Si yo fuera rico
Si yo fuera rico
¿Qué cambiaría?
Seguramente nada.
Ni mi interés, ni mi curiosidad ni mi forma de hablar.
El tiempo, que
quizás sea el único lujo verdadero, el poder decidir qué hacer hoy o mañana,
eso, por mi edad, en parte ya lo tengo.
Tal vez tendría
tranquilidad. La liquidez suficiente para dejar atrás algunas preocupaciones
sobre el futuro. Quizás dejaría de temer una vejez desatendida o los
imprevistos inevitables. Pero no dejaría de temer a la enfermedad. La vida no
se puede comprar; quizás prolongarla un poco más allá de lo que el cuerpo puede
—o debe— soportar.
A esta edad no
tengo grandes pretensiones. Y hasta sospecho que saber que podría morir antes
de gastar todo mi dinero acabaría produciéndome cierto desasosiego.
Porque, en el
fondo, ¿en qué cambiaría mi vida?
Podría parecer más
joven pero no ser joven.
Tendría cosas.
Tantas como lo asquerosamente rico que fuese.
Pero no veo la
utilidad de ser rico, porque la riqueza solo parece una forma más cómoda de
seguir siendo uno mismo.
Sin embargo,
entiendo que mi paz es una anomalía. Mientras yo me conformo con ver pasar las
horas el mundo sigue girando sobre el eje del “querer parecer”. Me observo a mí
mismo y luego miro a los que todavía están en la orilla de enfrente, a los que
suspiran por ese yate que yo ya he descartado mentalmente.
A ellos, a los que
todavía creen que el éxito es un disfraz que se compra, les daría la llave del
camerino. Porque si no puedes ser rico, al menos puedes aprender a interpretar
el papel. Si el éxito es una representación, aquí tienes el guion para que,
aunque no tengas la cuenta llena, nadie note el vacío.
Manual para aparentar
el éxito
Quizás tú sueñes
con ser rico y te preguntes cómo lo han conseguido otros. Pero tú, por más que
te esfuerzas —o crees esforzarte—, apenas logras pagar tus deudas y sentirte
satisfecho por haber podido escaparte diez días en verano a una casa rural o,
con suerte, haber estado en París, Roma o Ámsterdam. Tal vez incluso recuerdes
con orgullo aquellos cinco días en Washington que pagó la empresa por haber
alcanzado los objetivos de ventas.
Pero no te
preocupes. Quizás, si me permites darte algunos consejos, pueda ayudarte. Este
será tu manual para aparentar éxito.
A mí no me sirvió
de mucho, pero quizá tú sepas sacarle más provecho.
El tiempo es tu
divisa: Nunca respondas una pregunta sin mirar antes el reloj. Da la impresión
de que cada segundo tuyo tiene un valor de mercado que el interlocutor no puede
pagar.
La delegación
absoluta: Cuando te pregunten por tu economía financiera, tus negocios o tus
cuentas, siempre debes decir: "Mi asesor me lo lleva, tengo plena
confianza en él". Un hombre de éxito no cuenta monedas; las cuenta alguien
por él.
La liturgia del
café: Nunca te termines el café cuando estés con tus amigos. Ellos lo apurarán
casi sorbiendo la taza, pero tú no bebes café; tú tomas un café, que es muy
distinto. Déjalo a la mitad, como si tu atención fuera más necesaria en otro
sitio que en el fondo de una taza.
La arquitectura del
futuro: Cuando te pregunten por tus proyectos de futuro, no importa que no
tengas pensado nada. Tú simplemente, sobre la marcha, habla de
"proyectos" aunque no existan. Tienes que parecer un hombre exitoso,
y el éxito siempre está "en construcción".
Con estos cuatro ya
debieran bastarte, pero si no son suficientes, igual es que no es tu sino. O
quizás, deberías conformarte con lo que has logrado; no digo que no te merezcas
más solo que igual es suficiente para ti.
Oye si a ti te
sirven ya habrás logrado mucho más que yo.
La edad en la
que uno deja de correr
Y es inevitable:
llega un momento en que paramos. Paramos porque llega la edad en la que dejamos
de correr. Hemos dejado nuestros mejores años, nuestras rodillas sanas y
nuestra capacidad de asombro a cambio de promesas en un futuro que, tras todo
el sacrificio, nos ofrece poder tener una dentadura postiza de lujo; que quizás
estemos en las últimas cuotas de la hipoteca del piso que compramos hace casi
treinta años y un coche que ya no estamos seguros de querer cambiar porque
ahora solo queremos parar.
