El precio de Granada

 


El fuego no comenzó con el estruendo de un cañón nazarí, sino con el susurro tímido de una vela mal colocada en la tienda de la reina. Fue en julio de 1491, bajo el cielo espeso de la vega granadina. En pocos minutos, el viento de la noche transformó el descuido de una dama de compañía en una lengua de fuego monstruosa que comenzó a devorar los tapices de Flandes, las sedas traídas de Oriente y los estandartes de Castilla.

En medio del caos, del humo cegador y de los gritos de los soldados que creían sufrir un ataque sorpresa, Isabel la Católica corrió. No corría como la soberana implacable que hacía temblar a Europa, sino como una madre desesperada. Con los pies descalzos sobre la tierra caliente, arrastró fuera de la tienda a sus hijas Juana, una niña de apenas once años que temblaba desorientada; a su lado la pequeña Catalina, de tan solo cinco, miraba el desastre con el pavor grabado a fuego en sus retinas mudas. Aquel incendio de Santa Fe, aunque la reina aún no pudiera saberlo, no era más que el presagio de otras llamas, mucho más crueles e invisibles, que terminarían por devorar la vida adulta de esas mismas niñas.

Mientras contemplaba cómo el campamento militar se convertía en un infierno de cenizas, Isabel la Católica sintió un frío helador en las entrañas. Nunca sabría con certeza si era Dios mismo quien había venido a cobrarse el precio de su gloria, pero aquella noche, frente al fuego, lo presintió con la fuerza de una maldición. Agarrando las manos de las pequeñas Juana y Catalina, los pensamientos de la reina se volvieron tan oscuros como el humo que nublaba las estrellas:

«Es por la bula falsa. Es por el engaño a mi hermano Enrique. Es por la sangre que he permitido que se derrame en las plazas bajo el nombre de la fe. El Señor me dio el trono y ahora me quema la casa porque sabe que mi corazón ha caminado por senderos oscuros para llegar aquí».

La noche del incendio, la reina de Castilla no era más que una pecadora asustada, despojada de sus galas y de su soberbia. En la soledad de su conciencia, intuía que los cimientos de su imperio se habían alzado sobre demasiados sacrificios ocultos, sobre mentiras de Estado y tribunales de fe que clamaban al cielo.

Si en ese mismo instante el humo le hubiera permitido vislumbrar el futuro; si Dios le hubiera mostrado el padecimiento que aguardaba a sus hijos —Juan muriendo a los diecinueve años, Isabel consumida por el duelo, María desgastada por partos interminables, y Juana y Catalina humilladas, ninguneadas, encerradas en castillos húmedos y tratadas como locas por hombres despiadados—, la reina de Castilla habría caído de rodillas.

De haber sabido que el precio de conquistar Granada era entregar a sus propias hijas al abismo, Isabel la Católica quizás habría renunciado a todo. Habría arrojado la corona a las llamas, habría pedido perdón a voz en grito y se habría retirado a los muros silenciosos de un convento, mendigando la misericordia que ella, como reina, tantas veces negó.

El amanecer sobre las ruinas ahumadas de Santa Fe trajo un silencio sepulcral. Isabel ordenó levantar piedra sobre piedra, una ciudad entera que sepultara las cenizas del aviso divino. Engañó al mundo con un despliegue de poder inmortal, pero el fuego ya se había mudado de sitio. Había anidado en la sangre de sus hijos.

Apenas seis años después de aquella noche, la factura que la reina tanto temía comenzó a cobrarse en oro y vidas.

El primer hachazo al corazón del imperio no vino de las armas francesas, sino del lecho conyugal en Salamanca. El príncipe Juan, el varón tan rezado, el sol de Castilla y Aragón, se apagaba a los diecinueve años.

Isabel viajó a contrarreloj, con el eco del incendio de Santa Fe resonando en sus oídos. Al llegar, solo encontró el rostro pálido de su hijo y los susurros de los médicos, que culpaban a la fogosidad del matrimonio con Margarita de Austria de haber consumido el débil cuerpo del príncipe. Fernando el Católico, buscando salvar la dinastía, intentó consolar a su esposa con razones de Estado, pero Isabel se encerró en un luto que ya nunca se quitaría.

La dinastía Trastámara se había quedado sin cabeza. El dolor se volvió absoluto cuando Margarita dio a luz a una niña muerta. La descendencia del varón se convertía en humo, tal como las tiendas de Santa Fe. Dios no quería un rey Trastámara; quería algo más complejo, o quizá algo más cruel.

La corona de la herencia cayó entonces como un peso de plomo sobre la primogénita, Isabel. La joven que había suplicado a sus padres que la dejaran profesar en un convento tras la muerte de su primer esposo, fue arrancada de su retiro místico. En nombre de la sagrada alianza con Portugal, la obligaron a desnudarse de sus ropas de viuda y a entregarse al lecho de Manuel I.

