El Rey que no faltó a su cita
En el verano de 1312 vi a un rey condenarse a sí mismo.
El aire de Castilla pesaba como una losa de piedra. Mi nombre fue
Gonzalo Ruiz, y caminé durante años a la sombra del rey Fernando IV, fui testigo de cómo el orgullo de un
monarca puede labrar su propia sepultura. Todo comenzó en Palencia, con un
susurro de sangre: habían segado la vida de Benavides, el favorito de mi señor.
La ira del Rey no buscó pruebas, buscó culpables, y sus ojos se clavaron con
fatalidad en los hermanos Pedro y Juan Alfonso de Carvajal.
Poco importaron sus voces reclamando justicia. La
sentencia de mi señor fue definitiva: los Carvajal no tendrían tumba, sino el
vacío. Serían despeñados en Martos, encerrados en jaulas de hierro cuyas púas
les recordarían su supuesta traición en cada violento vaivén del descenso.
Recuerdo el viento de la Peña de Martos aquel día de
ejecución. Los hermanos, al borde del precipicio, no mostraban el temblor de
los culpables, sino la gélida calma de los mártires. Sus voces, amplificadas
por el eco de la roca, cortaron el aire:
—¡Rey Fernando! Ante la sordera de vuestro oído y la
ceguera de vuestro juicio, os citamos ante el Tribunal que no conoce favor ni
engaño. ¡Compareceréis ante Dios en el plazo de treinta días para responder por
nuestra sangre!
Mi señor soltó una carcajada que se perdió en el
valle; una risa que pretendía ser de acero pero que, a mis oídos, sonó a
cristal roto.
Partimos hacia la frontera de Granada. El sol andaluz
era implacable, pero el Rey comenzó a sentir un frío que ninguna hoguera podía
calentar. Al caer la noche, el silencio de la tienda real se llenaba con el eco
de aquel emplazamiento.
A medida que las hojas del calendario caían, la salud
de mi señor se marchitaba como una viña sin agua. Su carácter impulsivo dio
paso a una melancolía errante. No eran solo las fiebres que el fango de la
guerra regala a los hombres —fuese el tifus o la malaria acechando en las
marismas—; era el tiempo, que se había vuelto líquido y se le escapaba entre
los dedos.
Llegamos al séptimo día de septiembre. El Rey, agotado
por una indisposición que los médicos no lograban descifrar, se retiró a sus
aposentos tras el almuerzo.
—Vigilad el sueño de vuestro señor —me ordenaron.
Entré en la penumbra de su alcoba cuando el sol
empezaba a declinar. Allí yacía Fernando, el cuarto de su nombre, con el rostro
sereno pero ya marmóreo. Al acercarme para despertarlo, comprendí que no había
sueño del que pudiera volver. El plazo había expirado. El Rey no había faltado
a su cita; la eternidad lo reclamaba puntualmente a su mesa, a los veintiséis
años de edad.
Hasta aquí la verdad de lo acaecido. Mi señor pasaría
a la historia como «el Emplazado». El nombre fue germinando en la tradición
popular antes de saltar al pergamino. Décadas después, el cronista Fernán
Sánchez de Valladolid, canciller de Alfonso XI, recibió el encargo de ordenar
las historias de los reyes anteriores. Al recoger formalmente el episodio de
los Carvajal hacia 1340, convirtió el rumor en historia oficial.
Confieso que, durante años, sentí desprecio al oír al
populacho susurrar ese mote. Me irritaba que la majestad quedara reducida a una
fábula de ciegos. Para mí, el Rey solo había tenido la mala fortuna de morir en
el estío andaluz.
Sin embargo, cuando vi al cronista mojar su pluma para
fijar aquel nombre, sentí un escalofrío que no traía el viento de la sierra.
Comprendí que «emplazado» no era un insulto, sino un espejo. Todos nacemos con
una cita fijada en un calendario que no podemos leer.
Mi señor Fernando solo tuvo el dudoso privilegio de
conocer la duración de su tregua.
Yo también fui citado. Yo también fui emplazado.
Y ahora, desde este lado del olvido, solo puedo deciros que la sentencia siempre se cumple.

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