplemente, se rompe.
Es entonces cuando descubres que has pasado años ensayando para una función en la que el público ya se ha ido a casa. Y es ahí, justo ahí, donde el cronómetro se detiene por puro agotamiento.   

La edad en la que uno deja de correr

Cuando somos jóvenes y acabamos de llegar a nuestro trabajo, vamos como galgos tras una liebre. Corremos para alcanzar los objetivos en ventas, para llegar a final del mes, para ahorrar para la vejez… En esa carrera nos dejamos media vida.
Y la otra media la no la disfrutamos pensando el futuro. Así, no vivimos el presente, o lo vivimos amargados pensando en qué nos deparará el mañana.

Y es inevitable: llega un momento en que paramos. Paramos porque llega la edad en la que dejamos de correr. Hemos dejado nuestros mejores años, nuestras rodillas sanas y nuestra capacidad de asombro a cambio de promesas en un futuro que, tras todo el sacrificio, nos ofrece poder tener una dentadura postiza de lujo; que quizás estemos en las últimas cuotas de la hipoteca del piso que compramos hace casi treinta años y un coche que ya no estamos seguros de querer cambiar porque ahora solo queremos parar.

Eso si tienes la suerte de que te haya respetado la enfermedad. Si te dieron la patada antes porque aquel infarto que sufriste a los cincuenta y cinco años te dejó KO pues, hombre, mala suerte; quizás te queda el placer de no hacer nada.

Pero cuando paras de correr, el silencio es ensordecedor. Los primeros días te sientes culpable. Descubres que un café puede durar una hora si no lo usas como combustible para la siguiente reunión, sino como lo que es: agua negra con aroma que se enfría mientras tú, sencillamente, existes.

Ves a esos galgos jóvenes de hoy, con sus relojes inteligentes que les cuentan los pasos y sus aplicaciones para medir la productividad. Corren con más tecnología, pero hacia el mismo precipicio. Te dan ganas de decirles que la liebre es de plástico, pero te callas; cada galgo necesita su propio infarto —o su propia hipoteca— para aprender a frenar.

Pero parar el cuerpo es solo la mitad del trabajo; lo difícil es detener la inercia de la mente. Cuando el galgo deja de correr, no se convierte en sabio de inmediato; se convierte en un náufrago. El silencio que sigue al estrépito de la carrera no se siente como paz, sino como un vacío aterrador que intentamos llenar con cualquier tarea inútil, como si necesitáramos pedir permiso para seguir respirando sin producir.

Es un proceso lento, casi una rehabilitación. Hay que desaprender tres décadas de urgencias para entender que el tiempo no es algo que se gasta, sino algo en lo que se habita. Y solo cuando logras vencer ese miedo a la irrelevancia, empiezas, por fin, a entrenar en el arte más difícil de todos.

Aprendiendo a saborear el placer de no hacer nada

Para alguien que se ha pasado más de treinta años mirando el reloj antes de responder una pregunta, la inactividad resulta ser un deporte de riesgo. No hacer nada no es tan fácil como parece; requiere un entrenamiento feroz para acallar esa voz interior que te dice que todavía tienes mucha vida por delante.

Esa voz es traicionera. Te susurra que debes hacer aquello que dejaste atrás en tu juventud o por tu salud dar paseos vigorosos, y hasta escribir un libro, vamos que inviertas tu tiempo en algo que se pueda medir, contar o presumir.

Pero hazme caso aprender a no hacer nada, es, en realidad aprende a desobedecer.

Al principio, la libertad te quema en las manos. Te sorprendes a ti mismo organizando los cajones por colores o leyendo las etiquetas del champú solo para mantener la mente engranada en alguna tarea. Es el síndrome de abstinencia del esclavo. Nos da miedo el vacío porque en el vacío es donde uno se encuentra consigo mismo, y después de treinta años siendo "el jefe", "el empleado" o "el proveedor", encontrarse con "uno mismo" da un respeto que asusta.

Sin embargo, el aprendizaje avanza cuando empiezas a disfrutar de la observación improductiva.

Te quedas mirando cómo una gota de lluvia baja por el cristal, apostando contra ti mismo cuál llegará antes al marco. Te fijas en que el panadero tiene una cicatriz en la ceja en la que nunca habías reparado, a pesar de llevar diez años comprándole la barra de pan a diario mientras revisabas el correo en el móvil. Descubres que el silencio de tu casa tiene matices: el crujido de la madera, el zumbido de la nevera, el latido de un hogar que antes solo usabas para dormir y ducharte entre carrera y carrera.

Esta es la verdadera riqueza que no te explicaron. No es el tiempo para hacer más cosas, es el tiempo para que las cosas te pasen a ti.

El verdadero éxito de este “deporte” es cuando logras mirar el reloj y, por primera vez en más de treinta años, no lo haces para saber cuánto tiempo te queda, sino para confirmar que, sea la hora que sea, no tienes absolutamente nada que hacer con ella.

Y lo mejor de todo: que no pasa nada. El mundo sigue, otros corren como tú lo hacías, y por fin sientes el aire fresco de la libertad.

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