Diálogos en la Huerta: Un paseo con Federico García Lorca


Hay recuerdos que no se apagan, sino que se quedan latiendo despacio, esperando el momento justo para reclamar su sitio en el papel. El mío empezó hace casi treinta años.

Primero fue en Fuente Vaqueros. Al cruzar el umbral de su casa natal, entre las paredes blancas y el aire humilde de la Vega, sentí por primera vez un escalofrío extraño, como si el poeta estuviera allí mismo, invisible pero atento, reclamándome. Era una presencia sutil, una voz sin ruido que me pedía que no pasara de largo, que me quedara un rato más a escuchar el agua de sus acequias.

Más tarde, el viaje nos llevó hasta la Huerta de San Vicente, el refugio de sus veranos. El tiempo parecía detenido entre los muebles familiares y las ventanas abiertas a la luz de Granada. Fue allí donde ocurrió: sentaron a mi hijo, que entonces era solo un crío, frente al piano de Federico. Me quedé mirando la escena con el corazón en un puño. El niño miró el teclado, pero no llegó a mover los dedos; ni tan siquiera posó las manos sobre el marfil. Se quedó en suspenso, intimidado tal vez por la gravedad de la historia. Yo, desde atrás, sentí un impulso imperioso: de buena gana hubiera estirado el brazo para pulsar al menos una sola tecla. Una nota. Una brizna de sonido que rompiera la distancia de las décadas y me permitiera sentir, a través de la vibración de la madera, cómo Federico seguía vivo allí dentro. No lo hice. El piano permaneció en silencio.

De aquello han pasado casi treinta años. Toda una vida. Sin embargo, hoy, al evocar la nitidez de la casa natal y las tardes de la Huerta de San Vicente donde él solía buscar la poesía del verano, el milagro se cumple de otra manera.

Ya no me hace falta rozar aquel piano. Hoy, al recordar, el silencio de aquella tarde se rompe al fin, y me imagino al poeta que sale del olvido, se empareja a mi paso y camina, con toda naturalidad, junto a mí.

Federico: Hola joven, ¿quieres respuestas? Adivino muchas preguntas en tu cabeza. No temas, tu mundo y el mío se encuentran cuando el amor, la poesía, la música y las almas sensibles se encuentran.

Autor: Pero no es posible... solo eres producto de mi imaginación.

Federico: ¿O no? A veces hoy solo oímos aquello que queremos oír, pero cuando prestamos atención, nos llegan voces que no nos atrevemos a escuchar.

Autor: Esto es una entelequia. Federico García Lorca no está aquí y yo cada vez estoy un poco más trastornado.

Federico: ¿Acaso importa? Quieres respuestas a las preguntas que bullen en tu cabeza. Déjate llevar, no tengas miedo... solo confía en ti mismo.

Autor: (Tragando saliva, mirando de reojo la silueta del poeta, que camina con las manos en los bolsillos). Está bien... Digamos que acepto la locura. Digamos que el piano mudo de tu Huerta lleva treinta años esperando este momento. Si de verdad estás aquí, no quiero preguntarte por la noche oscura de Viznar, ni por los fusiles. Esos ya han hecho demasiado ruido. Quiero preguntarte por el silencio. ¿Duele el olvido de los vivos, Federico, o duele más que nos hayamos quedado atrapados en tu tragedia, olvidando a veces tu risa?

Federico: (Se detiene un instante, mira las ramas de los árboles que se mecen con el viento y sonríe con una melancolía que parece antigua como la tierra). Ay, el olvido... El olvido es una capa de polvo que se quita con un soplo de aire o con el verso de un hombre justo. A mí no me duele el olvido, me dolería la frialdad. Me dolería que los jóvenes ya no cantaran mis romances bajo los balcones o que las mujeres de los pueblos olvidaran la fuerza que les di en mis tragedias. La muerte es solo una mala tarde; lo que verdaderamente asusta es que la gente deje de temblar ante el misterio. ¿Y tú? Me miras como si fuera un fantasma de bronce, pero estás buscando en mí el eco de tu propia juventud, la que llevaste a Fuente Vaqueros hace treinta años. Dime, ¿qué canción es la que se te quedó atrapada en los dedos frente a mi piano?

Autor: No sé música, solo habría aporreado una tecla, para oír con cual te arrancarías. ¿Qué canción sonaba más en este piano?

Federico: (Suelta una carcajada limpia, de esas que solían contagiar a toda la Residencia de Estudiantes, y agita la mano en el aire como quitándole importancia). ¡Aporrear! Qué palabra tan hermosa y tan llena de vida. Mira, si hubieras golpeado esa tecla con toda la fuerza de tus ganas, el piano no se habría enfadado. Al contrario. Los pianos de las casas muertas están aburridos de que los miren con cara de funeral. Están deseando que llegue alguien vivo y les arranque un grito, aunque sea un grito desafinado.

(Se vuelve a poner en marcha, despacio, entornando los ojos como si pudiera escuchar la música flotando entre los chopos).