Eso si tienes la
suerte de que te haya respetado la enfermedad. Si te dieron la patada antes
porque aquel infarto que sufriste a los cincuenta y cinco años te dejó KO pues,
hombre, mala suerte; quizás te queda el placer de no hacer nada.
Pero cuando paras
de correr, el silencio es ensordecedor. Los primeros días te sientes culpable.
Descubres que un café puede durar una hora si no lo usas como combustible para
la siguiente reunión, sino como lo que es: agua negra con aroma que se enfría
mientras tú, sencillamente, existes.
Ves a esos galgos
jóvenes de hoy, con sus relojes inteligentes que les cuentan los pasos y sus
aplicaciones para medir la productividad. Corren con más tecnología, pero hacia
el mismo precipicio. Te dan ganas de decirles que la liebre es de plástico,
pero te callas; cada galgo necesita su propio infarto —o su propia hipoteca—
para aprender a frenar.
Pero parar el
cuerpo es solo la mitad del trabajo; lo difícil es detener la inercia de la
mente. Cuando el galgo deja de correr, no se convierte en sabio de inmediato;
se convierte en un náufrago. El silencio que sigue al estrépito de la carrera
no se siente como paz, sino como un vacío aterrador que intentamos llenar con
cualquier tarea inútil, como si necesitáramos pedir permiso para seguir
respirando sin producir.
Es un proceso
lento, casi una rehabilitación. Hay que desaprender tres décadas de urgencias
para entender que el tiempo no es algo que se gasta, sino algo en lo que se
habita. Y solo cuando logras vencer ese miedo a la irrelevancia, empiezas, por
fin, a entrenar en el arte más difícil de todos.
Aprendiendo a
saborear el placer de no hacer nada
Para alguien que se
ha pasado más de treinta años mirando el reloj antes de responder una pregunta,
la inactividad resulta ser un deporte de riesgo. No hacer nada no es tan fácil
como parece; requiere un entrenamiento feroz para acallar esa voz interior que
te dice que todavía tienes mucha vida por delante.
Esa voz es
traicionera. Te susurra que debes hacer aquello que dejaste atrás en tu
juventud o por tu salud dar paseos vigorosos, y hasta escribir un libro, vamos
que inviertas tu tiempo en algo que se pueda medir, contar o presumir.
Pero hazme caso
aprender a no hacer nada, es, en realidad aprende a desobedecer.
Al principio, la
libertad te quema en las manos. Te sorprendes a ti mismo organizando los
cajones por colores o leyendo las etiquetas del champú solo para mantener la
mente engranada en alguna tarea. Es el síndrome de abstinencia del esclavo. Nos
da miedo el vacío porque en el vacío es donde uno se encuentra consigo mismo, y
después de treinta años siendo "el jefe", "el empleado" o
"el proveedor", encontrarse con "uno mismo" da un respeto
que asusta.
Sin embargo, el
aprendizaje avanza cuando empiezas a disfrutar de la observación improductiva.
Te quedas mirando
cómo una gota de lluvia baja por el cristal, apostando contra ti mismo cuál
llegará antes al marco. Te fijas en que el panadero tiene una cicatriz en la
ceja en la que nunca habías reparado, a pesar de llevar diez años comprándole
la barra de pan a diario mientras revisabas el correo en el móvil. Descubres
que el silencio de tu casa tiene matices: el crujido de la madera, el zumbido
de la nevera, el latido de un hogar que antes solo usabas para dormir y
ducharte entre carrera y carrera.
Esta es la
verdadera riqueza que no te explicaron. No es el tiempo para hacer más cosas,
es el tiempo para que las cosas te pasen a ti.
El verdadero éxito
de este “deporte” es cuando logras mirar el reloj y, por primera vez en más de
treinta años, no lo haces para saber cuánto tiempo te queda, sino para
confirmar que, sea la hora que sea, no tienes absolutamente nada que hacer con
ella.
Y lo mejor de todo: que no pasa nada. El mundo sigue, otros corren como tú lo hacías, y por fin sientes el aire fresco de la libertad.

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