Isabel aceptó el matrimonio como quien abraza el martirio, exigiendo a cambio una purga de sangre: la expulsión de los judíos de tierras lusas. Dios pareció responderle de la misma forma en 1498. Durante un parto agónico en Zaragoza, mientras los nobles esperaban al heredero de la unificación ibérica, la joven princesa expiró a los veintisiete años. Su hijo, el pequeño Miguel de la Paz, apenas vivió dos años más antes de marcharse con ella.

Fernando e Isabel, incansables en su ajedrez político, no lloraron la pérdida deteniendo la maquinaria; la sustituyeron. La infanta María fue enviada a Portugal como una pieza de recambio silenciosa para ocupar la cama vacía de su hermana mayor. María no gritó, no se rebeló. Soportó con una sumisión desgarradora diez embarazos en diecisiete años. Su cuerpo, desgastado y vaciado por la exigencia biológica del imperio, se rindió a los treinta y cinco años tras su último parto. Fue la hija que se consumió sin hacer ruido, cumpliendo las órdenes de unos padres que confundían el amor filial con los tratados diplomáticos.

Mientras el sur se desangraba en partos y entierros, la hija menor, Catalina, navegaba hacia el norte, hacia las brumas de Inglaterra. Llevaba consigo el orgullo Trastámara, el latín perfecto que su madre le había enseñado y a un séquito de sirvientes donde destacaba una joven de su misma tierra: Catalina de Motril.

El matrimonio con el príncipe Arturo duró apenas cinco meses antes de que las fiebres se llevaran al joven heredero inglés. En la fría alcoba real, entre sábanas que la sirvienta de Motril lavaba en silencio, se custodió el secreto que años más tarde haría temblar a la Cristiandad. Catalina fue entregada al hermano menor, Enrique VIII, iniciando un reinado de aparente gloria que terminó en el fango de la obsesión del rey por un hijo varón.

Cuando Enrique inició el proceso de nulidad, intentando apartarla para coronar a Ana Bolena, la maquinaria de propaganda de los Tudor intentó presentar a Catalina como una mujer obsesiva, una fanática despechada que perturbaba la paz del reino con desvaríos y terquedades. La despojaron del título de reina, la llamaron "Princesa viuda" y la aislaron de su hija María.

Pero Catalina no era Juana; su fuego era de acero. El 21 de junio de 1529, en el tribunal de Blackfriars, se arrodilló ante su esposo y ante los legados papales para pronunciar las palabras que destruirían la estrategia legal del rey: "A este vuestro lecho he venido como verdadera virgen... Y si esto es verdad o mentira, lo pongo a la altura de vuestra propia conciencia".

Los enviados españoles buscaron desesperadamente a Catalina de Motril en Andalucía para que declarara sobre la limpieza de aquellas sábanas de 1501, pero el testimonio de la sirvienta nunca llegó. Catalina de Aragón murió en el gélido castillo de Kimbolton, vistiendo el hábito franciscano bajo sus ropas rasgadas, defendiendo su verdad frente a un rey que la ninguneó hasta el último suspiro.

De todas las hogueras que provocó el incendio de Santa Fe, ninguna clama al cielo con tanta fuerza como la de Juana. Ella, la niña que corrió descalza huyendo de las llamas, acabó encerrada en la más absoluta de las oscuridades.

A diferencia de su hermana Catalina, que era una reina consorte en tierra extraña, Juana era la Reina legítima y propietaria de Castilla. La corona era suya por derecho de nacimiento tras las muertes de sus hermanos. Y fue precisamente ese derecho el que la condenó. Los tres hombres en los que debía confiar —su esposo Felipe el Hermoso, su padre Fernando el Católico y finalmente su propio hijo, el emperador Carlos I— se convirtieron en sus carceleros.

Construyeron meticulosamente el mito de su locura. Utilizaron sus arranques de celos justificados, su desesperación ante las traiciones y su huelga de hambre como pruebas de un desequilibrio mental que justificaba arrebatarle las riendas del gobierno. El encierro en el torreón de Tordesillas duró casi cincuenta años. Cinco décadas de penumbra, de maltratos por parte de los marqueses de Denia, despojada de sus hijos pequeños, obligada a escuchar que estaba loca por los mismos clérigos que debían consolarla.

Juana resistió en el silencio de sus habitaciones, negándose a firmar los documentos que legitimaran la usurpación de su hijo o de los comuneros. Sabía que firmar era aceptar la mentira que la enterraba en vida.

 Epílogo

Si Isabel la Católica hubiera tenido el don de la profecía aquella noche en Santa Fe, habría comprendido que la toma de Granada no era el inicio de una era de bendiciones, sino el altar donde sacrificaría a su estirpe. Consiguió el mundo para sus herederos, pero les legó un territorio de destierros, torres de piedra y humillaciones.

Sus hijas, educadas en el más alto estandarte de la dignidad real, terminaron siendo las reinas más incómodas de Europa, anuladas en el instante en que su voluntad Trastámara osó desafiar el poder de los hombres que se repartían sus reinos. La gran reina de Castilla murió creyéndose una santa de la fe, sin saber que el fuego que vio en Santa Fe terminaría por consumir, una a una, las vidas de todos sus hijos.

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