¿Que cuál sonaba más? Ay, en ese piano de la Huerta sonaba la vida entera metida en siete notas. Dependía del día, del calor, de las visitas... Si la tarde venía alegre, me daba por los zorongos, por las sevillanas del siglo XVIII o por cantarle a la tía Juana aquellas coplas que me enseñaron las mujeres de Fuente Vaqueros cuando yo era un crío. El piano se volvía entonces una guitarra ruidosa, un patio de vecinas.

Pero si me preguntas por la que más sonaba en el fondo... la que se quedaba flotando en las cortinas cuando se iba la luz... era el Amor de mi vida, ese poema de Bach que tanto me obsesionaba, o alguna melodía popular gallega, triste y verde como la lluvia, que me traía los recuerdos de mi viaje a Santiago. En ese piano sonaba el revés de mi alma: la alegría desbordada para los amigos, y una melancolía muy honda cuando me quedaba a solas con la noche de Granada.

(Me mira de reojo, con una chispa de curiosidad en los ojos).

Si yo me arrancara ahora mismo a tocar una de esas canciones en el aire, aquí mismo, mientras caminamos... ¿qué ritmo crees que le vendría mejor al paso que llevamos?

Autor: Alguna de tu cancionero o del romancero gitano.

Federico: (Sonríe con complicidad, asintiendo con la cabeza mientras da un par de pasos más). ¡Las dos cosas en una! Porque en el fondo, mi cancionero y el Romancero Gitano beben de la misma fuente: la voz del pueblo, el grito de la tierra y ese misterio que los andaluces llamamos duende.

Si hubieras golpeado esa tecla, lo más seguro es que te hubiera respondido con los acordes del Anda jaleo o de los Cuatro muleros. ¡Anda que no las habré tocado veces! Me encantaba sentarme al piano, aporrearlo —como tú dices— y ver cómo la gente se ponía a cantar y a bailar en mitad del salón. El piano era mi juguete, mi forma de dar abrazos a los amigos.

Pero si nos ponemos serios... si esa tecla que querías tocar hubiera sonado a la caída de la tarde, cuando la luz de la Vega se vuelve de color violeta, el piano se habría transformado en romance. Te habría tocado los acordes más oscuros, esos que suenan a herida y a luna, los mismos que me rondaban la cabeza cuando escribí el Romance de la luna, luna o el Romance Sonámbulo. ¿Te imaginas? El piano latiendo bajito: “Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas...” Música y poesía nacían del mismo sitio en mis dedos.

(Se detiene, se vuelve hacia mí y me mira fijamente, con un brillo de nostalgia en los ojos).

Dime la verdad... de todos esos versos que escribí con música por dentro, ¿cuál es el que te ha traído hoy hasta aquí, noventa años después?

Autor: ¿Acaso solo uno? La Tarara. Los cuatro muleros. Anda jaleo...

Federico: (Lanza una exclamación de alegría, y por un momento parece que sus manos se mueven en el aire, dibujando los acordes sobre un teclado invisible). ¡Eso es! ¡Acaso solo uno! Me has leído el alma. ¿Por qué conformarse con una sola nota si se puede tener el coro entero de la Vega cantando en la cabeza?

La Tarara, con su vestido verde lleno de volantes y cascabeles... Los cuatro muleros, que tanto hacían reír a la Argentinita cuando ensayábamos... y el Anda jaleo, que tiene dentro toda la fuerza y el latido del pueblo. ¡Qué canciones! Qué limpia era esa música que recogí de las gargantas de las lavanderas, de los arrieros y de las abuelas a la sombra de los higuerales. Saber que noventa años después te acuerdas de esos títulos me hace pensar que no todo se perdió en el barranco. Al final, los fusiles pudieron callar mi voz, pero no pudieron fusilar las canciones.

(Se detiene en mitad del camino, se vuelve hacia mí y me clava esa mirada suya, curiosa y honda, cambiando el tono festivo por uno mucho más íntimo).

Dime... de entre todos los versos que dejé escritos, de esos que guardas en la memoria, ¿con cuál de mis poemas me sorprenderías si me pidieras que te lo contara de nuevo?

Autor: No me pidas uno solo cuando el Romancero Gitano me lo sé de memoria y el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Cada vez que dan las cinco de la tarde no quiero sentir la campana, no quiero oler a sangre derramada, no quiero oír de toros ni de plazas, no quiero que den las cinco de la tarde porque la muerte llama a un torero que fue tu amigo del alma.

Federico: (Se le apaga de golpe la sonrisa y se queda muy quieto, mirando al suelo mientras la luz de la tarde parece volverse de un gris ceniza. Sus manos, antes tan vivas, caen pesadas a los lados del cuerpo. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos están empañados por una pena vieja, inmensa).

A las cinco de la tarde... (repite en un susurro, casi sin aliento). ¡Ay, qué terrible precisión tiene el reloj de la desgracia! Tienes razón. No te puedo pedir que elijas uno solo si llevas mi Romancero entero cosido a la memoria, y menos ese... Ese llanto que es una herida que nunca termina de cerrarse.

(Da un suspiro hondo, dándome la espalda por un momento para mirar hacia los chopos invisibles de la Vega).

A Ignacio... a Ignacio lo quise con el alma. Era el hombre más limpio, más valiente y más cabal que cruzó jamás un redondel. Cuando el asta del toro le buscó el muslo en Manzanares, nos la clavó a todos en el corazón. Yo no quería escribir esos versos. Yo no quería oler a azufre, ni ver la sábana blanca, ni contemplar su cuerpo doblado sobre la piedra. Escribí el Llanto para ganarle la partida a la muerte, para que Ignacio no se muriera del todo... pero el precio es que cada vez que dan las cinco en un reloj, en cualquier parte del mundo, el dolor vuelve a nacer.

(Se vuelve hacia mí, conmovido por la fuerza de mis palabras, y me pone una mano suave sobre el hombro, con un gesto de profunda gratitud).

Gracias por no querer oír la campana. Gracias por dolerte por él, y por mí, noventa años después de que todo se tiñera de sombra. Tu sensibilidad es el mejor bálsamo para un poeta. Al negarte a que den las cinco de la tarde, estás salvando a mi amigo del olvido.

(El silencio vuelve a ser espeso, pero ya no es un silencio de muerte, sino de respeto compartido. Federico aprieta suavemente tu hombro).

Dime, amigo... después de este golpe en el pecho que nos ha dado el recuerdo... ¿hacia dónde dirigimos los pasos para que la tarde nos devuelva un poco de luz?

Autor: Conozco tu poesía, conozco tus obras de teatro, pero desconocía tus artículos. Prometo dejar a un lado mis lecturas para en este aniversario conocer esa faceta de tu obra.

Federico: (Sus ojos se abren de par en par, sorprendidos, y una ráfaga de timidez y orgullo infantil vuelve a encender su rostro. Retira la mano de mi hombro para entrelazar los dedos, conmovido por tu promesa).

¿Mis artículos? ¡Ay, qué alegría tan grande me das! Antes de ser el poeta de la luna, fui un muchacho que miraba su tierra con ojos de cronista.

(Comienza a caminar de nuevo, esta vez con un paso más ligero, casi entusiasmado, como quien redescubre un rincón olvidado de su propia casa).

Están ahí, sí... En mis notas sobre Granada, en las impresiones literarias que escribía cuando apenas me asomaba a la vida, o en los textos que mandaba desde Nueva York y Cuba. En esas prosas no hay versos rimados, pero está el armazón de todo lo que fui. Ahí denunciaba la injusticia, pintaba los paisajes de mi Vega con palabras sencillas y hablaba de las cosas que me dolían de España.

Que me prometas eso para este aniversario... mira, es el mejor regalo que le puedes hacer a mi memoria. Leer mis artículos es como entrar a mi cuarto de trabajo cuando no esperaba visitas, verme en mangas de camisa, sin la guitarra.

Autor: Déjame que te diga, con una voz muy tímida por atreverme a confesarte que yo también escribo, dicen que mis relatos las más de las veces surgen de la denuncia social. Nacen de la rabia contenida en la pluma, de la conciencia y la necesidad de contar las cosas, de hacerlas vivir y hacer partícipes a los lectores.

Federico: (Suelta una exclamación, mezcla de reproche cariñoso y absoluta ternura, mientras se lleva una mano al pecho y niega con la cabeza). ¡Ay, la timidez! ¡Pero bueno! ¿Me estás diciendo que esa voz apocada era por mí? ¿Por atreverte a decirme que eres escritor?

(Se acerca a mí, me toma suavemente del brazo y me obliga a mirarlo de frente, con esos ojos suyos desbordantes de una humanidad que no entiende de pedestales).

—Escúchame bien: nunca vuelvas a bajar la voz para decir que escribes. Al menos, delante de mí.

(Se detiene en mitad del camino, se vuelve hacia mí y me sostiene la mirada.)

—¿Qué idea te has hecho de mí? ¿Que soy un busto de mármol en un museo? ¿Un nombre sagrado en los libros de texto? ¡No! Yo soy Federico. Un hombre que pasaba las noches en vela peleándose con las palabras, sufriendo y disfrutando del mismo oficio que hoy compartes conmigo.

La literatura no es una corte de reyes y vasallos. Es una mesa de taberna donde se sientan quienes tienen la necesidad de contar la vida.

Y si tus relatos nacen de la denuncia social, de esa rabia contenida que muerde la pluma y de la necesidad de despertar la conciencia del lector... entonces no eres un atrevido.

Eres un hermano de tinta.

 (Su rostro se vuelve más sereno, profundamente conmovido, y me aprieta el brazo con sincero orgullo).

Esa rabia y esa necesidad de hacer vivir la historia son el verdadero fuego. Me da igual que hayas tardado treinta años en decírmelo desde aquella tarde frente al piano mudo de mi Huerta. Hoy caminamos juntos porque tu pluma y la mía buscan lo mismo: que la verdad no se muera de frío. Así que, arriba esa voz... y dime, compañero, ¿cuál es esa historia que estás pariendo ahora mismo con la rabia de tu pluma?

Autor: Un homenaje tu recuerdo, a Federico García Lorca, en el noventa aniversario de su asesinato. También un sueño, una entelequia nacida de una ausencia: la de no haber  hallado jamás tu cadáver en el barranco de Víznar.

A veces me gusta imaginar que no permaneces allí, Que, de algún modo, descansas aquí, en la Huerta de San Vicente. Que tu padre, roto por el dolor y sintiéndose traicionado por la confianza que había depositado en los hermanos Rosales, reclamó para ti el único lugar donde aún podías seguir siendo Federico: tu casa.

Federico: (Se le quiebra la mirada y el aire de la Vega parece detenerse de golpe. Me suelta el brazo muy despacio, cruzando las manos a la espalda mientras sus ojos se vuelven hacia el suelo, fijos en la tierra que pisamos. Su voz baja tanto el tono que casi se confunde con el rumor de los chopos).

En el barranco... (repite en un hilo de voz, con una seriedad antigua, desprovista de todo rencor, pero preñada de una tristeza infinita).

No me busques allí. No gastes tu esperanza buscando mis huesos entre la cal ni en el fondo de las fosas oscuras. Los fusiles me quitaron el aire, es verdad, pero la tierra... la tierra sabe muy bien a quién pertenece.

(Se vuelve a mirarme, y en sus ojos se dibuja una gratitud inmensa, honda, nacida de lo más sagrado de la memoria familiar).

Qué justicia tan grande haces con tus palabras. Qué milagro que tu imaginación sepa leer lo que la historia oficial no se atreve a contar. Mi padre... ¡ay, mi padre! Don Federico, un hombre de la tierra, de los que imponen el respeto con la mirada. Nadie puede imaginar el fuego y la impotencia que le quemaron el pecho cuando vio que la confianza entregada a los hermanos Rosales se rompía como un cristal en mil pedazos. Aquella promesa de que conmigo no iba a suceder nada... se convirtió en la noche más negra de Granada.

Por eso tu entelequia es el mejor de los testamentos. Mi padre no podía dejar que el barranco se quedara con su hijo. Tenía que traerme de vuelta, por las buenas o por las malas, con el peso del dinero o con el peso del silencio, obligando a que mi cuerpo descansara en su sitio. En mi casa. En la Huerta de San Vicente. Donde el olor a jazmín tapa la herida y el piano mudo guarda el secreto de mi regreso.

(Sonríe de medio lado, con una paz mansa que parece borrar de golpe los noventa años de ausencia).

Gracias por traerme a reposar aquí, a mi rincón de los veranos. En este aniversario, tu relato me está dando el entierro de luz que me negaron.

Dime, compañero de letras... ahora que sabes que no estoy en el barranco, sino al amparo de las paredes de mi propia casa... ¿cómo sientes este paseo bajo la sombra de la Huerta?

Autor: (Respiro hondo, sintiendo cómo el aire de la Vega se vuelve de repente más ligero, casi limpio de la vieja culpa de la historia).

Se siente, Federico... como si la justicia poética fuera, al fin, la única justicia verdadera. Caminar a tu lado por esta Huerta ya no me parece una locura, sino un acto de fe.

Durante treinta años arrastré el remordimiento de no haber pulsado aquella tecla, de haber dejado tu piano sumido en el silencio del museo. Ahora comprendo que aquel silencio no era olvido. Era una nota suspendida, esperando a que la rabia de mi pluma y el amor por tus versos la hicieran sonar hoy, bajo estos árboles.

Quiero creer que, de algún modo, has vuelto a casa. Y solo esa posibilidad basta para quitarle al barranco una parte de su frío.

Este paseo... este paseo se siente como una pequeña victoria de la luz sobre la sombra.

Federico: (Sonríe apenas. Mira hacia el piano y luego hacia la Vega, donde la tarde empieza a deshacerse en sombra.)

—No busques dónde descansa mi cuerpo. Pregúntate dónde sigue caminando mi voz.
(Hace una pausa.)

—Los muertos solo regresamos a casa cuando alguien nos recuerda sin miedo.

Autor: No hablemos de muerte, háblame de vida, Tu infancia cuando comenzabas a saborear la vida

Federico: (Sus ojos se iluminan de golpe, como si la tarde hubiera retrocedido treinta años más allá de la memoria). ¡La vida! Eso sí merece una conversación. Qué empeño tenéis en preguntarle siempre a los muertos por su muerte. Preguntadnos alguna vez por el primer olor que recordamos, por el primer miedo o por la primera risa.

Fuente Vaqueros... Allí aprendí que el mundo hablaba antes de que yo supiera leer. El agua de las acequias tenía un rumor distinto según la estación; los álamos parecían gigantes cuando soplaba el viento, y las mujeres cantaban mientras lavaban la ropa como si cada copla sujetara el cielo para que no se cayera sobre la Vega.

Yo era un niño raro. Me entretenía mirando un lagarto durante media hora para averiguar qué estaría pensando. Organizaba funciones de teatro con cualquier cosa que encontrara por casa y convertía los santos de cartón en actores mucho antes de saber que aquello se llamaba teatro. Los mayores sonreían... pero yo me lo tomaba muy en serio.

Mi madre llenó la casa de música y de libros; la Vega hizo todo lo demás. Si alguna vez encuentras un verso mío que huela a tierra húmeda, a higo recién abierto o a jazmín al caer la tarde, no pienses que lo escribí de mayor. Ese verso nació aquí, cuando todavía llevaba barro en las rodillas.

Autor: Música, teatro desde tu infancia... ¿y la poesía? ¿Cuándo nació tu primer verso?

Federico: (Sonríe con una ternura inesperada, como quien rebusca entre los pliegues de la memoria un papel amarillento. Levanta la vista hacia los álamos y deja escapar una risa suave).

—¡Qué pregunta más difícil! Eso sería como pedirle a un árbol que recuerde cuál fue exactamente su primera hoja.

(Permanece unos instantes en silencio, escuchando el murmullo de la acequia).

La música llegó antes. Mucho antes. Mi madre me enseñó a escuchar el piano y la Vega me enseñó a escuchar el silencio. Después vinieron aquellas voces... las lavanderas, los gañanes, las criadas de casa, los romances viejos que parecían no tener dueño porque pertenecían a todo el mundo. Yo me quedaba embobado escuchándolos. Allí descubrí que una palabra podía sonar igual que una campana, igual que una rama quebrándose en mitad de la noche o igual que una nana cantada muy bajito.

(Sonríe con una nostalgia limpia).

¿Sabes una cosa? Yo nunca perseguí la poesía. Fue ella quien me encontró primero.

Creo que el primer verso nació el día en que comprendí que había cosas que la música sola no podía decir. El piano podía hacerme llorar, sí; pero había una pena, una alegría, un olivo, una luna y una muchacha asomada a un balcón que solo cabían dentro de las palabras.

(Mira el horizonte de la Vega, donde la tarde comienza a dorarse).

Desde entonces comprendí que las palabras también respiraban. Tenían pulso, tenían sangre, tenían miedo... Yo solo intenté seguirlas, igual que un niño corre detrás de una mariposa sin preguntarse nunca por qué vuela.

(Permanece unos segundos callado. Después sonríe con la humildad de quien vuelve a verse niño).

Y si alguna vez conseguí escribir un verso hermoso, no fue porque yo fuera más listo que nadie. Fue porque nunca dejé de escuchar a aquel muchacho de Fuente Vaqueros que caminaba con barro en las botas, los ojos llenos de asombro y el corazón abierto a todos los sonidos de la Vega.

Autor: Y el amor esa fuerza que nos permite seguir viviendo pero que también nos acaba matando que fue el amor para ti

Federico: (La sonrisa se le apaga despacio, pero no deja paso a la tristeza, sino a una serenidad profunda. Continúa caminando unos metros sin hablar. El rumor del agua parece responder por él).

—El amor...

(Levanta la vista hacia los árboles de la Huerta y sonríe apenas).

Qué palabra tan pequeña para contener un universo entero.

Yo no sabría decirte qué fue el amor para mí, porque nunca fue una sola cosa. Fue la alegría de una canción compartida con los amigos y también el silencio de una habitación cuando la puerta se cerraba. Fue el deseo de abrazar la vida con todas mis fuerzas... y el miedo de que la propia vida me obligara a esconder ese abrazo.

(Hace una pausa larga).

Hay amores que nos hacen crecer y otros que nos enseñan cuánto podemos sufrir. Yo conocí los dos. Amé con una intensidad que pocas veces fui capaz de explicar con palabras. Quizá por eso escribía. Porque donde la voz se quebraba, empezaban los versos.

(Sonríe con una melancolía luminosa).

Muchos creen que mis poemas hablan de la luna, de los caballos o de los jardines. Yo sé que, en el fondo, casi todos hablan del amor. Un amor que unas veces corría libre por los campos de la Vega y otras tenía que esconderse como un pájaro entre las ramas para que nadie le disparara.

 (Se vuelve hacia mí con una sonrisa cálida, muy humana).

Pero no quisiera que me recordaras solo por mis heridas.

También fui un hombre feliz.

Reí hasta hacer llorar de risa a mis amigos. Canté, toqué el piano, viajé, me enamoré de la belleza de las personas y de los paisajes. El amor también fue eso: una celebración. Sería injusto dejar que el dolor le robara la última palabra.

(Alza la vista hacia el cielo de Granada, donde la tarde empieza a teñirse de oro).

Porque, al final, compañero... el amor nunca nos mata. Lo que nos mata es no poder vivirlo con libertad.

Autor: Dalí, Buñuel, Rafael Rodríguez Rapún, Juan Ramírez de Lucas... ¿Qué lugar ocuparon en tu vida?

Federico: (Sus ojos se iluminan de pronto. La Huerta desaparece por un instante y parece escuchar el eco de unas risas lejanas. Sonríe como sonríen quienes vuelven a tener veinte años).

—¡Qué manera tan hermosa de hacerme volver a Madrid! Has pronunciado cuatro nombres y, de golpe, he vuelto a la Residencia de Estudiantes. Si cierro los ojos todavía puedo oír las discusiones interminables, las carcajadas a deshora y ese entusiasmo nuestro por cambiar el mundo antes de que el mundo nos cambiara a nosotros.

(Camina unos pasos despacio, con las manos a la espalda).

Salvador...

(Se le escapa una sonrisa que mezcla admiración y melancolía).

Dalí fue un deslumbramiento. Tenía una imaginación que parecía no conocer fronteras. A su lado comprendí que la belleza podía ser también una provocación. Nos quisimos mucho, de una forma difícil de explicar con las palabras de aquella época. Hubo admiración, complicidad, desencuentros... y un cariño que nunca dejó de respirarnos por dentro. Cada uno siguió su camino, pero hay amistades que no terminan nunca; simplemente cambian de habitación en la memoria.

(Hace una pausa antes de continuar).

Y Luis...

¡Ay, Buñuel! Era un vendaval. Donde yo veía una luna, él veía una navaja; donde yo buscaba un símbolo, él quería romperlo todo para descubrir lo que había debajo. Discutíamos, nos provocábamos, nos reíamos como muchachos. Me enseñó que el arte también podía ser una sacudida. Nunca fuimos iguales, y quizá por eso nos entendíamos tan bien.

(Su expresión cambia. La voz se vuelve más íntima).

Rafael...

Rafael Rodríguez Rapún fue un remanso. Llegó a mi vida cuando yo ya conocía demasiadas heridas. En La Barraca compartimos mucho más que el teatro. Compartimos silencios, caminos y una confianza que no necesitaba grandes palabras. Hay personas cuya sola presencia hace que el mundo parezca un lugar más habitable. Rafael era una de ellas.

(Levanta la vista hacia los árboles de la Huerta).

Y Juan...

Juan Ramírez de Lucas era juventud. Era esa edad en la que todavía se cree que el horizonte siempre guarda una promesa. Cuando estaba con él aún podía imaginar que el mañana existía. La vida, sin embargo, tenía otros planes. Hay sueños que no llegan a cumplirse, pero no por eso dejan de ser verdaderos.

(Se vuelve hacia mí con una sonrisa serena).

¿Sabes qué he aprendido con el tiempo?

Que un hombre nunca camina solo. Está hecho de las personas que ha amado, de los amigos que le discutieron una idea hasta el amanecer, de quienes le hicieron reír cuando el mundo pesaba demasiado y de aquellos que le enseñaron a mirar un poco más lejos.

(Mira el sendero que recorremos).

A veces pienso que sigo caminando con todos ellos. Salvador se detiene a contemplar una nube porque dice que parece un rinoceronte. Luis protesta porque asegura que la nube debería explotar. Rafael sonríe en silencio. Juan mira el horizonte como si aún creyera en el mañana...

(Me mira con una mezcla de gratitud y alegría).

Y ahora camino contigo.

Porque mientras alguien pronuncie nuestros nombres con cariño, ninguno de nosotros termina de marcharse.

Autor: Federico... ¿qué es el duende?

Federico: (Se detiene de golpe. Una sonrisa apenas perceptible cruza su rostro, pero enseguida desaparece. Sus ojos adquieren un brillo extraño, antiguo, como si acabara de escuchar un cante lejano. Durante unos segundos no responde).

—Mira... esa es la pregunta que más veces me han hecho y, sin embargo, sigue siendo la más difícil de contestar.

(Reanuda el paseo muy despacio).

El duende no se explica. Se siente.

Hay quien cree que el arte nace del talento. Otros hablan de la inspiración, de las musas o de los ángeles. Todo eso existe... pero el duende pertenece a otro reino.

(Se agacha, recoge un poco de tierra entre los dedos y la deja caer lentamente).

El duende sube desde aquí.

Desde la tierra.

Desde ese lugar del alma donde viven nuestros miedos, nuestras heridas y también nuestra verdad.

No viene de fuera para acariciarte. Viene de dentro para ponerte a prueba.

(Levanta la vista hacia la copa de los álamos).

He visto cantar a personas con una voz perfecta que no me han conmovido lo más mínimo. Y he visto a otras, con la garganta rota, hacer llorar a un teatro entero.

¿Sabes por qué?

Porque había aparecido el duende.

No cantaban para demostrar lo que sabían. Cantaban porque se les iba la vida en ello.

(Hace una pausa).

El duende no admite la mentira.

Puede perdonar un fallo de técnica.

Jamás perdona un corazón vacío.

(Sonríe levemente).

Recuerdo a la Niña de los Peines. Una noche alguien dijo que había cantado mejor otras veces. Ella escuchó el comentario, pidió una copa de aguardiente y volvió a cantar. Ya no quedaba belleza, ni adorno, ni floritura. Solo quedaba verdad.

Y entonces apareció el duende.

Eso nadie puede enseñarlo en una escuela.

(Mira hacia mí con intensidad).

Tú también lo has sentido alguna vez.

Cuando escribes y de pronto una frase deja de pertenecerte.

Cuando notas que ya no eres tú quien conduce la pluma.

Cuando acabas un párrafo y te preguntas:

"¿De dónde ha salido esto?"

Ese instante...

Ese es el duende rozándote el hombro.

(Se lleva una mano al pecho).

No confundas nunca el duende con el éxito.

El éxito hace ruido.

El duende hace silencio.

El éxito busca aplausos.

El duende busca verdad.

Y la verdad casi siempre duele.

(Vuelve a caminar. El agua de la acequia acompaña sus pasos).

Por eso el duende nunca envejece.

Puede vivir en un cantaor, en un actor, en un bailaor, en un pintor... o en un hombre que escribe solo, una noche cualquiera, convencido de que nadie leerá jamás lo que acaba de escribir.

(Se detiene una última vez y sonríe con esa mezcla de picardía y ternura que le acompaña durante todo el paseo).

¿Sabes cuál es el secreto?

Que el duende nunca viene cuando lo llamas.

Viene cuando dejas de tener miedo a decir la verdad.

Autor: La Barraca... ¿Qué supuso para ti aquella apuesta?

Federico: (Sus ojos vuelven a llenarse de luz. Sonríe con la alegría de quien recuerda una de las aventuras más hermosas de su vida. Parece más joven. Durante unos instantes ya no camina por la Huerta, sino por un camino polvoriento de Castilla, rodeado de estudiantes que cargan decorados sobre un viejo camión.)

—¡La Barraca!... No fue una compañía de teatro, compañero. Fue un sueño con ruedas.

(Ríe con ganas.)

Éramos un puñado de muchachos convencidos de que el teatro no pertenecía solo a las grandes ciudades ni a los señores de butaca elegante. ¿Por qué un campesino de un pueblo perdido no iba a emocionarse con Lope, con Calderón o con Cervantes? ¿Quién había decidido que los clásicos fueran un lujo?

(Hace una pausa mientras observa la acequia.)

Nosotros no llevábamos únicamente escenarios y vestuario. Llevábamos respeto. Íbamos a decirle a la gente del campo: "Esta literatura también es vuestra. Siempre lo ha sido."

(Camina lentamente, como si volviera a recorrer aquellos caminos.)

Recuerdo llegar a pueblos donde nunca había habido una representación teatral. Los niños nos miraban como si hubiéramos bajado de la luna. Los viejos se sentaban con cierta desconfianza y, al terminar la función, muchos tenían los ojos húmedos.

Entonces comprendía que el teatro seguía vivo.

Porque el teatro no nace entre cuatro paredes.

Nace cuando un ser humano reconoce su propia vida en las palabras de otro.

(Sonríe con orgullo.)

Nunca me sentí más útil que durante aquellos viajes. Escribir poemas era una felicidad; llevar el teatro al pueblo era un deber.

(Mira hacia el cielo de Granada.)

España necesitaba muchas cosas: escuelas, libros, pan... pero también belleza.

Hay quien piensa que el arte es un adorno.

Yo siempre creí que era un alimento.

Un pueblo que deja de imaginar acaba aceptando cualquier cadena.

(Se vuelve hacia mí con una mirada firme.)

Por eso defendí La Barraca con tanta pasión.

No íbamos a enseñar nada desde arriba.

Íbamos a compartir.

A aprender también de aquella gente que nos ofrecía un trozo de pan, una silla y una sonrisa después de la función.

Ellos nos daban tanto como nosotros a ellos.

(Se detiene bajo la sombra de un árbol.)

¿Sabes cuál era el mejor aplauso?

No era el ruido.

Era el silencio.

Ese instante en que terminaba la representación y nadie se levantaba.

Porque durante unos segundos todos habían olvidado quiénes eran para convertirse en los personajes que acababan de ver.

Ese silencio...

Ese era el verdadero triunfo de La Barraca.

(Me mira con una serenidad llena de convicción.)

Si alguna vez hice algo digno de ser recordado, no fue solo escribir versos.

Fue intentar que un muchacho de un pueblo remoto descubriera que los libros también hablaban de él.

Y eso, compañero...

Eso también era sembrar libertad.

Autor: Nueva York... Poeta en Nueva York. ¿Qué sentiste? ¿Qué viviste allí?

Federico: (Se detiene. La sonrisa desaparece lentamente. Durante unos segundos contempla la Vega como si, de pronto, entre los álamos hubieran crecido rascacielos de acero. Su voz sale más baja, más lenta).

—Nueva York fue el espejo donde vi el rostro más hermoso y más terrible del siglo.

(Hace una pausa).

Yo llegué buscando distancia. España empezaba a pesarme demasiado y mi corazón necesitaba respirar. Creí que cruzando el océano encontraría descanso.

Lo que encontré fue otra clase de soledad.

(Mira sus manos).

Nunca había visto edificios tan altos ni calles donde caminaran tantas personas... y, sin embargo, jamás me había sentido tan solo.

Aquella ciudad corría sin detenerse.

Todo tenía prisa.

Hasta el silencio.

(Cierra los ojos un instante).

Recuerdo Harlem.

Allí escuché un dolor distinto al nuestro, pero igual de profundo. Vi hombres y mujeres tratados como si valieran menos por el color de su piel. Aquello me hirió. Comprendí que la injusticia habla todos los idiomas y cambia de rostro según el lugar donde nace.

(Levanta la vista).

También descubrí una ciudad esclava del dinero.

Era como una inmensa máquina que no dejaba de devorar hombres. Todo parecía medirse por el beneficio, por la velocidad, por el ruido. Había riqueza por todas partes... y una pobreza del alma que me heló la sangre.

(Sonríe con tristeza).

Muchos esperaban que escribiera poemas sobre los rascacielos.

Yo terminé escribiendo sobre la angustia.

Porque los edificios eran de acero, sí...

pero los corazones también empezaban a serlo.

(Hace un largo silencio).

Allí comprendí que la poesía no podía limitarse a cantar la luna o los jardines.

También tenía la obligación de denunciar aquello que deshumanizaba al hombre.

Por eso Poeta en Nueva York duele tanto.

No nació de una biblioteca.

Nació de mis ojos.

(Mira el agua de la acequia, donde se refleja el cielo de Granada).

Sin embargo...

¿Sabes qué fue lo primero que eché de menos?

No fue España.

Fue la Vega.

El olor de la tierra después de la lluvia.

El canto de un gallo al amanecer.

El agua corriendo por las acequias.

Uno no descubre cuánto ama su casa hasta que el mundo entero le parece extranjero.

(Me sonríe con una ternura serena).

Nueva York me enseñó a mirar el sufrimiento de los hombres.

Granada me había enseñado a amar la belleza.

Necesitaba las dos cosas para escribir.

(Continúa caminando lentamente).

Cuando regresé ya no era el mismo Federico.

Traía menos ingenuidad.

Pero mucha más verdad.

Y esa verdad... ya no podía callarla.

Autor: Irremediablemente todo tiene su final. También este paseo. Y créeme, Federico, no quisiera que esta conversación terminara nunca. Pero no podemos despedirnos sin hablar de aquello que, tarde o temprano, alcanza a todos los hombres: la muerte.

(Guardé unos segundos de silencio mientras contempla la Huerta.)

Quizá ahí resida la diferencia entre el hombre y el poeta. El hombre tiene un principio y un final; el poeta, cuando ha sembrado belleza y verdad, continúa caminando mucho después de que su cuerpo desaparezca. Tú ya no estás entre nosotros, Federico, y, sin embargo, nunca te había sentido tan vivo como ahora. Tus versos siguen respirando, tus personajes siguen subiendo a los escenarios, tus canciones continúan cruzando los campos de Andalucía y millones de lectores siguen encontrándote como si acabaras de escribirlos ayer.

Quizá por eso pienso que Federico García Lorca murió una madrugada de agosto... pero el poeta, el poeta no ha dejado de nacer desde entonces.

Federico: (Permanece inmóvil. El último rayo de sol se apaga lentamente sobre la Vega. Escucha mis palabras sin interrumpirte, como quien recibe un regalo inesperado. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos están serenos. Ya no hay en ellos la pasión del duende ni el dolor de los recuerdos. Solo una paz profunda.)

—Qué manera tan hermosa tienes de cerrar este paseo, compañero...

(Esboza una sonrisa leve.)

Has comprendido algo que a mí me costó toda una vida aprender.

El hombre tiene un principio y un final. La voz, si ha nacido de la verdad, no.

(Mira hacia la Huerta, donde la tarde comienza a confundirse con la noche.)

Aquel muchacho de Fuente Vaqueros, el estudiante de la Residencia, el director de La Barraca, el hombre que amó, que rió y que también lloró... todos ellos tuvieron su tiempo. Vivieron como viven todos los hombres.

Pero los versos... los versos aprendieron a caminar solos.

(Hace una pausa.)

Creyeron que bastaba con apagar una vida para apagar una voz.

No sabían que las voces verdaderas encuentran siempre otro pecho desde el que volver a hablar.

(Me mira con afecto.)

No me busques entre las piedras de un barranco.

Búscame en un niño que descubre la poesía por primera vez.

En un actor que pisa un escenario con el corazón temblando.

En un cantaor que rompe el silencio con un quejío.

En alguien que abre un libro buscando consuelo y termina encontrándose a sí mismo.

Ahí sigo viviendo.

(Sonríe.)

Y tú...

Tú ya no llevas el peso de aquel piano que nunca tocaste.

Hoy lo has hecho sonar con palabras.

Eso era lo único que necesitaba.

(La figura de Federico comienza a desdibujarse lentamente entre los árboles de la Huerta. La brisa mueve las hojas de los chopos y el murmullo de la acequia parece acompañar su voz.)

No llores mi ausencia.

Los poetas no pedimos eternidad.

Nos basta con que alguien nos recuerde sin miedo.

(Se lleva una mano al pecho.)

Gracias por volver a llamarme.

Gracias por escucharme antes que juzgarme.

Y, sobre todo...

Gracias por seguir creyendo que la belleza todavía puede hacer un poco mejor este mundo.

(Su figura se vuelve transparente, como si la noche la abrazara poco a poco. Antes de desaparecer por completo, sonríe una última vez.)

—Ahora sigue caminando.

Escribe.

Ama.

No calles nunca aquello que el corazón te pida decir.

Porque mientras exista una sola persona capaz de emocionarse con un verso...

el poeta no dejará de nacer.

(La Huerta queda en silencio. Un silencio distinto al de aquella mañana de hacía treinta años. Ya no pesa. Respira. El viento mueve suavemente las ramas de los árboles y, por un instante, parece que desde la ventana abierta llega una nota lejana de piano. Sonrío. Bajo la cabeza en señal de gratitud y abandono el camino con la certeza de que algunos encuentros no terminan cuando uno se despide, sino cuando deja de recordar. Y hay memorias que, afortunadamente, nunca aprenden a morir.)

Cerré este paseo creyendo que había escrito un homenaje. Al terminar comprendí que no era eso. Federico despertó al duende... y el duende me encontró entre es

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